La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 33. Raeve
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Capítulo 33. Raeve

Raeve

R ebusco entre los restos del puente desperdigados por el río, que ahora está revuelto, deseando que el agua no hubiera sumergido las partes que utilicé como peldaños, maldita sea.

Ahora tengo que juntar como pueda las palabras de Bulder, intentar trazar un camino para llegar a la columna que surge de la gran isla como un brote verde.

Con todo un pueblo entero mirando.

Suspirando, me aprieto el lazo de la trenza, me arrodillo y recojo nieve.

La aplasto hasta formar una bola y miro por encima del hombro a la multitud, que se ha refugiado bajo las marquesinas o reunido en los empinados caminos del pueblo que atraviesan los edificios; todos a una distancia prudente, mirándome o mirando hacia arriba a través de la fina nieve que cae mientras murmuran, con la capa bien ajustada, cubierta de copos blancos.

No quieren perderse el espectáculo a pesar de la anomalía climática que cubre su pueblo, enfriando tanto el aire que duele respirar.

Lo entiendo.

No es que todos los daes pueda verse a alguien intentando montar a uno de los mortales plumalunas semisalvaje.

Ese tipo de estupidez es poco común, al igual que ver una de sus columnas tan al norte; de hecho, diría que es la primera vez, un impresionante «que te jodan, Raeve» justo en el centro del pueblo.

Imposible no verla.

Miro dicha columna, rodeada por un grupo de árboles congelados que no sobrevivieron a la explosión y han quedado destrozados. Tiene la base más ancha y la punta perdida entre las nubes y desprende una tenue niebla que ha comenzado a acumularse en la hondonada.

Algunos fundefauces novatos han salido de su guarida y se han acercado lo suficiente como para olfatearlo, pero ninguno parece tan valiente como para investigar la parte superior.

Probablemente sea lo más sensato.

Aunque Líri sea pequeña, hay una razón por la que Rygun la condujo a una guarida cerca de la cumbre de la montaña. Algo atribuido al silencio sepulcral que se ha apoderado del pueblo, como si incluso los pájaros y los insectos supieran que estamos tratando con un superdepredador; bello pero letal.

Si no hubiese intervenido Rygun, ya estaría muerta.

Si sobrevivo a esto…, bueno, solo será porque ella así lo quiere.

De todos modos, le hice una promesa a esa dragona y vaya que si la voy a cumplir.

Prefiero arriesgar mi vida antes que verla volar hacia Netheryn creyendo que no es digna de que yo le entregue lo mejor de mí.

Noto que Kaan se aproxima antes siquiera de oír sus pasos.

Aclarándome la garganta, dejo caer la bola de nieve de mis felizmente entumecidas manos y me levanto, me quito la capa y me la echo sobre el brazo.

—Majestad.

—Rayo de Luna.

Su voz recorre mi nuca, haciéndome estremecer.

—No estaba segura de que fueses a bajar. —Giro la cabeza lo justo para ver su silueta por el rabillo del ojo—. ¿A qué debo el honor?

—A mi eterna adoración.

Me sonrojo cuando la multitud comienza a murmurar y arqueo una ceja volviendo la vista atrás.

Lo que veo es como un puñetazo en el pecho: tiene los brazos cruzados, nieve en la barba y mechones sueltos alrededor de la cara.

Sus ojos son más oscuros que nunca.

Lo disimula bien, el miedo que sentía vibrar en él al pedirle que no interviniera, pasara lo que pasara mientras me preparaba una buena comida de la que hemos disfrutado juntos y me dedicaba sonrisas afectuosas que me abrazaban desde la distancia, infundiéndome fuerzas y ánimos.

Respira hondo y se acerca con la mano extendida.

—¿Quieres que me encargue de eso?

Bajo la vista a mi capa y, luego, al málmr que cuelga entre mis pechos, que contrasta con la indumentaria de cuero en la que voy enfundada hasta la nuca.

No se me dan bien las palabras, pero, si muero este dae, necesito que Kaan lo sepa, que vea que en esta vida lo elijo a él .

Y en voz alta.

Me vuelvo hacia él. Lo veo bajar la mirada.

Veo cómo se le va todo el color de la cara y se le acumula en los ojos.

Encendiéndolos.

Se le mueve la nuez de la garganta y empieza a salir de su pecho un rugido, provocándome un escalofrío por todo el cuerpo. Coge mi capa, da un paso adelante y, agarrándome por la cintura, me atrae hacia él y me acerca los labios a la oreja.

—Algún dae, Rayo de Luna, espero devolverte el gran honor llevando tu uhloo. —Frunzo el ceño y me dispongo a preguntarle qué quiere decir cuando me deja sin aliento con sus siguientes palabras—: Si mueres, pienso partir el maldito mundo en dos.

Me da un beso en la sien, rápido y tierno, se da la vuelta y se aleja entre la multitud, que se inclina ante él. Aunque no mira atrás, lo oigo murmurar una frase modeladora con la precisión de un artesano.

El suelo tiembla.

