Capítulo 30. Raeve
Raeve
S ubo a toda prisa por el empinado sendero de la montaña en medio de ráfagas de nieve, pasando por numerosas guaridas que parecen gargantas hacia el olvido, en la mayoría de las cuales se oye el eco de un fundefauces descansando.
Siento sus ojos clavados en mí cada vez que salto a una cornisa y echo a correr hacia el siguiente tramo de escaleras que serpentean por la ladera de la montaña.
Quizá, dado el hedor a muerte que emana de las guaridas, debiera preocuparme que uno de los dragones jóvenes me despedazase…
, sobre todo porque la mayoría de ellos acaban de emplumar y todavía están aprendiendo a encontrar comida y descubriendo la emoción de la caza.
De todos modos, los fundefauces no suelen abandonar su nido o guarida durante el letargo.
Por suerte.
Cuando llego a la profunda cornisa hacia la que Rygun ha empujado a Líri, de inmediato doy un paso atrás, pegándome al musgoso acantilado, pues los tres corpulentos jinetes que la han escoltado a través de las llanuras emergen de la entrada a la guarida perseguidos por una ráfaga de llamas azules que les lamen los talones.
El hombre más bajo maldice. Lleva el brazo pegado al pecho y tiene la chaqueta de cuero rasgada, dejando al descubierto un feo corte cerca del codo, como si lo hubiese alcanzado con una garra.
—Que le den —espeta el más alto del trío apartándose el pelo castaño de su anguloso rostro mientras echa un vistazo a su compañero herido—. Si quiere quitársela, que la ayuden los Creadores a hacerlo ella misma con los dientes, maldita sea.
Los demás responden con gruñidos y se disponen a recoger sus alforjas, que están apiladas en el suelo y cubiertas por una capa de nieve recién caída.
Me fijo en los abalorios azules que llevan en la barba, en su tez demacrada y en la forma en que mueven la mandíbula, como si les doliera; señales evidentes de que les ha costado mucho traer a Líri hasta aquí ilesa.
Una hazaña encomiable.
Se dirigen hacia el camino mientras sus capas oscuras ondean al viento.
Doy un paso adelante cuando se disponen a doblar la esquina, con la intención de pasar silenciosamente, pero el hombre alto extiende el brazo y ensancha la postura.
Cerrándome el paso como un maldito tronco de árbol.
Tarda en darse cuenta de que mi daga de escamas de dragón le roza el abdomen, pero, en cuanto lo hace, frunce el ceño y sus gruesas cejas ensombrecen sus ojos, rasgados y castaños.
—¿Vas a entrar en la guarida de esa plumaluna? —refunfuña, manteniéndose firme a pesar de su evidente agotamiento y del hecho de que huele como si llevase unos cuantos daes sin bañarse.
Asiento con la cabeza.
—¿No eres tú a la que ha atacado en cuanto la hemos sacado de las nubes?
—La misma —murmuro esbozando una sonrisa triste mientras me ruge el estómago de un modo bastante embarazoso.
Mal momento.
—Bueno, dado que te ha atacado con más ferocidad que a cualquier otra presa por el camino… —hace una pausa y levanta ambas cejas—, si consigues entrar en la guarida, lo más probable es que no salgas con vida.
«En cuanto a charlas motivadoras, esta deja mucho que desear».
—Esa dragona es más bien salvaje —continúa—. Hemos intentado quitarle la silla de montar para que no se quede atascada con ella cuando se dirija hacia Netheryn, algo que hará, pero no hay manera. Rigg casi pierde una extremidad. Y tú vas a perder la vida.
Pasa junto a mí sin decir nada más, seguido por los otros dos, Rigg con el brazo sangrando sobre la nieve. Ni siquiera se han alejado lo suficiente como para que no los oiga cuando empiezan a murmurar que hay gente demasiado estúpida para vivir.
Un poco duro, pero, dadas las circunstancias, no va desencaminado.
