La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 38. Raeve
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Capítulo 38. Raeve

Raeve

R ecorremos el amplio valle que delimitan dos montañas escarpadas en busca de movimiento entre los árboles, las rocas y el brillante río que lo divide en dos.

Hay hierba y pequeñas flores del color del sol que han brotado entre los restos de nieve medio derretida, endulzando el aire con el aroma de la vida. Así atraen a unos peludos kitzus blancos que brincan por los prados, deteniéndose solo para mordisquear tallos mientras sacuden sus enormes orejas.

No les prestamos atención al atravesar las densas nubes, que atenúan la luz de Líri, cuyos aleteos hacen que surquemos las corrientes de aire con una elegante y silenciosa precisión.

Pero los kitzus son una señal de que estamos en el lugar correcto, pues las criaturas del tamaño de un bocado son la presa perfecta para otras.

Otras más grandes.

El hambre de Líri se transmite a través de nuestro vínculo, haciendo que me ruja el estómago para que lo llene, agudizando mis sentidos. Me hace muy consciente de que hay una gran criatura moviéndose entre los árboles antes incluso de que nos llegue su intenso olor.

Líri se inclina, alejándose de las nubes, y yo me asomo por su costado, fijando la vista en una forma oscura que merodea entre la maleza bajo los frondosos árboles: un bhar, macho, más grande que la mayoría.

«Rollizo».

El corazón se nos acelera al unísono y los músculos que tengo bajo la lengua hormiguean con expectación.

Líri se sacude, sin duda considerando descender en picado y zambullirse rápidamente entre las ramas, pero se arriesgaría a engancharse las alas.

Por no hablar de las enredaderas espinosas que envuelven los gruesos troncos y las largas ramas. He sacado esas puñeteras espinas de la suave almohadilla de las garras de Líri en número suficiente como para estar segura de que no quiero volver a atravesar follaje nunca más.

Expreso mi descontento con un gruñido.

Ella titubea. Cambia de rumbo y encuentra una fuerte corriente para deslizarse con ella, lo que nos permite planear. Tiene los ojos tan fijos en los huecos que hay entre los árboles que parece que su cabeza está en una pica mientras el resto de su cuerpo se deja llevar por el viento.

Esperamos, observando. Vislumbramos al bhar dirigiéndose hacia la amplia pradera, repleta de los pequeños kitzus que tanto les gusta cazar.

Un diminuto pájaro blanco emerge volando de la copa de los árboles cerca de la linde de la pradera.

Una señal clara de que la bestia se está acercando, preparándose para atacar.

Me pego al lomo de Líri mientras nuestros corazones laten a un tiempo fuerte y rápido, bombeando nuestros músculos con una oleada de energía.

Silencio absoluto y luego…

El bhar sale disparado de entre los árboles mucho más deprisa de lo que parece posible para lo corpulento que es su peludo cuerpo, comenzando una carrera vertiginosa gracias al impulso de sus cortas y robustas patas.

Hace volar la nieve al abalanzarse sobre un grupo de kitzus que están pastando, y estos se dispersan para salvar la vida.

El bhar profiere un rugido que parece confundir a sus presas, haciendo que algunas se den la vuelta y salgan disparadas en dirección contraria. Es un sonido que me habría intimidado antes de tener las cosas tan claras.

Antes de darme cuenta de que los salvajes impulsos que me he pasado los últimos veintitrés ciclos ignorando en gran medida en realidad son la clave para una existencia más simple, sin necesidad de pensar, sentir o recordar .

Líri se lanza en picado.

Me he acostumbrado tanto a las caídas a gran velocidad que lo único que siento es emoción al ver el suelo cada vez más cerca. Clode me agarra la melena, como si intentara arrancármela.

Muestro los dientes, con el cuerpo tenso, y me preparo para el impacto.

Justo cuando parece que vamos a estrellarnos, Líri despliega las alas y saca las garras.

Caemos con una fuerza aplastante.

Nuestra estruendosa colisión casi disimula el sonido del cráneo del bhar resquebrajándose bajo la pata de Líri, una muerte tan rápida que dudo que haya sentido nada.

Las aves cercanas se alejan de la hierba en busca de refugio mientras yo recupero el aliento, con el cuerpo entumecido por el descenso.

Líri levanta su pata ensangrentada y se aleja de la presa, bajando la cabeza para olfatearla. Comprueba si hay signos de vida mientras yo salivo, ansiosa por comer.

Paso la pierna por encima de su lomo y me dejo caer.

Examino al bhar, aunque soy incapaz de ver por encima de su prominente vientre.

La criatura es lo bastante grande como para alimentarnos a ambas durante muchos ciclos, y aun así quedaría suficiente para que diesen buena cuenta de él también los depredadores más pequeños.

