Capítulo 40. Raeve #2
Jadeando, soporto la presión que ejerce en mi interior mientras mi cuerpo va cediendo poco a poco.
Al echar un vistazo por encima del hombro, estoy encantada por la forma en que se yergue sobre mí mirándome, por la devoción que reflejan sus ojos.
Es como si me hubiera arrastrado a su guarida de dragón para meterme en un nido y enrollarse a mi alrededor para toda la eternidad.
Me pone una mano entre los omóplatos y me presiona hasta que mi pecho roza el suave musgo. Con la otra, conduce mi mano entre mis muslos.
Siguiendo su indicación, comienzo a frotarme en círculos mi punto más sensible mientras mis músculos aprietan cada pétreo centímetro hasta que siento que no queda espacio. No hay espacio para sentir o pensar en nada más que en él.
Cambia la zona por donde me agarra y empieza a acariciar con los pulgares mi sexo, centrándose en mis partes más vulnerables…
Me contraigo, temblando. Rodeo con los dedos su grueso miembro mientras se desliza dentro de mí lenta, provocadoramente despacio.
Justo cuando creo que no puedo aguantar más, me la mete tan adentro que la parte delantera de sus fornidos muslos se alinea con la parte trasera de los míos.
Jadeo, sin aliento. Arcilla húmeda alrededor de su polla.
Me envuelve en sus brazos y me levanta para que quede pegada a su pecho, echando mi cabeza hacia un lado. Me da tiernos besos a lo largo del cuello mientras arqueo la columna, tratando de acomodarme a él.
—¿Sigues conmigo? —me susurra con voz ronca al oído, una burla que me electriza los nervios.
Gruño.
De un tirón, suelto mi brazo, giro la parte superior del cuerpo y lo agarro del pelo. Lo tengo de frente mientras le miro con los dientes apretados.
Sin embargo, al advertir esa sonrisa burlona en su hermoso rostro, me quedo sin aliento y solo soy capaz de gemir dos melosas palabras.
—Me tienes.
Choco nuestros labios.
Alza la mano para recorrer mi mandíbula mientras nos devoramos, entrelazando nuestras lenguas.
Una batalla inútil por el control.
Él ya ganó. Lo hizo en el momento en que oí su canción en la pradera, atrayéndome.
Kaan me susurra un gemido gutural que vibra por todo mi cuerpo, concentrando el calor en mi entrepierna.
Me pego más a él, instándolo a penetrarme.
Él levanta las caderas, se aparta y, luego, me embiste con tal fuerza que me rebotan los pechos, haciendo que me recorra una oleada de sensaciones al rozar ese punto que me derrite por dentro.
Apenas me da tiempo a coger aire antes de que repita el movimiento. Otra vez.
Otra vez.
Sin tregua, me pellizca el pezón, provocándome un cúmulo de sensaciones, cada una de las cuales me hace entregarme un poco más. Lo desdibuja todo excepto sus embestidas y la punzada de sus caninos amenazando con perforarme la piel en la base de mi nuca.
Desliza su mano entre mis piernas y acaricia ese anhelante nudo de nervios, mojándose los dedos.
Decidido.
Me sacuden unas arrebatadoras palpitaciones que me pillan desprevenida, haciéndome tensar los músculos…
—Kaan, soy…
— Todo —gruñe casi aplastándome con su brazo mientras yo me retuerzo, doblegada por los decadentes temblores de mi éxtasis.
Me quedo sin aliento.
Prisionera voluntaria de los dominantes embates que siento por dentro.
Es como si Kaan se estuviese enfrentando a mí en un campo de batalla, asestándome golpe tras golpe hasta que estoy demasiado débil para defenderme.
Cada nervio de mi bajo vientre, mis caderas y mis muslos se convierte en lava, amoldándose a su pétrea forma… Todavía me azotan las ondas de choque cuando me suelta.
Me inclina hacia delante hasta que mi pecho toca la piedra cubierta de musgo y, luego, desliza la mano por mi columna, que tengo arqueada. Me agarra por las caderas y tira de mi culo, pegándolo contra él, y luego continúa embistiéndome al ritmo de una marea que avanza despacio.
Por el ángulo en el que me tiene, la forma en que se mueve, llenándome entera…, lo siento por todas partes. Nunca he estado tan expuesta, henchida, caliente.
—Agárrate a algo, Rayo de Luna.
Tengo los recursos suficientes para obedecer, así que me echo hacia delante y meto los dedos en una grieta.
—No te sueltes. —Se echa hacia atrás y adelanta las caderas, acelerándome el pulso.
Me proporciona tal placer con sus dominantes embestidas que estoy a punto de alcanzar otro clímax a una velocidad récord, solo que este parece surgir de algún lugar más profundo, de lo más hondo de mí, tanto que estoy convencida de que me va a partir en dos…
Se retira.
El mundo se difumina cuando me da la vuelta.
Me levanta.
Envuelve sus caderas con mis piernas.
Luego, avanza a través del agua, hacia la zona poco profunda cerca del acantilado cubierto de musgo, chapoteando con cada paso.
Deja mis hombros contra la piedra, junto a la burbujeante cascada, que nos salpica en su prisa por bajar por la ladera de la montaña, y mueve mis caderas, haciéndome descender sobre su grueso miembro.
Embriagada por su plenitud, regresa el torrente de placer.
Alimentándome.
Me agarra el muslo con una mano y planta la otra junto a mi hombro derecho, y comienza a moverse, empujando profunda y lentamente mientras me besa con la urgencia de quien está devorando su última comida.
