La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 25. Kaan
24%

Capítulo 25. Kaan

Kaan

R aeve levanta la vista.

Al darse cuenta de que mi orden no iba dirigida a ella, alcanza la botella que tiene entre las piernas.

Da otro trago.

—Sin ánimo de ofender, estas heridas sangran bastante —dice Roan limpiando con un paño la sangre que me gotea por la espalda—. Si no las cierro con un grabado o, como mínimo, las coso, tal vez…

— Sishath, Ignos. Heith asha veh shiel zuisten juth-ah.

Raeve se pone rígida y desvía la mirada cuando una mano ardiente emerge del hogar como una flor naciente mientras Ignos sisea con un júbilo voraz.

Listo para darse un festín.

— Zist av shún …

Roan se aparta justo a tiempo de esquivar la mano de fuego que se extiende hacia mí y presiona mis heridas con sus cinco dedos.

Uno por cada una.

Aprieto los dientes y aguanto el fuego que me cauteriza y el olor a carne quemada…, cosas ambas que solían postrarme, atormentado por los recuerdos de pah azotándome hasta destrozarme mientras me ordenaba que tomara el control .

Una vez que estoy completamente derretido y sellado, persuado a Ignos de que se retire de nuevo al hogar y se eleve por la chimenea, para disminuir el calor de la estancia mientras los dos hermanos salen dejando todo tras ellos excepto el alcohol.

La luz fría favorece a Raeve. Resalta sus ojos, que semejan piedras preciosas, y la crudeza de las sombras acentúa sus ya de por sí regias facciones. Tiene el tipo de belleza que hace girar cabezas y deja corazones rotos…, y ella ni siquiera se da cuenta.

—Eres deslumbrante —le digo.

Se le forma una leve arruga entre las cejas. Aparte de eso, no se mueve.

—No te lo dije lo suficiente. Algo de lo que me arrepentí cada dae durante más de cien fases.

No hay respuesta.

La puerta principal se cierra con un clic y, a pesar del silencio glacial de Raeve, me relajo, cómodo en nuestra atmósfera compartida. Es una sensación que me hace querer recostarme en la cama con ella pegada a mi pecho, cerrar los ojos y olvidar todo lo que no pertenezca a esta habitación.

Aunque ella parece más partidaria de cometer una serie de asesinatos que de dejar que la envuelva en mis brazos.

Suspirando, cojo el cuenco de arcilla y lo pongo en el taburete vacío a mi lado. Sumerjo un paño en el agua y empiezo a limpiarme el pecho y los brazos. Me inclino hacia delante para volver a mojar el paño y eliminar la suciedad.

Solo cuando Raeve se arrodilla entre mis piernas separadas, dejándome sin aliento al tiempo que me coge la mano, me doy cuenta de que estoy temblando.

Me aclaro la garganta mientras ella me retira los dedos del trapo y me lo quita. Aun así, cuando me lo pasa por la clavícula y baja hacia mi esternón, sus ojos son como témpanos de hielo.

Sus movimientos… tiernos .

Se me eriza la piel con cada una de sus lentas caricias.

—Nunca antes me habías lavado… —Tampoco la había visto moverse con tanta delicadeza y lentitud, en contraste con su arrolladora energía.

Advierto algo en sus ojos.

Sumerge el paño de nuevo y se centra en mi pectoral derecho.

—¿Todavía quieres que estemos juntos, Kaan?

Aunque sus palabras son tan implacables como su expresión, mi respuesta es amable, inmediata.

—Siempre.

Levanta las pestañas y deja la mano quieta cuando cruzamos la mirada. El corazón se me acelera con tal violencia que parece como si una espada lo hubiera atravesado.

—Tú y yo. No Elluin. Yo .

— Siempre —repito con todo mi ser.

Desvía la mirada y continúa pasándome el paño por el pecho.

