La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 33. Raeve #2
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Capítulo 33. Raeve #2

Me deslizo lentamente y con cuidado entre sus sedosos mechones, consciente de lo sensibles que son.

Al volver a extender el brazo, me detengo y paso la vista de la crin de Líri hasta ese velo plateado que me envuelve la mano, preguntándome si…

Líri mueve la cola y está a punto de golpearme en la cara.

Aunque me da un vuelco el corazón y casi pierdo el equilibrio, mi pulso va a tal velocidad que apenas oigo mis pensamientos, solo el fiuuuu fiuuuu fiuuuu de mi sangre acelerada.

«Demasiado

cerca,

joder».

Apretando los dientes, me deslizo hacia la derecha con movimientos lentos, pasando la mirada de su cola a las opciones que tengo para apoyarme. Una vez que estoy a una distancia segura, sigo subiendo, con el corazón en un puño, hasta que por fin alcanzo el final de la columna.

Subo el pie izquierdo al siguiente saliente…, ¡pero se me resbala por el lateral como un segundo «que te jodan, Raeve» bien alto!

Me quedo pegada a la columna, con el corazón latiendo tan fuerte que no me cabe duda de que estoy a punto de que me atrape y me destripe, salpicando a todo el pueblo con mis vísceras.

Contengo la respiración y observo la cola de Líri en busca de cualquier movimiento, cualquier señal de que ha oído algo. Cuando por fin acepto mi buena suerte, tengo los pulmones ardiendo por falta de sustento.

Cierro los ojos, suelto el aire a través de mis labios apretados e inhalo por la nariz.

Lo repito una y otra vez hasta que me atrevo a dirigirme a otro saliente, a desplazar mi peso, a impulsarme hacia arriba, a asomarme por el borde…

Me quedo sin respiración al ver a Líri enroscada sobre la columna rodeada por una luz dorada. Majestuosa.

«Preciosa».

Unas tenues nubes traslúcidas envuelven su cuerpo y sus luminosas alas cubren su rostro como un elegante escudo contra los intensos rayos del sol.

Un sol que resalta las numerosas cicatrices de sus membranas, un eco permanente de la horrible tortura de Rekk, presente a pesar de los esfuerzos de Agni para curarle las heridas.

Me estremezco y se me enfría la sangre mientras examino sus cicatrices una por una, esforzándome por no pensar en lo mal que debió de haberlo pasado. Recuerdo cómo se acurrucaba en mi regazo, hallando consuelo en mi presencia.

Y me permito lamentarme unos instantes. Se me desencaja la cara a la vez que siento una opresión en el pecho.

Ojalá mi dolor no se hubiera interpuesto en lo que podríamos haber sido. Podría haberme quedado con ella hasta que estuviera fuerte y preparada y, luego, haber volado juntas para dar caza a Rekk.

Es lo que se merecía: todo mi ser; no las migajas de mis ansias de sangre.

«Lo siento mucho, Líri».

Aprieto los ojos, reprimiendo la tristeza que me ahoga, y calmo los latidos de mi corazón. Luego, pongo la mano en la parte superior de la columna y, cogiendo impulso, levanto la pierna y apoyo la rodilla en la superficie justo cuando Líri abre el ala de golpe.

Me devora con sus enormes e insondables ojos. Cada destello de esas pupilas negras es como un punto final que marca mi inminente muerte.

Gruñe.

Suelto un improperio, brutalmente consciente de que solo tengo una oportunidad. Si ella acaba alzando el vuelo sin mí, todo esto habrá sido en vano.

Nuestros movimientos se vuelven confusos.

Líri se incorpora en el mismo instante en que consigo poner ambos pies en la columna y logro hacerme a un lado justo antes de que me lance por los aires al extender las alas.

Ella da un salto.

Yo también.

Por un momento, volamos en sincronía: dos entes cayendo en picado a través de las nubes, con las tripas en la garganta.

Hasta que me choco con su lomo.

Se me va todo el aire de los pulmones y caigo de lado, agarrándome a lo que puedo. Consigo enroscar los dedos en una de las cuerdas de la silla de montar y la aprieto justo a tiempo. Quedo colgando de ella como un trozo de carne de un cordel.

Líri ruge cruzando el aire mientras yo me agarro con todas mis fuerzas a ella, con los tendones de la mano tan tensos por el esfuerzo que estoy a punto de soltarme.

Profiero un grito salvaje, mostrando los dientes, y levanto el otro brazo tratando de agarrarme a ciegas. Engancho la cuerda justo antes de que Líri se incline y salga disparada hacia el cielo con tal brusquedad que casi se me salen las entrañas por el trasero.

Se impulsa con sacudidas rítmicas que me azotan contra su costado, haciendo que me resulte imposible llegar a su silla de montar. De todos modos, ella no sabe que eso no es lo que intento.

Con los dientes apretados, trepo por la cuerda lentamente, pero con paso firme, sincronizando cada movimiento con el batir de sus alas.

Los músculos de mis brazos, espalda y hombros piden a gritos un respiro mientras lucho por ganar centímetros por las duras fibras hasta que estoy lo bastante arriba como para alcanzar la cincha que le rodea el pecho y vislumbro el agujero que hizo Rekk con la espuela.

Impulsada por una violenta oleada de fuerza, me balanceo una vez, dos, tres y logro meter los dedos bajo la cincha. Me siento lo bastante segura como para atreverme a soltar la cuerda y pasarle el brazo izquierdo por el pecho y…

Consigo agarrar una hebilla.

Me tomo un momento para recuperar el aliento y, luego, hago fuerza con el brazo derecho, manteniendo el equilibrio, mientras extiendo la mano izquierda y… al fin alcanzo las correas con los dedos.

Para empezar a soltar las hebillas.

Solo cuando las tres están sueltas —únicamente sujetas por los pasadores que las perforan— respiro con un poco más de calma. Sabiendo que esto es lo correcto , pese la densa tristeza que me oprime la garganta.

Entonces suelto la primera correa de un tirón.

Aunque Líri siga yendo como una flecha hacia el cielo, advierto que gira el cuello, que tiene la vista puesta en mí mientras abro la segunda hebilla.

Al coger la tercera y última, miro sus sombríos ojos, que desprenden destellos.

Tiene su rostro mucho más cerca de lo que esperaba, lo bastante como para apreciar la insondable profundidad de su mirada, algo que me hace sentir como si ya estuviese cayendo…

Solo que no del modo que esperaba.

Cuando salimos al otro lado de las nubes y nos adentramos en los débiles rayos de luz dorada, se me dibuja una sonrisa, porque le prometí a Líri que la cuidaría, que nadie volvería a hacerle daño. Y bien saben los Creadores que lo decía en serio.

«Incluso aunque eso suponga salvarla de mí misma».

—Eres libre, Líri.

Abro la última hebilla y suelto la cincha, sintiendo cómo se desliza y la silla de Rekk se afloja. Los últimos restos que quedan de él caen al vacío.

Llevándome por delante.

Líri abre las fauces como si fuera a lanzar una llama, pero lo que hace es soltar un lamento agudo…

Mientras la nube me traga entera.