Capítulo 27. kaan
Kaan
N oto el frío de su hoja en la garganta, firme.
Preparada.
Un movimiento en falso y estoy muerto. De eso no me cabe ninguna duda.
Sentado sobre mis talones entre las pieles, mantengo las manos quietas a los costados mientras miro las pupilas dilatadas de Raeve, pero no advierto ni una pizca de reconocimiento.
Es la segunda vez en los últimos daes que se abalanza sobre mí y me pone una daga encima, solo que esta vez es diferente.
Su lenguaje corporal de defensa…, el abismo entre nosotros…, la mirada ausente que le congeló los ojos justo antes de que llevase atrás la pierna, sacara la daga de su bota y se abalanzara sobre mí soltando un gruñido…
«Cree que soy otra persona».
—Rayo de Luna, soy yo.
Le tiembla la mirada.
Lentamente, levanto una mano y la poso sobre la suya. Ella se estremece y recorre mis facciones con la vista como si diese trazos apresuradamente con un pincel.
—Soy Kaan.
Le cambia la cara: su expresión de dureza se desvanece y suelta un suspiro tembloroso abriendo mucho los ojos al ver la daga que sostiene.
Se queda sin color en las mejillas.
Se echa hacia atrás, tirando el arma como si estuviera hecha de fuego. Esta se desliza por el suelo, prácticamente olvidada, mientras ella me mira fijamente sin pestañear.
Sin respirar.
Me inclino hacia delante…
Pero ella se levanta de un salto y se va al cuarto de baño, donde desaparece, aunque deja la puerta abierta de par en par.
Invitación suficiente para mí.
El grifo chirría y el goteo del agua inunda la habitación mientras me levanto de la cama y me dirijo al cuarto de baño haciendo ruido deliberadamente, pues no quiero sobresaltarla y precipitar mi asesinato.
Apoyo el hombro contra el marco de la puerta y me cruzo de brazos, observándola reclinada sobre el lavabo de piedra con las manos sujetas a los bordes. Tiene el cabello revuelto y le cubre el rostro, impidiéndome vislumbrar sus facciones.
El silencio se vuelve exasperante. Estaría dispuesto a soportarlo hasta que ella se sienta lista para hablar si no fuese porque no deja de arrancarse pieles de las cutículas, que ya tiene en carne viva.
—Raeve…
—Cuando estábamos en Dhomm, dijiste que Elluin estaba comprometida con otra persona… ¿Es así?
Se me para el corazón, como si esas palabras me hubieran dado un puñetazo en el pecho.
¿Se ha acordado de Tyroth? ¿Es este el momento en el que va a mirarme a los ojos y a decirme las mismas palabras que una vez garabateó en una alondra? Las palabras que ya tengo grabadas: que nunca seré lo bastante bueno para ella, lo bastante fuerte.
«Bastante».
—Es así.
Se queda callada durante tanto tiempo que me siento como si estuviera tumbado en un potro con las extremidades extendidas al límite y el pulso latiendo tan fuerte y rápido que la cabeza me da vueltas.
—Rayo de Luna, háblame. Por favor.
Se echa el pelo hacia atrás, por encima de las orejas, y se moja un poco la cara.
Las gotas le caen de la nariz mientras se endereza y me mira a los ojos en el ornamentado espejo que hay sobre el lavabo, como si eso le diera fuerzas.
Me cuesta apreciarlo, conmocionado como estoy por sus gélidas pupilas.
Hay un mundo lleno de tormento en esos ojos.
—Ella todavía te quería, Kaan. —La voz se le quiebra al final, como si se le hubiera enganchado en un anzuelo que también se me clava a mí en el pecho, me perfora el corazón y me lo arranca de la caja torácica—.
Deberías saber… —masculla con los labios temblorosos— que te quería con todo su corazón.
Las palabras aún resuenan mientras miro al suelo y cierro los ojos, convencido de que nunca ninguna otra palabra me ha desgarrado tanto.
Nunca ninguna otra me ha dejado tan increíblemente vacío.
Me tomo un momento para calmar los latidos acelerados de mi corazón y serenarme para estar a la altura de su confesión. Solo cuando por fin siento que el suelo que tengo debajo no se desmorona, carraspeo y vuelvo a observar su reflejo.
—¿Te… acuerdas?
Se le forma una pequeña arruga entre las cejas y, después, mira el agua que se arremolina en el lavabo.
—No mucho, fue solo un momento. Más una sensación que otra cosa.
La mentira sale de su boca con mucha facilidad, pero es el modo en que cierra su cuerpo lo que contradice esa afirmación: los hombros encogidos, la barbilla ligeramente hundida, el hecho de que rompa el contacto visual antes de pronunciar las palabras como si fueran una cucharada de sirope.
No me lo tomo a pecho. Me acerco hasta estar justo detrás de ella y alcanzo el grifo para cerrarlo. Entonces, le cojo la mano.
Tiro de ella, pero no se mueve.
Así pues, repito el gesto.
Esta vez viene: vuelve conmigo a la cama, donde se tumba de lado, de espaldas a la ventana, algo que me resulta extraño, teniendo en cuenta lo mucho que le gusta la nieve.
Le quito las botas y me acuesto detrás de ella. La acerco tanto a mi pecho que percibo cada una de sus respiraciones, pausadas, envolviéndola con mis brazos y mi cuerpo. Aunque se relaja pegada a mí, con las piernas entrelazadas a las mías, invade la habitación un pesado silencio.
—¿Quieres hablar de…?
—Ya no está —dice con voz monocorde, como un árbol despojado de su corteza.
«No está…».
Su afirmación se me clava muy hondo.
Vuelvo a cerrar los ojos y, tras tomarme un momento para recobrar la compostura, le beso la coronilla. Me doy cuenta de que contarle la verdad sobre su pasado es inútil cuando parece que ella misma lo está sacando a la luz, quizá yendo paso a paso, pues resulta difícil de asimilar.
Así pues, lo que hago es abrazarla más fuerte que nunca, cantándole Canción del sol silencioso mientras la nieve golpea los cristales de las ventanas y las frías sombras del dormitorio parecen aún más oscuras, como si se estuvieran cerrando sobre nosotros.
O tal vez no sean las sombras, sino la revelación de que ella todavía me amaba. Algo que la alondra que dejó revoloteando en mi habitación no logró confirmar.
Ella. Me. Amaba. Sin embargo, regresó a La Sombra.
Vinculada a mi hermano.
«Consumando su vínculo».
Solo hay una respuesta a este enigma, evidente por la forma en que ha roto nuestro contacto visual antes de mentirme hace un momento, mitigando lo que fuera que revelase con algo que le ha parecido más aceptable.
La alondra de Elluin era una mentira que me creí sin reparos, destinada a protegerme de algo que ella obviamente consideraba peor que romper mi corazón y el suyo.
El menor de dos males.
¿Y qué era?
Este pensamiento que tanto me atormenta me revuelve las tripas mientras el agotamiento acaba haciendo mella en mí, dejando sin efecto la baya de jitung que me ha dado antes Roan y haciéndome sucumbir.