Capítulo 40. Raeve
Raeve
K aan profiere un gruñido atronador que me hace imaginar rocas cayendo por la ladera de una montaña, lo cual me hace querer llenarme de él hasta que no quede espacio para nada más.
Sin dolor.
Sin pérdida.
Me sujeta ambos lados de la cara mientras me besa con la fogosidad de una estrella explotando.
Me derrito, gimiendo en su boca, mientras cuelgo de él como un ala caída.
—Otra vez, Rayo de Luna, por favor —murmura pegado a mis labios, cautivándome de un modo que me hace sentir una ligereza que no sentía desde la última vez que estuve en sus brazos.
Hago acopio en mi pecho de todo el fiero orgullo que me late por las venas y lo convierto en cuatro palabras insuperables de proclama:
—Eres mío , Kaan Vaegor.
Él gime. Me acaricia el cuello con la nariz y me planta un beso ardiente, rozándome acto seguido la piel con los colmillos.
Casi le suplico que me muerda, que me estampe contra la pared clavándome los dientes.
Que me marque …
Me levanta con la facilidad de alguien que apenas está haciendo exhibición de toda su fuerza. Cuando vuelvo a tomar aire, estoy inclinada hacia atrás, recostada contra el borde del estanque sobre un manto de musgo.
Me agarra la pierna. La empuja hacia atrás y me deja al descubierto, sus ojos remolinos líquidos que me mantienen presa mientras desciende …
Su boca me reclama con tal devoción carnal que grito, temblando por sus ansiosos lametones, por la forma en que venera cada parte íntima de mi ser. Es una bestia hambrienta decidida a no dejarse ni una miga.
Me clava los dedos en la piel mientras hunde su lengua en mi sexo.
—Oh…, Creadoreeees. —Me retuerzo, mordiéndome el labio inferior para sofocar mis gemidos a fin de evitar que resuenen por el prado y llamen la atención.
Sus voraces murmullos vibran en mi interior, haciéndome sentir como si mis nervios estuvieran a un solo lengüetazo de estallar.
De desbordarme.
Flexiona sus anchos hombros al moverse y usa los dedos para tener mejor acceso a la zona donde están palpitando todos mis nervios. Espero la misma rudeza, pero sus movimientos se vuelven lánguidos y comienza a trazar círculos húmedos en el punto más sensible, torturándome.
Lamiéndome con la punta de la lengua.
Me succiona con tal suavidad que tengo que llevarme el puño a la boca para tapar el grito que amenaza con escapárseme, desesperada por tener más de él.
Por tenerlo entero .
Me sale un gemido salvaje por la garganta mientras le araño la espalda, tratando de levantarlo para que me penetre. Duro.
Rápido.
Pero es una montaña. Inamovible.
Abre los ojos y me mira: dos ascuas brillando entre mis muslos abiertos.
—Ahora mismo no estás al mando, Raeve.
«Y una mierda que no».
Se me eriza el vello y todos mis instintos me instan a arañarlo y gruñirle hasta que quede inmovilizado debajo de mí, reconociendo lo equivocado que está.
Abro la boca…
—Yo lo estoy… —ruge extendiendo la mano sobre mi bajo vientre y presionando para aplacar el salvaje vaivén de mis caderas.
Con la otra mano me agarra el muslo, como si estuviera inmovilizando una presa que no deja de retorcerse.
Esa es la única advertencia que recibo antes de que me meta la lengua profundamente.
La gira.
Y me la mete de nuevo.
Todas mis fuerzas se evaporan.
Echo la cabeza hacia atrás y arqueo la columna: una presa rolliza extendida sobre las piedras, casi suplicando que la devoren.
Ni siquiera sale a la superficie para respirar, se da un festín conmigo con una ferocidad nunca antes vista mientras yo grito su nombre, arañando el suelo, mi pelo.
Su pelo.
Se desata una oleada de calor que me recorre los ligamentos, urgiéndome a hacer presión contra su boca, pero sus manos son demasiado fuertes y me mantienen inmovilizada.
Controla mi cuerpo como un maldito señor de la guerra.
De nuevo, cambia el ángulo de mi pierna: me empuja la rodilla hacia el pecho hasta que no me queda ningún lugar donde esconderme y comienza a dibujar círculos suavemente con la lengua alrededor de mi clítoris, sensible e hinchado.
Unas voraces palpitaciones comienzan a recorrerme el cuerpo como miel caliente… y cada uno de sus deliciosos lametones aumenta el calor. Su devoción por mi punto más sensible hace hervir la miel, que amenaza con estallar…
Se detiene y me suelta la pierna.
Gruño, incorporándome para atraparlo.
Él me agarra las muñecas y las lleva detrás de mi espina dorsal arqueada en un movimiento tan rápido que noto una oleada de excitación por todo mi cuerpo, haciendo que me contraiga alrededor de absolutamente nada .
Le muerdo la cara. Será cabrón.
Su sonrisa es pura arrogancia.
—Me encanta cuando te enfadas.
—No te va a encantar tanto cuando vuelva a hincarte el diente —gruño sacudiendo los hombros en un intento de zafarme de él.
Tuerce la sonrisa.
