Capítulo 35. Raeve
Raeve
E l suelo se aleja tan deprisa que se me revuelve el estómago.
Los árboles, cubiertos de nieve, y los picos de las montañas parecen más pequeños con cada frenético aleteo de Líri. Ir agarrada a su melena es lo único que me impide caer en picado hacia una muerte segura.
Suelto un quejido al darme cuenta de que debería haberme bajado en cuanto empezó a elevarse del suelo. Probar suerte con los fundefauces.
Ahora, estoy colgando de una dragona sin silla que se dirige hacia las nubes.
Mis manos empiezan a agarrotarse y el dolor se me extiende por los antebrazos hasta los codos. La intensidad es tal que sé que es solo cuestión de tiempo que me quede sin fuerzas.
«Mierda».
Apretando los dientes, me concentro en buscar un punto firme donde apoyar los pies mirando por debajo de mi axila. Veo que el nacimiento de las alas de Líri está lo bastante cerca como para alcanzarlo con los dedos de los pies.
Esperando que no se vuelva y me arranque la cabeza, apoyo un pie… y luego el otro.
Ni se inmuta .
Los puntos de apoyo me permiten equilibrarme, recolocarme cada vez que Líri bate las alas, atravesando las nubes con impetuosas sacudidas.
Nos abrimos paso hacia los suaves rayos dorados que emanan del lejano sol.
Un momento de tranquilidad antes de que Líri eche la cabeza hacia atrás y arroje una llamarada azul acompañada de un poderoso rugido.
El estruendo se convierte en un graznido juvenil en cuanto su llama se apaga.
Entonces, ella se inclina, yendo en paralelo a la lustrosa capa de nubes con movimientos suaves y rápidos de sus alas.
Vuela hacia el sur con la velocidad y el equilibrio de una espada cortando el aire, como si estuviera huyendo de la escena o… lanzándose directamente hacia Netheryn.
«Por todos los Creadores, espero que no».
El viento me enreda la trenza cuando levanto ligeramente la cabeza y entorno los ojos mirando al frente, hacia el afilado pico de una montaña que tenemos justo delante. Sin duda, es un mal menor, pero chocar contra él a esta velocidad me lanzaría contra la pared si no calculo bien.
Me agazapo, agarrándome con más firmeza y apretando los dientes, momentos antes de que Líri se estrelle contra la cima.
La nieve salta por los aires a causa de nuestro violento aterrizaje y mi corazón encuentra un nuevo hogar encajado entre mis costillas.
Líri se pone tensa y clava las garras en la roca, estabilizándonos. Lanza la cabeza hacia delante y grita al cielo, un lamento agudo que reverbera sin cesar hasta volverse tan agudo que me desgarra hasta la maldita alma.
Dobla el cuello y agacha la cabeza.
Deja caer las alas a los costados.
Respira con dificultad mientras unas nubes doradas se arremolinan debajo de nosotras, acariciando la cima de la montaña. Hay una tranquilidad tan apacible tras su angustia que se me encoge el pecho.
Suelto una mano y la alargo con la intención de acariciarle el cuello, pero ella se da la vuelta tan deprisa que me veo obligada a agarrarme de nuevo a su crin para no salir despedida.
Líri sube por la cresta que sobresale de la tormenta como una espina dorsal torcida, haciendo crujir la piedra y la nieve con cada peligroso paso que da.
Cuando llega a un llano que queda apenas por encima de la neblina, se acurruca, envolviendo la cola alrededor de su cuerpo, y esconde la cabeza bajo su garra.
Respira hondo y suelta un leve gemido que se desvanece en un silencio demasiado pesado como para respirar.
«No se encuentra bien».
Con movimientos lentos y cautelosos, me deslizo hasta bajar de su lomo y comienzo a avanzar lentamente en dirección a su cabeza…
Ella se incorpora y se acurruca hacia el lado contrario, echando el ala hacia atrás y luego hacia delante, y está a punto de arrojarme del llano. El «vete a la mierda» no verbal más claro que me han dedicado nunca.
«De acuerdo».
Miro alrededor, buscando un lugar sólido donde instalarme hasta que pueda decidir el próximo paso, cuando me vienen a la mente las palabras de Kaan…
«Aunque algunos dragones ansían vengarse de la misma manera que un feérico sediento de sangre, otros solo anhelan que los quieran».
Mirando por encima del hombro, veo a Líri todavía replegada en sí misma como un nudo luminoso, como si se escondiera del mundo.
Me recuerda a Essi acurrucada en el sofá, dándome la espalda, mientras se desangraba, tratando de ocultar su dolor, apagándose en mis brazos mientras yo deseaba con todas mis fuerzas haber hecho algo más, haber sido algo más.
Mientras le decía que la quería como una forma de despedida en lugar de…
«A la mierda con esto».
Advierto que no puedo rodear a Líri sin correr el riesgo de pisar el extremo del llano, lleno de rocas sueltas, y acabar sobre las nubes, arriesgándome a otra caída mortal. Es algo que no tengo intención de repetir en un futuro próximo, o al menos hasta que Clode y yo resolvamos nuestros problemas.
