Capítulo 42. Kaan #2
Los gritos de mah reverberan por el amplio corredor. Son unos gemidos agonizantes que me hieren más profundamente que nada que haya sentido antes.
Aprieto con más fuerza mi laúd.
Apoyando el tacón de la bota me recuesto contra la pared y miro fijamente las puertas de la habitación de mah mientras su siegasable lanza un rugido tan fuerte que hace temblar las paredes.
Este da paso a un gimoteo gutural y el pesado aleteo de Jógo me recuerda constantemente su presencia sobrevolándonos.
No tengo ninguna duda de que él estaría con mah en la habitación, velando por ella mientras da a luz, si cupiera. No hay duda de que ella estaría en su guarida, pariendo a su lado, si pah se lo hubiera permitido.
Me coloco el laúd en el regazo y empiezo a tocar la melodía favorita de mah, cantando tan alto como puedo.
Aunque se me quiebra la voz en las notas alegres, que no concuerdan en absoluto con esta pesadumbre que siento en el pecho, sigo adelante, con la esperanza de que ella me oiga, de que la canción le proporcione algo de consuelo mientras brega por traer al mundo a mi hermano.
Un aullido hace que se me pare el corazón un instante, que me fallen los dedos en los siguientes acordes.
Los guardias que hay apostados a sendos lados de las ornamentadas puertas de los aposentos de mah se miran.
Es la primera vez que pierden la compostura desde que comenzaron sus gritos.
Tengo un mal presentimiento.
Esos mismos guardias estaban apostados aquí cuando nacieron los gemelos y entonces no movieron ni un músculo, ni una sola vez.
Ahuyento ese pensamiento y toco con más intensidad.
Canto más alto.
Sus gritos se reducen.
Me detengo, presto atención. Espero oír los agudos llantos de una nueva vida, pero solo me llega silencio.
Al oír a Jógo proferir un chillido tan fuerte que me hace vibrar el oído interno, me invade una gélida sensación.
«Algo no va bien».
Las puertas se abren de golpe.
Pah las atraviesa en tromba cubierto de más sangre que cuero, y las puertas vuelven a cerrarse a su espalda. Se detiene y me mira con desdén.
Contrae el labio superior, igual que siempre antes de envolverme en llamas por mi incompetencia, como si estuviera al borde de un precipicio a punto de levantar el pie…, lanzarlo hacia delante…
Llena sus pulmones de aire y yo me preparo…
Se oye un grito agudo en la habitación de mah, y se me forma un nudo en la garganta.
Una puerta se abre con cuidado y aparece la doncella principal de mah con la vociferante bebé envuelta en un pañuelo verde.
—Su hija, majestad. —A Shera le tiembla la voz y sus ojos castaños, en lugar de reflejar alegría, están vidriosos, a un parpadeo de que empiecen a rodarle lágrimas por las mejillas—. Por fin ha llenado sus pequeños pulmones.
Shera se acerca poco a poco hasta situarse entre nosotros y extiende con cuidado a la pequeña, que se retuerce, hacia pah.
Pah apenas se mueve, aunque levanta las manos y coge a la bebé, bajando la mirada hacia ella.
«Mi hermana».
Ella sigue armando escándalo, y ese sonido agudo me sacude por dentro, mientras otra doncella sale corriendo de la habitación con una cesta llena de sábanas ensangrentadas y se aleja por el corredor.
Shera entra a toda prisa por las puertas y veo los pies de mah.
Más sábanas ensangrentadas.
Doncellas rondándola con la cabeza gacha.
No sé por qué tengo la impresión de que el mundo está conteniendo la respiración. Por qué yo también lo estoy haciendo.
Pah sigue mirando con frialdad a mi hermana, que no para de retorcerse y gritar, con las pupilas dilatadas.
De nuevo, tengo un mal presentimiento.
Dejo mi instrumento contra la pared y me incorporo, pues algo en mi interior me dice que me mueva hacia delante, y eso hago hasta que estoy justo ante él, cara a cara, como si alguien me hubiese empujado por la espalda, instándome a seguir adelante.
—Quítala de mi vista —murmura con un tono tan cortante que me sorprende que las palabras no dejen una herida muy real y profunda.
Me pone a la bebé contra el pecho.
