Capítulo 37. Kaan
Kaan
M e apoyo con una mano contra la pared con todo mi peso mientras me lleno los pulmones de aire, tan frío y fresco a tanta profundidad bajo tierra que parece que esté respirando en un pozo antiguo.
— Hugth att, aht mahn uhn-ah…
Las palabras me salen como grava, pues tengo la garganta irritada, mientras la pared se va hundiendo al ritmo de la suave respuesta de Bulder.
Un boquete del tamaño justo para que clave una antorcha, cuya vara de madera tiene grabadas unas runas plateadas que la hacen destacar bajo la cenicienta luz, runas que inmortalizan su inflamabilidad.
Abro mi vial e inclino la llama hasta que alcanza la cuerda que hay enrollada alrededor de la antorcha. Al percatarse de la ofrenda, Ignos bulle de alegría y la envuelve con sus fauces.
Un cálido resplandor ilumina la pequeña alcoba. Carece de luz solar, sí, pero está tan por debajo de la superficie que será uno de los pocos lugares seguros para dormir una vez hayan caído las lunas.
Al apartarme, me tambaleo. No me atrevo a alejarme de la pared hasta que la cabeza deja de darme vueltas.
Lentamente, atravieso una pequeña zona común recién creada, la cual necesita un barrido urgente. Es sencilla pero práctica, con un hogar excavado en el suelo rodeado por asientos escalonados.
Unos cuantos cojines marcarían la diferencia: eso es lo que siempre decía mah.
Me sacudo el polvo del pelo y la barba y me adentro en el estrecho túnel en dirección al sonido del agua. Al salir a la sombría orilla del río subterráneo, otro mareo me hace agacharme.
—Maldita sea —murmuro con los ojos clavados en el suelo.
Me concentro en llenarme los pulmones con respiraciones constantes, vagamente consciente de que los aldeanos transitan por el camino ribereño que tengo a la izquierda con muebles, pertenencias y urnas con víveres en dirección a las viviendas que me he pasado los últimos daes construyendo.
Cerca de un centenar de ellas a lo largo de la ribera de este profundo río subterráneo, con puentes arqueados que conectan ambas orillas.
Con suerte, esto logrará que haya un sentido de comunidad y la gente no perderá la cabeza.
A pesar de la preparación, soy tristemente consciente de que muchos no saldrán de aquí igual que entraron, sobre todo los de mi reino, acostumbrados como están al sol.
Giro la cabeza, me llevo las manos detrás del cuello y cierro mis doloridos ojos. Al instante, veo a Raeve mirándome en el reflejo del espejo, cuando me dijo que Elluin todavía me quería …
Abro los ojos de golpe.
Gruñendo, me pongo de pie, rebosante de determinación para seguir adelante.
Para seguir moviéndome.
Para mantenerme ocupado, joder.
El chirrido de unas ruedas hace que mire hacia la izquierda.
Se aproxima un corpulento feérico con un carro lleno de antorchas, inclina la cabeza y vuelca la carga en medio del camino, provocando un estruendo que reverbera por las altas paredes del túnel.
Es una pila lo bastante grande como para iluminar las siguientes viviendas.
—Gracias —le digo, y él se lleva el puño al pecho.
Me dispongo a agacharme para coger dos de ellas cuando él carraspea y se echa a un lado, revelando…
—Mierda —murmuro sacudiendo la cabeza al ver a Siharna, cuyo abultado vientre se aprecia bajo su túnica holgada de sarga, con una cesta colgada del brazo.
Siharna …, más de mil escalones bajo tierra, en el refugio en el que no debería poner un pie hasta que no haya dado a luz, por todos los Creadores.
Abro la boca para hablar…
—No empieces —me corta con una mirada más dura que una piedra cubierta de musgo.
A pesar de la diferencia de color, sus ojos me recuerdan demasiado a los de Veya cuando me toca las narices con sus tajantes opiniones—.
Intenta tener un cráneo encajado tan profundamente en la pelvis que apenas puedes reírte sin orinarte encima.
«Por todos los Creadores».
—Cuanto antes lo convenza de que venga al mundo, mejor. —Se adelanta renqueando y se echa su trenza con plumas por encima del hombro al pasar junto al hombre que ahora regresa con la carretilla vacía—. Caminar ayuda.
Aunque me gustaría rebatírselo, valoro mi vida.
Me pone la cesta contra el pecho.
Al bajar la vista, veo unos panecillos de semillas y otros productos envueltos en tela encerada, probablemente carnes y quesos, a juzgar por el intenso aroma que desprenden, revolviéndome las tripas. La mera idea de comer me provoca náuseas.
—Aunque agradezco el gesto…
—Kaan Vaegor, no te atrevas a rechistarme en mi estado —gruñe, una reprimenda que llevaba sin oír desde la muerte de mah—.
He bajado mil escalones para alimentar ese lamentable culo que tienes.
He envuelto la carne y el queso con mis propias manos.
