La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 37. Kaan #2
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Capítulo 37. Kaan #2

—El refugio estará operativo dentro de dos daes, con todo lo que tu pueblo necesite hasta que la superficie se calme.

—Le muestro un trozo de carne—. Aunque va a hacer falta más para quienes no pueden digerir el pescado de aquí abajo.

Sé que cuentas con cazadores que están aprovisionándose de carne para salar.

Cuando acabe con las viviendas, les echo una mano.

—Meto la carne en mi panecillo y le añado una loncha de queso—.

Dependiendo del tiempo que haya que permanecer abajo, el mal de sol será una gran preocupación para los del norte, acostumbrados a sus rayos.

Calculo que pasará media fase antes de que se vea afectada la salud de quienes proceden de La Llama, quizá el doble para los nacidos en La Bruma.

He descubierto una veta de gemas de rocadragón que ayudará a evitarlo. Se lo he dicho a Húrild.

—Gracias, Kaan, de verdad. Cuánto desearía… —Siharna se calla.

La miro de reojo, observando la frustración que se refleja en sus ojos mientras se mira el vientre y lo acaricia suavemente.

No finjo no saber por qué.

No puede arriesgarse a ayudar en su estado, no sea que gaste demasiadas energías en un momento tan delicado de su embarazo.

Es algo que para la mayoría de nuestra familia resulta difícil de aceptar, pues llevamos la capacidad de moldear en las venas, al igual que nuestra naturaleza protectora, que se dice que proviene de algún antiguo secreto muy poderoso.

Después de haber perdido tanto en esta fase, para ella quedarse al margen mientras otros hacen el trabajo necesario para proteger a su pueblo y a su familia es una tortura.

—Es mejor que gastes tus fuerzas en tu hijo, Siharna.

—Lo sé. —Levanta la barbilla y exhala con fuerza—. Ahora, come de una vez o tendrás que ayudarme a dar a luz a ese hijo.

—No digas esas cosas —murmuro, y ella sonríe mientras doy un gran mordisco a mi bocadillo, seguro de que está delicioso, aunque soy incapaz de saborearlo con los nervios tan alterados.

—¿Y el resto de tu reino? ¿Se está preparando?

Trago y, en cuanto la comida llega a mi estómago, me siento… mejor.

—Se distribuyeron alondras por toda La Llama en cuanto lo supe, también a los clanes, así como a los representantes de la capital y a los portadores de abalorios marrones más fuertes.

—Relleno mi pan con más carne—. Estamos construyendo refugios subterráneos similares en cada pueblo o asentamiento de clanes que aceptan la ayuda y aún no tienen uno, proponiéndoles que se aprovisionen con alimentos suficientes para una fase.

A los que tienen pocas existencias se les ha ordenado que manden a las familias al norte.

He almacenado víveres no perecederos para fases en previsión de discordia, los tengo en el refugio que forjé bajo Dhomm justo después de asumir la Corona.

—Cojo unos cuantos trozos de queso de la pila y los meto en mi pan mientras pienso en la caída de Slátra, en que los carroñeros subterráneos fueron los primeros en desafiar la densa y asfixiante neblina que ocultaba el cielo, aquellos que tenían poco que perder.

Y todo que ganar.

Una caída lunar saca lo peor de la sociedad, convirtiendo hogares y pueblos en cadáveres que la gente desgarra, despojándolos de todo. Y, en nuestra historia conocida, solo ha caído una luna cada vez.

Nunca muchas .

—Nuestro mundo será diferente después de las caídas. —Doy un buen mordisco mientras Siharna asiente con la cabeza, con la tensión en aumento.

—Nuestros ancestros están muy arraigados a esta tierra, Kaan. Esperaba dejarle este pueblo a Korie algún dae para que construyera su propia casa, tal vez al lado de la de tu mah o de la de su abuh.

Bajo la mirada y trago saliva.

—La idea de salir y encontrarlo arrasado… Por todos los Creadores, eso me parte el corazón. —Niega con la cabeza.

Sus palabras echan sal a unas heridas que aún no me había permitido aceptar. Tengo miedo a salir y encontrarme la casa de mi mah derruida o la que construí para ella, o quizá el hogar que moldeé para Elluin y para mí, una antigua reliquia de nuestro amor.

Me viene a la mente Roan, probablemente todavía en el pabellón azul, donde lo vi por última vez, encorvado sobre el Libro de Voyd .

Sin duda, cada dae más demacrado mientras se pasa el ciclo entero en busca de runas que protejan nuestra infraestructura más preciada.

Aunque eso no se lo digo a Siharna, pues no quiero darle esperanzas; si hay algo que he aprendido es que las grandes expectativas a menudo son grandes decepciones.

Lo que hago es ponerle la mano en el hombro y apretar con suavidad, aunque sé que odia que la consuelen; tal vez precisamente lo haga por eso.

Ella se ríe y me aparta la mano, mirándome de reojo.

—Tu mah estaría muy orgullosa del rey que eres. —Una extraña ternura le dulcifica las facciones—. Espero que lo sepas.

Aparto la mirada. Doy otro buen bocado y, después de tragar, digo:

—También tengo trapos sucios, Siharna. Muchos.

—Estaría orgullosa —repite implorante. Si bien aprecio lo que dice, Siharna no se encontraba allí el dae que le corté la cabeza a mi pah.

No vio al monstruo sediento de sangre en el que me convertí, no oyó mis pensamientos ni sintió las rabiosas ansias que me recorrían la sangre mientras reprimía los impulsos de mancillar nuestra cultura, de usar el lenguaje de Bulder para acabar con… todo.

Cada rincón del mundo que ella tanto quiere, del mundo que mah adoraba, estuvo a punto de reducirse a cenizas a causa de mi ira. Lo habría hecho de no ser porque Rygun me lo impidió, sacándome del abismo.

Casi he terminado de comer cuando al fin me armo de valor para hacerle la pregunta que me quema la punta de la lengua.

—¿Está Raeve…?

—Sigue cerca. Parece que están explorando la zona, justo al otro lado del perímetro que controlan mis centinelas. También se las ha visto cazando en los alrededores. Raeve va sin silla de montar.

—Ya me lo imaginaba.

Se produce un momento de tensión.

—No han dado muestras de regresar a las guaridas, Kaan, ni ha tratado de comunicarse con los centinelas. Si ella no da señales pronto… —El silencio habla más alto que sus palabras—. Ya sabes lo que sucede a veces con algunos.

«No regresan».

«Nunca».

—Volverá —prometo, y me lleno la boca, masticando mientras me limpio las manos. Pero mis palabras resuenan en el vasto túnel, burlándose de mí con la verdad.

Que no eran tan fuertes como yo pensaba.

Raeve había domesticado a una plumaluna antes, sí…, pero entonces era más joven, una cría a ojos de un dragón.

Ahora es una feérica adulta escondiéndose de un mundo lleno de dolor.

Convencerme a mí mismo de que saldrá de esta sin volverse salvaje quizá sea lo más estúpido que haya hecho nunca.