Alzo las manos para sostenerla. No es que sepa muy bien cómo coger a un bebé, pero lo intento, torpemente, hasta que está a resguardo contra mí.
Pah se marcha sin mirar atrás y, aunque hace tiempo que pronunció esas palabras, siguen resonando en mi mente como si aún estuviera delante de mí.
Repitiéndolas una y otra vez.
«Quítala de mi vista».
Espero a que pah doble la esquina para dirigirme a las puertas. Los guardias no me abren de inmediato, sino que cruzan la mirada.
—Necesita a su mah —digo con voz ronca, y la pequeña vuelve a armar escándalo, lanzando un grito estridente y tembloroso que pone a prueba la poca paciencia que me queda, porque ella no es la única que la necesita.
Yo también.
—¡¡Ahora!!
La palabra me sale con tal fuerza que el suelo se sacude.
Ambos guardias se golpean el pecho, torpemente, para abrir las puertas.
Todas las caras demacradas de la sala se vuelven hacia nosotros, la mayoría de la gente aún más cubierta de sangre que pah.
A pesar de los llantos llenos de salud de mi hermana, nadie sonríe y se respira un ambiente tenso.
Me siento como si estuviera en un agujero parecido a aquellos en los que pah me metía de pequeño, esperando a que las paredes se derrumbaran.
Alzo la barbilla, una petición silenciosa para que una de las doncellas más jóvenes se aparte.
Tras dirigir una breve mirada a su superiora, esta obedece, dejando al descubierto a mah en la gran cama circular, con la cabeza hacia las ventanas y sus rizos castaños rojizos esparcidos sobre la almohada.
Me sonrojo al ver su camisón ensangrentado pegado a la parte inferior de su cuerpo. Ni por asomo alcanza a cubrirla.
A pesar de ello, me acerco.
Las parteras agachan la cabeza y se apartan para dejarme pasar junto a la cama, pero me quedo paralizado al ver los ojos de mah, muy abiertos e inyectados en sangre. Sin expresión.
Vacíos.
Miro a mi alrededor, esperando que alguien me dé una explicación, que me diga que hay una razón para que ella esté así. ¿Los calmantes? ¿El agotamiento?
«Algo».
Mi hermana sigue berreando mientras yo observo a mah fijamente, esperando que parpadee, que mueva sus hermosos ojos verdes y me mire, me regale una de sus radiantes sonrisas y, luego, abra los brazos para recibir a su hija.
Pero no lo hace. Tampoco su pecho sube y baja.
«Ni dice adiós».
Bajo la vista a mi hermana, que tiene el rostro contraído, y me doy cuenta de que yo soy el afortunado, pues conozco la ternura con que mah expresa su amor, su aroma a nanabaya, la dulzura de su voz. Pero ella no… y…
«Nunca lo hará».
Se me escapa un lamento por mis labios temblorosos mientras uso la yema del pulgar para suavizar las tristes arrugas que tiene mi hermana entre las cejas, reprimiendo el dolor que me atenaza la garganta.
Noto escozor en los ojos.
Hago un esfuerzo por sonreír y me agacho sobre la cama junto a mi bella mah, tan cerca que siento cómo se le va yendo el calor.
—Tu hija —susurro dejándola sobre su pecho. Con delicadeza, le muevo los brazos a mah para que rodeen a mi hermana y hago que la acune con ayuda de mis manos.
La pequeña deja de gritar a la vez que yo empiezo a hacerlo por dentro.
—Es muy guapa —digo con la voz entrecortada, dándole un beso a mah entre las cejas mientras el desgarrador dolor que siento en mi corazón amenaza con extenderse y deformar mis facciones.
Con hacer que me derrumbe.
Recobro la compostura y me aparto.
—Se parece mucho a ti. —Le dedico a mah una sonrisa que ojalá pudiera ver—. Pero su voz es un poco aguda; quizá mejore.
Imagino que ella me devuelve la sonrisa y me dice que deseaba tener una hija, pero que nunca pensó que se le concedería una para poder ponerle el nombre de su difunta mah.
«Veya».
Imagino que su sonrisa se desvanece mientras me mira con los ojos muy abiertos y me pide muy seria que quiera a esta niña con todo mi corazón.