—Entonces, tengo que dejar algo muy claro. —Vuelve a inclinarse, con la mirada fija en su tarea—. Si mueres, no pienso quedarme callada guardándote luto.

Siento una opresión en el pecho, justo debajo del paño que ahora me pasa por el pectoral izquierdo.

—Rayo de Luna…

—No pienso limitarme a aceptar tu ausencia como pago por el privilegio de haberte tenido, ni voy a mostrar la compostura de la que tú haces gala —suelta con regia entereza mientras moja el paño.

Escurre el trapo con tal fuerza que se le ponen blancos los nudillos—.

Arrasaré el mundo para vengar tu muerte, Kaan Vaegor.

El ser egoísta que llevo dentro está a punto de rogarle que repita sus palabras, una y otra vez, hasta que parezcan reales.

La habitación pierde todo su calor, haciendo que se me erice el vello de los brazos a pesar de que el paño lo alisa.

—Mi nombre se convertirá en una maldición que la gente no se atreverá a murmurar por miedo a que aparezca cual bestia rabiosa en busca de venganza —gruñe con una brutalidad que me pone los pelos de punta—. Me alimentaré de la carne de cualquiera que se atreva a susurrar una mala palabra sobre ti.

Le sujeto la muñeca con una mano y la barbilla con la otra, inclinando su cabeza para verle los ojos. Frunzo el ceño al ver sus pupilas, algo dilatadas y moteadas de luz. Sin embargo, al mirarlas, se contraen y los destellos se desvanecen tan deprisa que me pregunto si de verdad los he visto.

—Ya te lo he dicho, Rayo de Luna, la venganza es la deidad más solitaria de todas. —Suavizo el tono—. Pensaba que a estas alturas ya te habrías dado cuenta.

—Soy dura de mollera —replica ella, y levanto una ceja—. Además, esta historia tiene una moraleja destinada a evitar que hagas una estupidez, como lanzarte bajo una lluvia de estacas silenciadoras de los Creadores destinadas a acabar conmigo.

«Ah».

Miro mis manos, llenas de heridas, seguro de que si Raeve supiera cuántas vidas he arrebatado con ellas, cuántos cuellos he roto y rebanado, estaría menos preocupada por mi bienestar. En realidad, solo hay dos heridas a las que no sobreviviría:

Perder a mi dragón, que ahora mismo está muy enfadado agitándose de un lado a otro por el cielo.

Perderla a ella .

Su respiración se vuelve agitada cuando tomo su mano entre las mías y me la acerco para besarle la parte interior de la muñeca.

—Con todos mis respetos… —murmuro con la suavidad de una nana mientras la miro—, te resultaría más fácil hacer girar el mundo al revés que convencerme de que anteponga mi vida a la tuya.

Entreabre los labios, sin duda preparándose para lanzarme unas palabras incendiarias. Pero no quiero su hostilidad, no ahora.

Le separo los dedos del paño con suavidad. Aunque frunce el ceño, lo suelta.

—¿Qué estás…?

—Dices que eres dura de mollera, pero yo sé que no es cierto. —Mojo el paño y, tras escurrir el exceso de agua, le limpio la sangre que tiene alrededor del fino corte de la mejilla mientras se le tensa todo el cuerpo.

Traga saliva, mirándome con una determinación feroz, y sus siguientes palabras suenan ásperas:

—Ilústrame.

—Cuando llegaste a Dhomm, no dominabas el idioma de Bulder, a pesar de que lo oías alto y claro.

—Mojo el paño de nuevo, lo escurro y empiezo a limpiarle el hollín y las salpicaduras de sangre de la frente y la nariz—.

Como no tenías motivos para priorizarlo, te dedicabas a perfeccionar otras canciones que se consideraban más útiles, teniendo en cuenta dónde residías antes.

—Le limpio la piel entre las cejas fruncidas, alisándola, y vuelvo a pasarle el paño por la mejilla—. Así pues, te di clases.

Advierto un destello en sus ojos cuando dirige la vista lejos de mí, hacia la ventana.

