La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 36. Kyzari
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Capítulo 36. Kyzari

Kyzari

D ale

que te

dale».

—¿Sabes qué? —digo levantando el trozo de hueso cónico para examinarlo—. Este también está ya casi.

Ne se acerca bailando, roza el hueso y vuelve a subir al techo, donde se queda revoloteando alrededor de las lunas cubiertas de hollín, de una en particular, con ángulos elegantes, pendientes suaves y una mancha de ceniza que le da color.

Su preferida.

«Y la mía».

Se me dibuja media sonrisa al observarla. El hecho de que se sienta tan atraída por ese dibujo me proporciona una agradable paz, como si ella entendiera la conexión que tengo con la gran luna plateada de una plumaluna que cayó hace veintitrés fases.

He decidido creer en ello con todo mi corazón. Del mismo modo que creo que Caelis nunca volverá a estar íntegro hasta que yo salga de esta celda, encuentre los fragmentos que quedan de Slátra y…

«Haga lo que hay que hacer».

Vuelvo a centrarme en mi tarea. Dispongo el fragmento contra una parte bastante lisa del suelo y elimino solo la capa más fina de hueso con movimientos largos.

«Dale

que te dale…».

El chirrido de las ruedas de un carrito resuena por el pasillo.

Ne se lanza en picado tan deprisa que apenas me da tiempo a recogerla en mi palma ahuecada y acurrucarla contra mí.

—Estás mejorando —le susurro escondiendo el hueso bajo mi jergón antes de extender la manta sobre las dos.

Cierro los ojos y controlo mi respiración hasta que se vuelve lenta y profunda, con Ne tan quieta contra mi pecho que parece como si su alma se hubiera liberado.

Es difícil imaginar que el chirrido de esas ruedas antes me llenara de esperanza. Ahora, me llena de temor. Estoy muy cerca de liberarme sin la ayuda de ese estúpido estirado.

Tan.

Condenadamente.

Cerca.

El corazón me martillea; las ruedas se aproximan.

«Cada vez más».

Se oye el repiqueteo metálico de mi comida al ser arrojada entre los barrotes y algo frío y húmedo me salpica el pie.

—¡Gracias! —grito con un poco más de brío, pensando que, si no sigo exagerando mi gratitud por esa comida mohosa, él podría darse cuenta de que estoy tramando algo.

«No hay respuesta».

Empuja el carrito fuera de mi vista. Yo espero, contando tres veces cada luna del techo, y después me apresuro a salir de debajo de la manta.

—¿Lista? —pregunto levantando a Ne, que agita las alas.

Abro la palma de mi mano y soplo.

Ne da vueltas en el aire, revoloteando de regreso hacia las lunas, mientras recojo los trozos de hueso y los examino: casi idénticos.

«Por todos los Creadores, soy buena».

Con una respiración pausada, adelanto el tobillo y encajo ambos huesos en la cerradura a modo de palanca, cierro los ojos y utilizo las puntas afiladas para tantear el mecanismo.

Es como trazar un mapa del terreno mientras vuelo entre las alas de Surí, algo difícil de imaginar sin los escoltas de pah volando a ambos lados, acorralándonos.

«Es por vuestra propia seguridad —decía pah cada vez que nos pillaba intentando marcharnos sin ellos—. ¿Eres una princesa o una estúpida?».

Me tiembla el labio superior, tratando de separarse de mis dientes.

Odio que, al encontrarme aquí, le esté dando la razón. Aprovecho esa pizca de rabia que siento para redoblar mis esfuerzos.

Con el ceño fruncido, giro el hueso, apartando una lengüeta metálica…

Ne deja de aletear.

Abro los ojos como platos.

Escondo los huesos, cojo a Ne y la aprieto contra mi agitado pecho. Meto los trozos de hueso debajo del jergón, me hago un ovillo y nos cubro a ambas con la manta. Espero.

Cuento hasta cien y luego del cien al uno. Otra vez.

Nada…

Respiro hondo, aparto la manta y me pongo de rodillas.

—Falsa alarma —susurro, y levanto la mano y le soplo las alas a Ne.

Ella cae de mi palma y, al instante, vuelve a mi cuello, donde se acurruca entre mi cabello.

«Qué raro…».

—No pasa nada —le susurro acunándola en mi mano. La dejo boca abajo sobre mi regazo y le acaricio el nombre con el pulgar, sonriendo—. Sé que los cambios dan miedo, pero todo va a salir bien. Te lo prometo. Voy a cuidar de ti, ¿recuerdas?

Levanto la esquina de mi jergón y cojo los huesos. Estoy comprobando si están dañados justo cuando una voz grave y profunda me impacta de lleno en el pecho.

—¿Con quién estás hablando, princesa?

Pego tal respingo que, cuando me envuelvo con las extremidades —protegiendo a mi preciosa Ne—, probablemente parezca que se trata de un acto de defensa propia.

«Eso espero».

—Con la pared —digo con voz ronca.

Mi captor emerge de entre las sombras y se acerca a los barrotes, con el rostro oculto por una capucha.

El Rey Carroñero.

—¿Con la pared, dices?

