Capítulo 43. Raeve #2
—Ropa de montar, botas y una capa nueva —murmura, y yo levanto la chaqueta ajustada, toda una obra de arte, con elegantes costuras y líneas suaves que parecen diseñadas para realzar mi figura: la prenda más espectacular que he visto en mi vida—.
Tiene runas para protegerte de la congelación de la piel de Liri.
«Qué detalle. Por suerte, eso no ha supuesto un problema hasta ahora».
Se inclina hacia delante, desata la costura central y la abre para mostrarme el forro, grabado con tantas runas brillantes que es difícil contarlas.
—Los pantalones tienen refuerzo entre los muslos y cada prenda tiene bolsillos ocultos para tus dagas —continúa manipulando la chaqueta para mostrar algunas de las aberturas—.
La he forrado con algunas de las pequeñas escamas de las garras de Rygun que llevo guardando desde mucho antes de que nos conociéramos, recubiertas con una capa de óxido de perla para tener más protección.
Nada puede atravesarlas, así que tu pecho, espalda y hombros estarán a salvo.
Alzo la vista y escudriño sus facciones mientras él sigue hablando de esto y de aquello, mostrando diferentes aspectos del diseño, más animado de lo que nunca lo he visto.
Parece más joven, más vulnerable.
Por alguna razón, eso me hace sentir una punzada de dolor en el pecho.
—En cuanto estés vestida —dice mostrando las impenetrables botas de piel de ellok—, te integrarás con Líri y estarás equipada para montar a pelo cómodamente.
—Te gusta hacer regalos.
Levanta la vista, pareciendo dudar, y luego asiente, solo una vez.
—Espero que todo te quede bien y te guste el estilo. Si no es así, el sastre puede arreglarlo.
Lo interrumpo con un beso. Al principio, tiene los labios firmes e impávidos, como si lo hubiera pillado desprevenido, pero se entrega al momento, gimiendo en mi boca.
Me coge la cara con sus cálidas manos…
La puerta principal se abre de par en par, dejando entrar una ráfaga de nieve y viento junto con el doloroso eco de otro grito de agonía.
—¡Espero que estéis presentables! —grita Pyrok mientras sacude la nieve de sus botas, apagando todo el calor que me corre por las venas.
—Raeve va armada —gruñe Kaan sin soltar mi rostro, rozándome la mandíbula con los labios en una lenta provocación.
La respuesta de Pyrok es rápida.
—Me preocuparía más si no lo estuviera.
—Es lo único que lleva.
Me aparto, articulando la palabra mentiroso .
—Parece el escenario perfecto para que uno de vosotros acabe con mi sufrimiento.
Kaan suelta un profundo rugido que me recuerda al ruido que hace Líri cuando se dispone a devorar un trozo de carne.
Se echa hacia atrás y se pasa ambas manos por el pelo mientras yo lucho contra el impulso de montarme sobre él a pesar de la inesperada compañía. Tiene sus ojos aún fijos en mis labios cuando aparece Pyrok ante nosotros.
Este cierra la puerta de una patada y entra cargado con una cesta llena de botellas y una caja abollada. Una bandada de alondras de papel se estrella contra sus hombros, espalda y cabeza, aleteando vigorosamente.
—¿Son amigas tuyas? —Arqueo una ceja.
Él gruñe, sin mirarme siquiera.
Tiene el cabello revuelto y lleva una túnica demasiado grande que le cuelga de sus anchos hombros como si fuese una sábana, abotonada en los ojales equivocados. Ni siquiera se la ha metido por dentro de sus ajustados pantalones de cuero marrón. No es que resulte sorprendente, a no ser por…
—Nunca te había visto tan pálido. ¿Comes algo entre trago y trago?
—¿Sabes qué? La verdad es que me gusta la comida de tan al sur. —Deja la caja y la cesta sobre la mesa delante del banco y empieza a coger las alondras por sus retorcidas alas, lanzándose hacia una urna floral como si cumpliese una misión encomendada por los mismísimos Creadores.
Levanta la tapa y las va metiendo por el hueco una por una.
—Estoy pálido porque llevo oyendo los gritos de Siharna a través de la pared desde hace vete tú a saber cuánto tiempo, joder.
Las alondras no paran de escaparse, pero él sigue empujándolas al interior, tratando de deshacerse de la escandalosa bandada, y por fin vuelve a colocar la tapa en su sitio.
Suelta un suspiro de fastidio y vuelve junto a la mesa, se arrodilla y empieza a sacar de la cesta las botellas junto con tres tazas bastante presuntuosas.
—Resulta inquietante oír a alguien a quien temes derrumbarse de esa manera, así que me gustaría borrarlo de mi mente.
Cuento las botellas, segura de que hay suficientes para que borre todo lo que tiene en su mente.
—Veo que la gestión de mi correo ha ido bien estos dos últimos daes. —Kaan arquea una ceja.
—Lo dejo. —Pyrok abre los cierres de la caja de madera—. He decidido que responder a tu correo no es mi propósito vital.
—¿Y cuál es? —pregunta Kaan con auténtica curiosidad.
—¿Quién coño lo sabe? —Pyrok levanta la tapa, saca un tablero de escripe y lo lanza contra la mesa—. Probablemente, honrarte con mi presencia.
Kaan le lanza una mirada árida a la que ya me he acostumbrado. Es agradable que no vaya dirigida a mí por una vez.
