Capítulo 31. Kaan
Kaan
R aeve se lleva una jarra de madera a los labios, la apura y la deja con un golpe sobre la mesa baja. Se limpia las gotas de agua de la boca y se echa hacia delante hasta quedar en el borde del asiento para seguir rebuscando en la cesta de botas blandas que le ha prestado Siharna.
—¿Algo interesante?
—Todavía no. —Saca una negra y la examina con los ojos entrecerrados: la dobla y arruga el cuero, pero vuelve a dejarla en la cesta—.
Los tacones son demasiado anchos o increíblemente rígidos.
—Se pasa un mechón de pelo suelto detrás de la oreja y sigue revolviendo con la mirada fija en su tarea, concentrada.
Hace rebotar la rodilla con un ritmo rápido, agitado.
Lo observo todo desde donde estoy, apoyado contra la pared con los brazos cruzados para ocultar mis manos, pues no paro de cerrar los puños y abrirlos, como si ese simple movimiento pudiera calmar los rápidos latidos de mi corazón.
Pero no es así.
La columna de Líri se ve a través de la ventana que tengo a la izquierda, dominando el pueblo, un insolente recordatorio de lo que está a punto de suceder.
Con eso y la inquietud de Raeve, que se me va enroscando en el pecho de un modo cada vez más lento y agonizante, estoy a punto de venirme abajo.
Raeve examina una bota marrón que le llega hasta la rodilla y afloja los cordones hasta que ambos lados quedan lo bastante abiertos como para meter el pie. Cuando empieza a apretar los cordones, advierto que le queda grande por la forma en que se arruga el cuero con cada tirón.
—Raeve.
—Hum.
—¿Has hecho mucha escalada libre?
Se encoge de hombros, se echa el pelo hacia atrás y se dobla aún más sobre sí misma.
—La suficiente.
La espiral se enrosca tan adentro de mí que perfora algo blando.
La veo pasar los cordones adelante y atrás, enganchándolos en los ojales.
—Sé que… probablemente no recuerdes haber forjado un vínculo con Slátra, así que es importante que te cuente una cosa.
Se le tensa la espalda, como si se preparara para defenderse de una espada que va directa a su pecho, aunque mantiene la vista fija en su tarea: apretarse los cordones, ajustándose bien la caña contra la espinilla.
—Hay una razón tácita por la que la mayoría de la gente prefiere arriesgarse a asaltar un nido antes que intentar domesticar a un dragón adulto.
Relaja la postura, como si mis palabras hubieran aliviado parte de la tensión de sus músculos.
—Ah, ¿sí? —Me lanza una mirada mientras hace un nudo y estira la pierna para examinar la bota.
—Sí, vincularse con un dragón maduro es…
—Se levanta de un salto, mueve el pie y echa a andar por la estancia, comprobando cómo le queda la bota—.
Un reto —continúo, aunque me está prestando muy poca atención—.
Abrirse a bestias tan ancestrales y complejas…
supone un esfuerzo para la mente de los feéricos.
Es de esperar, dado que nos invaden los sentidos de criaturas que muchos consideran que no eran originarias de este mundo.
Es un proceso que arroja luz sobre nuestras sombras, sobre cualquier bagaje mental que se halle en nuestro interior acumulando polvo.
Dada la aversión de Raeve a las conversaciones incómodas sobre su pasado, espero algún tipo de reacción física: un respingo, un cambio en la mirada…
Algo.
Sin embargo, lo que hace es coger un trozo de cecina de Pyrok de la mesa y morder un pedazo. Lo mastica mientras salta de un pie a otro, mirando la bota con el ceño fruncido.
—El bagaje mental es un estorbo. Entendido.
—Sí. —Arrugo el entrecejo—. Raeve, un vínculo puede tardar ciclos en afianzarse y, cuando lo hace, o bien el jinete ha domesticado al dragón, o bien el dragón lo ha domesticado a él.
Algunos se vuelven tan salvajes como sus bestias y rara vez se los vuelve a ver; para sus seres queridos, es como si ya no estuviesen.
Suspira y se mete el resto de la cecina en la boca, dejándose caer en el asiento. Suelta los nudos y comienza a desatar los cordones.
—Es demasiado grande —murmura sacudiendo la cabeza—. Qué decepción, pensaba que ya la teníamos.
O no se lo está tomando lo bastante en serio o tiene demasiada confianza en sí misma. Ambas cosas pueden volverse en su contra.
—Raeve, por favor. —Levanta la cabeza de golpe y cruza la mirada con la mía, suavizándola—. Es un asunto serio, sobre todo ahora que se acercan las caídas.
Baja los hombros.
Me dedica una pequeña sonrisa que no consigue templar el miedo helado que se ha alojado entre mis costillas.
—No tienes de qué preocuparte. Volveré antes de que caiga la aurora, quizá antes.
«Demasiado segura de sí misma, al parecer. El tormento de mi existencia».
—Eso si consigo subir a esa columna sin que me oiga, claro. —Se quita la bota y la deja caer en la cesta con un suspiro—. Esto es inútil. Tal vez tenga que subir descalza.
Vuelvo a apretar las manos con tensión.
—Hay un marroquinero más abajo en el pueblo. Le hacía todas las botas y chaquetas a mah. Estoy seguro de que puede encargarse de algo urgente.
—No, no puedo arriesgarme. —Se pasa los dedos por el pelo y tira de los mechones—. Líri podría marcharse y perdería mi oportunidad.
Frunciendo el ceño, miro hacia la escalera que hay a mi izquierda y se me ocurre una idea. Me aparto de la pared y atravieso la habitación, tendiéndole la mano.
—Ven conmigo arriba —le susurro, y Raeve arquea una ceja.
—¿Arriba?
