Capítulo 28. Kyzari
Kyzari
E l cazo oxidado se desliza entre los barrotes mientras la comida se va derramando por los lados hasta que se detiene con estrépito, casi vacío, dejando trozos de carne grisácea y pan mohoso esparcidos.
Acurrucada en un rincón de mi celda, exhibo una amplia sonrisa, pero el gesto dista mucho de ser sincero.
—¡Gracias! —le digo alegremente al hombre enmascarado que recorre a toda prisa el oscuro túnel que hay al otro lado de los barrotes de mi celda.
Los modales son importantes, sobre todo cuando conquistar a los guardias puede ser mi única esperanza de quedar libre.
No importa que lo que me apetezca sea maldecir a ese cabrón hasta que le salga sangre por los poros de la piel por todas las comidas asquerosas que he tenido que soportar; si mi breve y alegre «gracias» consigue que se detenga, que me mire, que suelte un suspiro en mi dirección… , tengo una oportunidad.
Lo observo pasar junto a los barrotes de mi celda, la de al lado, la siguiente…, y pierdo la esperanza cuando desaparece de mi vista.
«Mierda».
Empiezo a contar: de uno a cincuenta. Ahora solo espero para cerciorarme de que se ha ido.
Únicamente cuando estoy segura, levanto la manta raída que llevo sobre los hombros, dejando al descubierto a la pequeña alondra tumbada de lado en el hueco que he creado con mis extremidades cruzadas.
—Podemos volver a intentarlo en la próxima ronda —susurro—. Pero, por lo que más quieras, tienes que saltar más rápido la próxima vez que lo oigas venir, casi te ve. Ha sido la ocasión que más cerca hemos estado.
Ella mueve la cola, como diciendo: «Bueno…, no me ha visto, así que…».
Suspiro, la cojo en la palma de la mano y me la acerco a la cara hasta que su pico está a punto de besarme la nariz.
—Si alguna vez hay peligro, necesito que vueles lo más deprisa que puedas. ¿Lo entiendes?
No se mueve; una protesta silenciosa que me impresionaría en otras circunstancias.
Pero estamos hablando de su bienestar.
—Lo digo en serio.
Ni siquiera se mueve.
—Es por tu propio bien, no seas cabezota.
«Y tanto que lo es».
La acerco a mí y frunzo el ceño al examinar su desgarro, sus manchas, las arrugas de su pico.
—¿Es así como acabaste tan maltrecha y ensangrentada? ¿Por cabezonería?
Mueve las alas.
«Al menos, es sincera consigo misma».
Repite el movimiento, esta vez con mucha más energía. Comprendo que no estaba siendo sincera consigo misma en absoluto, sino simplemente pidiéndome que juguemos.
—Vale, vale, pero solo porque lo has pedido con mucha amabilidad —murmuro sosteniéndola en alto y haciendo una pausa—. En realidad, primero necesitas un nombre adecuado. —La acerco de nuevo a mi cara—. No puedo seguir llamándote pequeña alondra. Eres más que eso. Eres…
La siguiente palabra se me atraganta.
Me aclaro la garganta y le sonrío mientras ella se inclina hacia un lado en mi palma.
— Especial .
No se mueve durante tanto tiempo que me pregunto si va a responder. Pero, entonces, con un solo aleteo, gira su cuerpo y muestra las letras que lleva escritas en los pliegues del lateral de su abdomen:
ne
—¿Esa eres tú? —Giro la mano para que se vea obligada a mirarme de nuevo—. ¿Quieres que te llame Ne?
Bate las alas una sola vez; parece que esté asintiendo con la cabeza.
El nudo de mi garganta se vuelve tan grande que me cuesta tragar saliva.
—Bueno, vale. —Me aclaro la garganta y la levanto—. ¿Estás lista, Ne?
Se sacude de nuevo.
Lleno mis pulmones y la soplo con tanta fuerza que sale volando de mi mano y comienza a dar tumbos por el aire. Al fin, batiendo las alas, logra enderezarse y da unas cuantas vueltas vertiginosas que me hacen sufrir.
—¡Pero qué preciosidad! —le susurro mientras la observo bailar entre las lunas dibujadas en el techo, la mayoría en carbón, solo un poco más oscuras que la propia piedra.
Pero yo puedo verlas. Soy capaz de distinguir las constelaciones de dragones de antaño. Ne choca contra el dibujo de Slátra, haciendo que los tendones del pecho se me tensen tanto que creo que van a reventar.
