Capítulo 41. Raeve
Raeve
U n viento fuerte me golpea la mejilla, sacándome de un sueño pesado.
Al abrir los ojos, veo unas nubes oscuras que amenazan con descargar mientras trato de recordar dónde estoy, cómo he llegado aquí.
El dolor saciado que siento entre las piernas me trae todo a la mente de nuevo.
El vínculo. El tiempo que me abandoné al salvaje impulso de dejarme llevar. Kaan en el estanque.
En mí .
Los dos al borde del estanque…, contra el acantilado…, sobre las pieles de su campamento improvisado. Otra vez.
Otra vez.
De vuelta al estanque para lavarnos, aunque acabé con las piernas abiertas enredadas en sus brazos, recostada sobre una roca mientras él me devoraba sin descanso mientras le gritaba que me follase hasta que el mundo se derrumbara a nuestro alrededor.
Una oleada de calor me recorre las venas mientras me lleno los pulmones con su embriagador aroma, como cucharadas de nata servidas sobre una piedra candente.
Me arden las mejillas.
Aparto las pesadas pieles que cubren mi desnudez cuando una ráfaga de viento me trae olor a humo y carne asada.
Al echar un vistazo por encima del hombro, sonrío al ver a Kaan sentado en una roca junto a la hoguera, con el burbujeante estanque como telón de fondo, difuminándolo todo excepto a él.
Lleva el pecho y los brazos al descubierto, mostrando su suntuosa piel, y el pelo recogido en un moño deshecho en el que ansío enredar los dedos.
Mi trozo de carne está ensartado en un palo, suspendido sobre una hoguera crepitante, goteando un jugo rosado sobre las brasas.
—Me sorprende que ella te haya dejado coger eso mientras dormía.
Él gira el palo mirando a Líri, enroscada en un círculo luminoso bajo un árbol cercano, roncando en sueños, en el mismo lugar en el que lleva desde que regresara de su excursión justo antes de que nos durmiéramos.
—Ni siquiera ha movido la cola. —Vuelve su mirada hacia mí: cálida.
Sobrecogedora.
Se me dibuja una sonrisa.
Él me observa durante un buen rato y, después, señala con la mano.
—Tienes la ropa detrás de ti. Lavada y seca.
Me incorporo y la veo doblada con cuidado en un montón, y mis prendas íntimas encima, también dobladas.
Arqueo una ceja.
—¿Has doblado mi ropa interior?
—Con mucho gusto.
Alzo la mano para tapar la sonrisa que de nuevo cruza mi rostro y deslizo los dedos por mis labios. Me muerdo el inferior y sacudo la cabeza mientras lo miro.
Maravillada .
Esos músculos torneados, marcados incluso cuando está relajado; sus manos…, callosas y hábiles, y el vello que se extiende desde su ombligo y pasa por debajo de sus pantalones holgados de sarga, que insinúan el enorme miembro que cuelga entre sus piernas abiertas…
Se me acelera el corazón.
Siento un hormigueo de deseo por todo el cuerpo al volver a fijar la vista en su sensual boca, ahora con las comisuras alzadas.
—¿Tienes algo en mente, Rayo de Luna?
«Cosas depravadas. De verdad».
—Me estaba preguntando cómo es que, después de tantas fases, nadie más acabó en tu cama… y se quedó.
Su sonrisa se desvanece en parte.
Tras un momento de silencio, dice:
—Las cadenas de la puerta resultan poco atrayentes.
«Quizá para algunas».
—Ya sabes a lo que me refiero. Eres un buen hombre, un buen rey, y ahora puedo decirte que, con estas habilidades —levanto mis delicadas prendas dobladas y las agito en su dirección—, junto con lo de antes , estoy segura de que podrías haber tenido a cualquiera que desearas.
Se le oscurecen los ojos.
—Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza.
Frunzo el ceño.
—¿No ha habido ninguna otra en todo este tiempo?
Se encoge de hombros.
—El amor verdadero no se extingue, Raeve. Se aferra a ti como un lastre, incluso aunque te estés ahogando.
Esas palabras me sacuden. Es como si hubiesen tocado una cuerda en mi pecho y producido un sonido tan espantoso que todo mi ser se encoge.
Desvío la mirada, pues no quiero ni imaginarme viviendo en un mundo en el que él no exista, aunque sé bien lo que se siente al perder a alguien a quien quieres…
Esa sensación de deshilacharse, de que se desprendan hebras sangrientas de ti que están atadas a la persona perdida. Luego, están las duras costras que se forman tras todo lo que ha desaparecido. Aunque se parece mucho al olvido, es mejor eso que el dolor descarnado de una herida abierta.
Sin embargo, Kaan habla como si nunca se hubiera acostumbrado, como si llevase curándose una herida sangrante desde la muerte de Elluin. Y eso…
«No puedo pensar en eso».
