La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 44. Veya
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Capítulo 44. Veya

Veya

L os depredadores aúllan y se carcajean en la lejana oscuridad, y sus voces reverberan a través de las llanuras nevadas y las relucientes capas de hielo. Solo las extrañas rocas afiladas que sobresalen del suelo me dan sensación de vastedad, de que he recorrido una larga distancia.

De que aún me queda un buen trecho.

Siento un escalofrío por el cuerpo.

Aquí fuera, el mundo es más grande, más cruel. Un paso en falso me sepultará entre este páramo yermo y el oscuro cielo cubierto de lunas. No es que no me lo merezca, pero me queda una cosa por hacer.

No obstante, primero …

Me llevo el vial de Kaan hasta el hombro, desnudo y palpitante, y me sirvo de la luz para examinar la horrenda cicatriz de piel rosada que cautericé hace cuatro daes, esforzándome por mantener la mano firme.

No me ayuda la fiebre que me hace hervir la sangre, ni tampoco la expectación de lo que estoy a punto de hacer.

—Que…, que le den —murmuro, decidiendo que es mejor cortar primero y pensar después. De todos modos, voy a tener que hurgar hasta encontrar lo que queda dentro de mí. Me va a doler igual, no importa dónde clave el cuchillo.

Me estoy cambiando de mano el vial cuando me interrumpe otro aullido.

Recorro con la mirada los alrededores: las piedras negras esparcidas que sobresalen como dientes flojos, la ola blanca que se alza sobre las llanuras como una amenaza constante.

Las Miel et Muíem me tapan el brillante horizonte, cerrándome el paso hacia La Bruma.

Aunque tampoco es que creyera que podría llegar allí una vez que Bharon se elevó al cielo.

Nadie sobrevive a las llanuras de Ergor sin montura, provisiones, refugio.

Moriré de hambre antes de estar lo bastante cerca de la frontera como para abrir mi vínculo con Zekhi y llamarlo sin poner en riesgo su vida. Pero esas Nieblas…

Tal vez sean la respuesta a todo.

Si las atravesara, probablemente me chuparían el alma hasta matarme.

No es mi forma predilecta de morir. De todos modos, si pudiera acercarme lo suficiente como para captar la atención de uno de los espectros de la zona, tal vez este estuviera dispuesto a pasarle un mensaje a Borg, listo para cuando Kaan decidiera destapar su frasco.

Un plan estupendo. Por desgracia, el fuerte viento que azota la roca tras la que me refugio mantiene las Nieblas perpetuamente fuera de mi alcance.

Eso y que tengo casi la certeza de que me estoy muriendo.

Apretando los dientes, muevo el hombro, sirviéndome del agonizante dolor para determinar la ubicación exacta de lo que sea que dejé allí antes de cauterizar la herida. Si consigo sacarlo, tal vez me baje la fiebre y sobreviva el tiempo suficiente como para llegar a las Nieblas.

Redimirme.

Me tiembla la mano derecha mientras sujeto mi daga calentada al fuego, pues todavía me duele de cuando me la desgarré, por lo que no me quedan fuerzas para agarrar el arma como es debido. Una cosa es cortarse a una misma y otra es hacerlo con una mano floja, pero no me queda otra opción.

Pongo la punta sobre la parte de carne que está fruncida, aprieto los dientes y ejerzo presión sobre la hoja. Contengo la respiración mientras el afilado metal me atraviesa la piel y el múscu­lo, ya destrozado. Es como pinchar un trozo de carne cocida para ver si el jugo sigue siendo rosa.

No es mi caso. Dadas las violentas palpitaciones que siento en la zona, no me sorprende ver que sale pus amarillo por la hoja plateada, que me gotea por el pecho seguido de un chorro de sangre.

Pese a mis ganas de gritar, contengo la respiración, pues no quiero ser una presa asequible para cualquier criatura que aceche cerca.

No quiero ponérselo tan fácil.

Me tiembla tanto la mano que está a punto de caérseme el vial y se me empieza a nublar la vista, pero no dejo de ejercer presión hasta que la hoja casi me atraviesa.

Sacarla resulta más difícil, como deslizarse sobre arena gruesa. Es tan doloroso que tengo que echar la cabeza hacia atrás, pegándola contra la piedra, mientras jadeo y mi garganta amenaza con ceder.

La hoja sale entera.

Comienzo a temblar con tanta violencia que me desplomo de lado y la daga se me resbala de la mano a causa de la sangre. No me tomo ni un momento para respirar, pensar o sentir una mierda, sino que me quito el guante de la mano derecha con los dientes y meto dos dedos en mi carne.

El tiempo se desdibuja cuando cierro los ojos y comienzo a hurgar, ignorando el dolor lo mejor que puedo. Mi cabeza se vuelve más ligera.

Más fría.

Incluso los aullidos se acallan, como si se alejaran.

O tal vez sea una ilusión.

Rozo algo afilado con el dedo, llenándome de esperanza.

Acerco el otro dedo, engancho el objeto y tiro. Se desprende soltando un chirrido, dejando al descubierto una astilla de piedra negra.

Me invade una sensación de calma al instante mientras respiro aliviada.

La sensación es efímera, pues, cuando aparto la vista de la astilla, de repente veo las Nieblas mucho más lejos. Parece que Clode acabe de soltar el soplido más poderoso de su existencia y las haya desplazado hasta hacerlas prácticamente desaparecer.

