La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 34. Raeve
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Capítulo 34. Raeve

Raeve

L a gravedad tira de mí.

El tiempo se detiene cuando me invade una fuerte sensación de familiaridad. Caigo en la cuenta de que ya he hecho esto antes.

Caer.

Con ello me sobreviene una oleada de emociones que me ahogan y me hacen sentir la lengua pesada.

Me cuesta respirar o incluso plantearme emplear el lenguaje de Clode hasta que por fin recobro el sentido, elimino mi barrera sonora interna, me lleno los pulmones de aire y le suplico entre jadeos que amortigüe mi caída.

— Lui te… nalí vei… shuil, Clode. ¡Lui te… nalí!

Las palabras me brotan tan deprisa de los labios que apenas las oigo, aunque deduzco que Clode comprende mi petición entrecortada por el chillido de protesta que suelta al instante, como si ya estuviera harta de mis tonterías.

Está justificado, dado que es la segunda vez en dos daes que la hago elegir entre mi vida y mi muerte.

Es mucha responsabilidad para alguien que prefiere revolotear por ahí, abofeteando a la gente o destrozando pulmones de tanto en tanto, o asesinando a algún que otro imbécil.

Yo también me cabrearía.

Me sumerjo en las nubes cuando una barrera de viento me golpea por debajo. Como si Clode se hubiera posado debajo, hubiera inclinado la cabeza y hubiera soplado con toda su violencia.

Mi cuerpo se sacude y salgo despedida al cielo durante unos segundos en los que se me revuelven las tripas y, luego, caigo de nuevo, ganando velocidad.

Dando vueltas, veo que Líri se había alejado mucho del pueblo; la sierra se abre y el río es una línea azul que atraviesa un amplio barranco lleno de una nieve de apariencia esponjosa, la cual sería perfecta para amortiguar mi caída…

Solo que hacia donde estoy cayendo en picado es en dirección a un grupo de cumbres dentadas, condenada a acabar empalada.

— ¡Eil ahn… lamathinta! ¡Ahna! Learue… Clode. ¡Learue!

Esta vez, cuando sopla, la ráfaga de aire me golpea el estómago con tal fuerza que me dan náuseas y me doblo como si fuese un trozo de pergamino. De nuevo, caigo en picado, aún más al este, aún más lejos de la atractiva extensión de nieve de aspecto esponjoso.

No me jodas, esto no lo hemos planeado bien. Supongo que tendré que pedirle a Clode que me lance hacia el oeste y esperar que acabe bien la cosa.

— Lui te… nahh vei… ¡aishah lu!

Me tambaleo cuando una violenta racha de viento me alcanza por un costado, golpeándome con tanta fuerza en el pecho que me deja sin aliento. Caigo en diagonal, atisbando la nieve, el cielo, las mortíferas cumbres de las montañas…, todo mientras me asfixio porque soy incapaz de respirar.

Clode chilla frustrada, como si esperara que yo le dijera cómo solucionar esto. Me encantaría hacerlo de no ser porque tengo los pulmones encogidos.

Noto que intenta agarrarme, pero atravieso sus etéreas manos.

«Esto no va a acabar bien».

Otro chillido agudo del viento me advierte de que estoy a punto de estrellarme contra la ladera de la montaña y probablemente acabe ensartada en una roca. Resulta morbosamente poético, dada la cantidad de gente a la que yo misma he ensartado con mi espada a través de las fases.

«Al parecer, el karma tiene un sentido del humor muy retorcido».

Como no deseo presenciar el momento en que me estrello contra las rocas ni avivar el pánico que se retuerce bajo mis costillas, cierro los ojos con fuerza…

Me agarran, dejándome sin aliento al aplastarme contra un pecho helado durante unos breves segundos, y me lanzan. Apenas me da tiempo a advertir el feroz aleteo de Líri antes de chocar contra la nieve y comenzar a rodar sin parar.

Cuando al fin me detengo, estoy boca abajo, con las extremidades extendidas. Me duele todo y la cabeza me da vueltas como si el mundo hubiese rodado conmigo.

Eso sería menos impactante que esta extraña realidad en la que Líri acaba de salvarme la vida. Aunque tal vez solo le guste jugar con la comida.

«Parece más probable».

Gimo y me pongo de rodillas. Después, me levanto a duras penas y me empiezo a limpiar la nieve de la cara cuando un rugido gutural me estremece hasta lo más profundo. Es demasiado intenso y grave para tratarse de Líri.

Más bien parece…

Al mirar a la izquierda, veo a Líri sobre la nieve, hundida hasta las rodillas, con el lomo erizado.

Tiene las alas listas para comenzar a batirlas, los dientes al descubierto y la cola combada, como si estuviera a punto de azotarla y romper una columna vertebral, supongo que la mía… , solo que no me está mirando a mí.

Lentamente, giro la cabeza hacia el origen del rugido.

Se me para el corazón ante el fundefauces más grande que he visto nunca, de un azul intenso que resplandece bajo un haz de luz solar dorada. Es un macho, a juzgar por su enorme tamaño y su ancho y grueso pico.

Está encorvado sobre algo peludo que está muerto, con un gran corte en su grueso cuello del que mana un chorro de sangre que se extiende en la nieve. Sin embargo, el fundefauces no está mirando su comida recién cazada; me está mirando a mí, como si acabara de llegar con la intención de robársela.

