Capítulo 23. Raeve #2
Mirarlo… duele . Es como si me hubiesen clavado un gancho en una costilla y tiraran. No sé por qué, ni entiendo la razón por la que de repente me siento tan desesperada por ver a Kaan tocar una melodía con esas oscuras cuerdas.
—El laúd de Zior —murmura Kaan observando a Siharna con cautela.
—Sí. —Ella lo sostiene en alto—. Él solía tocar para ella. Yo nunca aprendí.
Kaan duda y deja las manos colgando a los costados.
—¿Alguien lo ha tocado desde…?
Korie suelta otro grito, tan agudo que hace que enderece la columna.
Siharna presiona el instrumento contra el pecho de Kaan, que levanta la mano para agarrar el mástil mientras ella da media vuelta y sale apresuradamente de la estancia tambaleándose por el dolor.
Kaan se queda inmóvil mirando el laúd en su mano, cubierta de sangre seca. Abre la boca, como si se dispusiera a hablar, pero se muerde los labios y sube las escaleras en silencio con gran aplomo a pesar de su dolor.
Sereno a pesar de la discordia, de la muerte.
A punto de cantarle a una niña para que se duerma a pesar de tener medio mundo sobre sus malheridos hombros.
Y me pregunto cómo pude creer que no enamorarme de este hombre era una opción, cómo pude creer que era capaz de alejarme de su atmósfera.
Cuando llega a la entreplanta, desaparece de mi campo de visión mientras Korie sigue llorando.
Pyrok y Roan continúan rebuscando en la alacena, discutiendo en voz baja, mientras que yo me quedo junto a la puerta, mirando al suelo, a las paredes…
, sin saber qué hacer con mis manos, con mis pies… , con nada .
Y entonces Kaan empieza a tocar. Una melodía pausada y dulce que desciende hasta mí y rasga las ya deshilachadas cuerdas de mi corazón, sacudiéndome hasta lo más profundo.
Hace que algo dentro de mí cruja, gima y…
Se mueva .
Mis pies se desplazan solos. Subo las escaleras y cruzo el parco altillo, pasando junto a la desaliñada niñera de Korie, que inclina la cabeza cuando nos cruzamos.
Al llegar a una ráfaga de luz cálida que se cuela por una puerta abierta, apoyo la mano en el marco y miro por la rendija: una habitación cuidadosamente amueblada y decorada en tonos amarillos, con pequeños fundefauces hechos a mano y unas cuantas lunas colgando del techo.
Y, bajo un majestuoso cabecero bellamente esculpido, está Korie, acurrucada en una colcha color crema.
Tiene el pulgar en la boca mientras solloza entre jadeos y se le ha enrojecido la piel alrededor de sus grandes ojos verdes a causa de las lágrimas.
Me muevo un poco para seguir su mirada y veo a Kaan en el suelo con una pierna estirada, las cejas fruncidas y unos cuantos mechones de pelo sueltos que enmarcan sus robustas facciones.
Está apoyado contra la pared a pesar del dolor que tengo claro que siente.
Un poderoso guerrero salido directamente de un sangriento campo de batalla y trasladado a este pequeño dormitorio de colores y formas suaves acunando el preciado instrumento como si tuviera latido propio.
Una extraña sensación de familiaridad me oprime el pecho y se me forma un nudo en la garganta. Me siento como si estuviera mirando un cuadro que he visto antes, pero no recuerdo cuándo ni dónde. Solo sé que lo he visto.
Él levanta los ojos.
Cruzamos la mirada con la fuerza de estrellas chocando… Entonces, abre la boca y canta: tiene una potente voz de barítono diferente a cualquier otra que haya oído antes, con la profundidad y la firmeza de Bulder, suavizada por una tristeza que llueve y cala hasta el alma.
Descarnada.
Agonizantemente bella.
Siento un cosquilleo en la piel y escozor en los ojos. Me duelen todos los músculos del cuerpo y me dan ganas de hacerme una bola y plegarme alrededor de mi corazón inflamado como una alondra de papel.
Una sensación que no hace más que intensificarse cuando él desvía la mirada de mí hacia Korie con la misma ternura que un dragón protegiendo su nido.
Observo a la niña, ya con la respiración más pausada y parpadeos más lentos. La tristeza ha desaparecido de su rostro. Y, por alguna razón desconocida, todo eso…
Duele.
Toda la escena duele .