Es lo más parecido a una comida casera que soy capaz de preparar.
Lo menos que puedes hacer es compartir un maldito bocadillo conmigo.
—Por todos los Creadores, Siharna, tú ganas. —Dejo la cesta en el suelo y bajo la vista a mi túnica y mis pantalones, llenos de polvo, aunque no es que mis manos y brazos estén mucho mejor, tan cubiertos de sudor y suciedad que apenas se me ven las cicatrices—. Deja que… me limpie un poco.
Le pido a Bulder que moldee un banco con respaldo junto al río con una voz tan ronca y desgarrada que hace que Siharna se cruce de brazos y me mire como si estuviera a punto de arrastrarme a la superficie tirándome de la oreja.
—Siéntate antes de que me mandes a la tumba antes de tiempo —le gruño, y la oigo murmurar algo como respuesta que no logro entender mientras bajo las escaleras que he creado antes hasta la orilla del río cuando he ido a beber.
Lejos de la cálida luz que despiden las antorchas del camino, el ambiente es frío y lo bastante inquietante como para hacerme sentir un escalofrío.
El agua discurre como tinta borboteante mientras me agacho para enjuagarme las manos en la corriente, observando el trasiego de gente por un puente cercano.
Me salpico la cara, atormentado por los lejanos gemidos y lamentos de Bulder, que se mueve a nuestro alrededor persuadido por otros portadores de abalorios marrones que se encuentran trabajando en otras zonas del refugio, aunque también expresa su frustración por lo mal que hablan el dialecto.
Bebo ahuecando las manos y el agua fría me alivia la garganta mientras sofoco su canción, cuyo tono me recuerda demasiado a cuando era pequeño y estaba asustado, encerrado en un agujero oscuro del que se esperaba que saliera, o muriese en el intento.
En aquel momento, no entendía por qué él se mostraba tan distante. No sabía que era así como se comportaba con todo el mundo al principio.
Bulder premia la dedicación. Aquellos que no se toman el tiempo y el esfuerzo para dar forma a sus palabras como es debido reciben lo mismo como respuesta. Parece que juzgue el carácter de cada persona por cada tosca palabra que esta pronuncia.
Me echo más agua en la cara, frotándome para quitarme la suciedad, mientras rememoro la época en que visité este pueblo por primera vez. Cuando conocí los secretos de la estirpe de mah y el ritmo del corazón de Bulder, cuando descubrí que moldear es un arte.
En esa misma fase, me adentré en la pétrea alma de Bulder y hallé un montón de palabras demasiado poderosas para contemplarlas. Fue como si hubiera encontrado un cofre antiguo repleto de tesoros lingüísticos con los que cargo desde entonces.
Nadie debería tener esa clase de poder.
Tras sacudirme las manos y aclararme la garganta, subo las escaleras hasta el banco donde está Siharna. Con las cejas levantadas, vacía la cesta y comienza a desenvolver paquetes de carne y queso.
Me acabo de sentar junto a la comida cuando ella saca un gran paquete envuelto en sarga y me lo da.
—¿Qué es esto?
—Lo que le pediste a Luík. —Se mira el vientre con el ceño fruncido y se lo frota mientras la tensión le arruga la piel alrededor de los ojos—.
Korie lo estaba cuidando, esperando a que regresases a la superficie para dártelo, pero he pensado que sería mejor como recordatorio de que la superficie aún existe.
Me invade el remordimiento.
—Lo siento. —Dejo el paquete a un lado—. El tiempo pasa deprisa aquí abajo.
—Llevas daes con ello, Kaan. —Noto su mirada clavada en un lado de mi rostro—. Necesitas descansar. Quedan muchos ciclos para terminar esto. Una tarea fácil, dado que tenemos la suerte de contar con tu ayuda.
No le digo que he intentado descansar a ratos, entre modelado de salas, túneles e infraestructura, tumbándome en el suelo y cerrando los ojos, pero lo único que veo es a Raeve mirándome en ese espejo, diciéndome que Elluin todavía me quería.
Lo cual me revienta por dentro.
Eso, sumado al hecho de que en estos momentos está domesticando a una plumaluna, no me permite descansar más que de tanto en cuanto.
Desde luego, no tanto tiempo como para que suba a la superficie a dormir en una cama, lo cual solo empeoraría las cosas, dado que está impregnada del aroma de Raeve.
El mismo aroma que permaneció en mi almohada mucho después de que Elluin arrojara mi málmr sobre ella y regresase a Arithia llevándose consigo mi corazón, y todo para vincularse con mi hermano.
Acelerar la vida.
Morir en el parto.
Todo ello mientras ella
me
seguía
amando.
Consciente de que no puedo sacarle respuestas a esa piedra en particular sin correr el riesgo de que se venga abajo, o tal vez de que se endurezca aún más por la presión, desecho esos pensamientos, cojo un panecillo y lo abro por la mitad.