La pregunta es un torrente de lava que me salpica.

Me quema.

—Sí. —Esforzándome por mantener la voz firme, añado—: Supongo que la soledad me está afectando.

—Ah. —Se mete la mano en el bolsillo de su raída capa, saca una llave gruesa y la introduce en la cerradura.

«Mierda».

Me meto los huesos debajo del trasero, observando cada lento movimiento de su esbelto cuerpo.

La puerta se abre con un chirrido por el óxido de las bisagras, impregnando el espacio de olor a polvo y ceniza, mientras él avanza como un reguero de tinta, haciéndome sentir demasiado pequeña y encadenada.

«Totalmente indefensa, joder».

Se agacha ante mí, agriando el aire con su caliente y fétido aliento.

Me revuelve el estómago.

Aunque su rostro sigue envuelto en sombras, la llama de mi candil se refleja en sus ojos, haciéndolos parecer gemas de rocadragón.

—Para ti —murmura.

Miro más allá del pergamino blanco que tiene entre los dedos y se me corta la respiración al ver sus cutículas: parece que se las haya mordido hasta dejarlas en carne viva.

Está sediento de sangre…

Dirijo la vista a la alondra, que bate sus pequeñas alas con frenesí.

Como si intentara alcanzarme. Al fijarme en las motitas negras de flor de maalí seca salpicadas por el pergamino, se me para el corazón.

«Pah…».

—Ha logrado atravesar las Nieblas Errantes y la ha interceptado uno de mis guardias.

—Supongo que la has leído —digo con un nudo en la garganta.

Me invade una leve oleada de emociones desesperadas, inútiles, cuando estoy segura al noventa por ciento de que esa alondra no va a aportarme paz.

Cero esperanza.

Cero cariño.

El Rey Carroñero asiente lentamente con la cabeza.

«Vale».

Me aclaro la garganta y cojo la alondra. La despliego.

Kyzari:

Le he pedido a un sanguirio que vinculara el bienestar de mi última alondra a una de tus sirvientas, algo de lo que te habrías dado cuenta si hubieras leído el mensaje. Supongo que estás enfadada conmigo desde que Marci salió ardiendo y que tienes la intención de alargar esta situación.

Te recomiendo que pongas fin a esta farsa y regreses conmigo de inmediato o Surí comenzará a sentir el dolor de cada ciclo que pase sin que tú estés aquí, donde tienes que estar.

Pah

Se me escapa un gemido por la garganta…, desgarrador y lleno de dolor.

Me clavo los dientes profundamente en el labio inferior para evitar que me castañeteen mientras releo esa fatídica línea:

desde que Marci salió ardiendo

Debería haber sabido que haría algo tan ruin y cruel. Debería haber tenido más cuidado. Pero no lo tuve y ahora Marci está muerta.

Trago la saliva que se ha acumulado bajo mi lengua, entumecida.

Era muy joven, dulce e inocente. Su mah y su pah estarán destrozados: la hija que tanto les costó tener… ya no está.

Por mi culpa.

—¿El amor duele, princesa?

Ignoro su pregunta, esforzándome por vaciarme de emociones, escondiéndolas debajo del jergón como si de basura se tratase.

Pero eso no impide que me tiemblen las manos mientras vuelvo a doblar la alondra con precisión siguiendo las líneas ya marcadas.

Tengo cuidado de ir lo bastante despacio como para no romper el pergamino ni doblarlo por donde no es a causa del temblor.

Cuando la alondra vuelve a estar plana, a solo unos pliegues de la doblez que le da vida, la sostengo en alto.

—¿Puedes tratarla con cuidado, por favor?

El silencio se prolonga durante un buen rato. Después, el Rey Carroñero la coge y se la guarda en el bolsillo.

No se mueve ni da señales de marcharse, sino que, poco a poco, extiende su mano hacia mí.

Se me encoge el corazón al observar su palma abierta. Toda la sangre se me va de la cabeza tan deprisa que me da un mareo, amenazando con arrastrarme a la oscuridad.

«¡Da por hecho que no lo sabe!».

Pongo mi mano sobre la suya.

Él la deja caer. Vuelve a levantar la palma, abierta.

Esperando.

Se me cae el alma a los pies tan deprisa como los hombros.

Suspirando, meto la mano debajo de mi trasero, cojo los huesos y se los doy.

Tras inspeccionarlos un buen rato, se los guarda.

—Tienes más espíritu de lucha del que creía posible —murmura despacio. Ladea la cabeza—. Somos más parecidos de lo que pensaba.

«Ni de puta coña».

—Aunque lo respeto —continúa—, mi miskunn ha previsto tu fuga incluso sin los huesos. Perdóname, princesa, pero la esperanza es un arma poderosa en las manos equivocadas. Y yo no puedo permitirme cometer errores.

Frunzo el ceño, preguntándome de qué está hablando.

De nuevo, extiende la mano.

Se me paraliza todo el cuerpo, cada célula, y comienzo a temblar tan violentamente que me sorprende no oír el zarandeo de mis huesos.