—La verdad es —murmura— que mi cama me habría parecido más vacía si la hubiera compartido con otra que no fueras tú.
«Por todos los Creadores…».
—Bueno, vale. —Me aclaro la garganta y me pongo la ropa interior—. Parece que todo esto no ha hecho más que darme la razón.
Es un intento patético de desviar la conversación hacia algo que no duela tanto, pero él muerde el anzuelo como una bestia hambrienta y sus ojos vuelven a mostrar cierta ternura.
Sonriendo, se inclina hacia delante y le da la vuelta a la carne.
Desdoblo mi túnica, me la pongo y me echo la melena a un lado. Saco el málmr de Kaan de debajo de la tela y lo dejo colgando entre mis pechos. Me acerco al fuego y me siento en una piedra frente a él.
Aparto la vista de las llamas y, apoyando la barbilla en la palma de la mano, la dirijo a través de los árboles a mi dragona, que sigue durmiendo.
—¿Sabes? —comienzo, y Kaan pasa su fogosa mirada de su málmr a mis ojos—. Recuerdo cierta promesa de que no ibas a tomar parte…
Arquea una ceja.
—Tú viniste a mí, Rayo de Luna.
La confianza de su voz me afecta. Me hace sentir calor por dentro.
Suelto una risa ahogada mientras él se agacha, coge un odre y me lo lanza por encima del fuego. Lo atrapo al vuelo.
—Oye…, ¿qué es el uhloo del que hablabas antes de que me fuera?
Se le hinchan las mejillas al sonreír de medio lado, y me derrito.
—Una trenza pequeña, entregada por voluntad propia.
Le lanzo una mirada interrogativa.
—Me honras llevando mi málmr —aclara señalándolo—. Adornar mi cabello con una trenza tuya es la forma que tienen los Johkull de devolver ese honor. La rigidez de la trenza dice mucho de tus intenciones.
—¿Quieres llevar mi pelo?
Se le ensancha la sonrisa.
—Preferiría llevarte a ti cada dae durante el resto de mi existencia, pero me bastará con tu uhloo.
Tardo un poco en comprender lo que quiere decir, pero, cuando lo hago, me sonrojo. Ese mismo calor se extiende por mis pechos, haciendo que los pezones se me pongan dolorosamente erectos.
Posa la mirada en mi labio inferior mientras lo muerdo suavemente con los dientes mientras considero si levantarme y rodear la hoguera para sentarme a horcajadas sobre él.
Después de apartar mi ropa interior, le rasgaría esos pantalones de sarga, agarraría su enorme miembro y empezaría a moverlo muy despacio hasta que estuviera listo para meterlo en mi húmeda y anhelante entrepierna…
—Solo cuando te sientas cómoda ofreciéndomela —murmura con una sonrisa cómplice, y se inclina para pinchar la carne asada, liberando más jugos aromáticos—. Aunque es importante que sepas que, hasta que no la lleve puesta, se me considera libre .
—¿En serio? —Arqueo una ceja, le quito el corcho a su odre y doy un buen trago—. Bueno —digo volviendo a taparlo—, quien quiera poner a prueba esa teoría encontrará mi espada, y probablemente se desangre hasta la muerte.
Su risa reverbera por el pequeño campamento, como si pensara que estoy bromeando.
No lo hago.
Nos sumimos en un cómodo silencio mientras él da la vuelta a la carne y echa otra rama seca al fuego, que Ignos se traga de inmediato.
Aparto la mirada y observo a Líri durmiendo. Me llevo la mano al pecho y me lo froto, como si quisiera atravesar mis costillas y cuidarla físicamente dentro de mí.
—¿Estás segura de que el vínculo se ha establecido? Tendrías que sentir…
—Es aún más fuerte que antes de que nos durmiésemos. —Dejo caer la mano e inclino el odre a un lado y a otro, escuchando cómo se agita el líquido—. Es como tener una luna sólida en mi pecho. Ahora ya no hay forma de volver atrás.
Oigo un leve suspiro de alivio.
—Me alegro de que hayas venido. —Miro el odre—. La tentación de dejarme llevar era muy fuerte con Líri.
Por mucho que me duela reconocerlo, si esto era una prueba de carácter, he suspendido. Di un paso adelante y diez atrás.
De no haber sido por Kaan, ahora mismo sería más dragona que feérica. Por maravilloso que suene, él tenía razón al señalar que habría sido como rendirse en una pelea o negarse siquiera a entrar en la arena. En el fondo, sé que me habría odiado a mí misma, y ese odio se habría emponzoñado.
Se habría vuelto venenoso.
—Recuerdo muy bien esa sensación —murmura Kaan.
Levanto la vista.
