Capítulo 35. Raeve #2
No respiro. Apenas puedo pensar, mirando hacia arriba, a la aurora plateada que se entrelaza con las lunas como si fuesen las sedosas hebras de una cola diferente.
Algo me sacude… por dentro , despertando la sensación de que he compartido momentos como este antes.
Con otra persona.
Se da una especie de cambio dentro de mí, como si un órgano se hubiera desplazado. Mi temperatura corporal desciende y el hielo comienza a recorrerme las venas mientras mi Otra se alza, como si estuviera a punto de desgarrarme y tomar el control.
No lo hace.
Lo que hace es acomodarse justo debajo de mi piel, quieta y callada. Una presencia tranquila que me parece mucho más imponente de lo que me atrevo a reconocer.
Líri se enrosca más. Es el tipo de abrazo del que no puedes liberarte, ni siquiera cuando estás desesperada por arrasar el mundo para poder derrumbarte en paz.
Solo me deja la opción de relajarme. Parpadeo para alejar las molestas lágrimas que ella seca con una suave presión de su hocico, besos fríos que perduran mientras canto, pues parece que a ambas nos hace falta mi canción tranquilizadora, maldita sea.
El tiempo se vuelve infinito mientras descansamos juntas, contemplando la silenciosa danza de la aurora, que besa cada luna mientras va recorriendo el cielo.
Y, poco a poco, me doy cuenta de que el corazón de Líri late como un tambor.
Un sonido que me llama, más fuerte con cada latido, con cada lágrima que resbala por mi mejilla, besada por una plumaluna que parece tan perdida y sola como yo lo he estado durante las últimas veintitrés fases.
Hasta que la aurora no está sobre nuestra cabeza, no me doy cuenta de que los latidos de su corazón acompañan a los míos, son un eco casi instantáneo.
Dejo de cantar y ladeo la cabeza. Líri baja la suya, permitiéndome ver a la perfección sus enormes ojos sombríos.
Entre nosotras se da una mutua comprensión mientras su frío abrazo me atraviesa la piel, pasa por mis costillas y me envuelve el corazón. Una suave presión que hace que se me desencaje la cara, pues en el fondo sé que…
«Ya he sentido esto antes».
Mi Otra se aleja, metiéndose en lo más profundo de mí, tanto que ya ni noto su presencia. Se parece mucho a una bendición silenciosa.
No obstante, algo dentro de mí me hace querer gritar, golpear cosas, romperlas, aunque reprimo esos sentimientos y le sostengo la mirada a Líri, cayendo en esos ojos moteados sin fondo como una estrella por el cielo. Una fría zambullida que me resulta dolorosamente familiar.
Percibiendo la presencia de cada punto de luz que me rodea, me siento atraída por uno de ellos, uno plateado que destaca a lo lejos entre todos los demás.
Algo me impulsa a alcanzarlo, como si estuviera en la cima de una montaña estirando la mano hacia el cielo, como si creyese que puedo arrancar ese punto plateado y acunarlo contra mi pecho por muy lejos que se encuentre.
Algo afilado se aloja entre mis costillas, dejándome sin aliento.
Sin voz.
Más agónica que nunca.
Unas alas nacaradas me rodean desde atrás, envolviéndome en un fuerte abrazo. Un silencioso reconocimiento del dolor que amenaza con desangrarme por dentro. Pero no trata de solucionarlo.
Se limita a percibirlo .
De nuevo, noto una opresión en el pecho, como si una garra helada tuviese sujeto mi corazón y lo apretara suavemente.
Esta vez, no hay resistencia.
El órgano se ablanda y, luego, se resquebraja como la cáscara de un huevo de sierpe. Un dolor frío se extiende por mi cuerpo mientras mi corazón se detiene un instante y empieza a palpitar al compás de los fuertes latidos de Líri.
Ella se acurruca en mi alma y trepa entre los restos destrozados de ese huevo hueco encajado bajo mis costillas, atrayendo los fragmentos sobre ella y buscando consuelo junto a una piedra melancólica.
Porque, aunque esto parezca el comienzo de algo demasiado bello para comprenderlo, reconocer este vínculo supone aceptar que hubo una primera vez, que algo se ha desprendido de mí para hacerle hueco a Líri.
Y eso…
No quiero pensar en eso. Tampoco quiero sentir este dolor punzante en mi pecho que simplemente
no
cesa.
Me sumerjo en mí misma más velozmente que nunca. Solo me detengo al advertir la hebra plateada que me envuelve la mano y la muñeca.
«¿Es este el problema? ¿Este maldito cabello o lo que sea que llevo enredado desde Bothaim?».
Me lo arranco con unas ganas feroces y echo a correr hacia el lago, donde hago un agujero con el puño y tiro el mechón. Con la respiración agitada, espero a… sentirme mejor.
Sin embargo, la sensación no desaparece. Ni siquiera un poco.
Echo un vistazo por encima del hombro…
«Aquí hay algo más».
Con un gruñido, revuelvo las oscuras piedras que hay dispersas por la orilla y las lanzo al aire, cortándome las manos con sus afilados cantos.
Decidida a encontrar al culpable.
Cuando hago rodar una piedra pesada, tengo que cubrirme con la mano por el raudal de luz que amenaza con cegarme. Lentamente, la bajo y abro unos ojos como platos al ver una astilla plateada clavada en la orilla… No.
En mí .
«¿Cómo es que no me he dado cuenta antes?».
La agarro y, al sentir lo fría que está, se me encoge el corazón. Fría como…
NO .
Ahuyentando ese pensamiento, tiro de ella. Sin embargo, por mucho que tire, la astilla no se mueve.
—¡Joder!
Supongo que puedo o bien dejarla aquí hasta que el dolor remita, o bien… cortarla, deshacerme de ella.
«La respuesta es fácil».
Agarro una esquirla de piedra y empiezo a cortar la materia circundante, que es más blanda de lo que esperaba, lo cual me resulta muy útil. Corto…, corto…, corto, consciente de que voy mermando, volviéndome más dura.
Más aguda.
Retraigo los labios, mostrando los dientes, pues cada corte es una puñalada en el alma.
No obstante, en lugar de lamentar la pérdida de la parte delicada que estoy cortando, disfruto de ello.
«¿Quién necesita esa porquería?».
El bulto se desprende.
Aunque el dolor sigue ahí, no es tanto un peso que me lastra como una herida abierta.
Las heridas puedo sobrellevarlas; al fin y al cabo, son las manos que me han moldeado.
Se me dibuja una sonrisa salvaje mientras levanto el bulto, sorprendentemente pesado para su tamaño, y echo a correr hacia mi lago.
Negándome a mirar hacia la luz plateada que ahora se ve bajo el hielo, tiro el bulto al agujero que he abierto antes.
Plaf.
Se hunde en la oscuridad, encogiendo hasta quedar tan pequeño como la mota plateada de los ojos de Líri.
Durante un instante, mi Otra no se mueve, se queda justo bajo la superficie, como si me observase a través de la oscuridad, probablemente esperando algo.
No tengo ni idea de qué, y tampoco es que me importe demasiado.
Se hunde más, yendo tras la mota plateada con golpeteos rítmicos, como un aleteo.
Es algo que quizá me hubiese afectado antes de rebanarme a mí misma, pero ya no queda nada tierno.
Solo una determinación feroz por proteger la dragona oculta bajo mis costillas, por mantenerla a salvo para que nunca se convierta en un vacío en mi pecho.
Me doy la vuelta y me adentro en mí misma, cargada con la fuerza de un depredador, la cual utilizo para envolver a Líri de la misma manera que ella ha envuelto mi cuerpo.
Firmemente.