Haría falta un milagro para que llegara hasta allí antes de morirme de hambre o de que me dé caza algún depredador. Tal es la certeza que la siento como una bota aplastándome contra la nieve, lo que me lleva a soltar un patético gemido que me hace querer abofetearme.

Se me nubla la vista y me golpeo la cabeza contra la piedra. El calor que se escapa de mi hombro es un tranquilo consuelo en este vasto terreno helado en blanco y negro, como un abrazo mientras la muerte te coge silenciosamente de la mano y te da un suave tirón…

«Todavía no, Veya».

«Todavía

no,

joder».

Gruño, enderezándome de golpe.

Otro aullido corta la llanura, al que responde el de una bestia que parece proceder de otra dirección.

«Quizá me estén rodeando».

«Estupendo».

No tengo ninguna duda de que, si mirara alrededor, vería la criatura que me está acechando, probablemente agazapada cerca de la nieve, aproximándose con cada lento latido de mi corazón. Pero no pueden atraparme hasta que haya arreglado ciertas cosas.

Me acerco el vial a la herida hasta que la llama toca la carne.

La derrite.

Me aguanto un grito, convulsionando por el abrasador dolor.

Una vez que estoy segura de que la herida está cauterizada, bajo la mano. Respiro con dificultad, asfixiada por el intenso olor a carne quemada.

Me guardo el preciado vial en el bolsillo y busco a tientas mi daga.

Cojo la empuñadura, apoyo la cabeza contra la piedra y espero, decidida a matar a quien intente comerme.

Incluso aunque solo aguante para ver cómo vuelven a alzarse las cintas aurorales, es ganar tiempo para que el viento cambie de dirección.

Para que las Nieblas se acerquen.

Para que pueda enviarle un mensaje a Kaan antes de morir. Quién sabe los problemas que surgirán una vez que mi alma abandone este cuerpo, lo difícil que será transmitir noticias.

«Decirle a mi hermano que tiene una hija».

No puedo devolver las preciosas vidas que he arrebatado, ni enmendar el haber condenado a un reino, pero sí esto.

«Puedo arreglar esto».

Otro aullido lejano me recorre la piel.

Giro la cabeza hacia la derecha y echo un vistazo en rededor.

Me quedo quieta al advertir una cavidad oscura en una grieta dentada en la falda de la montaña.

Probablemente sea una de las numerosas entradas al antiguo laberinto subterráneo, construido antes de que la gente aprendiera a esculpir ciudades en la superficie, donde el aire es más limpio y es más fácil tener acceso a nuestros dragones vinculados.

Un rayo de esperanza me deja sin respiración.

Si consigo llegar a ese túnel, estaré a salvo hasta que las Nieblas vuelvan a acercarse. Seré un objetivo menos visible para los depredadores que merodean por la zona.

Con unos movimientos que me hacen apretar los dientes, me echo la capa sobre el hombro ensangrentado, me pongo el guante y tiro de la capucha hasta cubrirme la cara.

Luego, me pongo de pie y echo a andar hacia la cueva. Cada uno de mis pesados pasos me provoca un dolor agudo en piernas y caderas.

Incluso yendo lo más deprisa que puedo, no es más que un trote renqueante.

El intenso viento se me cuela por la ropa, causándome dolor en todo el cuerpo y haciendo temblar mis órganos. Es como si alguien tuviera agarrada mi columna y me sacudiera desde dentro.

El mundo se tambalea debajo de mí…

Tropiezo y caigo de bruces sobre la nieve, que ya se ha vuelto compacta.

El dolor que se me extiende por el hombro me da a entender que acabo de desgarrarme la herida recién cauterizada incluso antes de que la sangre comience a calentarme el pecho.

El calor sale a borbotones de mis venas, manando del agujero.

Otro aullido me pone el corazón en la garganta.

Con una oleada de fuerza sobrenatural, me levanto y continúo abriéndome paso a través de la nieve. El entorno se difumina mientras me concentro en dar pasos firmes que me acerquen al lugar seguro.

Noto un hormigueo en la nuca; tengo la sensación de que hay algo justo detrás de mí…

Me tiro a la cueva y aterrizo en ella con tanta fuerza y pesadez que se me va todo el aire de los pulmones.

Ruedo mientras mi pecho se sacude al no poder respirar. Descubro horrorizada que hay tres enormes criaturas que vienen galopando por la llanura con sus afilados dientes al descubierto, haciendo saltar la nieve a su paso.

Salvan la distancia que nos separa mientras yo las observo: son esqueléticas y tienen los ojos helados. Las bestias chocan unas con otras al intentar entrar en la cueva a toda prisa para reclamar su presa.

Cuando por fin consigo respirar, suelto el aire con una sola frase que me desgarra la garganta, como si escupiese piedras.

— ¡Gerg-agh tah vú!

Bulder cierra la cueva con tal fuerza que me recuerda a las fauces de un dragón, dejándome envuelta en un ligero olor a polvo y hollín y una oscuridad tan espesa que es como si estuviera atrapada entre trozos de tinta seca.

Eso y un silencio que se me clava en los huesos.

Busco a tientas el vial de Kaan. Consigo levantar la tapa y liberar la llama justo cuando comienza a envolverme una oscuridad de otro tipo: el frío.

El hambre.

Esa hambre que indica que he perdido demasiada sangre.

Gimo al sentir que el vial se me escapa de las manos, cada vez más débiles, y lo oigo rodar por el suelo.

Se me va la cabeza a un lado y mantengo la mirada fija en esa parpadeante llama hasta que me desmayo.