Capítulo 32. El Rey Carroñero
El Rey Carroñero
L os razah corren a toda velocidad a cuatro patas por el suelo resquebrajado, arrastrando cadáveres inertes de vuelta a las burbujas de magma que los engendraron.
Estas abominaciones huesudas y callosas dejan poco más que salpicaduras de entrañas y vetas de magma enfriándose en su apresurado descenso hacia el núcleo volcánico del mundo.
Mientras tanto, la multitud ruge , clamando por más batallas.
Más sangre.
Más muerte.
Con una corona de dientes afilados como agujas y envuelto en un pesado manto raído, el Rey Carroñero lo observa todo desde su trono de fragmentos lunares, cómodamente situado en su amplia tribuna elevada, muy por encima de los palcos.
Esta constituye la mayor y más grandiosa arena de combate del mundo, famosa por sus salvajes espectáculos, abundantes tentempiés y alocado desenfreno.
Su palacio.
Su reino.
Al menos, hasta que ocupe el trono que le corresponde a él por derecho.
Encogido en un trono mucho más sencillo, el triconsejero suspira, con la cara larga por el disgusto.
—Hace tiempo que no honro con mi presencia las arenas de Khindard, pero he de decir que las recordaba mucho más emocionantes, Arkyn.
El Rey Carroñero frunce el ceño y dirige su atención a la multitud, que no deja de vociferar. Montones de personas distinguidas que han acudido a deleitarse con la carnicería, vaciando sus bolsillos a cambio de un asiento en primera fila para presenciar la matanza. Presas fáciles.
«Al parecer, Einar es el único que no se está divirtiendo».
Arkyn está a punto de decirlo cuando se acerca una camarera nula, hace una reverencia y le da la jarra de hidromiel que ha pedido.
Luego, le sirve otra al valioso miembro del Triconsejo; el más joven de un grupo lleno de fósiles, cuyos ojos aún no se han vuelto lechosos por la sabiduría de haber vivido demasiadas fases y cuya mente aún es flexible.
Manipulable.
El invitado especial de Arkyn.
Einar frunce el ceño mirando la jarra y vuelve a dejarla en la bandeja con un golpe.
—No me voy a tomar esa porquería —gruñe, y le da una bofetada tan fuerte a la camarera que le deja una marca roja en su pecosa mejilla—. Me estás ofendiendo. Tráeme algo que se pueda beber.
La camarera se aleja a toda prisa mientras Arkyn la sigue con la mirada.
—Has herido a mi camarera.
—Es una nula incompetente. —Einar frunce el ceño aún más—.
Viven tan a gusto en nuestras ciudades, a salvo tras muros que no han ayudado a construir, toman el agua que nosotros depuramos y canalizamos, respiran aire que nosotros purificamos después de que caiga una luna.
Lo menos que pueden hacer es servirnos algo que se pueda beber, joder.
Arkyn tamborilea con las puntas de sus dedos inquietos contra el reposabrazos de su trono, sopesando varias respuestas… poco diplomáticas hasta que se decide por una.
—Quizá incompetente no sea la palabra adecuada. ¿Dónde estarían tus hermanos con abalorios si no fuera por su dedicación a las minas?
Einar suelta una risita al tiempo que agita un dedo.
—Ahí me has pillado. En ese sentido, deberías echar menos nulos a tus arenas y más bestias. En cuanto Cadok y Tyroth tomen el control de La Llama, se enviarán montones de nulos a las nuevas minas de gemas de rocadragón para que al fin podamos aprovechar los recursos por explotar del norte.
Arkyn deja de mover la mano.
«Interesante…».
—Aunque soy un gran aficionado a este deporte —continúa Einar juntando las yemas de los dedos—, al ritmo al que estás cebando a los razah…, bueno, no tardaremos mucho en superarlos en número en una proporción de mil a uno, y no al revés.
—Lo tendré en cuenta —miente Arkyn, convencido de que cualquiera con un abalorio marrón que sea competente podría extraer sus propias gemas de rocadragón… si se dignara respirar el sucio aire de la mina.
Pero no, mejor que se lo sirvan en bandeja.
Si bien a Arkyn no le gusta lanzar nulos a las arenas, es el medio para alcanzar un fin: un flujo casi constante de ingresos que allana el camino hacia un mundo mejor una vez que cumpla su misión.
—Por ahora —continúa Arkyn con un ademán—, disfrutad del espectáculo.
El repiqueteo de las cadenas resuena por el anfiteatro mientras se levantan las profusas verjas.
Numerosas personas tropiezan entre el humo, enmascaradas y vestidas con piezas disparejas de armaduras.
Algunas se orinan encima al instante, mientras que otras aporrean las rejas por las que acaban de salir.
Solo una se mantiene firme, con una falsa bravuconería que no tardará en desvanecerse.
La multitud vitorea, no por rendirles homenaje, sino celebrando ya sus inminentes muertes.
Un hombre envuelto en una capa atraviesa la cortina de terciopelo negro, se inclina ante Arkyn y Einar y se vuelve hacia el triconsejero, con un cuaderno de cuentas, una pluma y un saquito en la mano.
—¿Alguna apuesta? Por ejemplo, ¿quién será el primero en caer? ¿O el último en quedar en…?
