Capítulo 39. Kaan #2
Me doy la vuelta al tiempo que ella se abalanza sobre mí soltando un gruñido salvaje con los labios curvados.
Chocamos como dos dragones luchando por el dominio, con movimientos rápidos y sonidos graves mientras peleamos por ganar terreno.
Aunque ella es feroz y temible, yo tengo la fuerza de una bestia mucho más grande latiendo en mis venas.
Impulsándome.
La agarro con todas mis fuerzas, le doy la vuelta y la conduzco hacia el acantilado, donde presiono su pecho contra la musgosa roca. Con una mano le sujeto la espalda y con la otra le agarro la mandíbula.
Le giro la cabeza hacia un lado, obligándola a mirar hacia el campamento que he improvisado en la falda de la montaña, un campamento en el que llevo viviendo los últimos dos daes mientras cazaba para el pueblo, con la esperanza de que ella se acercara.
Suplicando a los Creadores por que lo hiciese.
Recorre con la mirada las herramientas, la esterilla sobre la que he dormido solo, la pequeña hoguera donde he cocinado mi última comida y la pila de presas que he destripado, llenando sus cavidades con una mezcla de sal y hierbas para conservar la carne hasta que regrese a Beluhn, a poder ser con ella.
Aunque lo está observando, estoy seguro de que no lo ve. No, puesto que sigue retorciéndose y gruñendo.
—Sé que es tentador desaparecer, esconderse de todo, pero así no puedes tenerme a mí, Raeve.
Ya no lucha con tanta fuerza: una grieta en su coraza.
«Un débil destello de esperanza».
Me acerco hasta que rozo con los labios su oreja y condenso todo el condenado dolor que siento en el pecho en una sola frase.
—No puedes llevarme contigo a la naturaleza.
Por mucho que me encantaría olvidarme de todo excepto de ella…, no puedo.
Si no sale de esta —si no se enfrenta a su hija, si no le dice a Kyzari que su mah está viva, pero que lo único que queda de ella es esto …—, esa será mi penitencia por haberme perdido tantas cosas, por no haber confiado en nuestro amor tantas fases atrás.
«Por no haber ido a buscarla antes».
Lleno mis pulmones con su aroma, cierro los ojos y apoyo mi frente contra su sien.
—Vuelve conmigo, Raeve…
Mi súplica no obtiene respuesta, lo que me hace preguntarme si, al fin y al cabo, no hay grieta alguna en su coraza, si mi corazón sediento está viendo esperanza donde no la hay.
Si ya es demasiado tarde.
Si me he quedado al puto límite de ser suyo , de tener el gran honor de dormir a su lado, de despertar junto a ella, de prepararle la comida durante el resto de mis daes. De compartir nuestros altibajos y construir juntos un mundo mejor.
Uno digno de su hija.
«Al
puto
límite».
Y a la vez tan lejos.
Me aclaro la garganta y la suelto, sorprendido de ver que no se mueve; continúa respirando con dificultad mientras escudriña mi campamento, con la mejilla aún apoyada contra el borde del acantilado.
«Más falsas esperanzas».
Me doy la vuelta y voy a por mi ropa. Siento cada paso como si me arrancaran una vena del pecho.
En silencio, ruego a los Creadores que no se abalance sobre mí de nuevo. Alejarme de ella, decirle que no a la mujer que gobierna cada parte de mi ser es ir en contra de mí mismo, pero no podemos estar juntos así.
Me vendría abajo con ella. Le fallaría a este mundo herido al que me comprometí a cuidar derramando demasiada sangre. Le fallaría a su hija .
No hay nada honorable en eso.
Agarro mi túnica y le aliso las arrugas.
—Kaan…
Suelto en un suave gemido todo el aire de los pulmones al oír mi nombre salir de sus labios, esperando no haberlo imaginado, con el corazón a mil.
Levanto la barbilla y miro a su dragón, que sigue comiendo lejos de nosotros.
—¿Sí, Rayo de Luna?
Se hace un silencio que parece demasiado frágil.
Al girarme, veo que se ha dado la vuelta, ahora está de espaldas al acantilado, con los brazos colgando a los costados y el mentón caído: una postura sumisa.
Vulnerable.
Anhelo verle los ojos, pero quedan ocultos por sus oscuras pestañas mientras contempla el estanque, con los labios temblorosos.
—Raeve…
—Lo entiendo.
Sus palabras son como un zarpazo.
—Tú…
—Lo que intentabas decirme en el pueblo. Es… —Hace una pausa, tragando saliva mientras hace crujir su cuello, y sigue hablando con los labios fruncidos—. Es… doloroso .
Nunca dos palabras parecieron tan incómodas de pronunciar, como si hubiese intentado darles forma a puñetazos, pero aun así hubiesen salido torcidas. Tampoco dos palabras me habían aliviado nunca tanto; mi respiración se vuelve más fácil, más ligera que antes.
«Esperanza…».
Por ella, me vuelvo un necio enseguida.
—Lo siento, Rayo de Luna. —Me echo hacia atrás para dejar mi túnica en el borde—. Suponía que esta parte del proceso te resultaría… difícil esta vez. Has pasado por muchas cosas desde que domesticaste a Slátra.