Tras guardarme la daga, me lleno la boca de nieve. No alimenta, pero evita que me ruja el estómago tan fuerte como para despertar a un dragón dormido. O, en mi caso, asustar a uno con un oído muy fino y un súbito apetito por hacerme volar por los aires.
Me acerco sigilosamente a la boca dentada de la guarida, de la que emana una leve luz, pisando ramitas y plumas cubiertas de escarcha. Avanzo con cautela, mirando hacia el interior del largo túnel, y se me encoge el corazón al ver a Líri acurrucada contra un montón de viejos árboles arrancados.
Está en una postura defensiva, mostrando los dientes. Respira afanosamente y tiene los ojos clavados en mí con una intensidad feroz.
Veo su agotamiento en el temblor de sus alas, que apenas es capaz de sostener. Lo veo en los mechones de pelo que le caen por las mejillas hasta el cuello, lacios y sin su brillo habitual, como una estrella apagándose.
«Oh, Líri…».
Levantando las manos, doy un paso adelante. Ella gruñe, haciendo retumbar las paredes de un modo tan tangible que se me tensa el pecho.
«Definitivamente está enfadada conmigo».
— Hais te nel, Líri. —Doy otro paso adelante—. Shuin oot an pleur, leonari-eh. Ze lui, ze lui…
Se le erizan las plumas y levanta las alas. Es la única advertencia que me da antes de abalanzarse hacia mí con tanta ira en los ojos que me quedo paralizada.
Abro la boca para hablar… justo cuando alguien me agarra por detrás y tira de mí.
Me veo envuelta en el aroma de Kaan y apretada contra su pecho mientras me rodea con el brazo. Líri pasa al galope lanzando un chillido glacial y salta de la cornisa, barriendo con sus luminosas alas la nieve que cae sin dejar de lanzarme miradas.
Y también a Kaan.
No retoma sus ataques letales, probablemente por el hombre que tengo detrás, que irradia una dominancia primitiva capaz de doblegar.
—Creo que está enfadada conmigo.
Kaan posa la mano sobre mi corazón, que late a toda velocidad.
—Sí —dice con suavidad, como si fuera evidente.
Frunzo el ceño y me doy la vuelta entre sus brazos para mirarlo a los ojos, oscuros en la penumbra. La silueta brillante de Líri se refleja en ellos mientras la observa.
Entonces, posa la mirada en mí con una intensidad aplastante.
—La abandonaste, Raeve.
Mi sangre se convierte en hielo.
—Pero…
—Quizá tu razonamiento fuese lógico, pero los dragones entienden las cosas en términos muy simples. Para ella, tú estabas allí un dae, cuidándola y siendo un lugar seguro donde descansar, y al dae siguiente te habías ido y ella volvió a sentirse tan sola como siempre.
Noto que se parte algo en mi pecho y siento frío de súbito.
Como si me hubieran pasado por encima.
Se oye otro rugido agudo cuando Líri atraviesa las nubes con un brío impresionante para estar tan agotada.
—Esa dragona estaba tan cerca de la muerte cuando Rekk la llevó volando a Dhomm que estaba casi seguro de que iba a morir.
Creo que solo resistió gracias a la amabilidad que le mostraste.
De hecho, poco después de que te fueras, soltó un gemido tan profundo que pensamos que se le habían vuelto a abrir las heridas antes de que las runas se asentaran.
Sus palabras me caen como un golpe en el pecho, dificultándome la respiración.
Kaan deja de apretarme y me aparta el pelo de la cara con una mano, lo cual contrasta con la firmeza de sus palabras.
—Aunque algunos dragones ansían vengarse de la misma manera que un feérico sediento de sangre, otros solo anhelan que los quieran.
«Por todos los Creadores».
Líri alza la cabeza al cielo y suelta un rugido desgarrador como nunca antes había oído, como una llamada a las lunas. Repliega las alas y cae en picado barranco abajo.
Kaan me suelta y yo avanzo.
Al sentir una presencia más arriba, levanto la vista y veo la cabeza de Rygun asomada al precipicio, con las brasas que tiene por ojos fijas en el alboroto, cual centinela vigilando sus tierras.