—Clases…

—Sí, padecías una… enfermedad. —«Agravada por la Piedra Éter»—.

Por eso, nos centramos en órdenes pequeñas que no te cansaran.

—Deslizo el paño por la delicada piel de su cuello, limpiando más manchas y salpicaduras de sangre.

Y, aunque sigue con la vista fija en algún punto a mi espalda, echa la cabeza hacia atrás, facilitándome el trabajo.

Una victoria monumental que no quiero hacer notar por miedo a que se escabulla.

—A pesar de tus reveses, lo que a mí me llevó tiempo aprender tú lo aprendiste en cuestión de daes. Bulder era arcilla en tus manos.

«Igual que yo».

Vuelvo a mojar el paño y me pongo a limpiarle la otra mejilla.

—Eres mucho más inteligente de lo que crees. Sin duda, lo bastante como para saber que esta discusión no lleva a ninguna parte.

Para suavizar el golpe, me inclino hacia delante, atreviéndome a rozar ligeramente su sien con los labios. Cuando me aparto, lo justo para mirarla a los ojos, veo que cierra los párpados.

Un ligero debilitamiento de su dura coraza.

Incapaz de esconder la media sonrisa que se me escapa, le aparto el pelo del hombro para poder limpiarle el cuello.

—Te equivocas.

«Ya estamos».

—¿Por qué, Rayo de Luna?

—Dices que aprendo rápido, pero, si fuera así, no estaría haciendo esto. —Se endereza, se desabrocha la capa y se la quita, dejando al descubierto una fina camisa negra abotonada hasta la clavícula.

Se me detiene el corazón.

La ligera tela le marca las curvas y deja entrever sus pechos descaradamente, pues no lleva nada debajo.

Caería de rodillas de no estar ya sentado.

Me coge de la muñeca y, tras quitarme el paño, se lleva mi mano a su cintura. Una suave caricia a la que no soy inmune, ni siquiera en mi estado de debilidad.

Ni aunque estuviera resollando con mis últimos estertores.

—¿Y por qué dices eso? —le pregunto con voz ronca mirándola a los ojos, dos ranuras de un azul vibrante enmarcadas por sus densas pestañas.

—Porque tu tacto… me descoloca, me impide pensar con claridad. Algo de lo que soy muy consciente. —Desplaza mi mano hacia arriba hasta que casi le cubre el pecho derecho, con los pezones tan duros que parecen querer atravesar la tela—. Y sin embargo…

«Y sin embargo…».

Bajo la mirada a mi mano y vuelvo a levantarla.

Veo el desafío en sus ojos.

—¿No decías que ya no te quedaban banderas blancas?

Contrae el labio superior, enseñando los dientes.

—Que les den a las banderas blancas.

—Entonces, dime que pare —gruño entre dientes levantando la mano hasta rozarle el pezón con el pulgar, haciendo que escape de sus labios un leve gemido, lo que me calienta la sangre, como si ella acabara de verter lava por mis venas.

Arquea la espalda, una silenciosa petición de su cuerpo para que me arriesgue. Demasiado silenciosa.

«No es suficiente».

Le aparto el pelo de la cara mientras le acaricio el pezón con el pulgar y el índice, susurrándole al oído:

—Si crees que soy tan malo para ti, dime que pare.

Tiembla, tirando de mí hacia ella, y se le comienza a acelerar la respiración.

Sigue estando demasiado callada.

Sigue sin ser suficiente .

Me muevo hasta rozar con los labios su pómulo izquierdo.

—Dime que pare, Rayo de Luna. —Le inclino la cabeza a un lado y le susurro a lo largo de la línea de su mandíbula—. Puedes recuperar tu silencio y yo volveré a amarte desde la distancia, dedicando cada latido de mi corazón a desear que me dejes meterme bajo tu piel…

Me agarra la cara y me acaricia la barba.

Y me besa con la fuerza de una avalancha.