—No… —Me tenso e, instintivamente, me acurruco alrededor de Ne, que se retuerce contra mí, como si sintiera mi angustia—. Por favor, no te la lleves. Por favor. No le hace daño a nadie. Su pliegue de retorno ya se ha usado. Te lo ruego.

—O destruyo la que tengo en el bolsillo.

Noto unos fragmentos de hielo atravesándome las venas y mi respiración se vuelve trabajosa y rápida, a pesar de sentir que tengo una mano agarrándome el cuello, apretándome.

«Ahogándome».

Estoy a punto de lanzar a Ne a través de los barrotes y gritarle que se vaya, que huya, que se olvide de mí y vuele hasta liberarse de este puto lugar.

Sin embargo, hay muchas posibilidades de que la vida de otra de mis sirvientas o el bienestar de mi hermosa Surí estén ligados a esa alondra que lleva el Rey Carroñero en el bolsillo.

Bajo la mirada hacia su mano y vuelvo a levantarla, clavándola en sus ojos de heliotropo.

—¿Y si…?

—La respuesta es no.

Suelto un gemido, tensándome.

Ne consigue liberarse y se lanza derecha hacia mi cuello, donde se acurruca.

Con un suspiro ahogado, la cojo. Sus alas se agitan contra mis palmas como si se tratase de una polinilla.

Se me desencaja la cara y me arden los ojos por las lágrimas, incapaz de contenerlas.

—No vas a hacerle daño, ¿verdad? Por favor. Es lo único que me queda de mi mah.

—Ya basta, Kyzari.

Su voz es brutalmente fría, implacable. La voz de alguien que parece más muerto que vivo.

Me doy cuenta, con una certeza que me oprime el pecho, de que nada de lo que diga va a hacerle cambiar de opinión.

De que tengo que dársela.

—Antes de que ordene a la llama del candil que la queme en tus manos.

Suelto un pequeño sollozo y, luego, me esfuerzo por mostrarme impasible, aunque mis siguientes palabras suenan poco firmes.

—¿Puedo despedirme de ella? Por favor.

Durante un instante, se limita a observarme, luego asiente levemente con la cabeza.

Haciendo todo lo posible para evitar que me tiemble la barbilla, murmuro un leve «gracias» y apoyo mis labios contra mis dedos, que rodean a Ne como los barrotes de una jaula. Algo por lo que nunca me perdonaré.

De todos modos, ahora mismo no pienso en eso. Ne lucha contra los muros, probablemente confundida, intentando colarse por entre mis dedos para volver a toda prisa a refugiarse en mi cuello.

«Su sitio preferido».

Lo que hago es calmar mi inflamada garganta y cantarle con palabras lentas y dulces.

Una canción que lleva conmigo tanto tiempo que no recuerdo dónde la oí por primera vez.

Lo único que sé es que, por alguna razón que desconozco, significa más para mí que casi cualquier otra cosa.

Es una nana que solo me he cantado a mí misma, que nadie ha oído.

Tengo que cantarla antes de que este monstruo me rompa el corazón, pero no es para él.

Es para mi pequeña Ne. Un rítmico adiós para que no se la lleven sin que sepa cuánto la quiero.

Liu ath na, juu ta ne guile no…

Too la too. Too la too.

Liu ath na, juu ta ne guile no.

Eeah to ail. Eeah to ail…

Ne se calma y se relaja en mis manos. Confía en mí.

La siguiente vez que respiro, me arden los pulmones.

Lentamente, extiendo las manos y las bajo para dejarlas sobre las del Rey Carroñero… Tengo que hacer un esfuerzo para separar los dedos.

Para soltarla.

No obstante, lo único que veo son esas dos pequeñas letras, la mancha de sangre, su pico arrugado, el cual deseo desesperadamente alisar.

Lo único que siento son las fisuras físicas y mentales que me van desgarrando, destrozándome.

Han dui garl, igath da se se marth.

Eeah to ail. Eeah to ail.

El Rey Carroñero me separa las manos de golpe.

Se pone de pie con Ne atrapada entre sus destrozados dedos mientras ella se retuerce más que nunca, batiendo las alas al compás de mi corazón destrozado, cortando la palma de su captor y haciendo que gotee sangre en el suelo.

—Por favor, ten cuidado con ella. No le gusta que la cojan así.

El sonido del pergamino rasgándose cuando él la parte por la mitad, haciendo que se detenga con un movimiento suave e indolente, también rompe las fibras de mi corazón, que queda dividido en dos.

Se me escapa un gemido gutural que me deforma el rostro en mi ansia por liberarme.

Tira sus mitades sin vida y sale furioso de la celda antes incluso de que ella toque el suelo.

Me derrumbo sobre lo que queda de mi pequeña y preciosa Ne, tocando sus bordes desgarrados, la mancha de sangre, el pliegue de su pico. Me la pego al pecho, apretándola contra mi corazón, meciéndola.

Gritando.

No oigo cerrarse la puerta de la celda.

No lo oigo marcharse.

No oigo ningún otro sonido salvo los incesantes aullidos que me desgarran la garganta y me hacen sentir las costillas magulladas.

Hasta que no queda nada.