Mi única opción es avanzar sobre el cuerpo de Líri, implorándole en silencio que no me lance al vacío. Estoy a punto de deslizarme por el hueco que queda en la espiral que forma cuando ella gime y se remueve de nuevo.
Manteniendo la posición, me aferro a sus mechones de pelo mientras contemplo la extensión de nubes, esperando a que se calme y se dé la vuelta. Me pregunto si es así como se siente Kaan cuando me cierro en banda.
«Que los Creadores bendigan a ese hombre por la paciencia sobrenatural que tiene».
Mientras noto la respiración de Líri en los movimientos de su cuerpo, analizo la curvatura de su garra sobre su rostro, como una máscara.
Como un escudo.
Frunciendo el ceño, recuerdo el momento en que me derrumbé bajo la tormenta en Dhomm, en la imponente presencia de Kaan a mi espalda, en la forma en que me rodeó mientras tarareaba una canción que me sacó del abismo. Eso siempre me ha ayudado…, sin importar las circunstancias.
«Sin importar lo fría y sola que me haya sentido».
Acaricio a Líri mientras mi canción tranquilizadora surge desde lo más profundo de mi alma, me sube por la garganta y me sale por los labios, mientras esbozo una media sonrisa:
Liu ath na, juu ta ne guile no.
Too la too. Too la too…
Líri se agarrota debajo de mí y luego se relaja, como si cada una de mis pausadas palabras aliviase la tensión de sus músculos.
Con cierta esperanza, levanto una pierna y me deslizo por su otro costado mientras paso al siguiente verso.
Liu ath na, juu ta ne guile no…
Cuando caigo sobre la nieve con las botas, siento un gran alivio al ver que no se mueve. No da vueltas ni me lanza por los aires.
«Voy progresando».
Eeah to ail. Eeah to ail.
Han dui garl, igath da se se marth…
Me acerco hasta quedar justo al lado de su cabeza, en la posición perfecta para que me alcance una llamarada si decide de repente que ya ha tenido suficiente.
Sin duda, la segunda cosa más estúpida que he hecho este dae.
Eeah to ail. Eeah to ail.
Han dui garl, igath dain to ne…
Noto el aliento frío de Líri en mis rodillas cuando las apoyo en la nieve, con el corazón latiendo con fuerza, como si quisiera escapar.
«Estoy bien».
«Estamos bien».
Con cautela, levanto ambas manos, exponiendo mis palmas al aire helado que emana de su piel. A pesar del leve gruñido que retumba en su garganta, envuelvo con ambas manos la gran garra que le cubre los ojos y tiro de ella con la esperanza de moverla.
Instándola a que me mire.
Gruñendo como si estuviera sopesando las ventajas de quitarme de en medio, retira la garra, pero frunce el ceño y aprieta tanto los ojos que solo puedo deducir una cosa:
No confía en mí.
Y con razón. Pero no necesito su confianza ni su respeto para comprender su dolor.
Acaricio sus pálidas pestañas con los pulgares muy despacio.
Con delicadeza.
—Echas de menos a tu familia, ¿verdad?
Es una certeza que está latente. Me resulta familiar, como si mi alma identificase el dolor. Es algo que ahora mismo me resulta demasiado duro para analizarlo.
Líri deja de gruñir.
Vuelve a levantar la garra. Vuelvo a bajársela.
Llevo la mano entre sus ojos y le froto lentamente el hocico con movimientos circulares.
—Sé que te he decepcionado y no hay excusa para ello —le susurro, sin saber si comprende mis palabras. Para remediarlo, pongo toda mi intención en cada una de ellas, como si las estuviera grabando en piedra—. Pero no estás sola, Líri.
Levanta un poco los párpados, lo justo para que vea unas rayas oscuras debajo de ellos, como si hubiese abierto una puerta.
Siento un nudo en la garganta. Le acaricio las mejillas mientras ella parece observar el extraño hilo de luz plateada que me envuelve la muñeca.
—Y eres muy querida.
Incluso Clode se queda quieta, como si se hubiera acercado para escuchar, conteniendo la respiración a la espera de alguna respuesta.
Pero reina el silencio, solo roto por la respiración entrecortada de Líri y el lejano estruendo de una tormenta que se avecina.
«Mejor no insistir».
Me inclino y le planto un beso entre las fosas nasales, sintiendo cómo se tensa.
Me aclaro la garganta y, tras ponerme el anillo, rodeo a Líri y me dirijo hacia un pequeño saliente de piedra. Busco algo donde refugiarme para darle a Líri la paz que probablemente necesita, dado que parece que echó a volar sin darse cuenta de que yo seguía encima de ella, como una garrapata.
La pobre solo quería pasar un rato a solas en la nieve, descansando bajo las lunas. Por encima de todo, eso lo entiendo.
Cuando he dado dos pasos, Líri enrosca la cola a mi alrededor, un abrazo tierno pero lo bastante firme como para soportar mi peso.
Para atraerme hacia ella.
Tira de mí y comienza a moverse hasta adoptar la forma de un nido helado. Aún envuelta por la suavidad de su cola, me quedo rígida como una tabla mientras la observo rodearme, como si yo fuera un preciado huevo.
Se acomoda, soltando un profundo suspiro de satisfacción.