Cierro los ojos y me llevo la mano a la frente para tocar la Piedra Éter.
— Hov ahka nuieljuak. Hov-at haquil. Nuieljuakui taf maruli .
«Te quiero. Estoy aquí. No estás sola».
Fuirten looik-whíle hov .
«Sobreviviré».
Al bajar la vista y ver la comida esparcida por el suelo, siento un dolor agudo en el estómago.
«Supongo que ya es hora, maldita sea».
—¡Anda, mira eso! —Me acerco arrastrando los pies para inspeccionar mis provisiones llenas de arena, que este dae tienen bastante más moho—.
¡Un banquete recién preparado! ¿Por dónde empiezo?
—Recojo el trozo de masa con el que podría herir a alguien si lo lanzara con suficiente fuerza—.
¿Pan de luith? Con… —lo abro, revelando más moho verde en su interior— ¡trozos de fruta nui horneados!
Qué delicia. ¿Y, como acompañamiento, unas raíces de canito asadas con azúcar?
—digo agitando un palito de algo que se parece más a un dedo hervido—. Mi favorito.
Como siempre, Ne me ignora mientras juego a engañarme a mí misma pensando que no estoy a punto de comerme algo podrido. No la culpo; la vergüenza ajena puede resultar abrumadora.
Casi me he convencido a mí misma de que se me está haciendo la boca agua cuando voy a coger un trozo de carne del suelo, pero me detengo, con la mirada fija en el hueso que sobresale de la carne grisácea.
Se me escapa una carcajada, aunque enseguida me tapo la boca con la mano para disimularla.
«Debería haberle dado las gracias con mucho más entusiasmo al imbécil que me ha tirado la comida».
Lo recojo del suelo y arranco un trozo de carne con los dientes, mastico ese sabor a caza que tiene y me obligo a tragarlo de un tirón mientras se me revuelven las tripas. Seguro que pah se moriría de vergüenza si viera cómo me estoy comiendo esto, con el mismo decoro que un animal salvaje.
Hubo un tiempo en el que me habría estremecido solo de pensarlo, pero ahora me estimula, aportándome un entusiasmo voraz.
Si pah ejerce su naturaleza hipercontroladora y de algún modo descubre dónde estoy y envía un ejército a rescatarme, me produce una amarga satisfacción pensar que podría verme así: hecha un desastre, como una bestia, en absoluto parecida a una princesa.
Una auténtica lacra para el apellido Vaegor.
Royo el hueso con los dientes mientras Ne revolotea alrededor de mi cabeza como si estuviera grabándome una corona.
—Así saldremos de aquí, Ne. —Levanto el tesoro que he conseguido: un poco más largo que mi pulgar, con un agujero en el centro lleno de médula.
«Perfecto».
Me lo pongo entre los labios y absorbo mientras aparto la paja, arrastrándome por el suelo, buscando…
«Ahí».
Paso un dedo por la fina piedra plana con la que me corté el pie hace un tiempo y coloco el hueso encima, en paralelo.
Ne desciende en picado, poniéndose de espaldas, y flota hasta el suelo con el vientre al descubierto al verme estirar la pierna.
—Te prometo que dentro de un momento te leo —murmuro levantando el pie hasta que el grillete queda justo encima del trozo de hueso. Entonces, lo dejo caer.
Con fuerza.
Ne empieza a moverse con gran nerviosismo, como si acabara de darle el susto de su vida.
—Lo siento mucho —le susurro entre risas mientras ella me acaricia el cuello en busca de consuelo.
Me quedo quieta, acercándola más a mí y escuchando si hay pasos, cualquier señal de que nos han oído y vengan a ver qué sucede…
«Nada».
La suelto, respiro hondo y levanto el grillete. Suspiro aliviada al ver que el hueso se ha partido por la mitad.
Dos mitades. Largas.
«Perfectas».
Las recojo y las sostengo en alto… sonriendo .
Ahora solo tengo que limarlas por los lados y los extremos hasta que estén lo bastante afiladas como para introducirlas en el cerrojo de la puerta y los grilletes. Y después ya encontraré la manera de escapar de este agujero.
Levanto mi jergón y dejo un fragmento de hueso debajo. Luego, empiezo a frotar el otro contra el suelo con delicadeza. Mientras tanto, Ne revolotea a mi alrededor muy contenta.
Emocionada.
— Fuirten looik-whíle ou —murmuro una y otra vez.
«Sobreviviremos».