—Siempre —susurro, y luego le cojo la mano a mah y se la acerco a la mejilla de Veya, ofreciéndole su calor, sabiendo que esta será la primera y única vez que lo sienta.
Con un gruñido, aparto a Borg de un manotazo.
—Ya basta.
—¿Por qué siempre me interrumpís ahí? —suspira y se aparta a regañadientes, como un niño malcriado—. Me lo estaba pasando taaaan bien.
—Habla por ti —mascullo mientras me agacho para coger la botella, que debo de haber tirado mientras Borg se daba un festín conmigo, y apuro lo que queda.
—Esa no es forma de hablarle a un amigo —dice arrastrando las palabras mientras da vueltas con júbilo formando un remolino de niebla—. Aunque no debería sorprenderme, dadas vuestras pocas ganas de embellecer mi frasco. Quizá entendamos la palabra de forma diferente.
—Respuestas. Ya.
—Tampoco tenéis paciencia —dice con tono monocorde, como el lento goteo de un grifo roto.
Gruño.
Él chasquea la lengua, da otro giro y dice:
—Hay un nido en Bhoggith con un huevo estéril al cuidado de una taciturna fundefauces rosa que ha perdido a su pareja. El macho naranja decidió descansar en el cielo justo sobre ella.
—He oído hablar de ello. Su nido está cerca del centro, ¿verdad?
—Correcto. También está posada en uno de vuestros queridos fragmentos lunares.
«Joder».
—¿Y Elluin? —lo interrumpo cuando se dispone a regresar a su frasco.
—Se fue por voluntad propia. —Las palabras me desgarran—. En silencio, pero por voluntad propia. Sin cadenas ni restricciones.
Luego se va, dejándome solo con un silencio voraz y el eco de sus dolorosas palabras.
Lanzo la botella vacía al otro lado del banco y me presiono los ojos con las palmas de las manos hasta que siento que me van a estallar, con todos los músculos de mi cuerpo tensos, a punto de reventar. Y mi corazón…
«Es el que peor está».
Intento frenar mi pulso, calmar la agitada corriente de mis venas. El sonido lejano de los gemidos de Siharna lo vuelve imposible, al igual que la noticia de que Elluin se fue por voluntad propia.
Sin coacción, sin ataduras. No obstante, Raeve afirma que todavía me amaba.
Tal vez esté arañando el pasado como un dragón intentando afilar sus garras en una roca demasiado blanda, pero la respuesta de Borg no me tranquiliza en absoluto. De hecho, logra justo lo contrario.
—¿Kaan?
Me da un vuelco el corazón al oír la voz de Raeve.
Al verla al pie de la escalera, se me corta la respiración.
Una de mis túnicas negras le queda grande, el bajo le llega por la mitad de los muslos, y lleva la melena suelta, cayendo a su alrededor en ondas alborotadas. Observo su rostro: cejas fruncidas, preocupación reflejada en sus claros ojos, tanto que alumbran en la penumbra.
Viva.
Maravillosamente viva.
—¿No puedes dormir?
Tras unos segundos, niega con la cabeza y levanta la vista hacia la ventana que tengo a la espalda justo cuando llega otro grito. Se agarra con más fuerza al pasamanos, lo que me hace preguntarme si esto también le está afectando a ella, si le está trayendo recuerdos.
Suelta aire, como si dudara, y dice:
—¿Estás bien?
«No».
—Yo tampoco puedo dormir. —Alargo la mano para tapar el frasco de Borg y me lo guardo en el bolsillo—. Mah murió al dar a luz a Veya —aclaro, aunque más palabras me queman por salir.
«… Y tú moriste al dar a luz a Kyzari».
Suaviza la mirada mientras observa por la ventana y, luego, dirige la vista a mí.
—Lo siento mucho, Kaan.
Hay una suavidad en su tono que nunca antes había oído, casi ternura.
«Tan encantadora que duele».
—¿Quieres compañía?
La pregunta es como una patada en el pecho tan bienvenida que alivia parte de mi tensión. Es como si en lo más profundo creyera que todo va a ir bien ahora que ella está aquí, conmigo.
—Sí, Rayo de Luna. —Me aclaro la garganta—. Me gustaría mucho.