Capítulo 32. El Rey Carroñero #2
El silencio se vuelve denso, largo y sofocante.
Arkyn gira la cabeza, mirando a Einar.
—¿Contaré con el apoyo de Bothaim cuando reclame la corona?
Einar comienza a reír; primero, en voz baja y, luego, cada vez más fuerte, doblándose sobre sí mismo mientras se sacude violentamente.
Arkyn lo observa mientras los camareros se dispersan por las gradas ofreciendo refrescos a los espectadores. Entonces, comienzan a sonar los tambores.
Una distracción oportuna para la nerviosa multitud.
Para cuando Einar recupera la compostura, tiene las mejillas surcadas de lágrimas.
Solo al advertir el gesto impasible de Arkyn desaparece todo rastro de humor de su cara.
—Por todos los Creadores, lo dices en serio.
—¿Me crees incapaz?
Einar reprime la sonrisa que le tira de las comisuras de la boca, pero Arkyn la advierte.
La detesta .
—Perdóname, viejo amigo, pero Kaan Vaegor está muy por encima de tu categoría.
Sería prudente que dejaras que la sed de sangre que sientes por él siguiera enconándose.
—Levanta las cejas y señala con la barbilla las puntas de los dedos de Arkyn, que se ha mordido—.
A pesar de las fuerzas que hayas conseguido reunir.
Arkyn está que trina mientras comienzan a abultarse cinco burbujas de azufre en la arena, como si fuesen úlceras.
Algunas de ellas revientan, despidiendo magma y bocanadas de humo sulfúrico mientras los razah irrumpen en la superficie de la arena, atraídos por la llamada de los tambores. Tam-tam… Tam-tam…
—Entonces ¿el Triconsejo no va a apoyarme cuando reclame el trono?
—Aunque tu sangre fuera la de los Vaegor, tu supuesto pah no te reconoció. No te nombró príncipe y, desde luego, no te proclamó heredero.
Esas palabras escuecen a Arkyn.
Aunque no da muestras de ello.
—El favor de la Ciudadela recae en gran medida sobre los gemelos, dado que sus aspiraciones al trono son legítimas y cuentan con tres abalorios —dice Einar lanzando una mirada elocuente al único abalorio rojo que le cuelga a Arkyn de la oreja—.
Como he mencionado, Tyroth y Cadok tienen planes para el norte.
—Entonces ¿la idea es juzgar a Kaan y condenarlo y regalarles La Llama a los gemelos?
—Claro que no —resopla Einar—. El gran Kaan Vaegor no va a entregarse, pero este…
incidente es justo lo que estábamos esperando.
Según nuestras fuentes Kaan lleva tiempo preparando su ejército y, dado el secretismo de su reino, él es el único que conoce su potencia.
Se cree que para derrotarlo hará falta la ayuda de los gemelos, así como de sus respectivos batallones.
Harán uso de su derecho legítimo a reclamar el territorio por medio del derramamiento de sangre.
Arkyn oye las palabras que no está diciendo: que el Triconsejo no quiere mancharse las manos a no ser que no le quede otro remedio.
—Tenemos acuerdos con los gemelos —continúa Einar encogiéndose de hombros—. Se han comprometido a que todas las gemas de rocadragón extraídas de La Llama después de la guerra se repartan en tres partes a cambio de nuestro apoyo permanente.
Es difícil pasar por alto la inflexión en la voz de Einar al mencionar las gemas de rocadragón.
Nadie depende más de la sustancia para saciar su ansia de inmortalidad que los miembros del Triconsejo, ebrios de poder y control, desesperados por aferrarse a las gemas de rocadragón para toda la eternidad.
Nadie sufre más sin ellas.
—Perdóname, Arkyn, pero nada de lo que tú puedas aportar bastaría.
Arkyn esboza una pequeña sonrisa, con la atención puesta en la arena de combate.
—Entiendo.
Aunque está acostumbrado a que los demás lo subestimen, siempre le duele.