La multitud suelta gritos ahogados.

Giro la cabeza a tiempo de ver dos brazos de arcilla de color tostado salir de cada una de las riberas del río y unirse como si fuesen manos agarrándose.

La estructura se aplana, como si la hubiese amasado una fuerza invisible, y el sobrante se pliega, formando unas barandillas.

Una réplica del puente anterior, solo que sin el musgo.

Se asienta, endureciéndose hasta adquirir un tono más claro cuando el agua se escurre de la robusta estructura y cae al río como un millón de lágrimas.

Un camino impecable para llegar a la columna.

Me duele el pecho por ese gesto; estoy infinitamente agradecida. Tengo claro que yo habría derrumbado la montaña entera si hubiese intentado sacar algunas piedras para usarlas a modo de escalón.

Sobre todo, estoy agradecida de que no me haya construido una escalera o algo similar para facilitarme la ascensión, pues no hay nada honroso en recibir ese tipo de ayuda.

Echo un vistazo a la multitud. Algunas personas murmuran mirando el colgante que luzco, quizá preguntándose quién coño soy.

Si supieran la verdad, que su perfecto rey se ha enamorado de una asesina renegada, probablemente se sublevarían.

Protejo el tesoro bajo mi vestimenta y cruzo el puente, bordeando las rocosas orillas de la isla. Salto sobre árboles caídos que parecen casi de cristal hasta que me encuentro a la sombra de la columna, con la piel erizada.

Previendo su tacto.

Con cautela, extiendo la mano y tanteo la rugosa superficie.

Está tan fría que me quema la piel, recordándome el trozo de hielo que utilicé para cavar un refugio en la nieve para Fallon y para mí cuando escapamos de Arkyn…

, cortándome las palmas de las manos al hacerlo y tiñendo la nieve de rojo.

Aprieto los dientes, ahuyentando el recuerdo.

Trazo mentalmente un camino para subir por la estructura cónica.

La columna está llena de partes planas cuyo crecimiento se detuvo.

En absoluto son puntos de apoyo, sino más bien simples agarraderos, los cuales con un poco de suerte no se soltarán… , pero tendrán que servir.

Tensando mi barrera mental de sonidos, me quito el anillo de hierro y me lo guardo en el bolsillo. Sacudo las manos, reprimiendo el nerviosismo que siento en el pecho.

«Malditos nervios. Dejadme en paz».

Pongo el pie en un saliente, clavo las yemas de los dedos en otro más alto y repito con la otra mano. Al final, apoyo todo mi peso en el pie izquierdo, coloco el derecho en su sitio y compruebo si la columna aguanta mi peso.

«No está mal».

«Quizá no muera después de todo».

Me impulso, apoyo de nuevo el pie y alcanzo otro saliente. Repito. Encuentro un ritmo constante que se va volviendo más suave y fluido a medida que subo.

El tiempo se vuelve irrelevante, pues estoy centrada únicamente en la colocación de mis botas y mis dedos, en el movimiento de mis extremidades, en la respiración profunda y lenta para mantener mi pulso bajo control.

No miro abajo, y me doy cuenta de que ya no nieva.

Intento recordar una sola ráfaga de viento en la mejilla desde que he comenzado el ascenso.

Sonriendo, alcanzo otro saliente y encuentro paz en la creencia de que Clode y Rayne me animan con su silencio.

Hacen lo que pueden para salvarme de una caída que resultaría mortal.

Si Clode supiese lo que tengo en mente para ella, no me estaría tratando con tanta delicadeza.

De todos modos, ese es un problema para la Raeve del futuro. La del presente solo quiere alcanzar la cima sin contratiempos.

Preferiblemente, sin que se la coman.

L os pulmones y las piernas me arden con la misma intensidad cuando por fin alcanzo la densa nube, donde me detengo para serenarme y sacudir mi mano dolorida.

Y la otra. Mientras intento aliviar los calambres de los dedos, me animo a echar un vistazo al pueblo que se extiende debajo y… me arrepiento al instante.

El río es una franja vibrante que atraviesa el terreno blanco y los aldeanos son meros granos de arena en las calles.

«Ha sido una idea malísima».

Respiro hondo para calmarme y meto la mano en la parte baja de la esponjosa nube, buscando un saliente.

Al coger impulso, me quedo cegada, como si me hubiera quedado atrapada en un almohadón, así que tengo que confiar en mi sentido del tacto para encontrar el siguiente punto de apoyo, y el siguiente, y el siguiente, envuelta en un frío y tenso silencio.

Demasiado frío.

Clara señal de que me estoy acercando.

Cada latido de mi corazón es un redoble de tambor mientras la nube se va desvaneciendo hasta convertirse en jirones, permitiéndome al fin vislumbrar la cima, así como la vaporosa cola de Líri colgando del dentado borde de la columna.

Se me encoge el pecho ante tal visión.

Me quedo quieta, escuchando. Me concentro en la respiración de Líri, suave y retumbante.

«Está dormida».

«Gracias a los Creadores».