Líri le da un empujoncito, de lo más suave, y el cadáver se desploma, derramando más sangre sobre la nieve e impregnando el aire con el olor de la carne fresca, algo que, con suerte, atraerá a más depredadores corpulentos a la zona.

A pesar de que Líri desea dirigirse al sur, yo no soy partidaria de abandonar estas exuberantes y fértiles montañas.

El hombre al que amo está cerca.

Mi deseo de permanecer a su lado es inquebrantable, y también me apetece explorar las cumbres circundantes para asegurarme de que no hay nadie que vaya a buscarlo o a hacerle daño.

A quitármelo .

Líri clava la garra en el blando abdomen de la bestia, perforándolo en el acto.

Abre sus enormes fauces, y unos hilillos de saliva caen por entre sus afilados colmillos. Los hinca en los cuartos traseros, arranca un trozo de piel y carne y me lo lanza.

Este cae sobre la nieve a mis pies, sangriento y humeante.

Suelto un gruñido de gratitud.

Ella resopla y hunde los dientes en las entrañas del bhar. Luego, gira la cabeza a un lado, quebrándole las costillas y haciéndole un buen boquete. Mete el hocico entero en él y rebusca hasta dar con el hígado.

Su parte favorita.

Me arrodillo para recoger el trozo de carne y comienzo a devorarla, descubriendo que está tan tierna que se me deshace en la boca, lo que significa que la bestia ha muerto deprisa y sin estrés.

Doy otro mordisco y mastico el jugoso bocado mientras rememoro nuestra primera cacería. Mi primer bocado de carne cruda, aún caliente.

Entonces, puse una mueca y fruncí el ceño, pues aún me aferraba a lo poco que quedaba de mi antiguo yo. Sin embargo, cuanto más volábamos, más ligera me sentía, menos anhelaba el sabor de la carne cocinada.

Anhelaba esto.

La sangre goteando por mi barbilla, los tendones desgarrándose entre mis dientes y la sensación de tener una presa que acaba de morir en mi estómago.

La libertad de dormir sobre las nubes, con el ruido muy por debajo, sin necesidad de hablar, sentir o preocuparse por nada aparte de por la procedencia de nuestra próxima comida y de vigilar el perímetro, de mantener a raya las amenazas.

Líri suelta un leve gruñido de advertencia. A través de las oscilaciones de nuestro vínculo, siento que se le agudizan los sentidos, una señal clara de que nos están observando desde la distancia.

Aunque no parece muy preocupada.

Yo tampoco, dada la velocidad a la que podemos alcanzar el cielo y ponernos a la defensiva. De todos modos, sí que despierta mi curiosidad, consciente primitivamente de que compartimos este prado con alguien.

Con un macho que desprende un intenso aroma a fuerza y dominio.

«Mío».

Me meto otro bocado de carne en la boca mientras miro alrededor, a través de un grupo de árboles pequeños que ofrecen poco refugio, y contengo la respiración al oír…

Una canción.

Una voz profunda que me eriza el vello de los brazos y la nuca.

Dejo de masticar.

Advierto un movimiento entre los árboles y fijo la vista en la falda de la montaña, en una cascada que cae por una brecha cubierta de musgo en el acantilado, va a parar a un estanque azul y alimenta un arroyo de caudal lento.

Y, entre la bruma de la superficie ondulada del estanque, emerge una figura ancha, masculina…

«Él».

Bajo la mano mientras contemplo la imponente espalda de Kaan, sus prominentes músculos, con tantas lunas grabadas. Una de las cuales amenaza con hacerme estremecer y pensar demasiado.

Sentir demasiado.

Me dispongo a apartar la vista cuando él se da la vuelta y la calidez de sus ardientes ojos me hace sentir la misma emoción que cuando vuelo entre las nubes a lomos de Líri. Al mismo tiempo, una ráfaga de viento me trae su aroma directamente a la nariz, intenso y poderoso.

Borrando todos los demás pensamientos de un plumazo.

Me brota un rugido de lo más profundo de la garganta.

Me levanto y echo a correr pradera a través con el pesado trozo de carne en la mano, una ofrenda que espero que aprecie.

Líri lanza un gruñido de advertencia.

Me vuelvo de golpe, enseñando los dientes, justo cuando retumba un gruñido más profundo desde donde descansa Rygun en lo alto de las montañas, por encima de las nubes cercanas.

Líri resopla y mira por entre los árboles con los ojos entornados, pero enseguida mete de nuevo las fauces en el vientre de la bestia, dándome la espalda. Acepta de mala gana que me aleje de su espacio protector y vaya hacia el de él.

Pero lo acepta al fin y al cabo.

Corro hacia el estanque mientras observo a Kaan bañarse, enjabonándose los músculos mientras canta.

Seduciéndome con cada una de sus delicadas palabras.