A pesar del inmenso cariño que le tengo a la bestia, tiemblo y me detengo cerca del abismo.
Clode me revuelve el pelo mientras contemplo el pueblo, que se encuentra mucho más abajo.
Las bocanadas de humo que salen de los tejados, cubiertos de nieve, se arremolinan alrededor de Líri mientras ella planea sobre la isla en la que me he refugiado antes.
Desde aquí arriba, parece una polinilla revoloteando sobre una roca.
Llena los pulmones de aire y suelta una llamarada azul pálido que desata el pánico en mí y los gritos de los aldeanos.
«Por todos los Creadores, va a destruir este lugar».
La llamarada se expande directa contra la tierra con tal fuerza que me imagino que va a explotar, igual que el puente, solo que no oigo piedra fragmentándose ni veo ningún trozo salir disparado al río debido a la nube de niebla que se forma a causa del impacto, empañando los pintorescos edificios.
La llama pierde su color, volviéndose de un blanco intenso que se convierte en un…, un…
—Está construyendo un nido.
Una estructura hexagonal comienza a tomar forma, muy parecida a todas las que tengo… en mi interior.
En lo más profundo de la guarida de mi Otra.
Un pensamiento que enseguida descarto, pues veo a Líri detenerse y rodear su incipiente columna mientras toma grandes bocanadas de aire. Después, la sobrevuela y reanuda sus esfuerzos, lanzando otra llamarada blanca.
Añadiendo otra capa.
—No puede estar anidando. Acaba de pasar la adolescencia.
—No —murmura Kaan justo detrás de mí—. Solo quiere estar elevada.
Se me cae el alma a los pies al percibir cada palabra que no dice.
«Quiere estar en un lugar donde yo no pueda alcanzarla».
—Probablemente esté cansada de cruzar las llanuras y necesite descansar antes de emprender el viaje hacia el sur —dice cogiéndome la barbilla y girándome la cabeza para que lo mire a los ojos—. Si la quieres, no será fácil, Raeve.
Me lo quedo mirando largo rato y, luego, vuelvo la vista al frente, observando a Líri añadiendo capa tras capa a su columna, que crece a toda velocidad.
«Si la quiero…».
¿Y qué pasa con lo que ella quiere?
Me agacho, con las manos entrelazadas, dándole vueltas a la cabeza mientras su columna gana altura y un montón de espectadores con los ojos como platos invaden los caminos del pueblo.
Entrecierro los ojos al fijarme en la silla de montar que lleva atada entre las alas, en los descuidados agujeros de los faldones, justo donde Rekk clavaba las espuelas.
Me invade una sensación de pesadumbre en el pecho.
Es una de las criaturas más poderosas que habitan nuestro mundo, pero ha pasado sus daes cumpliendo órdenes que casi le cuestan la vida.
Si hay algo que he aprendido desde que Fallon temblaba en mis brazos en la nieve y me mandó vivir con lo que quedaba de sus últimos alientos es que la vida con grilletes, atada a cualquier cadena, no es vivir. Es existir , sin un elemento fundamental.
Capacidad de elección.
Y, si dejo mis sentimientos a un lado y únicamente tengo en cuenta lo que es mejor para ella, solo hay algo de lo que me sentiría orgullosa, algo arriesgado, un poco descabellado y muy peligroso .
Cruzo los dedos para que no me convierta en comida para dragones ni me mande al otro mundo.
—¿En qué piensas, Raeve?
En que mis posibilidades de sobrevivir son nefastas. Peor aún, ya que Líri parece muy cómoda intentando matarme, pero a mí ni se me ocurriría herirla. Y eso me deja en desventaja.
Nunca estoy en desventaja.
Odio estar en desventaja.
—En que necesito algo de comer —murmuro, y me levanto y pongo rumbo a las escaleras.
Si por algo se conocen los plumalunas es por su fino oído.
Y, ahora mismo, el hecho de que mi estómago no pare de rugir es una sentencia de muerte—.
Y en que, después, tengo que buscar unas botas de suela blanda y esperar un puto milagro de los Creadores.