La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 29. Raeve
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Capítulo 29. Raeve

Raeve

A pesar de que estoy exhausta, no consigo dormir; cuando el sueño está a punto de vencerme, abro los ojos de nuevo. Una y otra vez.

Culpo al silencio, a los olores, al nuevo entorno. En el fondo, sé que es el residuo viscoso del recuerdo que deseché atado a una roca que no quiero volver a ver.

Jamás.

Aun así, no puedo evitar que haya una tormenta en mi mente, como en las nubes del exterior…

Ahora estoy segura de que a Elluin la separaron de Kaan contra su voluntad, de que la decisión de vincularse con el hombre de su recuerdo se basó en la falta de conocimiento o la coacción.

Tal vez soborno. Aunque es difícil imaginar algo lo bastante importante como para hacer lo que hizo: llegar al extremo de consumar cuando su corazón le pertenecía a Kaan.

El pecho de Kaan se eleva y desciende bajo mi cabeza y el corazón le late con fuerza, lo que me da una sorprendente paz: me siento tranquila y reconfortada.

Viva.

Nunca me cansaré de este sonido. Es una sensación que me resulta nueva, y sin embargo… antigua . Anclada a algunas de las piedras enterradas en lo más profundo de mi lago helado.

Si pudiera discernir las buenas, asimilarlas, lo haría.

Sin embargo, después de ver lo que vi, después de sentir el sofocante silencio que se apoderó de Elluin, haciéndola sentir irremediablemente atrapada, no estoy segura de poder aceptar la verdad.

No creo que sea capaz de mirar sin sentir que quiero desgarrar el tiempo y gritarle que se defienda.

Que luche por Kaan como él lucha por todo lo que ama.

Extiendo la mano por su pecho, tan firme y sólido debajo de mí, robusto.

Él aceptó mis palabras con mucha delicadeza. No me rebatió con frustración ni me sugirió que profundizara y analizara el resto del recuerdo, a pesar de que sin duda se merecía la verdad, la cual soy demasiado cobarde para afrontar.

Una vez más, él me lo ha dado todo sin quedarse con nada para sí mismo.

«Nunca seré lo bastante buena para este hombre, pero lo intentaré».

«Por todos los Creadores, joder que si lo intentaré».

Un chirrido lejano atraviesa la atmósfera débilmente.

En mi interior, se produce un cambio tan brusco que siento una oleada de náuseas y un escalofrío por la espalda. Me esfuerzo por prestar atención, pero no consigo oír nada más que el enérgico pum-pum del corazón de Kaan y su respiración, profunda y constante.

«¿Me lo habré imaginado?».

Cierro los ojos e intento despejar mi mente, dormir, pero sigo teniendo esa sensación. Es como percibir un cambio en el tiempo, pero necesito verlo por mí misma, ver cómo se hinchan las nubes, saborear el aire cada vez más dulce y sentir los primeros remolinos de nieve en la cara.

Solo que ya hay tormenta, así que no puede ser eso.

Me vence la curiosidad.

Le beso los párpados a Kaan uno a uno, suplicando a los Creadores que duerma mucho y profundamente.

Con lentitud y cuidado, me levanto de la cama y me abrocho los pantalones.

Me quito lo que queda de mi camisa destrozada y me pongo la de Kaan, esforzándome por ignorar las numerosas manchas de sangre y los agujeros mientras me la meto por dentro.

Me sujeto las fundas y, luego, me pongo la capa y las botas.

Sigilosamente, bajo las escaleras y salgo por la puerta principal, adentrándome en un frío que corta la piel. Me pongo la capucha al llegar al patio, ahora cubierto por una mullida capa de nieve intacta, en la cual enseguida queda la marca de mis botas.

Miro al cielo. Entrecierro los ojos para protegerme de los copos de nieve que al instante comienzan a acumularse en mis pestañas, escudriñando las densas nubes grises en busca de algo anómalo, aunque me cuesta ver nada más que el frío y tempestuoso remolino blanco y gris.