—Veo que has venido preparado para que te despojen de todas tus pertenencias. —Señalo el tablero con la barbilla—. Y de tu orgullo.
—Ya hace mucho tiempo que no me queda orgullo —murmura destapando un frasco negro del que saca los dados—.
Ese aburrido de Roan está demasiado ocupado con el libro como para jugar conmigo, así que os toca a vosotros dos.
—Descorcha una botella y vierte su contenido, sospechosamente turbio, en una taza hasta que rebosa—.
Espero que no tuvierais pensado dormir, o salir de matanza…
Pongo una mueca.
—Me siento aludida.
—… o echar un polvo. Os quedan daes para eso antes de que el cielo nos aplaste a todos.
«Por todos los Creadores… Alguien no se está tomando a bien el inminente apocalipsis. Quizá lo de borrarle la mente sea la decisión correcta».
Otro grito desgarrador atraviesa el patio.
—Somos tuyos —digo en el mismo instante en que Kaan coge las vitelas.
Corta el mazo y me da la mitad mientras yo me siento más alejada en el banco y barajo. Juntos, preparamos el tablero mientras Pyrok llena las otras tazas, se bebe la suya y vuelve a llenarla.
—¿Cómo jugamos? —pregunta examinando su abanico de vitelas.
Contemplando la fantástica mano que me ha tocado —«sinceramente, ya podéis dar el juego por terminado»—, suavizo el gesto y propongo:
—¿Favores?
—No —responden ambos al unísono.
—Muy rápidos habéis sido. ¿Por qué no?
Kaan arquea una ceja.
—Porque todavía estoy herido, Rayo de Luna.
«Razonable».
—¿Cuál es tu excusa? —digo volviéndome hacia Pyrok.
—Llevo una mala racha. —Mira su mano extendida mientras organiza sus vitelas, sin revelar nada con su mirada—. Ya estoy en deuda con Veya. Ni de coña voy a estarlo también contigo.
«También es razonable».
—Los dos y los cuatro beben —continúa lanzando sus vitelas contra la mesa y, luego, extendiéndolas en abanico en el otro sentido—. Quien pierda primero tiene que beberse la taza de un trago.
Frunzo el ceño al ver mi taza rebosante y la deslizo hacia él, segura de que no quiero arriesgarme a probar esa mierda otra vez, por muy buena que sea mi mano.
—Estamos de niñeros; alguien tiene que mantenerse sobrio. Me ofrezco voluntaria encantada.
—Korie está cubierta. —Pyrok señala con la barbilla a Kaan—. Tendría que beberse un río de hidromiel para emborracharse.
—¿En serio? —Miro a Kaan—. ¿Has desarrollado tolerancia?
—Dragón sobreprotector —murmura lanzándome una mirada, y sigue organizando su mano—. Asimila enseguida mis dolencias. Tendría que emborrachar a Rygun para conseguir algo más que un colocón.
Eso es… interesante.
«Y nada oportuno para mi paladar».
—Echo de menos los daes antes de que se nos volviera todo un Daga-Mórrk —dice Pyrok mordiéndose el pendiente del labio—. Vimos cosas muy chungas.
—En resumen —interrumpe Kaan, como si estuviera ansioso por cambiar de tema—. Que lo de Korie está controlado.
Frunzo el ceño mientras Pyrok vuelve a dejar la taza llena en mi poco agradecida atmósfera.
—Bueno, bien por ella.
Se oye un gemido gutural resonando por el patio, nítido y claro, como si Siharna estuviera justo a nuestro lado, como si Clode la hubiera puesto directamente sobre la mesa para que no pudiésemos disfrutar.
«Por todos los Creadores, la cosa va a peor…».
Pyrok se pone en pie de un salto y corre hacia la pared del fondo.
—El primero en llegar a tres será coronado con… —descuelga una corona blanca de un gancho y la agita, haciendo brillar los capullos rojos como gemas toscamente talladas— esto .
Kaan levanta ambas cejas.
—¿La reliquia familiar única que se ha transmitido de generación en generación durante tanto tiempo que no sabemos de dónde viene ni qué es?
Pyrok frunce el ceño al mirar el objeto y se encoge de hombros mientras se lo coloca en la cabeza.
—Si fuese tan importante, no estaría en un gancho en la pared acumulando polvo.
Está arrodillándose junto a la mesa cuando la puerta se abre de golpe, exponiéndonos a otra ráfaga de viento y nieve.
Vemos a Roan entrar con una pluma naranja entre los dientes, sus gafas rotas sobre la punta de la nariz y la mirada clavada en el Libro de Voyd , que lleva abierto sobre su mano enguantada.
Cierra la puerta de un empujón, se quita sin mirar las botas, que ya llevaba desatadas, con la punta del otro pie y se dirige como un espectro hacia la encimera de la cocina, arrastrando por el suelo el sucio bajo de su túnica blanca, que le viene grande.
Acerca un taburete y se sienta con el libro abierto sobre la mesa, saca un cuaderno del bolsillo y anota algo en él. Luego, continúa estudiando la página.
Ni un hola.
Ni un saludo con la mano.
Ni un pestañeo a modo de reconocimiento.
«Vale».
Los demás volvemos a centrarnos en el juego.
—¿Conocéis todos las reglas? —pregunta Pyrok justo antes de que otro grito inunde la habitación, convirtiéndose en un gemido que me eriza la piel de los brazos—. Doses, cuatros y seises —añade, a lo que Kaan y yo respondemos con la misma maldita palabra.
—Reparte.