La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 39. Kaan
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Capítulo 39. Kaan

Kaan

E lla es una tormenta salvaje y caótica moviéndose entre los árboles: el pelo al viento y la cara y las manos manchadas de sangre, que gotea del trozo de carne que lleva en el puño.

Un hambre voraz le brilla en los ojos mientras se aproxima con largos pasos felinos y ahora la tengo tan cerca que oigo crujir la capa helada de nieve y las ramitas sueltas bajo sus pies.

Veo su pulso palpitando en su carótida: acelerado.

«Igual que el mío».

Manteniendo su fervorosa mirada, sigo enjabonándome, con movimientos suaves que no suponen una amenaza, mientras tarareo la suave melodía que le toqué por primera vez hace muchas fases, cuando ella estaba frágil y triste por la pérdida de su familia y el espantoso maltrato de su dragón.

Cuando yo la consolaba de un modo diferente.

Convenciéndola de que viviera .

Sé que reconoce la melodía, que me reconoce a mí , por cómo eleva los labios, manchados de sangre, por el calor que desprenden sus ojos oscurecidos, sus pupilas tan dilatadas que solo permiten ver un ribete azul.

Una señal de esperanza de que no es demasiado tarde, de que aún puedo llegar a ella.

«Ya es algo».

Se aleja del follaje y se adentra en la escarpada ladera, suavizada por exuberantes helechos con las puntas escarchadas, saltando de piedra en piedra. Sin prestar atención a mi modesta zona de acampada, deja la carne sobre una roca musgosa junto al manantial.

Una ofrenda.

Levanto una ceja tarareando el estribillo mientras ella se quita la chaqueta con movimientos rápidos y seguros.

Luego, sigue con los pantalones, la ropa interior, las botas y, finalmente, se sube la túnica por las caderas, la cintura y el pecho, dejando al descubierto su cuerpo en todo su esplendor y revelando mi málmr, aún a salvo entre sus turgentes pechos, lo cual me llena de tanto orgullo que mi siguiente respiración me sale ahogada, con la mirada recorriendo sus oscuros pezones.

Su marcada cintura.

Sus anchas caderas.

«Joder».

Lleno mis pulmones hasta que rebosan, aumento mi concentración y me esfuerzo por recitar el siguiente verso mientras ella deja caer su sucia túnica y su melena negro azabache enmarca su cuerpo como una sombra indómita, haciendo que su pálida piel resalte con un gran contraste, como una plumaluna en medio de la oscuridad.

Es salvajemente hermosa. Parece que hubiera nacido para ser así de fiera y libre de… todo .

Pero Kyzari la necesita.

También su reino, sometido al yugo de mi despiadado hermano.

Ella no tiene ni idea de su poder, de la diferencia que marcaría si reuniese el valor para sacar a la luz su pasado y mirarlo de frente.

Dejo mi esponja en una roca cercana mientras ella se sumerge en la humeante agua hasta la curva de su cintura…, una auténtica belleza salvaje, profiriendo un gruñido voraz.

Atraviesa la bruma, que la aferra como dedos vaporosos, mientras el agua le acaricia la piel de una forma que me hace sentir envidia.

Hasta que nos encontramos.

Envuelvo mi cuerpo alrededor del suyo, aplastándola contra mí. Me sale un gemido gutural de alivio cuando ella me besa con la feroz dominancia de un dragón hambriento: noto todos sus dientes y los latigazos de su lengua helada mientras me recorre con las manos.

Agarrándome.

Tiemblo con cada roce, con cada respiración entrecortada. La tengo tan cerca que siento los furiosos latidos de su corazón, saboreo su feroz apetito, aspiro su aroma difuminado por el almizcle de Líri.

Me hierve la sangre, tanto que casi me atraviesa la piel y está a punto de consumir mi fortaleza física y mental.

Reprimiendo mis fuertes deseos de agarrarla por el muslo, levantárselo y poseerla con tanta violencia y rapidez que se ablande como una masa, reúno el valor para separarnos, seguro de que dividir el mundo sería una tarea más fácil.

Despacio, inclino la cabeza hasta que mi frente toca la suya.

Nuestra respiración se entremezcla mientras le acaricio ambos lados del rostro temblorosamente mientras observo sus enormes pupilas.

—Hola, Rayo de Luna.

Su respuesta es un gruñido carnal que me llega hasta lo más hondo, haciéndome estremecer por las ganas que tengo de envolverla de nuevo, de darle lo que ambos queremos. Advierte mi erección contra su ombligo… Estoy listo.

Para ella.

Gimiendo, me araña la espalda, intentando acercarme más.

Como no lo consigue, me lame el cuello con voracidad de una forma que casi me hace doblarme por la mitad, me agarra por los hombros y se levanta como si estuviese trepando un árbol.

Aprovechando el impulso, se coloca en una postura que permite que la penetre profundamente, con los muslos abiertos y la espalda arqueada, de modo que roza la punta de mi furiosa polla con su entrepierna, caliente y húmeda.

Necesito reunir todas mis fuerzas para, lenta y suavemente, agarrarle las manos y separárselas de mis hombros. Una vez que vuelve a quedar de pie ante mí, con el ceño fruncido, le pongo la mano en el hombro y la sujeto lo justo para inmovilizarla.