Me dirijo a la verja, espero a que los imperturbables guardias la eleven y salgo, bajando por el serpenteante camino flanqueado por edificios coloridos y árboles cubiertos de nieve.

Con el pueblo dormido, no hay nadie por aquí, ni siquiera fundefauces adolescentes surcando el cielo entre chillidos. Solo el lejano murmullo del agua y el suave golpeteo de la nieve intentan aliviar la tensión de mi pecho.

Una paz que en absoluto me lo parece.

Mientras intento borrar la extraña y un tanto inquietante luz plateada que aún me envuelve la muñeca y los dedos, aguzo el oído y sigo escudriñando el cielo a través de los huecos entre el follaje.

Veo unas extrañas briznas de niebla descendiendo por el lado oriental de la cordillera.

Aún no es lo bastante espesa como para albergar a ningún espectro, pero sin duda es capaz de confundir a cualquier alondra de papel que se haya visto tragada por las Nieblas Errantes.

Es un momento pésimo, dada la inminente caída de las lunas, pero por suerte tal vez signifique que las noticias sobre los actos de rebeldía de Rygun tardarán un tiempo en volar al sur.

El camino me conduce hasta el ancho río celeste que discurre por el barranco. Los edificios que hay en la ribera parecen tiendas que han echado el cierre por la noche, con carteles colgados de sus ornamentados aleros con la palabra «Cerrado».

Me dirijo a un puente cubierto de musgo que se comba sobre el agua, besa una isla en forma de rombo que se mantiene firme contra la fuerza del agua y luego salta al lado este.

Me detengo, apoyándome en la barandilla, y aprovecho al máximo que las nubes que cubren el cielo se hayan abierto para observar la panorámica mientras la nieve cae sobre mi rostro alzado.

Para escuchar.

Algo dentro de mí escucha con más atención.

Un aleteo lejano me calma el corazón, aunque vuelve a latir con fuerza al ver algo moviéndose entre las nubes como una mancha de luz.

Se oye otro chillido y una pequeña plumaluna atraviesa las nubes batiendo sus luminosas alas.

Su elegante cuerpo contrasta levemente con el gris del cielo, dejándome sin aliento.

«Líri…».

Sonrío quitándome la capucha. Entonces, observo un trío de fundefauces ensillados persiguiéndola por entre las nubes; la acorralan en el barranco cumpliendo las órdenes de sus jinetes.

Líri vira hacia un lado, permitiéndome ver su silla de montar vacía, aún con los agujeros de las espuelas de Rekk en el cuero, sin remendar.

Parece escudriñar el pueblo con gran interés, con las fosas nasales dilatadas: olfateando.

Su mirada me impacta con tal fuerza que la siento en las entrañas, provocándome un escalofrío por el cuerpo.

Abre la boca y chilla, causando un sonido similar al de numerosas cuchillas recorriendo un plato esmaltado.

Los jinetes de los fundefauces gritan unas palabras demasiado confusas como para que sea capaz de entenderlas. Líri se agacha y se lanza en picado tan rápido que parece que vaya a sumergirse en el agua. Extiende las alas justo a tiempo para volar en paralelo al río y… viene directa hacia mí.

Frunzo el ceño mientras cruzamos la mirada a través del remolino de nieve.

El tiempo se detiene.

Todo lo que veo son sus ojos centelleantes, dos esferas insondables enmarcadas por sendos abanicos de pestañas pálidas. Todo lo que siento es el latido espasmódico de mi corazón y una pesadumbre en el estómago que me dice que algo no va bien.

Líri comienza a abrir la boca, mostrando sus feroces colmillos y el resplandor de una llama azul que se está formando en su pecho… y le sube por la garganta…

«Por todos los Creadores, me va a freír».

El tiempo vuelve a ponerse en marcha. «Demasiado rápido, joder».

Apenas tengo tiempo de saltar a la isla y tirarme detrás de una roca para protegerme de la devastación que estalla de sus fauces. Me tapo los oídos con las manos cuando ella grita con tal ferocidad que incluso el aire parece vibrar.

Un estruendo sacude el suelo, transformándose en un rugido de advertencia que solo puede pertenecer a un dragón.

