Capítulo 24. Kaan #2
Olvidar las lunas que amenazan el reino que nunca había pensado gobernar hasta que me encontré en el despacho de pah con su cabeza colgando de mi mano. Olvidar las duras verdades que tengo que contarle a Raeve y esperar que no alimenten su sed de sangre. Luego, está mi hermana, Kyzari, Grihm …
—Cómete esto. —Roan me pone delante de la cara algo que se parece mucho a una caca de roedor.
—No.
Pone los ojos en blanco.
—Jitunbaya, parcialmente deshidratada. Te dará un subidón de energía, a menos que quieras desmayarte mientras te saco las estacas. En ese caso, ponte en la cama y empiezo.
Arqueo una ceja.
«No es mala idea…».
El chirrido de unas bisagras paraliza cada célula de mi cuerpo y una ráfaga de viento me trae el aroma de Raeve como un regalo de la propia Clode.
No oigo cerrarse la puerta ni tampoco los pasos de Raeve, pero se me eriza la piel al notar su proximidad.
Mis instintos me hacen consciente de su presencia, al igual que Rygun es consciente de la línea invisible que no puede cruzar cuando vuela muy alto, no sea que la gravedad pierda su control sobre él.
Cojo la jitunbaya-deshidratada-que-parece-una-mierda y me la meto en la boca. Al morderla, frunzo el ceño por la desagradable acidez que explota en mi lengua, mientras miro fijamente la puerta, buscando algún movimiento.
Todo lo demás se desvanece.
Soy vagamente consciente de que Pyrok levanta la tapa de su vial y ordena a Ignos que devore la leña de la ornamentada chimenea, iluminando la habitación con un cálido resplandor. Soy vagamente consciente de que Roan quema las pinzas mientras me pide que me quite la camisa.
Empezando por el cuello, comienzo a desabrocharme los botones y, cuando estoy llegando al diafragma, Raeve atraviesa la puerta como una ráfaga de viento helado, todavía con capa negra y botas y un montón de copos de nieve por el cabello, que le cuelga como un velo negro.
Dejo las manos quietas.
Me muero por sus suaves facciones y no soy capaz de atraer su mirada, que parece escudriñar todo menos a mí…, hasta posarse en la chimenea.
Aprieta los labios.
Se acerca a la mesa y se detiene tan cerca que podría inclinarme hacia delante y descansar la cabeza contra sus costillas si fuera lo bastante valiente.
—El libro está abajo junto a la puerta —dice, y luego levanta una de las botellas de Pyrok, con la mano aún envuelta en ese extraño hilo plateado que está ahí, pero…
no está. Me dispongo a preguntarle por ello cuando descorcha la botella con el pulgar y se la lleva a los labios.
Da un trago largo y, después, frunce el ceño y la mira con la misma expresión que puso Kyzari al probar mi hidromiel en Gore.
Un pensamiento que hace que se me encoja el corazón.
—¡Bien por ello! —se ríe Pyrok chocando su taza contra la botella de ella y apurándola. Luego, frunce el ceño al ver el tenue resplandor plateado y lo señala—. ¿Qué coño es eso?
—Ni lo sé ni me importa —murmura Raeve con la cara desencajada mientras se dirige a la cama botella en mano, aunque obviamente sepa a pis lo que contiene.
Pyrok y yo nos miramos.
—Yaaaa. —Pyrok deja la taza en la mesa con un golpe y la vuelve a llenar—. Pensaba que te habías largado. Otra vez.
Hace un sonido gutural que sugiere que Roan acaba de darle un pisotón.
Me ahorra tener que girarme y pegarle una patada por debajo de la mesa.
Raeve se deja caer en el extremo de la cama. Con los codos sobre las rodillas, se inclina hacia delante, dejando que la botella cuelgue entre sus piernas.
—Me estoy quitando —dice esbozando una media sonrisa que me acelera el puñetero corazón.
Entonces, por fin, me mira a los ojos.
Que me alcanzase un rayo sería más suave, menos impactante que la forma en que me mira, sin pestañear.