—¿Qué te mantuvo con los pies en la tierra?
Se le forma una arruga entre las cejas mientras mira la carne chisporroteando y le da la vuelta.
—La idea de no volver a oír cantar a mah, o de no volver a ver su sonrisa.
Dice las palabras con mucha dulzura, pero me sientan como si me lanzase una piedra.
—¿Por qué le tienes miedo al fuego, Raeve? —Me mira a los ojos a través del humo.
La pregunta me pilla tan desprevenida que es como recibir una puñalada entre las costillas que me deja sin aliento.
«Supongo que ha aprendido a golpearme cuando bajo la guardia».
Aparto la mirada. Me recuesto. Me enderezo de nuevo.
— Miedo . —Me río mientras destapo el odre. Me lo llevo a los labios y bebo un sorbo de agua.
Ojalá hubiese algo más fuerte.
—Me hace parecer muy débil —murmuro, volviendo a poner el corcho en su sitio con la palma de la mano.
Si él me ve así, los demás también, y eso es un problema.
Las debilidades se aprovechan.
—Me encantaría que desmintieras esa afirmación. Aguanta mi mirada y dime que no es así.
Aunque esas palabras son firmes, serenas, hay violencia debajo. Igual que esas malditas brasas que asan la carne, haciéndola chisporrotear.
Chasqueo la lengua y me apresuro a reprimir mi miedo, vaciándome de todas las emociones excepto de la ferocidad, que siempre acecha bajo mi piel, esperando ser liberada. Es un proceso por el que he pasado más veces de las que puedo contar.
Al levantar la vista, veo el rostro de Kaan ensombrecido por su entrecejo arrugado, pues sin duda advierte la dureza en mi gesto.
—Podría atravesar esas llamas ahora mismo y dejar que me devoren —digo sin expresión alguna. Una espada forjada bajo una montaña que ha enterrado tanto de mí que es una sorpresa que siga respirando—. Me derretirían hasta reducirme a un charco y ni siquiera me inmutaría. ¿Te haría sentir mejor?
—No. —Se le oscurecen los ojos.
«Maldita sea».
Quito el corcho y doy otro sorbo, reteniendo el líquido en la boca antes de tragar.
—El fuego me convirtió en un monstruo, Kaan. Miro esas llamas y veo lo peor de mí, y muchísimo dolor innecesario.
—¿Quién?
La palabra es un gruñido de dragón, como si saliera directamente de las fauces de Rygun.
Cuando miro a Kaan, veo compostura y una promesa silenciosa de violencia.
—Un nombre, Raeve, es todo lo que necesito.
«Un nombre».
Si hay algo que he aprendido de los últimos daes es que algunas cosas merecen salir a la luz, aunque yo no tenga intención de sacarlas. Se lo merecen.
Otras ni siquiera merecen una maldita lápida.
Dejo que mis emociones vuelvan adonde tienen que estar y me levanto, rodeo la hoguera y me dejo caer sobre su regazo. Advierto la sorpresa en sus ojos, cada vez más abiertos, mientras abre la postura para hacerme hueco.
Le cojo la cara con las manos y le acaricio la barba, maravillada por la forma de sus labios…, su nariz…, sus gruesas pestañas…, incluso las cicatrices que lo cubren, haciendo que su belleza sea increíblemente superior a la de cualquier otra persona que haya visto jamás.
Él hace que todo valga la pena, cada detalle. Volvería a pasar por todo lo que he pasado solo para estar aquí ahora mismo, en su regazo, respirando el mismo aire que él.
—Las últimas veintitrés fases…, todo ha sido un gran cementerio, Kaan.
Si lo desenterramos, no nos quedará más que hoyos en los que tropezar y un montón de huesos —le susurro, y bajo la cabeza para darle un suave beso en los labios.
Me aparto lo suficiente para mirarlo a los ojos—.
Déjalo estar, por favor. Por el bien de los dos.
Abre la boca…
Un aleteo hace que volvamos la vista al cielo, donde vemos a una alondra volando en nuestra dirección. Se lanza en picado hacia la palma abierta de Kaan.
Frunciendo el ceño, me pega más a su pecho para poder desplegarla.
Apoyo la cabeza en su cuello, observando a Líri mientras duerme. Me pregunto cómo he tenido tanta suerte cuando es evidente que no me lo merezco.
Nada de esto.
Esa es precisamente la razón por la que estoy tan segura de que se desmoronará en mis manos en cuanto baje la guardia.
Noto que Kaan se pone tenso.
Levanto la vista y frunzo el ceño al ver la preocupación que endurece sus facciones.
—¿Qué pasa?
—Siharna se ha puesto de parto. —Se aclara la garganta y vuelve a doblar la alondra—. Tenemos que irnos. Ahora mismo.