Bajo los brazos y miro por entre las nubes de polvo y nieve justo a tiempo de ver a Rygun lanzarse desde su cornisa en la montaña, muy por encima de nosotras.

Extiende las alas, atrapando el aire. Tiene tal envergadura que el corazón me da un vuelco: su silueta domina el cielo como una mancha espinosa.

Vuelve a rugir en ráfagas que parecen alejar a los fundefauces, dispersándolos hacia las guaridas, como un firme «Yo me encargo». Todo bien, solo que Líri vira, se sitúa en línea conmigo, pliega las alas y…

Arremete .

—Joder —murmuro al darme cuenta de que no hay ningún otro lugar donde pueda esconderme y que no me da tiempo a huir.

Estoy a punto de recurrir a Clode, a pesar de estar segura al noventa por ciento de que no resistirá el fuego de plumaluna, cuando Rygun desciende en picado hacia el barranco con la fuerza de una luna cayendo.

Extiende sus alas a tiempo para atrapar en el aire a Líri, quien responde con un chillido de contrariedad más que de otra cosa, plegando las alas como si se tratase de una polilla capturada mientras Rygun bate las suyas, elevándose sobre el barranco con unas sacudidas que azotan el pueblo, despojando a los árboles de la nieve.

Solo la suelta cuando se acerca a las cumbres.

Líri cae un instante, pero enseguida extiende sus alas y flota en el aire.

Parece echar la vista atrás en dirección a Rygun, pero luego se lanza en picado con total aerodinamismo, como una lanza directa hacia mí.

Otra vez.

Gimo levantando las manos.

—¿En serio?

Rygun exhala un aliento humeante y desciende mucho más deprisa que ella, que tiene el cuerpo notablemente más pequeño, para interceptarla. Aunque me la tapa, la oigo chillar.

Gruñir.

Rugir.

Al fin Líri aparece en mi campo de visión, elevándose hacia las nubes con movimientos bruscos que me hacen imaginar a alguien dando pisotones.

Rygun la guía con maniobras pronunciadas y envolventes, atrayéndola hacia la guarida.

Cada batida de sus alas es un violento estruendo, similar a siete u ocho de los aleteos frenéticos de la plumaluna, que continúa descendiendo y lanzándose en picado, como si estuviera buscando puntos débiles en la defensa de Rygun.

O simplemente discutiendo con él.

Él amaga con morderle los talones. Ella le gruñe, lanzándole una llamarada azul a la cara, aunque se evapora antes de que tenga oportunidad de alcanzarlo.

«Por poco».

Rygun gruñe con la ferocidad de dos mundos chocando entre sí, haciendo vibrar el aire y sacudiendo el suelo.

Incluso Clode parece retorcerse.

Líri ni siquiera se inmuta, pero le lanza un berrido de reprimenda bien largo y, después, se lanza a una guarida y… desaparece.

El corazón me sigue aporreando el pecho mientras Rygun patrulla el cielo trazando unos amplios arcos, proyectando su poderosa sombra sobre el pueblo, que ya no duerme…, cuyos caminos ahora están llenos de gente con la nieve hasta los tobillos.

Con la capa bien colocada sobre los hombros, observan el escándalo aún somnolientos, muchos de ellos mirándome, señalándome y cuchicheando.

O tal vez estén señalando los restos del puente.

Me levanto y me sacudo la nieve y los escombros de la capa mientras examino el puente en el que estaba antes de que Líri llegase, ahora en fragmentos esparcidos por el río, en su mayoría hundidos por su poderosa fuerza.

Parece que hubiese preparado su llama más destructiva y la hubiera lanzado con toda la intención.

Hacia mí.

Noto una opresión en el pecho que me hace sentir nerviosa.

Inquieta.

Aunque me ganase la confianza de Líri en Dhomm, lo suficiente como para que aceptara mi presencia cuando se encontraba en su momento más vulnerable, parece que ahora le gustaría borrarme del mapa. Eso da a entender, sin lugar a dudas, que la he cagado pero bien.