Se inclina hacia mí y me susurra al oído con una voz grave que retumba por mi cuerpo, erizando cada centímetro de mi piel.
—Te equivocas. —Me besa el lóbulo de la oreja y me quedo rígida…, pero me derrito cuando se desplaza a mi sien… y a mi otra oreja…, una deliciosa tortura para los nervios que me recorren el cuello—. Me encanta cuando me muerdes, cuando me marcas, cuando me dejas cicatrices.
Sus palabras son una mordaza que me llena la boca.
Y entonces me mete los dedos.
—Oh, por todos los… Joooder .
Gimo mientras los curva y me acaricia tan adentro que casi me hace doblarme por la mitad. El magma se acumula en mi interior, dejándome tan floja y desarmada que apenas puedo moverme.
Me mezo en oleadas al ritmo de sus lentos movimientos, empujando contra su palma, avivando ese calor hasta que se vuelve voraz…
Se retira para cogerse la polla y empieza a restregármela por la vulva, enrojecida e hinchada. Tengo que contener la respiración.
Bajo la barbilla hasta el pecho.
Con el corazón en la garganta, contemplo lo dura que la tiene. Se la agarra como si fuese un arma poderosa y, por entre los huecos de sus dedos, veo todas sus venas abultadas.
Hipnotizada y temblando sin poder remediarlo, suelto un gemido de aprobación y separo los muslos. Echo las caderas hacia delante, exponiéndome aún más, a modo de invitación, para que me folle fuerte.
Rápido.
Se acerca a mí, pero me deja sin respiración cuando, en vez de penetrarme, me acaricia con la polla y deja expuesta su punta, enrojecida y goteando.
—Vas a hacerme suplicar, ¿verdad?
—No estaría mal —murmura frotándose hacia abajo contra mí…, en círculos… y de nuevo hacia abajo, con la mirada fija en esos provocadores movimientos. La acerca a mi entrada y se me corta la respiración de golpe mientras todo el calor de mi cuerpo se concentra en ese punto palpitante.
Suelto un gemido, separando un poco más los muslos. Empuja hasta que su punta desaparece dentro de mí.
Se me tensan los músculos ávidamente y un dulce delirio recorre mis venas…
Él se retira.
Gimo.
Se acerca y veo desaparecer su punta de nuevo, pero vuelve a sacarla.
«Otra vez».
Es como si me dieran las sobras cuando yo quiero la presa entera, caliente y humeante.
Quiero que me hierva la sangre al notar su erección mientras me penetra, que me posea entera…
—Fóllame —suplico tan aguda y entrecortadamente que casi me doy un bofetón a mí misma—. Por favor.
Su risa es ardiente.
—Ni siquiera tus buenos modales van a impedir que me tome mi tiempo, saboreando cómo te retuerces para mí.
Maldigo echando la cabeza hacia atrás, pero vuelvo a inclinarla hacia delante cuando él comienza a hacer círculos de nuevo alrededor de mi sexo, cubriendo mi carne rosada con mi propia lubricación, lo que hace que me vuelva pura lascivia.
—Además, cuanto más tarde, más posibilidades habrá de que tu vínculo se estabilice y quizá así no renuncies a tu promesa de quedarte.
«Renun…».
Con un torrente de energía, suelto mis manos y lo agarro por su ancho cuello.
—No pienso irme a ninguna parte —gruño mostrando los dientes mientras sostengo su mirada febril.
Se abren unas grietas ardientes en sus ojos, atraviesan su torso y se entrelazan por sus protuberantes bíceps; su lado salvaje está saliendo a la luz para encontrarse con el mío.
Me toma, lenta y suavemente a pesar de las explosiones volcánicas de sus iris y la forma en que su cuello se tensa bajo la firme sujeción de mis manos.
La vulnerabilidad le suaviza la mirada.
Me acaricia la mejilla con el dorso de sus dedos, lentamente. Resulta tierno a pesar de que tiene los músculos inflamados y del ardiente calor, que desprende como un dragón rozando con su garra los pétalos de una flor naciente.
—Te he perdido tantas veces…
Enderezo los hombros y clavo dos palabras entre nosotros como una maldita estaca en el suelo.
—Nunca más.
Un gruñido voraz vibra contra la palma de mi mano.
Me da la vuelta tan deprisa que parece que el mundo haya perdido el eje.
Cuando me separa las rodillas, noto una ardiente excitación entre mis piernas. Suelta un gruñido grave que me hace curvar la columna, exponiéndome aún más ante él.
Comienza a frotarme el clítoris, mojado y anhelante, haciéndome estremecer por la expectación.
Miro por encima del hombro. Ya saboreo su imponente tamaño y su mirada hambrienta, como un dragón en todo su esplendor, con las venas hinchadas bajo su piel morena.
Se sitúa entre mis piernas, agarra mis nalgas y me abre como un libro…, clavándome la mirada.
— Tuyo —gruñe con ruda devoción.
Se me corta la respiración y separo los labios soltando un gemido cuando él comienza a empujar. No lo hace tan rápido como esperaba en esta postura, no es una embestida que me deje sin aliento.
Pero va tan provocadoramente despacio que siento cada centímetro de su piel, segura de que es mucho más grande de lo que recuerdo.