La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 24. Kaan
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Capítulo 24. Kaan

Kaan

P yrok y Roan vienen detrás de mí por el patio, siguiendo mis huellas en la nieve mientras se van soltando pullas que apenas distingo por el repiqueteo de los copos al caer.

Subo por la robusta escalera del pabellón verde hacia la fría claridad de un orbe que cuelga del ornamentado alero, tiro mi bolsa y me agacho para recoger un poco de nieve.

La uso para limpiar la sangre y la suciedad que llevo incrustadas en las palmas de las manos, ya que no quiero manchar la casa de mah con las vidas que he arrebatado.

Tengo las manos limpias desde hace rato cuando me armo de valor para levantarme y girar el pomo de la puerta…

, que se abre con un chirrido de las bisagras.

Con el corazón en un puño, cojo mi bolsa y entro en el vestíbulo, respirando un aire viciado ligeramente endulzado por el lejano aroma de las bayas de mah.

Supongo que las paredes han acabado por olvidarla. Algo que duele más que las malditas estacas que llevo en la espalda.

Me aclaro la garganta y dejo la bolsa en el suelo mirando alrededor. La distribución es similar a la de la casa que le pedí a Bulder que construyera para mah más cerca de las llanuras.

Copiada de esta, por supuesto, porque quería que se sintiera como en casa cada vez que viniera.

Como su verdadero hogar.

Sonrío al recordarla entrando por aquella puerta por primera vez y posando su mirada en mi torpe imitación.

Recuerdo que me regañó cuando le supliqué enderezar las paredes una vez que mi tartamudez cesó.

Fue como si me hubiera amenazado un huggin; algo entrañable, dado que lo único que son capaces de hacer en realidad es abrazarte hasta matarte.

A ella le encantaba aquella casa. Eso no cambia el hecho de que la mía es un montón de mierda de dragón en comparación con esta, impecablemente cantada.

Me agacho, con la llama de Rygun aún rugiendo en mis venas, y acaricio los grabados del suelo: dragones, flores y enredaderas, una oda perfecta al tierno corazón de mah, tallados por ella misma mucho antes de vincularse con el monstruo que me engendró.

Se me borra la sonrisa al trazar la forma de una flor que acuna a un siegasables…

Su ausencia se vuelve más palpable entre estas paredes tan marcadas por su ingenuidad. Esa alma gentil y bondadosa que pensó que podría suavizar las aristas de pah; atraída irremediablemente por él a pesar de sus diferencias morales. Pero me pregunto…

Si hubiera sabido la masacre que sus descendientes iban a causar en el mundo, incluyéndome a mí, ¿habría elegido el mismo camino? ¿Lo habría rechazado a él?

¿Se habría quedado aquí, entre estas montañas que tanto amaba?

¿Habría vivido ?

Reprimo esos pensamientos, me enderezo y, apoyándome en la pared, empiezo a descalzarme justo cuando Pyrok y Roan irrumpen por la puerta como si esta fuera a cerrárseles en las narices, sacando los codos y aún riñendo.

Cuando por fin entran, Roan se quita las botas que le ha prestado Pyrok y, con total tranquilidad, pasa junto al asiento bajo en dirección a la encimera de la cocina. Ahí empieza a sacar provisiones de la doblez de su túnica más tieso que un resorte.

—Tú, eh…, ¿crees que se ha largado con el libro?

—Lo más probable —murmura Pyrok quitándose las botas sin mirar con la punta del otro pie mientras rebusca en su cesta: suficientes botellas de licor como para tumbar a un ejército.

Se dirige al asiento y se deja caer en él, todavía sopesando sus opciones—.

Tenía una mirada muy rara al bajar las escaleras, como si huyese de algo.

«Correcto».

Ni siquiera el más experimentado de los poseedores de un abalorio azul podría hacer lo que Raeve hizo en la guarida de la anthe sin que le pase factura. El hecho de que aguantara tanto tiempo es un auténtico milagro.

Algún dae me dejará ver sus grietas. Hasta entonces, me saciaré con sus respiraciones entrecortadas y sus cejas fruncidas, con cómo se le abren ligeramente los ojos antes de cerrarse en banda, el tenso silencio cada vez que su mente cambia de rumbo.

—Así que sí, creo que se ha ido, junto con tu preciado libro —continúa Pyrok. Descorcha una botella y, tras dar un trago, susurra las siguientes palabras—: De este modo aprenderás a no ser un ladrón de mierda y acabar condenado.

Reprimo un suspiro mientras Roan suelta un gemido con los dientes apretados.

—Por última vez, no pretendía robarlo, solo verlo. Dudo que lo entiendas, ya que ni siquiera tengo claro que sepas leer.

—Sé leer perfectamente, pero no le veo sentido a basar mi existencia en las palabras garabateadas por unos vejestorios que se pasan el tiempo masticando gemas de rocadragón para prolongar su vida —dice Pyrok arrastrando las palabras, y da otro trago—.

Y confío en ti tanto como en el contenido de esta botella.

—Cierra un ojo y mira fijamente la boquilla—. Sabe a meado de dragón.

«Joder, van a ser unos daes muy largos».