Me doy la vuelta y bajo las escaleras rápida y sigilosamente, pasando junto a Pyrok, que frunce el ceño mientras sostiene una cesta con botellas de aspecto dudoso.
En cuanto salgo por la puerta principal, lleno mis pulmones con una bocanada de aire frío, pero no alivia la opresión que siento en el pecho. Una opresión que me recuerda a…
«Mi Otra».
«Mierda».
Atravieso el patio a toda velocidad y pido a los guardias que me dejen salir mientras todas las cosas que me guardo dentro comienzan a chocar entre sí, mientras algo… se desata .
El pánico que siento aumenta a la vez que la presión de lo que sea que esté golpeando mi superficie.
—Por todos los Creadores —murmuro, dando un pisotón en el suelo al ver que las barras se levantan más despacio que la aurora, medio convencida de que estos guardias están a punto de convertirse en comida para la Otra.
«Tal vez si no miro dentro de mí… ella se limite a quedarse donde tiene que estar».
Apretando los dientes, empiezo a caminar de un lado a otro, dando vueltas cortas y bruscas, hasta que las barras se levantan lo suficiente como para que pueda tirarme al suelo y rodar por debajo de ellas.
Y echo a correr, subiendo los escarpados escalones de dos en dos, y apenas he pasado la jaula de árboles cubiertos de nieve cuando se oye el crujido y el chapoteo de mi lago helado resquebrajándose…
Sin embargo, no se trata de la Otra.
Me golpea de lleno una visión.
Un recuerdo .
Paso los dedos por las sábanas de Kaan, por su almohada. Toco con delicadeza las cuerdas de su hermoso laúd, conmovida por la melodía, que me hace añorar su voz, su presencia…
A él.
Trago saliva y aprieto con fuerza la alondra que tengo en la mano. No aletea en busca de libertad, a pesar de que yo misma he doblado cada uno de sus pliegues como es debido.
Con cuidado y precisión, con todo el amor que el mensaje en sí no expresa.
Quizá la alondra sepa que no quiero liberarla, que no quiero que Kaan lea las palabras que alberga.
Debería decir «Te quiero» más veces que estrellas hay en el cielo. Debería decirle que va a…
No.
Esta es la única forma de protegerlo, la única forma de mantenerlo con vida.
Las cuerdas siguen vibrando con diversión mientras aparto la mirada del laúd y me saco el málmr de Kaan del bolsillo. No me atrevo ni siquiera a mirar por última vez la preciosa talla antes de dejarla sobre su almohada.
Suelto la alondra y me doy la vuelta mientras el revoloteo de sus alas de pergamino me pisotea el corazón. Un destello de dolor y luego… nada, como si el órgano se hubiera rendido.
Tal vez nunca vuelva a sentir nada.
Tal vez no lo merezca…
Suelto un gemido y se me acelera la respiración, haciendo que me dé vueltas la cabeza.
«¿O es el mundo el que da vueltas?».
Caigo al suelo, golpeándome la espalda contra las piedras del acantilado. Clavo los dedos en la nieve, luchando por que mis pulmones se contraigan más profunda y pausadamente.
Inspiro por la nariz, espiro por la boca.
«Repite».
Con cada inhalación, me concentro en ensanchar mi caja torácica, tratando de hacer suficiente espacio para tragarme el recuerdo y la oleada de emociones que me invaden.
Sin embargo, cada vez que inspiro, se me escapa el aire, como limo escurriéndose entre mis dedos.
Culpo a esa maldita piedra en forma de lágrima. Culpo a los fragmentos del lenguaje macabro de Rayne que infestan mi organismo, ablandándome, cuando antes era absolutamente dura, absolutamente estable.
Cuando todo eso estaba guardado, escondido .
Culpo a mi lago, ahora unos metros más bajo de lo que estaba antes de este último embate del pasado. Parece que se esté drenando poco a poco, revelando más de… todo .
Meto la mano en el bolsillo de mi capa, agarro el málmr de Kaan y aprieto . Soy dolorosamente consciente de la infinidad de lastres que aún quedan amontonados en la guarida de mi Otra; este recuerdo es tan solo un guijarro.
Un simple punto en un cielo lleno de estrellas.
Recuerdos que tenía pensado ignorar el resto de mi existencia, pero tal vez eso fuera una ilusión…
Tal vez los mayores errores de Elluin estén condenados a atormentarme, a alzarse y golpearme hasta dejarme magullada, hasta que sea lo bastante fuerte para el hombre que ha capturado mi frío y duro corazón y digna de él.