La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 45. Raeve
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Capítulo 45. Raeve

Raeve

L a sensación de que hay una espada atravesándome la columna vertebral me hace despertar de golpe; abro los ojos de par en par y miro alrededor.

Sigo sentada y recuerdo vagamente haberme inclinado hacia un lado antes de que todo se volviera negro. Sobre la robusta mesa que tengo delante, está el tablero de escripe desordenado y hay botellas vacías por todas partes.

Dirijo la mirada hacia Pyrok, que está tirado en el suelo, donde se desplomó borracho, roncando. Luego, hacia su hermano, desmayado con la cabeza sobre la mesa junto al Libro de Voyd , todavía sosteniendo la pluma.

«Kaan…».

Parece no estar, ya que no veo sus botas junto a la puerta.

Sin nadie que sea testigo de mi agonía, me dejo llevar por los espasmos de mis músculos, resoplando para soportar el dolor que me atraviesa cada vértebra.

Una garra que se eleva desde el pasado y hurga en los huecos como si intentara extraer mi líquido cefalorraquídeo.

Tengo los músculos tan tensos que parece que vaya a romperme.

Por fin remite el dolor.

Mi cuerpo se relaja. Cierro los ojos mientras respiro con dificultad entre dientes, con el corazón latiendo tan fuerte y deprisa que suena como un tambor.

«El dichoso vínculo de sangre».

—Maldita sea —susurro. Me doy la vuelta y me seco el sudor de la frente, digiriendo este desafortunado acontecimiento como un trozo de carne podrida que se me ha quedado entre los dientes.

«Seguro que así ya no se me olvida el grillete de Sereme».

«¿Cómo se ha enterado de que sigo viva?».

Suspiro, resolviendo que no importa. Lo sabe y punto. Obviamente, está cabreada porque no me he pasado por allí para besarle los pies. He cumplido con mi parte de satisfacer su tóxica ansia de control.

Para nada echaba de menos esta mierda.

Al abrir los ojos, me ciega el resplandor que entra por las ventanas. Me masajeo las sienes para aliviar el dolor provocado por el alcohol, advirtiendo que todavía llevo la corona, vestigio de un rato despreocupado a pesar de la pesada oscuridad que nos acechaba a todos nosotros.

Dejo la corona a un lado, dejando escapar otro largo suspiro.

«Que te jodan, Sereme».

Apartando la manta que no recuerdo haberme echado encima, me incorporo, pero lo hago demasiado rápido y la cabeza empieza a darme vueltas justo cuando noto que hay una alondra golpeándome el hombro.

Advierto que la urna floral está abierta y que las alondras que Pyrok había metido dentro están ahora aplastadas sobre la encimera en una pila.

Supongo que Kaan no podía dormir y decidió leer su correo. Probablemente haya salido por eso.

Tratando de ignorar el martilleo constante de mi cabeza embotada, abro los pliegues de la nueva alondra.

Rayo de Luna:

Para cuando leas esto, probablemente ya me haya ido a un pueblo cercano. Su refugio se ha derrumbado y necesitan ayuda para ponerlo en pie de nuevo. Preveo estar de vuelta al amanecer.

P. D.: He llevado a Korie a casa. Siharna ha dado a luz a un hermoso niño. Tanto la mah como el bebé están sanos y se encuentran bien.

Eternamente tuyo.

La opresión que sentía en el pecho se va aliviando mientras releo la nota, centrándome en unas líneas:

Tanto la mah como el bebé están sanos y se encuentran bien.

Me siento tan aliviada que me escuecen los ojos, una sensación que me apresuro a eliminar con las palmas de las manos, desviando mis pensamientos hacia algo que no me afecte al corazón.

Sereme. Esa zorra.

Quizá sus directrices se perdieran en la niebla y esté enfadada. Conociéndola, me hará pedazos hasta que aparezcan o hasta que vaya a rastras a por ellas.

Literalmente, en el peor momento.

Sigo notando pinchazos en los músculos de la espalda y teniendo espasmos por la brutal intrusión, lo que me dificulta respirar.

«Si no ando para quitarme esto de encima y estiro la columna, seguirá doliéndome durante fases».

Me guardo la nota de Kaan en el bolsillo, me levanto y me pongo los pantalones y las botas que me regaló, que me quedan como un guante.

Me abrocho de nuevo la vaina y me envuelvo en la capa nueva, mucho más ligera de lo que esperaba.

Es como si Kaan se hubiera dado cuenta de lo mucho que me cuesta llevar materiales que abrigan demasiado.

Sonrío a pesar de estar bien jodida, me pongo la capucha y salgo al frío exterior, donde no hay ni un alma a la vista, salvo alguna que otra alondra de papel revoloteando entre la nieve, esquivando los copos. Aparte de eso, incluso los cielos están tranquilos.

Debe de ser ya la hora de la duermevela, lo que significa que llevamos durmiendo todo el dae.

—Por todos los Creadores —murmuro atravesando a zancadas el patio.

Salgo por la puerta y bajo las escaleras en dirección al río mientras estiro los brazos, la espalda y el cuello.

La espesa nieve cruje bajo mis botas mientras los copos caen sobre mi capucha, componiendo una suave melodía a medida que recorro el colorido pueblo, respirando los aromas a hierbas ahumadas que salen de las chimeneas.