—Ya volverá —murmuro colgando mi túnica en un gancho de la pared—. Con el libro. Sabe lo importante que es, dada la protección que podría ofrecer frente a las próximas caídas lunares.

El silencio bulle mientras Roan retoca sus útiles para sanarme, lanzando miradas a su hermano. Aún tiene que pasar las pinzas por el fuego, preparar tinturas y bálsamos y desinfectarse las manos.

Todo eso lleva tiempo.

No dice nada bueno de mí que siga aceptando la fuerza de Rygun ahora que estoy a salvo, pero, si lo excluyo mientras espero a que me saquen las estacas y graben la piel, estoy casi seguro de que tendré que confiar en que Pyrok me suba por las escaleras para descansar.

Lo miro ahora jugando con una bola de fuego, todavía dando tragos de la botella.

Una palabra equivocada y se convertirá en una antorcha.

Ya lo bastante herido, paso junto a los hermanos, cojo mi bolsa y me dirijo a la escalera.

Nada más pisar el rellano, sofoco la llama y la fortaleza de Rygun, así como todo lo demás que me ha infundido.

Luego, tiro abajo una pared y utilizo casi todas las fuerzas que me quedan para levantarla de nuevo fortalecida.

Él grita tan fuerte que las ventanas tiemblan, llenando el barranco con su estruendosa ira, como si un volcán próximo acabara de entrar en erupción.

« Dath doon ah —digo por dentro a pesar de que pierdo el equilibrio y se me cae la bolsa, pues me tambaleo tanto que mi hombro choca contra la pared—. Dath doon ah, Rygun » .

«Estamos bien».

Lo veo todo negro y el agotamiento me golpea como una tabla de madera en la cabeza. Es tal el cansancio que supera el dolor de las heridas en mi carne y huesos, de las estacas que se me hunden más cada vez que respiro.

—Maldita runa de sangre —murmuro avanzando por el pasillo en dirección al dormitorio principal, por cuyo ventanal se cuela un colorido haz de luz.

La gran cama adoselada junto a la pared del fondo me está llamando, pero, en cuanto toque esas gruesas pieles de color rojizo, probablemente caeré en coma.

Rygun vuelve a rugir. Su ira sacude mi muro interno mientras me acerco a duras penas al ventanal. La mesa de piedra y las sillas que hay debajo parecen decorativas y me da miedo romperlas, por lo que me siento aliviado al comprobar que soportan mi peso.

El tiempo se desdibuja a la vez que mi visión se vuelve cada vez más borrosa. Las sombras de miles de copos de nieve me hipnotizan, haciéndome entrar en trance.

La barbilla me cae dos veces sobre el pecho antes de que Roan entre cojeando en el dormitorio con la cesta de Pyrok, ahora lle­na de útiles de sanación. Su hermano entra tras él con mi alforja colgada al hombro, tres botellas en un brazo y una taza en la otra mano.

—¿Se traslada aquí la fiesta?

Gruño, incapaz de mantener los ojos abiertos. Él tira mi alforja junto a la cama, se sienta en la otra silla y comienza a dejar sus cosas sobre la mesa.

—Estás hecho una mierda.

«Tiene sentido. Me siento hecho una mierda».

Pyrok saca un trozo de carne seca de su bolsillo y me lo agita delante de la cara.

Hago acopio de fuerzas y lo aparto, pues no tengo tanta hambre como para comer nada que haya estado ahí.

—Tú te lo pierdes —dice hincándole el diente mientras, con la otra mano, intenta quitarle el corcho a una botella.

—Permíteme que discrepe.

Roan coloca sus útiles y, luego, se dirige al lavabo, llena un cuenco con agua y lo deja a mi lado. Lo veo demasiado sereno para haber sido azotado por el fuego este dae.

—Primero cúrate las heridas, Roan. Vas a necesitar fuerzas para grabarme.

Agita bajo mis fosas nasales una tira plana marrón, mustia y con algunos pelos que huele a huevos podridos, lo que está a punto de hacerme vomitar, devolviéndome a la plena conciencia con la misma eficacia que si me hubiese dado un puñetazo en la nariz.

—Llevo vaciando el dolor de mi mente desde que me subí a lomos de Maell —dice entrecerrando los ojos para mirarme a través de sus gafas destrozadas, como si estuviera comprobando si me entero de las cosas—. Vuela tan erráticamente como una alondra de papel. Casi me desmayo dos veces.

—Bastardo desagradecido —murmura Pyrok con la boca llena mientras se sirve más licor en la taza—. La próxima vez, puedes montarte en su tracto digestivo.

Roan se aparta el pelo de los ojos y mira por encima del hombro, con la cosa que tiene en la mano a punto de golpearme la boca.

—Sinceramente, sería más divertido. Si volaras sobrio de vez en cuando, la ayudarías a llevar un ritmo más suave.

Pyrok estampa la botella contra la mesa, le pone el corcho y lo presiona con el puño.

—Podrías meterte tus consejos por el culo.

Suspiro y le aparto la mano a Roan.

—Si vais a volver a pelearos, podéis iros al pabellón azul. Ya buscaré a alguien que me saque las estacas.

O… puedo irme a dormir. Olvidar, por un momento, que acabo de provocar una guerra con el Triconsejo.