La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 46. Raeve
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Capítulo 46. Raeve

Raeve

M e tiemblan los labios al pensar en todas las personas a las que conduje a La Floresta durante las fases que pasé en La Bruma trabajando a las órdenes de Sereme: jóvenes, nulos, gente vulnerable derrotada por el mundo que necesitaba desesperadamente un respiro.

—Explícate —digo mirándolo por encima del hombro.

El escudero de Elding se saca del bolsillo una alondra de papel, que no para de retorcerse, y la sopla.

Se lanza directa hacia mi pecho y no deja de chocar contra mí hasta que la cojo. Le dirijo una mirada al escudero de Elding y comienzo a desplegarla. De dentro se desprende otro pergamino doblado y lo cojo al vuelo.

Lo abro, y aparece un mapa.

De Bhoggith.

Arrugando el entrecejo, me dispongo a leerlo. Al ver que la letra es de Sereme, frunzo los labios.

Raeve:

Espero que estés disfrutando de tu tiempo libre. Es una pena que no nos hayas hecho saber que seguías viva. Si no hubieras sido tan egoísta, no habríamos perdido a tantos reclutas novatos. Tienes las manos manchadas de mucha sangre inocente.

Aprieto los dientes, viendo sus palabras por lo que son: manipulación emocional. La segunda arma favorita de Sereme, junto con su deseo de que me arrastre ante ella con un dolor insoportable cada vez que se siente menospreciada.

Parece que ha estado perfeccionando ambas cosas durante mi ausencia mientras se recuperaba del veneno de sierpe.

Para redimirte, el Elding te ha encomendado una tarea.

Tienes que viajar al sur, a Bhoggith, donde un feérico de cabello y ojos plateados acampa en lo más profundo del puesto avanzado occidental de La Bruma, tras unas puertas dobles amarillas talladas simulando el sol.

Para tu comodidad, he incluido un mapa de donde se supone que se encuentra y el boceto de las puertas que ha hecho la miskunn.

Encuéntralo, mátalo y tráeme su corazón y sus dos ojos.

Este feérico es un peligro para el bienestar de todos en La Floresta. Sus vidas dependen de ti.

Sereme

«Menuda zorra».

Vuelvo a doblar el mapa y la nota, presionando cada pliegue con violencia hasta que quedan tan afilados como cuchillas.

—¿Es este feérico un corrupto? ¿Un violador o un pederasta? ¿Cómo es que supone una amenaza para La Floresta?

—No está claro.

Me río resoplando por la nariz.

—Nueva regla: necesito algo más que una simple nota y un espadazo en la columna. —No sé qué me pasa, pero esto… no me parece bien—. ¿No eres el escudero de Elding? ¿Acaso no te confía los detalles importantes?

La mirada que me lanza es tan dura que haría doblegarse a la mayoría de la gente.

Quizá sean los latidos de mi corazón, más lentos y estables, reforzados por mi vínculo con Líri, pero no afecta en absoluto a mi estado de ánimo. De hecho, lo que me dice mi instinto es que hay un depredador cerca.

—La miskunn predijo que este individuo acabaría con el refugio que tanto nos ha costado levantar. Es la única información que necesitas para cumplir la tarea que se te ha encomendado.

Ladeo la cabeza.

Seguro que las charlas íntimas de este tipo dejan mucho que desear, soltando expresiones como encomendado y cumplir la tarea .

Es justo el tipo de mierda que ensucia este mundo. Y donde hay una persona así hay más, porque, si algo he aprendido desde que conseguí salir de la montaña bajo la que desperté hace tantas fases, es que esa actitud se propaga como una enfermedad, para bien o para mal.

—¿Y si no cumplo? —pregunto agitando la nota—. ¿Y si decido que ya estoy harta de que me ordenen hacer el trabajo sucio de Elding sin una sola prueba de que la sangre que derramo está marcando la diferencia en el mundo en vez de hacerlo más sangriento ?

El escudero se me queda mirando fijamente durante tanto tiempo que empiezo a preguntarme si me ha oído bien. O si me ha oído siquiera.

Chasqueando la lengua, se mete la mano en el bolsillo y saca una pluma rizada diferente a todas las que he visto antes, de un rojo intenso y brillante, casi como el pelo de Essi. Un pensamiento que es como una puñalada, pillándome desprevenida.

A continuación, saca un frasquito de plata que me deja sin aliento, un cáliz ornamentado que parece una réplica del que Sereme lleva al cuello.

Apenas me da tiempo a tomar aire antes de que presione la punta afilada de la pluma contra una de las filigranas del frasco y lo recorra.

Un dolor agudo me atraviesa la columna vertebral.

Caigo de rodillas, con los ojos desorbitados y la boca abierta. Aunque mis pulmones no logran tomar ni una bocanada de aire.

—De no cumplir con la misión, La Floresta caerá. Un peso que te llevarás a la tumba, pues aquellos a quienes una vez consideraste cercanos acabarán contigo. Los Ath guardan demasiados secretos como para que alguien como tú quede libre.