Continúo desabrochándome los botones y, cuando llego al último, me abro la camisa. Ella echa un vistazo a mi pecho desnudo, luego levanta la botella y da otro trago.
Alzando una ceja, me quito las mangas. Aunque al moverme siento un tirón en mi costilla que tiene una maldita estaca, me niego a poner una mueca de dolor y tiro la camisa al suelo mientras Roan sigue preparando su espacio de trabajo.
Imito la postura de Raeve; la baya que he comido me llena de energía.
O tal vez sea el fuego que me arde en las venas.
No el de Rygun.
La llama que prendió cuando Raeve destrozó la guarida acuática de la anthe, se paró delante de un montón de agua agitada y miró hacia atrás por encima del hombro, hacia mí, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas, diciéndome cosas con sus ojos que no tengo claro si imaginé, aunque espero que no.
Cuando Roan comienza a frotarme la espalda con un bálsamo desinfectante frío, levanto el puño. Él se detiene.
—¿Algún proble…?
—Ella primero.
Raeve se queda quieta con la botella en los labios y endurece el gesto.
La tensión aumenta.
—Una estaca le atravesó el muslo derecho —aclaro manteniendo el contacto visual con ella—. Ella primero.
Tras un instante de silencio, Raeve resopla, da otro trago largo y estampa la botella en el suelo.
Se acerca a mí tambaleándose con tres pasos lentos, coge las pinzas de la mesa, se abre la capa y levanta la pierna, colocando el pie justo entre mis piernas separadas.
El corazón me late tan fuerte y rápido que estoy seguro de que está a punto de estallar.
Entonces, clava las pinzas en el agujero ensangrentado de su muslo.
—Joder, Raeve.
Busca a tientas, tensa la mano alrededor del instrumento y, sin pestañear, arranca la estaca y la deja caer sobre la mesa junto con las pinzas.
Se limpia la sangre de las manos con la capa y se inclina tanto sobre mí que me ofrece una vista poco agradable de su herida abierta, de la que ahora brota sangre lentamente.
Aparto la mirada.
Coge un tubo de hilo, del que arranca un trozo con los dientes, soltando lo que sobra, y enhebra una aguja en forma de gancho.
Después, vuelve a la cama, donde se sienta y se rasga el agujero de los pantalones.
Luego, rocía la herida con el licor de la botella; sé que debe de doler, pero ella se muestra impasible, da otro sorbo y vuelve a dejar la botella en el suelo, entre sus pies.
La miro con incredulidad mientras se clava la aguja en la piel y empieza a coserse la herida. Con cada tirón de carne, mana sangre y el hilo luminoso que le envuelve la mano y la muñeca brilla a la tenue luz.
—Bien —dice Roan aclarándose la garganta—. Eso me ahorra trabajo.
—Y me recuerda que tengo que volver a ponerme los malditos pendientes —murmura Pyrok inclinándose hacia atrás para rebuscar en su bolsillo.
Roan me da un codazo.
—Échate hacia delante.
Obedezco, apoyando los codos en las rodillas y esforzándome por mirar a Raeve curándose a sí misma con puntadas mal dadas. Estoy bastante seguro de que me está diciendo algo, aunque probablemente ella no se dé cuenta.
Apenas me fijo en que Roan limpia las pinzas y vuelve a pasarlas por el fuego. Apenas advierto que hunde las pinzas en cada herida, agarra las estacas y las saca. Estoy demasiado absorto en el modo en que las largas pestañas de Raeve ensombrecen sus gélidos ojos, dándoles un tono más oscuro.
Sus labios fruncidos, la curvatura de su mandíbula, la intensa concentración de su rostro…, todo ello forma una dura coraza que oculta lo que se esconde debajo.
Tira del último punto y lo ata con un nudo, utilizando una de sus dagas para cortar la aguja mientras a mí me sacan la última estaca de la costilla.
Las canciones de Ignos y Bulder me golpean de lleno de un modo muy grato y, respirando hondo, murmuro una orden.
—Fuera.