La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 43. Raeve
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Capítulo 43. Raeve

Raeve

C ojo un mollie del cuenco y lo pongo sobre una tabla para cortarlo por la mitad con un cuchillo.

El dulce jugo impregna el aire mientras el silencio se hace patente.

Un silencio expectante, como las respiraciones profundas entre un grito y otro de Siharna.

Un silencio que me inquieta; desvío la mirada con demasiada frecuencia de Kaan, que está sentado, en dirección a la ventana, al otro lado del patio, hacia esa silueta que se mueve detrás de la cortina.

Me aclaro la garganta y sigo cortando la fruta en trozos más pequeños.

—¿A Rygun no le gusta la fauna local? —pregunto intentando llenar el vacío.

Kaan frunce el ceño, con los ojos ensombrecidos por unas ojeras que antes no tenía, quizá un tributo a su insomnio.

—No es nada exigente. ¿Por qué lo dices?

—Me fijé en que voló hacia el norte durante un tiempo mientras Líri y yo explorábamos el pueblo. Supuse que había ido a cazar, y eso me pareció extraño, ya que las montañas son muy prósperas.

—No vas a verlo cazando en estas montañas con las Nieblas tan al norte —dice Kaan remangándose la holgada túnica marrón que lleva—. Cuando ha ido antes a por mí apenas ha tolerado pasar por entre las cumbres.

Aprieto los labios.

Sigo cortando la fruta y echo los trozos en un cuenco pequeño, enfundo mi daga y rodeo el banco para sentarme junto a Kaan.

Le paso el cuenco, doblo las piernas debajo de mí y apoyo el hombro en la tapicería.

—¿Ha pasado algo?

Se le tensa la mandíbula al coger un trozo de fruta del cuenco.

—Hace mucho tiempo, sí. —El silencio se apodera de nosotros mientras él pela la rugosa piel morada, dejando al descubierto la crujiente pulpa dorada—. Estaba cazando mi primera piel de gruuc para poder reclamar mi ruháth con el clan Johkull.

—¿Ruháth?

—El derecho a empezar a construir una tienda dentro del recinto del clan —explica—. Hasta que un joven guerrero no reclama su ruháth, debe pasar las duermevelas al raso.

—Ah.

—En aquella época, Rygun pasaba la mayor parte de sus daes cazando cerca de la frontera. Su mah murió en las llanuras durante una gran batalla y no consiguió llegar al cielo. Estaba profundamente afligido y prefería no irse lejos.

Le cuesta pronunciar esas palabras, como si nunca lo hubiese hecho. Quizá sea la primera vez que cuenta esto.

—La niebla se había dirigido hacia el norte, algo extraño.

Rygun quedó atrapado en ella mientras cazaba un fáunido y perdió el rumbo, y acabó en unas arenas movedizas.

—Kaan deja el trozo de fruta en el cuenco y comienza a pelar otro—.

Al oír sus gritos de pánico, fui a investigar y me lo encontré casi completamente sumergido, a punto de ahogarse en la arena.

Siento un escalofrío por todo el cuerpo al comprender adónde va a parar esto, lo que está a punto de contarme.

La historia de su vínculo, algo que la mayoría de los feéricos se guardan para ellos.

Sagrado.

No ignoro el hecho de que esto supone un gran honor. Es como poner tu corazón en manos de otra persona confiando en que cuidará de él.

Al ser consciente de ello, me llevo la mano a la nuca y cojo un mechón de pelo.

—Llamé a Bulder para que lo sacara, pero debía de llevar un buen rato sufriendo y, una vez libre, no tenía fuerzas ni para levantar la cabeza, y mucho menos…

—Se le quiebra la voz mientras me observa soltarme la cinta de cuero que llevo en la muñeca y enrollarla en el mechón, cerca de la raíz—.

Y mucho menos para volar —continúa, dejando otro trozo de fruta pelada en el cuenco.

Sigue con el tercero mientras yo le hago un nudo a la cinta—.

Por desgracia, no fui el único que había oído sus gritos.

—¿Acudió más gente?

—Mucha.

Esperando en silencio a que continúe, divido mi mechón en tres partes y empiezo a entrelazarlas para formar mi uhloo, bien apretado.

Todo ello mientras Kaan observa con avidez cada movimiento de mis manos y el aire entre nosotros se va cargando de algo cálido y esperanzador que hace que parezca que no existe nada aparte de este hogar.

Este banco.

«Nosotros».

Cuando vuelve a hablar, su tono es grave.

—Durante dos daes, la zona se llenó de guerreros de diferentes clanes con armas, puños y cánticos, creyendo que no había esperanzas para Rygun. Me enfrenté a ellos.

Sintiendo cómo toda la sangre abandona mi rostro, me las apaño para mantener las manos ocupadas, pasando los mechones por encima y por debajo, por encima y por debajo.

—¿Querían su cadáver?

—Así es. —Se aclara la garganta y deja el cuenco en el asiento junto a él, al parecer olvidando su apetito—. Eso habría proporcionado sustento a cualquiera de los clanes más grandes de las llanuras durante muchas fases. No se habría desperdiciado una sola escama.

Me viene a la cabeza el clan Johkull, el cadáver hueco de siegasable en el que viven, valiéndose de cada parte de su cuerpo para ayudar al funcionamiento del clan. Imagino a esa bestia como Rygun, muerto en el suelo para que el mundo lo devore —hurgando en él—, y me siento inquieta hasta la médula.