Ella se estremece como si la hubiera golpeado, vuelve a hacer crujir su cuello y aprieta los puños.
Parece que la simple mención de su plumaluna caída la haga prepararse para luchar.
Eso me lleva a preguntarme si el vínculo con Líri ha sacado a la luz la herida que dejó la muerte de Slátra, si esa es la razón por la que está sufriendo.
Un duelo feroz y solitario.
«La rival más fuerte con la que me he topado nunca».
—Raeve…, el vínculo aún no se ha consolidado, ¿verdad?
Un ligero gesto de negación con la cabeza me llena de alivio. Siento otra chispa de esperanza en mi corazón.
Asiento con la cabeza, seguro de que pronto se consolidará. Conozco a uno que tardó siete ciclos en consolidar su vínculo con una siegasable bastante brava, algo prácticamente inaudito, y ella lleva aquí fuera casi cinco.
—Si renuncias por completo a tu lado sensible, lo perderás para siempre. No hay forma de recuperarlo.
—Ya lo he perdido —dice ella apretando los dientes—. Lo escupió como si fuera un diente suelto.
—¿Quién, Líri?
Al ver que Raeve niega con la cabeza, me da un vuelco el corazón.
Recuerdo el momento en que la inmovilicé debajo de mí en Bothaim, con Rygun tensándome la piel, mientras contemplaba unas pupilas que hacían pensar en el cielo de La Sombra.
En esos momentos, estaba casi seguro de que allí había una presencia… , otra persona mirándome fijamente.
Casi me da miedo hacer la pregunta que me oprime el pecho.
—¿Qué quieres decir?
Ella me mira por debajo de sus densas pestañas. Aunque todavía se ve muy poco color alrededor de sus pupilas, me tranquiliza ver que el ribete es más grueso.
—No importa.
Difiero, pero, si algo he aprendido desde que la vi después de pasarme tantas fases pensando que había desaparecido de este mundo, es que es más sensato saber qué batallas vale la pena librar para no acabar apuñalado por sus palabras.
—El dolor va de la mano del amor —digo con todo mi ser—. Sé que resulta muy tentador alejarse del dolor, pero ese dolor que te parte las costillas es justo la prueba de que antes ha habido algo bueno, algo que vale la pena recordar.
—No he venido aquí para que me des charlas.
—Sé para qué has venido, Rayo de Luna. Soy yo quien te ha tendido una trampa.
Se sonroja, como si le avergonzara ser tan predecible. No sabe que ser deseado por ella es el mayor cumplido que me han hecho nunca.
—Aunque lo ocultes bien, tienes un corazón enorme, y tu amor tiene el poder de moldear mundos, pero no si sigues huyendo de todo lo que te hace sentir algo.
Sus ojos destellan de ira.
—Que te follen.
—Cuando quieras, donde quieras. —Esbozo una media sonrisa—. Siempre que no lo hagas como una forma de decir adiós, soy tuyo para que me profanes como mejor te parezca.
Un rubor más intenso le tiñe las mejillas y se muerde el labio inferior, una inocente provocación que me está haciendo perder el control.
—Entonces ¿qué vas a hacer? —Mi tono desafiante la hace levantar la barbilla, como si supiera cuáles van a ser mis próximas palabras—. ¿Te quedas o te retiras de esta batalla?
—No pienso irme a ninguna parte —promete con tal firmeza que la creo.
Siete palabras que cierran la herida que me lleva atormentando desde que regresé a Dhomm y descubrí que ella se había ido, desde que encontré mi málmr en mi almohada.
«Rechazado».
—Te va a doler. —Me muevo sigilosamente por la humeante agua—. ¿Estás segura de que podrás con ello?
Frunce las cejas y entorna los ojos, evidentemente ofendida.
Hincha el pecho cuando me acerco a ella, un reto silencioso que me calienta la sangre.
—A veces te odio.
«No es verdad, Rayo de Luna».
—Yo te quiero siempre.
Se le entrecorta la respiración.
«Otra grieta en sus defensas».
La cojo de la nuca e inclino su cabeza hasta que le rozo los labios con los míos, con la firmeza justa para sentir su pulso, y le susurro al oído:
—Incluso cuando duele.
Se pone rígida.
Me acerco tanto que cada respiración es una competición por el limitado espacio que nos separa.
—Incluso cuando me lanzas pullas o me utilizas como distracción para ocultar algo…
Me agarra la muñeca tan deprisa que no me doy cuenta hasta que se retira, mirándome con ojos nítidos. Un azul tan intenso y hermoso que me cuesta no caer de rodillas.
—Te equivocas —dice echando humo.
—Explícate.
—No eres una distracción .
El escalofrío que siento por la espalda me dice que Líri acaba de apartarse de su comida y se dirige hacia mí muy concentrada, evaluando la situación.
Arqueo una ceja mientras el corazón me late a toda prisa.
—Entonces ¿qué soy, Rayo de Luna?
Separa los labios, gruñendo una sola palabra que hace estallar el dolorido órgano que tengo en el pecho.
— Mío.