Einar pone una mueca de desprecio y despide al hombre con una mirada, algo que Arkyn encuentra curioso, dado que sabe perfectamente que Einar disfruta de ganar gemas de rocadragón tanto como él de consumirlas .
Por lo general.
De todos modos, si las reservas de la Ciudadela se están agotando, como apuntan sus espías…
—¿No vas a apostar, amigo mío? —El Rey Carroñero arquea una ceja.
—No este dae —murmura Einar con los labios apretados, lo que no hace más que confirmar las sospechas de Arkyn—.
Además, mi interés está decayendo. Estas batallas eran mucho más emocionantes antes de que perdieras a tu Alondra de Fuego.
—Arkyn se pone tenso al oír su nombre y un intenso ardor posesivo le recorre las venas—.
Todo lo demás que pisa la arena palidece en comparación.
«No la perdí».
Arkyn no pronuncia las palabras que le queman la punta de la lengua. En su lugar, da un sorbo a su hidromiel, masticando los grumos, y sigue observando lo que ocurre abajo mientras una alondra de papel revolotea hasta el regazo de Einar.
Este la despliega a toda prisa, alisando los pliegues con sus esqueléticos dedos con precisión.
—Por todos los Creadores —murmura ojeando las palabras garabateadas, con todo el cuerpo tenso.
Su piel se vuelve más blanca, a juego con su etéreo atuendo.
—Noticias del gran canciller. Se avecina una caída lunar… No, muchas.
Arkyn da otro largo sorbo.
—Sí.
Einar gira la cabeza bruscamente, clavándole sus ojos azules, que contrastan con su capucha color tiza.
—¿Lo sabías?
—Hace tiempo. A mi miskunn no se le escapa nada.
—Arkyn observa a los ofrendados preparándose para la inminente batalla, algunos rebuscando armas que hayan quedado esparcidas entre las rocas y las brasas por la vasta arena—.
Aún queda tiempo. Algo más de quince ciclos, según el engrosamiento de la aurora.
Einar relaja la postura y suaviza el gesto en su trono.
—Bueno, está bien saberlo. Mi miskunn no se dio cuenta, qué imbécil. Transmitiré la información con mi respuesta. —Vuelve a mirar el escrito, con las cejas casi tocando el nacimiento de su cabello rubio—. Vaya, vaya. Han desterrado al rey Kaan Vaegor por atacar Bothaim.
Ninguna novedad para Arkyn, aunque solo con oír el nombre de su hermanastro le tiemblan los huesos y le pican tanto las yemas de los dedos que tiene que hacer un gran esfuerzo para no mordérselas.
—Ah, ¿sí?
—Sí, parece que su dragón mató a uno de los mercenarios vinculados y destruyó tres balistas. Qué travieso —dice Einar complacido mientras dobla la alondra en un cuadrado, que se guarda en el bolsillo—. Hay muchas lunas sobre estas cordilleras. Supongo que tienes un plan para resistir las caídas.
—Por supuesto. —Arkyn señala hacia abajo, hacia la arena, donde un enjambre de alondras revolotean y se lanzan a las manos de los espectadores que hay apiñados en las gradas—. Mi floreciente fortaleza está protegida contra las caídas lunares.
«Pronto lo estará».
—¿Cómo es eso posible? —El triconsejero frunce el ceño.
—Mi título no carece de peso. —Arkyn alza la barbilla—. Todos los aquí presentes están recibiendo ahora mismo un aviso del inminente acontecimiento y una propuesta de refugio, siempre que se postren ante mí como legítimo rey de La Llama, primogénito del difunto Ostern Vaegor.
Aunque dice la frase como si fuera un puñetazo, Einar se limita a arquear una ceja y, con tono desdeñoso, replica:
—Nunca he oído tal rumor.
—Quizá porque soy el hijo bastardo de una nula.
El tono despreocupado de Arkyn no ayuda a ocultar el hecho de que las palabras de Einar le están quemando por dentro. Son la confirmación de que a su pah no le importaba lo suficiente como para mentar su nombre siquiera.
—Eso será. —Einar le guiña un ojo—. Has logrado muchas cosas a pesar de tus limitaciones. En lugar de intentar sobrepasar el rango que te corresponde, deberías estar orgulloso —dice señalando la arena que tienen debajo—. Emplea tu ambición con más sabiduría.
«Limitaciones…».
«Sobrepasar el rango que te corresponde…».
«Emplea tu ambición con más sabiduría…».
Arkyn tamborilea con sus lastimados dedos el reposabrazos de su trono. En silencio.
Furioso.
Le cuesta tragarse las mordaces palabras que amenazan con salir de su boca.
Al fin y al cabo, Einar es una pieza importante del rompecabezas, una relación que ha mantenido a flote durante muchas fases, como cuando soplas una brasa en silencio, avivándola, preparada ya para meterla bajo un montón de leña.
Apagarla sería un gran desperdicio.
Arkyn se aclara la garganta y continúa, ignorando las últimas frases de la conversación, como si no se hubiesen pronunciado.
—Como muestra de mi gratitud hacia aquellos que se arrodillen, todos son libres de quedarse aquí y disfrutar del espectáculo.
Se librarán batallas sin descanso hasta las caídas con la idea de tener la mente despejada hasta que cese el caos, momento en el que mis tropas se dirigirán al norte para apoderarse del trono de bronce.