Nerviosa por las ganas de luchar .

—Para el segundo dae —continúa Kaan mientras yo entrelazo el pelo que queda bajo su ardiente mirada—, había soltado tantas palabras que ya no quedaba nada del tartamudeo que padecía de joven, pero estaba tan destrozado que apenas me mantenía en pie.

—Aprieta los puños y los apoya en los muslos—.

Dos clanes vecinos formaron una alianza y reunieron un pequeño ejército que habría sido mi fin de no ser porque Rygun reunió la fuerza necesaria para aniquilarlos con su llama.

Los cuerpos aún ardían cuando me miró, arrodillado en el suelo, y lo supe: o me subía a su lomo, o se acurrucaría para morir a mi lado.

Me quedo quieta, dejando que sus palabras se me claven en la piel como flechas lentas.

Tragándome el nudo que tengo en la garganta, cojo el puño de Kaan y le aflojo los dedos, instándolo a que sujete el extremo de la trenza mientras yo intento soltarle el pelo, buscando a tientas el nudo de la cinta de cuero que se lo sujeta.

Él inclina la cabeza para facilitarme la tarea. Es algo que me resulta… íntimo. Como un dragón más grande y feroz confiando en otro para que lo ayude a quitarse las escamas que se le caen, dejando al descubierto sus partes vulnerables.

Consigo soltar sus rebeldes rizos, impregnados de su ardiente aroma, y con la cinta que los mantenía sujetos ato mi trenza, fuerte y segura. Sin pausa, cojo una daga, inclino la hoja hacia mi cuero cabelludo y corto la trenza. Me tomo un momento para examinar mi trabajo.

Asegurándome de no haberla cagado.

—Juntos, tomamos la decisión de vivir —dice Kaan con voz ronca, quedándose petrificado mientras le paso los dedos por el pelo, cerca del cuero cabelludo.

Le cojo un buen mechón, uno mi uhloo a él y utilizo los extremos de la cinta para fijarlo en su sitio. Una vez asegurado, se lo echo hacia delante para que le caiga sobre el hombro, largo, fuerte y ostentoso.

Aunque no es perfecto, está tan prieto que casi queda tieso. Algo que no parece molestarle, ya que toma el uhloo entre sus manos y lo mira con tal reverencia que me duele el pecho al verlo.

—Al regresar a mi clan, se añadieron muchos puntos a mi réidi, un recuerdo de las vidas que quité. Llevo sus almas como manchas; buenos guerreros que solo luchaban para mantener a sus seres queridos. Aunque volvería a hacerlo, la sangre que derramé en ese campo de batalla no tuvo nada de honorable.

—Te equivocas.

Me mira arrugando el entrecejo.

—Luchar por quien no puede luchar por sí mismo sin esperar obtener nada a cambio… —Le acaricio la mejilla con el dorso de la mano—. Lograste más honor del que perdiste, Kaan. Tras nadie más estaría dispuesta a lanzarme a la batalla. Nadie .

Él respira hondo y abre la boca…

Siharna suelta un alarido que me atraviesa y me oprime por dentro, una sensación que va y viene desde que regresamos al pueblo y recogimos a Korie.

Desde que le mentí a Kaan diciéndole que estaba cansada cuando en realidad me estaba desmoronando por esos agonizantes chillidos.

Pensé que necesitaba estar sola, pero ahora que me encuentro aquí acurrucada junto a él —con su imponente presencia haciendo que estas oleadas de inquietud sean un poco más fáciles de sobrellevar—, creo que esto es lo que ambos necesitábamos.

Tenernos el uno al otro.

—Olvídalo —digo tomando una gran bocanada de aire que alivia un poco el malestar—. Siharna podría acabar conmigo.

«Con solo chasquear los dedos».

Kaan sonríe, aunque la sonrisa se desvanece cuando me pasa un mechón de pelo suelto detrás de la oreja donde tengo la muesca.

—Un dae, esa batalla podría llegar para nosotros, Rayo de Luna.

—Otro dae más, otro baño de sangre. —Me inclino sobre él, cojo un trozo de fruta del cuenco y le doy un mordisco, disfrutando de lo crujiente que está—.

Dilo y me pongo la armadura. Bien saben los Creadores que el mundo sería un lugar mejor sin tus hermanos gobernando dos tercios del planeta —murmuro, sintiendo un hormigueo en las yemas de los dedos por las ganas que tengo de arrancarme las cutículas.

—En eso estamos de acuerdo.

Siento los ojos de Kaan clavados en mí mientras me meto el resto de la fruta en la boca y mastico mirando fijamente a la pared.

Por mucho que me apasione imaginarme arrancándole los ojos a Cadok de las órbitas y reventándolos de un puñetazo, todo parece tan incierto que es casi imposible ver más allá de tres pasos. ¿Y si no queda nada que salvar después de las caídas, y mucho menos que liberar?

Basta para revolverme el estómago.

—Ya que hablamos de armaduras…, bueno, tengo algo para ti.

Arqueo una ceja mientras Kaan coge un gran fardo de una mesa, se vuelve a sentar y me lo da. Toco el lazo de sarga y vacilo antes de deshacer el nudo, pero al hacerlo descubro un montón de prendas blancas dobladas.