Es lógico, ya que estoy segura de que nunca nos recuperaremos de esto, que podríamos solidificarnos aquí mismo como dragones moribundos, enroscados juntos como su málmr, y no parecería una tragedia en absoluto.
Acelera el movimiento. Cada una de sus embestidas resquebraja su coraza de autocontrol, hasta que me penetra con tal voracidad que parece que el mundo está a punto de derrumbarse a nuestro alrededor.
Se separa lo suficiente como para que atisbe sus ojos, tiernos y llenos de devoción.
Con bastante amor para romper un corazón.
—Somos tú y yo —susurra, y me planta otro beso en el labio superior, bañado en sudor—. Tú y yo, Rayo de Luna.
—Hasta el final —es mi respuesta jadeante, y la energía estalla .
Separa la mano de la pared y me agarra la mandíbula, tensando los dedos mientras nuestro beso se convierte en una sucesión de gemidos y gruñidos guturales. Nuestros cuerpos chocan, luchando por alcanzar el clímax.
Contraigo los músculos internos alrededor de su polla, que comienza a sacudirse, vaciándose dentro de mí al ritmo de mis propios espasmos.
Pierdo toda noción del tiempo y de mí misma mientras me aferro a Kaan, acercándolo más a mí.
Como si intentara provocar una explosión volcánica encima de mí y que me envolviese el cuerpo entero.
Me invade tal torrente de placer que me retuerzo, poniéndome tan rígida que parece que todos mis tendones estén a punto de romperse…
A medida que los espasmos van remitiendo, me voy quedando más abatida. Se me escapan las fuerzas… hasta que nuestros movimientos se suavizan.
Se detienen.
Descanso la barbilla sobre el hombro de Kaan y recuesto la cabeza contra su cuello mientras respiramos fuerte y rápidamente, con mi corazón martilleando al compás del suyo, casi como si estuviéramos sincronizados.
Abro los ojos al mundo y miro a través de los árboles y del velo de vapor cuando un movimiento luminoso me deja sin aliento.
Clavo la vista en Líri, que se limpia la sangre del hocico en la hierba.
Algo que hace cada vez que termina de comer, ya que no le gusta la sangre seca agrietándose alrededor de su boca.
Levanta la cabeza y me echa una mirada fugaz que atraviesa el velo de vapor, antes de resoplar y mirar al cielo, como si estuviera a punto de…
Me quedo paralizada cuando despliega las alas y comienza a batir el aire con fuerza.
Echa a volar hacia las lunas, pero siento como si estuviera aleteando bajo mis costillas y estuviese a punto de atravesarlas y…
Se va.
Solo deja un agujero en mi pecho, un hueco donde una vez anidó, a salvo dentro de mi corazón, que late aceleradamente.
No me doy cuenta de que estoy luchando contra Kaan, resistiéndome a él, hasta que me toma el rostro entre sus callosas manos. Pega su frente a la mía, eclipsando mi visión de todo lo demás.
—No pasa nada.
Me centro en sus facciones mientras tomo aire, llenando mis pulmones con las tranquilizadoras bocanadas de su abrasador aroma.
—No va a irse muy lejos. No pasa nada. No te va a dejar.
«No va a irse muy lejos».
«No pasa nada».
«No te va a dejar».
Asiento con la cabeza, agradeciendo sus firmes palabras de consuelo, de certidumbre , a pesar de que me revuelven la conciencia al recordar la astilla plateada que tengo en mi interior, una diminuta lápida que representa la pérdida de algo demasiado grande y duro de soportar.
Acepto sus palabras, aunque quiero abrirme el pecho y mostrarle a Kaan por qué no estoy bien, por qué llevo sin estarlo desde que desperté en aquella celda dentro de una montaña que me aplastó con su ardiente puño hace tantas fases.
Asiento con la cabeza, pues resulta más fácil que darle a esa astilla plateada el honor que se merece.
Me deslizo a mi interior y desplazo algunas de las rocas de mi orilla.
Una a una, las amontono sobre la astilla, construyendo una pira de piedra mientras ignoro la presencia luminosa que tengo a la espalda, observándome bajo la superficie de mi lago helado.
Es una presencia que antes me aterrorizaba, y aún lo hace, supongo… , pero por diferentes razones.
Razones de más peso.
No me vuelvo. Continúo amontonando piedras hasta que la luz plateada ya no se cuela por las grietas. No queda más rastro de ella que el montón de rocas, las cuales ocultan el dolor otro dae más.
Cuando sea más fuerte. Mejor.
«Hoy no».
Mientras tanto, soy vagamente consciente de la presencia de Líri en mi interior, endureciéndose bajo mis costillas como una luna petrificada, asentándose de la misma manera que imagino que hizo el mundo cuando se creó.
Un peso frío y macizo que acuno…, igual que la oscuridad acuna a las lunas en el sur.
—¿Estás conmigo, Rayo de Luna?
Las profundas palabras entrecortadas que pronuncia Kaan me dan de lleno, como un arma clavándose en mi alma, desgarrándome.
Vuelvo a la superficie, donde me encuentro con su mirada llena de pánico.
Me agarra con fuerza la barbilla, mirándome a los ojos, y oigo el aleteo de Líri al compás de los latidos de mi apesadumbrado corazón.
—¿Estás aquí?
Respiro temblorosamente y envuelvo su rostro con mis manos, inclino su cabeza y beso las arrugas que hay entre sus cejas.
—Estoy contigo.
Suelta un suave gemido y se relaja como un pulmón exhausto.
—Me tienes —susurro, y le doy otro beso que parece hacerlo estremecer.
«Siempre».