—Pero has de saber que siempre seré benefactor de este lugar y contarás con mi apoyo. —Einar se inclina hacia delante, concentrado en los cinco razah que golpean sus respetivos úteros fundidos luchando por salir a la superficie.
Mientras tanto, las ofrendas esperan la batalla que probablemente será su fin, reunidas detrás de enormes rocas o escondidas en grietas que les proporcionarán una muerte desagradable.
—Dado que aún falta para las caídas, me voy a quedar un poco más para ver el espectáculo.
—¿No decías que esto empezaba a aburrirte?
Einar se frota su afilada mandíbula con el pulgar.
—Entre tú y yo, la mayoría de mis hermanos con abalorios no hacen otra cosa que sentarse a masticar gemas de rocadragón estos daes, y los más divertidos tienen sus propios juguetes para entretenerse. Aunque ya no esté la Alondra de Fuego iluminando el escenario, esto es mejor que su compañía.
—Vaya, me siento halagado —miente Arkyn, que prefiere estar solo a tener que lamerle el culo a Einar, algo que le molestará menos una vez que la corona de dientes que lleva sea sustituida por una de bronce.
Baja la vista a la matanza que está teniendo lugar ante sus ojos, a la que ya se ha acostumbrado a lo largo de las fases —el medio para lograr un fin— y tamborilea con los dedos mientras se prepara para empuñar su arma secreta.
Se toma un momento para lamentar lo que podría haber sido…
, dado que se ha imaginado a sí mismo desgarrándole la garganta a Kaan con los dientes más veces de las que puede contar.
Se resigna al hecho de que le ha cogido mucho cariño al cosquilleo que siente bajo la piel, a su sed de sangre. Al fin y al cabo, ¿dónde estaría sin eso?
Muerto.
—¿Y si consigo poner al gran Kaan Vaegor en esta arena de combate? ¿Hacer que todo el mundo presencie su muerte como castigo por sus desaires al Triconsejo?
Einar gira la cabeza lentamente con los ojos entrecerrados, casi rozando la cara de Arkyn.
—Imposible…
—¿Y si lo hiciera?
El tiempo se detiene mientras Einar analiza a Arkyn, quizá viéndolo desde una nueva perspectiva.
Una oportunista .
—Dependería en gran medida de tu postura respecto a las reservas por explotar de rocadragón en el norte.
—No son de mi interés.
Einar se queda quieto como una piedra, como cuando se nota el primer tirón de un anzuelo.
—No hay necesidad de dividirlo en tres partes y, luego, volver a dividirlo entre tus hermanos con abalorios —aclara Arkyn—. El Triconsejo podría quedarse con todo .
Una vez que Arkyn tenga La Llama, no necesitará las gemas de rocadragón que tanto ansía el Triconsejo. Ha amasado lo suficiente en las arenas como para financiar una guerra y mantener un territorio durante eones.
No.
Lo único que quiere, lo único que le importa , es ver derramarse la sangre de Kaan y reclamar el trono que le corresponde por legítimo derecho.
Einar sonríe pensativo con un brillo ávido en los ojos.
—Bueno, amigo mío, ha sido una conversación interesante.
—Me alegro de que te lo parezca.
Un razah le desgarra la garganta al nulo que se mostraba tan sereno cuando los tambores comenzaron a sonar. La sangre salpica mientras la bestia arrastra su comida fresca hacia el hervidero del que ha surgido y desaparece en él.
—¿Cuál es la conclusión? —presiona Arkyn.
Entre ambos, se instala un silencio feroz.
Einar traga saliva, tal vez tratando de ocultar que se le hace la boca agua.
—Si logras lo imposible, estoy seguro de que te ganarás el favor de la Ciudadela, y el respeto eterno del Triconsejo… por ser más que un simple domador de monstruos clandestino. —Levanta ambas cejas, observando la mitad quemada del rostro de Arkyn—. Digno de la corona de bronce.