Asiento con la cabeza.
Sus labios se contraen y se le marcan levemente los hoyuelos.
—Por mucho que me apetezca continuar donde lo dejamos, he de recordarte que hay una plumaluna indómita y algo salvaje posada sobre este precioso pueblo.
Me resulta imposible reprimir la sonrisa que me ilumina las mejillas al cogerle la mano.
—Me alegra saber lo mucho que te apetece, Rayo de Luna, pero no es a la cama adonde te llevo —digo guiándola escaleras arriba.
—Entonces ¿adónde?
Me detengo ante la puerta que hay a nuestra derecha, giro el pomo y la abro, tirando de Raeve hacia el pequeño dormitorio decorado en rosa, morado y azul suaves.
Cuenta con una cama doble con un cabecero con dragones acariciándose con el hocico y sus ventanas son un mosaico de cristales de tonos empolvados que bañan la habitación con un brillo juvenil…
, aunque intento no mirar demasiado a mi alrededor, intento no fijarme en ello.
Que no me afecte.
Desde que mah fue lo bastante mayor como para moldear su propio hogar, soñó con tener una hija. Sin embargo, no vivió lo suficiente como para ver a Veya ocupar esta habitación, ni para descubrir que odia el color rosa.
Le suelto la mano a Raeve y me dirijo al baúl de madera que hay a los pies de la cama, labrado en el tronco blanco de un salce llorón.
Las bisagras chirrían cuando levanto la tapa, revelando los tesoros que guarda en su interior: capas, blusas elegantes y chaquetas de cuero, todas del mismo tono verde musgo con el que ella pintó este edificio, adornadas con botones marrón claro y delicados ribetes.
—Eran de mah —murmuro abriendo una pequeña caja en la que hay una colección de broches para capas y otros objetos de pasamanería preciosos, piezas con un valor sentimental que nunca tuvo oportunidad de legarle a Veya.
Que Veya aún no se ha atrevido a aceptar.
Me aclaro la garganta, cierro la tapa de la caja y vuelvo a meterla en el baúl, de donde saco un montón de prendas y las voy dejando a un lado, hasta que quedan a la vista unas botas tobilleras marrón claro de cuero de colk, muy suave y flexible.
Están bien curtidas por todo el tiempo que mah pasó de joven recorriendo estas montañas.
Sonrío al imaginarla con ellas puestas subiendo por los escarpados acantilados que rodean este pueblo, con la melena suelta y el espíritu libre.
Era la persona más experta en abalorios marrones que he conocido, pero rara vez recurría a Bulder, pues prefería moverse por sus agrestes cimas tal y como él las había concebido.
Quizá por eso él la respetaba y accedía de buen grado a sus escasas peticiones.
—Tengo la sensación de que te van a quedar perfectas. —Levanto las botas.
Raeve se las queda mirando largo rato y, después, vuelve la vista hacia mí.
—Kaan, no puedo…
—Ella se sentiría muy honrada de que las usaras, igual que yo.
Raeve traga saliva. Por fin, extiende la mano y las coge. Con la mirada fija en las botas, pasa los dedos por los cordones entrecruzados.
El silencio vibra entre nosotros.
—Kaan…
—Son tuyas.
Me mira a los ojos y veo en ellos una gran carga, una vulnerabilidad que me lleva de vuelta a la conversación que tuvimos justo después de que nos quitaran las estacas.
—Necesito que me prometas una cosa —dice.
—Lo que sea. —Le aparto algunos mechones revueltos de la cara y se los paso por detrás de la oreja—. Cuando sea.
—Que no vas a entrometerte. —Me mira moviendo los ojos de un lado a otro, como un péndulo—. Pase lo que pase, tengo que hacerlo yo sola.
Practico mi respuesta en mi cabeza tres veces antes de atreverme a decirla en voz alta.
—Lo sé, Rayo de Luna.
Nunca unas palabras me han sabido tan amargas, tan contrarias a lo que me dicta el corazón.
El alma.
Pero sé que está en lo cierto. No hay nada más íntimo que vincularse con un dragón. Y yo… no pinto nada; no tiene que ver conmigo.
Es cosa de ellas dos.
Debo apartarme, reprimir mi instinto protector, ese miedo enfermizo a perderla… otra vez. Debo dejar mi corazón en manos de la confianza y dedicar cada aliento a creer que todo va a salir bien.
—Ha sido demasiado fácil —dice entornando los ojos—. Di las palabras, con precisión.
Levanto la mano y le acaricio la cara, disfrutando de cómo se apoya en mi palma.
—Si me dejas prepararte una comida de verdad antes de que te vayas, haré lo que me pidas, aunque eso quiera decir que me tengo que quedar mirando cómo subes a esa maldita columna entre las nubes.
Se le dibuja una media sonrisa.
—¿No te gusta la cecina que tiene Pyrok?
Me inclino hacia delante y le beso la punta de la nariz.
—Puedo hacer algo mejor. —Le doy otro beso entre los ojos y me quedo ahí quieto un momento; después, le susurro al oído—: Te dejo sola para que te prepares.
Me dirijo a la puerta antes de decir o hacer alguna estupidez, de ceder al impulso de atosigarla con consejos hasta hartarla.
Eso no es lo que ella necesita, ni creo que sea lo que quiere; de lo contrario, me lo habría pedido.
Lo que necesita es que yo sea fuerte y la apoye.
Que me olvide de mis miedos y crea en ella o… solo seré otra cadena con la que tendrá que vérselas.
Otro lastre.
Bajo las escaleras, cruzo la cocina y salgo por la puerta trasera al frío, abriéndome camino a través de la nieve hasta llegar a un grupo de arbustos cargados, donde, a salvo de miradas ajenas, me doblo hacia delante y vomito.