El dolor se cuela en mi cuerpo y se me clava en las entrañas, como si me estuviera desollando desde el ombligo hasta el esternón.

—Se te espera en el despacho de Sereme dentro de siete auroras para entregar el paquete. Parpadea si lo entiendes.

Hago lo que me pide, aunque el movimiento se parece demasiado a una reverencia.

Como rendirse.

No obstante, dejando a un lado los malos augurios y el resentimiento, quizá no sea el momento adecuado para plantar cara. Poner otra diana en mi espalda cuando puedo limitarme a hacer el trabajo, salvar La Floresta, y ajustar cuentas cuando le entregue el maldito paquete a Sereme.

«¿Va a dejarme en paz este desgraciado de una vez?».

Aún enroscada convulsionando, parpadeo de nuevo…, y otra vez… Y OTRA . Chasquea la lengua y levanta la pluma.

Alivio inmediato.

Me doblo hacia delante, clavo los puños en la nieve y reprimo las ganas de vomitar hasta el río, tratando de imaginar un mundo en el que no me despierte cada dae con más mierda de guara.

Arrugando la nota de Sereme, lanzo una mirada furiosa al hombre, que me da la espalda con un movimiento de su capa. La rabia me lame las costillas como una llama avivándose mientras él cruza el puente a paso tranquilo, dejando unas huellas profundas en la nieve.

Respiro con dificultad, como un dragón resoplando, y hago crujir mi cuello.

Me aguanto las ganas de saltar, agarrarle la cabeza y girársela tan rápido que me vea detrás de él antes de que la luz abandone sus ojos…

, recordándome a mí misma que asesinar a ese cabrón probablemente no sea la mejor opción.

Aunque podría robarle el frasco, quitarle la capacidad de torturarme mediante el vínculo que me une a Sereme…

Una fría alteración en el aire hace que se me pare el corazón.

Miro entre el follaje justo a tiempo para ver a Líri lanzándose hacia el puente. Pliega las alas y cae en picado silenciosa cual suspiro hasta que está prácticamente encima del feérico. Entonces, abre las alas y saca las garras con una mirada asesina en sus audaces ojos negros.

Al escudero ni siquiera le da tiempo a gritar antes de que ella lo coja al vuelo y desaparezca con él en un abrir y cerrar de ojos.

Toda la nieve acumulada en las copas de los árboles sale disparada cuando Líri bate las alas, elevándose en el aire. Inclina la cabeza con las fauces abiertas y, al cerrarlas sobre el hombre con un rápido movimiento, lo parte en dos de una sola dentellada.

La sangre salpica.

Un brazo amputado cae sobre el puente, con un sangriento golpe seco, seguido de una lluvia roja que cubre la nieve.

Gimo, aún asimilando lo que acaba de pasar, cuando veo una figura familiar al otro lado del puente envuelta en una capa de color óxido con una larga trenza castaña sobre el hombro.

Observo el pequeño bulto que Siharna lleva sujeto a su pecho, envuelto en lino, mientras cruza el arco, emborronando las salpicaduras rojas con cada uno de sus lentos y pesados pasos.

Me sonrojo.

«Estoy acabada».

Me levanto y me guardo a toda prisa la nota en el bolsillo, todavía sin aliento, sacudiéndome la nieve de la capa cuando quedamos frente a frente.

—Enhorabuena —digo con voz ronca echando un rápido vistazo al bebé—. Valiente esfuerzo.

Ella hunde la barbilla y se produce un silencio incómodo. El cual se prolonga y se prolonga y, joder, se prolonga aún más.

—Eh… —«Creadores, devoradme»—. ¿Cómo es que estás de pie? —suelto, pensando que es mejor forma de romper el hielo que hablar del brazo seccionado que acaba de caer sobre el puente.

Ella arquea una ceja.

—Porque no tengo tiempo para sentarme.

«Claro».

Intento pensar en una forma de responder, pasando la mirada de los severos ojos de Siharna a las huellas rojas que ha dejado, justo cuando Líri lanza un chillido de puro regocijo desde algún lugar entre las nubes.

Bajo los párpados.

—Lo siento mucho —digo, aunque no creo que eso la haga sentir mejor respecto a la situación. Mi dragón acaba de llevarse a alguien del puente en medio de su precioso y querido pueblo y es probable que se lo esté comiendo en este preciso instante.

Siharna levanta la barbilla, un gesto imperceptible que no se me escapa.

—¿Implicará a mi pueblo? ¿A mi gente?

«A sus hijos».

No pronuncia las palabras, pero yo las oigo. Las siento en lo más profundo de mi alma.

—No. Lo juro por mi vida y por los propios Creadores.

Con la caída de las lunas, es probable que sea con mi conciencia con lo único que tenga que ajustar cuentas.

Mientras Líri digiere el secreto de cómo ha perecido ese cabrón, yo estoy aquí abajo con los ojos bien abiertos, enfrentándome a la posibilidad de que el Ath ya no defienda las cosas que antes defendía, o al menos en las que me hicieron creer.

¿Cómo iba a hacerlo cuando parece que Sereme no es el único miembro venenoso de alto rango dada al chantaje y a la tortura?