Contemplo los edificios, algunos bañados por ocasionales rayos de sol empolvados que atraviesan diagonalmente las nubes.

Al estar tan próxima a la frontera, con el aire frío punzándome la nariz y ventanas de colores por todas partes, me siento como si estuviese en La Bruma, pero sin el agobiante dominio de Cadok. Es como un sueño radiante que parece demasiado bueno para ser verdad.

Y tal vez lo sea, tal vez esta bondad se acabe pronto. Es difícil no pensar en ello teniendo en cuenta las inminentes caídas lunares y lo ocurrido en Bothaim, el eco de mi vínculo de sangre aún crispándome los nervios.

Todo parece efímero, al igual que el bienestar de quien pensó que era prudente seguirme: su presencia acechante me pone los pelos de punta.

Me dirijo hacia la ribera del río, cruzo el puente que Kaan remodeló y me detengo entre un denso grupo de árboles bajo la imponente columna de Líri.

Es el escondite perfecto si tengo que degollar a este capullo.

No quiero que ningún joven inocente se asome a la ventana porque no puede dormir y me vea cortándole la yugular.

Una ráfaga de viento me trae un penetrante olor a sudor mientras observo al otro lado de las ramas caídas que parecen querer beber el agua que discurre. Mis dedos rozan la empuñadura de la daga.

«Quienquiera que sea, no está acostumbrado al clima cálido del norte».

Se mueve el aire.

Me vuelvo velozmente, le golpeo con el antebrazo la garganta al desconocido, vestido con una gran túnica negra, y apunto con mi daga a su entrepierna. Él suelta un gruñido gutural cuando lo empujo contra el tronco de un árbol.

Unos ojos verdes desconocidos me miran furtivamente en medio de la oscuridad que proyecta su capucha y, aunque tiene el cuerpo relajado —una actitud que indica que podría cortarle los testículos y ni siquiera se inmutaría—, su mandíbula tensa dice otra cosa, al igual que las palabras que acaba escupiendo.

—Cuidado, gruñona.

Aunque parece que tenga puesta una mordaza, la melosidad de su voz me pone los pelos de punta. Es como si la hubiera oído antes.

En alguna parte.

Frunzo el ceño y echo el peso hacia delante.

—¿Quién eres? ¿Y por qué me sigues?

Se produce un silencio inquietante y, luego, pronuncia tres palabras que alivian la tensión de todos los músculos de mi cuerpo.

—De las cenizas.

Suspiro.

—El Elding se levantará —murmuro retrocediendo para fijar la vista en el desconocido, que se está enderezando la capa. No hay duda de que ha venido a joderme pero bien los próximos daes—. ¿Cómo has dado con este lugar?

Silencio.

Vale.

Apoyo la cadera contra un árbol.

—Supongo que has venido a convocarme en persona de parte de Sereme.

—Es un trabajo —me corrige—. Con las Nieblas tan al norte, muchas alondras se pierden durante ciclos, y esta misión es urgente.

—Ya veo.

Se quita la capucha, dejando al descubierto una melena hasta los hombros que parece aceitada, adornada con un abalorio rojo que destaca sobre el negro.

Su pálida piel deja ver las venas de las sienes, el cuello y las manos y su cara es tan angulosa que me viene a la cabeza la palabra afilado . Un rostro memorable.

Sin duda, no es nadie a quien haya visto antes, a pesar de que su voz me resulta familiar.

—¿Y cómo ha descubierto Sereme que había sobrevivido?

—La miskunn te ha visto hoy aquí, de pie donde estás.

«¿Uno?».

Seguro que no. Muy pocos saben de ella y dudo que Ruse le haya confiado a este extraño con pinta de engreído la valiosa noticia de su existencia.

—No sabía que hubiera una miskunn leal a los Ath.

Junta las manos delante de él y me mira con desdén.

—El Elding tiene a una joven a su cargo, sí.

Entorno los ojos.

—Nunca he visto a esa miskunn ni el Elding me ha visto a mí. —Hago girar mi daga entre los dedos, lo único que puedo hacer para calmar la inquietud que me corroe—. Dado que ninguno de los dos sabe cómo soy, o estás mintiendo o hay algo que no me estás contando. ¿De cuál de las dos cosas se trata?

Su silencio no hace nada por calmar mi irritación. De hecho, siembra una semilla de desconfianza tan profunda que echa raíces de inmediato.

Lanzo la daga al aire y la atrapo.

—Los secretos cavan tumbas, gruñón.

Se le oscurecen los ojos.

—No me amenaces, espada de Elding. Y, para ti, soy escudero de Elding.

—Qué elegante.

—Mis órdenes proceden del propio Elding. Amenazarme es amenazar a nuestro amo.

Suelto una risa que carece de humor.

—Dado que parece tolerar que Sereme me torture desde lejos, utilizando nuestro vínculo de sangre para doblegarme cada vez que quiere que haga algo, no tengo claro que me importe una mierda.

Ya no. —«De hecho, hasta aquí hemos llegado»—.

Avísame cuando el Ath recuerde sus valores y tú aprendas a comportarte, joder —murmuro, y me encamino a toda velocidad hacia el puente.

Estoy enfundando mi daga cuando me alcanza su voz, haciendo que me detenga.

—El destino de La Floresta depende de ti, espada de Elding.