—Por todos los Creadores, dadme un respiro —murmuro dejándome caer de rodillas.

Adopto una postura sumisa para demostrar que tengo cero interés en quitarle su presa.

Cero .

La bestia suelta un rugido más profundo a la vez que levanta las plumas de su cresta y alza las alas. Pasa sus pequeños ojos brillantes de mí a Líri, que está a mi espalda, y comienza a acercarse acechante, dando dos pasos atronadores que hacen temblar el suelo.

Al sentir un movimiento detrás de mí, giro ligeramente la cabeza y veo a Líri entrar en acción.

Viene al galope hacia mí, levantando nieve con cada una de sus elegantes zancadas.

Probablemente está a punto de darme caza antes de que el fundefauces tenga oportunidad de incluirme en su banquete, pero…

algo dentro de mí me impulsa a permanecer quieta y callada.

A confiar .

Con un movimiento ágil, Líri se enrosca a mi alrededor, pasando su cola por mi pecho como un escudo, a la vez que suelta un gruñido grave que me hace vibrar los huesos.

El fundefauces sigue aproximándose. Es casi la mitad de grande que Rygun, lo bastante como para superar a Líri. Abre las fauces, mostrando unos colmillos relucientes, y entorna sus ojos rojos.

Líri se enrosca más a mi alrededor, baja el hombro izquierdo y lo empuja contra mí, como si le picara.

Qué mal momento.

Mis sospechas se confirman en cierta medida cuando lo sigue haciendo, una y otra vez. Estoy a punto de levantar la mano para rascarle el pelaje cuando el fundefauces gruñe, con un tono grave y enérgico.

Todo su cuerpo se estremece, las plumas se le erizan a lo largo de la columna y la cola hasta llegar a la púa venenosa que ahora le sobresale del penacho.

Dejo de respirar.

Un plumaluna maduro quizá sobreviviera a una herida de… eso, pues su piel es más gruesa, su cuerpo es más grande. Líri no; ella sería su principal fuente de alimento durante los próximos daes, y yo sería una guarnición crujiente.

No me gusta hacer daño a los animales, pero en situaciones extremas…

Abro la boca para pedirle a Clode que le saque el aire de los pulmones, solo lo suficiente para asustarlo, cuando el fundefauces echa la cabeza hacia delante y da una dentellada.

Demasiado cerca.

Líri le gruñe y, después, gira la cabeza y me ruge a mí, lanzándome su aliento helado a la cara.

Me doy cuenta de que me estoy perdiendo algo. Respecto a su postura, tiene el ala izquierda hacia atrás para dejarme espacio…

Comprender lo que quiere me resulta tan impactante como un puñetazo en el corazón.

«Quiere que me suba a su lomo».

Sin tiempo para titubear, me vuelvo para agarrarme a los mechones de su cuello, pongo el pie sobre su pata doblada y me impulso hasta situarme entre sus omóplatos, con pulsaciones fuertes y rápidas.

Líri se endereza y abre las alas hacia delante, como si fuesen abanicos luminosos. Da la impresión de que intenta parecer más grande y más fuerte al adoptar una postura más dominante.

El fundefauces se extiende hacia nosotras, aspirando hondo y olfateando, emitiendo un zumbido por los dos agujeros que le coronan el pico. Y otro.

Y otro .

Menea la cabeza inhalando con fuerza, retrocede unos pasos, se detiene y suelta un rugido grave que se transforma en un chillido con la boca abierta hacia el cielo. El sonido se va apagando hasta convertirse en ráfagas y el lejano flap, flap de unas alas me llama la atención.

Dos fundefauces atraviesan las nubes: uno tiene cientos de tonos rosa pastel y el otro no ocupa ni la mitad que Líri y quizá le hayan salido las plumas hace poco, de tonos rosados y azulados.

«La familia del macho».

Lo consideraría una llamada a las armas de no ser porque Líri no se inmuta.

Ni siquiera cuando aterrizan en medio de una ráfaga de nieve junto a la presa.

Ni siquiera cuando ellos también olfatean el aire, con sus ojos rojos fijos en nosotros, mientras el macho lanza otro profundo gruñido de advertencia.

La mah agacha la cabeza y desgarra el voluminoso vientre del animal, dejando al descubierto sus carnosas entrañas. Se echa hacia atrás, dejándose caer sobre sus cuartos traseros mientras agita la cola de un lado a otro y le gotea sangre del pico.

La cría se acerca con la cabeza gacha, le gorjea a su mah y, luego, comienza a arrancar las entrañas de la herida abierta, devorándolas con avidez.

Todo ello mientras el macho observa a Líri con el plumaje erizado, adoptando una postura tan protectora ante su familia que me duele el pecho.

Líri da un paso atrás.

Suelta un suave gemido que resuena en mi interior, un lamento, mientras se aleja cada vez más. Es como si ahora estuviera más nerviosa, ante esta bonita familia, que cuando el macho amenazaba con arremeter contra nosotras e hincarnos el diente.

Como si estuviera sufriendo .

Se da la vuelta con tal fuerza que me deja sin aliento, comienza a batir las alas y sale disparada desde la nieve…, huyendo de la escena con tal ímpetu que solo puedo suponer que ha olvidado una cosa importante a la par que problemática .

Yo sigo aquí, encaramada entre sus omóplatos.

Mientras ella me lleva hacia el cielo.