Impera el silencio mientras Siharna me observa, rodeando firmemente con los brazos a su bebé dormido, al que no me atrevo a mirar bien. A pesar de ello, o tal vez por ello, sé que haría cualquier cosa que esté en mi mano para asegurar que ni a él ni a su hermana les pase nada.

—Bien. —Baja un poco la barbilla—. ¿Sabe Kaan que tienes un vínculo de sangre?

No puedo evitar sacudir la cabeza, como si me hubiera dado una bofetada en la mejilla con todas sus ganas.

La miro fijamente parpadeando. Me alegro de haber dormido casi todo el dae. Es obvio que me va a deparar más mierda de guara hasta que vuelva a caer dormida.

Ella levanta ambas cejas. Un castigo silencioso por mi persistente silencio.

—Solo le preocuparía —mascullo.

—Entiendo. —Mira a mi espalda, a la base de la columna de Líri, y vuelve a mirarme a mí, aunque parece tener dificultades para mantener el contacto visual, algo extraño, dado que me ha aguantado la mirada hasta ahora—.

Bueno, hazle caso a alguien que nunca hizo suficientes preguntas… No le ocultes esto.

Abro la boca para hablar, pero ella me interrumpe.

—Nunca sabré dónde descansa Zior porque, en su empeño por protegerme en mi delicado estado, nunca me dijo adónde iba el dae que desapareció.

Su bebé comienza a retorcerse contra ella, profiriendo un suave balbuceo.

Ella lo mece al tiempo que le frota la espalda con los mismos círculos que la vi hacer a su vientre antes de dar a luz.

—Nunca conocerá a su hijo, nunca verá crecer a Korie ni enamorarse, nunca tendré la oportunidad de vengar su muerte .

—A Siharna se le quiebra la voz al pronunciar estas palabras y aparta la mirada.

Traga saliva antes de volver a mirarme a los ojos y continuar—.

Encuentra la fuerza para entregarte por entero a él, Raeve. No se merece menos.

Se gira y espero a que recorra la mitad del puente para respirar hondo, dándome cuenta de que llevo conteniendo la respiración tanto tiempo que me falta aire.

Me ahogo.

Siharna desaparece por entre los coloridos edificios. Aun así, los gritos de su hijo me siguen desgarrando a distancia, sacudiéndome por dentro con tal fuerza que he de sujetarme a la barandilla para no caerme.

Con la barbilla pegada al pecho, tomo grandes bocanadas de aire fresco, las cuales van haciendo que me dé vueltas la cabeza.

Tiene razón, por supuesto. Kaan se merece que le cuente la verdad, pero, con las caídas que se avecinan, ya tiene demasiado de que preocuparse como para añadir mis problemas.

Todo un reino descansa sobre sus hombros.

Un nimio y fastidioso vínculo de sangre descansa sobre los míos.

Saco la nota arrugada de Sereme de mi bolsillo y la extiendo sobre la barandilla para releer sus palabras envenenadas.

Un último trabajo. Luego, tendré que dar con la manera de deshacerme de Sereme para siempre.

Después, tendré que encontrar a Elding, hablar con el hombre al que llevo obedeciendo ciegamente las últimas diez fases, dado que para mantenerme a raya está dispuesto a caer tan bajo como aquellos a los que se supone que ha de enfrentarse.

Si me está haciendo esto a mí, ¿quién dice que no trata a otros de la misma manera? ¿Quién dice que estas amenazas no acabarán afectando a la gente a la que he ayudado a enviar a La Floresta? ¿A los amigos que he hecho?

«¿Al hombre que amo?».

Algo dentro de mí gruñe al comprender, sorprendentemente, que no estoy preparada para todo lo que se nos viene encima.

Me escondo detrás de una muesca en la oreja que me protege de las expectativas, me escondo de un Creador que podría ayudarme a convertirme en la bestia imbatible con dos abalorios con la que nadie osa meterse.

No Rayne, claro, ella puede guardarse su arisca tristeza para sí misma, sino Bulder …

Recuerdo cuando estábamos en Bothaim. Cuando Kaan aplastó a un grupo de soldados con unas pocas palabras incendiarias.

Bulder podría convertirme en alguien más fuerte…

El problema es que requiere tiempo dominar su lengua; algunos nunca lo consiguen. De todos modos, Kaan se esforzó mucho por enseñar a Elluin a ser hábil en ella, él mismo lo dijo.

Eso quiere decir que, en teoría, yo tengo los mismos conocimientos.

«En alguna parte».

Si pudiera reunir el valor para encontrar el recuerdo de esas lecciones, aceleraría mi aprendizaje. O tal vez haya una piedra con la lengua de Bulder en su interior; como la lágrima, pero menos deprimente.

La determinación me endurece las facciones.

Estiro el pecho, aliviando mi ansiedad, y suelto la barandilla. Cruzo el puente al son del chillido de saciedad de mi dragón.

Ya he sido fundida y remodelada antes por un Creador en contra de mi voluntad. Al menos, esta vez la elección es mía.