Frunce aún más el ceño.

Trata de acercarse a mí, buscando mis ojos, mientras suelta unos gruñiditos que dicen más que mil palabras, pero no bastan, pues no son palabras.

Son sonidos bestiales, salvajes.

Dirijo la vista a Líri, que está entre los árboles de espaldas a nosotros, encorvada sobre su presa, para asegurarme de que no haya cambiado de postura ahora que trato de dominar a Raeve yo mismo.

De traerla de vuelta.

La joven plumaluna sigue dándose un festín, sacudiendo la cabeza hacia un lado para arrancarle la carne de los huesos a su presa. Ni siquiera nos mira. Un comportamiento que contrasta con el de los dos últimos daes, desde que salí de la aldea a lomos de Rygun.

Nos siguieron a cierta distancia. Llevan explorando en silencio este prado desde que llegué aquí.

Líri sabía dónde estaba, pero aun así decidió darse un banquete en la pradera. No me desafió ni intentó ahuyentarme. No se interpuso entre nosotros cuando Raeve comenzó a moverse entre los árboles. Cosas que habría hecho de no haber estado dispuesta a que la domesticaran.

Todo apunta en una dirección.

El problema es Raeve . Ha decidido desprenderse de toda su sensibilidad para no afrontar el dolor que ha surgido durante el proceso de vinculación.

Eso basta para extinguir el fuego de mis venas.

Cojo la esponja de la roca.

Raeve suelta un gruñido sordo, un hechizo salvaje al que respondo enderezando la espalda y ensanchando los hombros.

Abre los ojos mientras escurro el exceso de agua. Tarareando una parte sin letra de la canción, acerco la esponja a su hombro y se la paso por la clavícula, limpiando la suciedad acumulada. Las gotas de agua resbalan por sus pechos, besando sus erectos pezones.

La arruga que tiene entre las cejas se vuelve más profunda. Es la única advertencia que recibo antes de que ella se retuerza con tal fuerza para zafarse de mí que chocamos.

Me agarra por la nuca e intenta bajarme la cabeza, tratando de que volvamos a besarnos.

Recojo sus largos mechones revueltos y tiro de ellos hacia atrás hasta que sus pechos acaban pegados a mi torso.

Se le corta la respiración y le brillan los ojos. Su sorpresa es fugaz y va acompañada de un gruñido que espanta a una bandada de pájaros que hay cerca.

—Sé que las palabras te parecen innecesarias en este momento, pero siguen significando algo para mí —le digo delicada pero firmemente. Manteniendo el contacto visual, me inclino sobre ella—. Y no pienso follarte hasta que me lo pidas.

Suaviza los sonidos que emite y vuelve a aparecer una arruga entre sus cejas.

De nuevo, levanto la esponja.

Observa el movimiento.

Le echo agua por el brazo, por el hombro, por los pechos, limpiando la sangre, la suciedad, el fuerte olor almizclado de Líri.

—Solo unas pocas palabras, Raeve. Es todo lo que te pido.

Mostrando los dientes, me da un manotazo y trata de alcanzarme a pesar de que sigo agarrándola con fuerza del pelo. Viene a por mí con el salvajismo de una plumaluna en celo.

Con tres rápidos movimientos, le inmovilizo las manos a la espalda. Tengo su cuerpo tan cerca que siento la tensión de sus músculos mientras trata de soltarse.

—Usa. Tu. Voz. —Mantengo un tono tranquilo y la postura rígida—. Es lo único a lo que voy a hacer caso.

Le paso la esponja por los brazos mientras ella sigue retorciéndose y gruñendo. Con cada uno de sus frenéticos movimientos parece frustrarse más y tiene los pezones tan duros que los siento contra mi pecho. Se le acelera la respiración.

Se vuelve más pesada.

Me inclino hacia delante y cuando le estoy pasando la esponja por la columna…

Me clava los dientes en el hombro.

Con un gruñido, tiro la esponja y le doy la vuelta bruscamente. La inclino sobre el borde cubierto de musgo y algas del estanque, donde las piedras son lisas y frescas al tacto.

Flexionando los músculos, presiono mi cuerpo contra ella.

—¿Es esto lo que quieres? —digo con voz ronca—. ¿Que te folle como un animal?

Ella gime.

Arqueando la espalda, separa los muslos, abriendo las nalgas a modo de invitación.

Sin embargo, no dice las malditas palabras ni da a entender que está aquí de verdad.

«Con todo su ser».

Me retiro y me paso las manos por el pelo, frustrado.

Desearía poder rajarme el pecho, sacar todos mis pensamientos, sentimientos y palabras no dichas y entregárselos a modo de banquete. Probablemente eso lo entendería mejor en su estado actual.

Ella se incorpora y me mira por encima del hombro, con el torso rosado y henchido por el deseo. Lista y ansiosa.

Otro ávido gemido animal casi me hace sucumbir.

—No, Raeve. —Niego con la cabeza, apretando los labios—. No hasta que me hables.

Me doy la vuelta y avanzo por el agua, moviéndome con la lenta corriente, en dirección hacia donde está mi ropa, apilada en el musgoso borde del estanque.

Estoy a punto de coger mi camisa cuando el aire cambia.