Capítulo 23. Raeve
Raeve
M e mantengo a dos pasos de Kaan mientras bajamos por la empinada escalera que comunica las guaridas, observando cada movimiento de sus anchos hombros, cada contracción de manos y cada arrastrar de botas como si fuera una bestia al acecho.
Entiendo que su motivación para quedarse en la cabaña del guardián no tiene tanto que ver con no causar molestias como con la proximidad de esta a la guarida de Rygun.
Es algo que no ayuda en nada a calmar la gran intranquilidad que vuelvo a sentir, como una llamarada de dragón en el pecho.
Tampoco lo hacen los agujeros sangrientos en la espalda de su túnica blanca de runi, agujeros que cuento una y otra vez.
Cinco.
Cinco estacas de hierro que iban destinadas a mí y ha interceptado.
Vamos por la mitad de camino cuando Kaan comienza a recorrer con la mano la pared de piedra, como si tratara de estabilizarse.
Segura de que está a punto de caer por el acantilado, me acerco y alcanzo una correa de su alforja.
Él la aprieta tanto que el cuero cruje, la levanta y se la echa al hombro.
—Tendría que estar muerto para permitir eso —gruñe sin siquiera mirar atrás—. Incluso entonces, te costaría mucho arrancármela de los dedos por fríos y rígidos que estuviesen.
Me enfado y respiro entre dientes.
«Qué terco es».
Recogemos a Roan y Pyrok de la guarida inferior en la que se ha instalado Maell y nos dirigimos al pueblo, donde las escaleras son menos empinadas y el doble de anchas, flanqueadas por unos árboles retorcidos cubiertos de nieve con multitud de orbes de luz.
Y, junto a los caminos, hay unas casas alegres que parecen castillos de piedra en miniatura, con coloridas ventanas iluminadas y una chimenea que despide un humo especiado que perfuma el aire como una botica.
Cuando el camino se abre, Siharna se detiene, se dobla sobre sí misma y apoya la mano contra la pared que tenemos a la izquierda mientras toma aire despacio, inspirando por la nariz y exhalando por la boca.
Kaan desprende una oleada instantánea de calor y se endereza. Aparta a Pyrok a un lado y se abre paso hasta posar la mano en el hombro de Siharna…
—No pasa nada —masculla esta levantando la mano—. Si tú puedes llevar tus alforjas con esa pinta de estar a punto de caer fulminado, yo también puedo seguir.
Casi me arrodillo ante ella.
La mujer se aclara la garganta y sigue adelante, tambaleándose tanto que se le menea la trenza a un lado y a otro.
—Faltan siete ciclos y ya se está haciendo notar. Bien saben los Creadores que también me va a poner a prueba.
Pyrok suelta una risita mirando de reojo a Kaan.
—Por si no lo has pillado, iba por ti.
Kaan gruñe y me echa un vistazo con esos ojos que semejan una tormenta de fuego antes de seguir adelante.
Continuamos por la curva del camino hasta llegar a un arco de piedra esculpido con forma de dos fundefauces acurrucados sobre una serie de barras metálicas entrecruzadas. Los guardias que hay a sendos lados golpean el suelo con su grueso bastón de madera y, llevándose el puño al pecho, gritan:
— ¡Hagh, aten dah!
Las barras se elevan lentamente con sacudidas, como una mandíbula abriéndose. Eso me recuerda a… otras cosas.
Hago crujir mi cuello, incapaz de calmar la parte rota de mí medio convencida de que estoy a punto de entrar en una arena de batalla llena de azufre, de machacarme la conciencia hasta convertirla en una masa sanguinolenta de carne quemada y trozos de cráneo.
Siharna pasa al interior seguida de Kaan. Tratando de ver con mis propios ojos que no se trata de una trampa, me acerco con cautela.
Ignorando la mirada inquisitiva de Kaan, me adentro en un patio cubierto de nieve sobre el que se alzan numerosos edificios apiñados, como un colorido rompecabezas, cada uno con su propio carácter.
Las barras de la verja se cierran con un pesado golpe, dejándonos encerrados.
Miro alrededor, con la mano temblando en la empuñadura de una daga. Solo me doy cuenta de que estoy gruñendo cuando Kaan se acerca tanto como para hacerme erizar la piel.
—Estamos a salvo, Rayo de Luna. —Sus ardientes palabras roncas me acarician el oído—. Hablaba en serio al decir que no hay necesidad de armas. Este es un lugar pacífico.
No respondo, segura de que, en cuanto abra la boca, escupiré una llamarada de palabras. No obstante, por respeto, retiro la mano de la funda de mi daga mientras observo a Siharna dirigirse hacia un edificio de tonos amarillos por cuyas ventanas se aprecia una cálida luz.
—Por aquí —dice sin volverse.
Kaan pasa junto a mí rozándome, fuego contra mi hielo. Ese contacto me cala hasta el tuétano y, apretando los dientes, vuelvo a examinar los agujeros llenos de sangre de su túnica.
—Podéis quedaros en el pabellón verde —añade Siharna señalando a nuestra espalda un pequeño edificio cubierto de musgo en el extremo norte, de formas delicadas y medio tapado por una enredadera de color rojizo, con grandes ventanas de tonos empolvados—.
Mi hermana, que los Creadores acojan su alma, no lo habría querido de otra manera.
«¿Se refiere a la mah de Kaan?».
Cuando vuelvo a mirar hacia delante, advierto que los movimientos de Kaan son más rígidos que antes. Como si un enorme ser se hubiera posado sobre sus hombros y le hubiera clavado sus garras bien hondo.
—El pabellón azul también está libre y es idóneo para Pyrok y Roan —continúa ella mientras sube por una escalinata hacia una entrada en forma de arco.
Las siguientes palabras le salen entrecortadas—.
Pero ninguno de los dos cuenta con el material necesario para extraer esas estacas y cerrar las heridas.
Un guardia abre la puerta de par en par y, al ver pasar a Siharna, frunce el ceño.
Impregnados por el apetitoso aroma de lo que parece ser sopa de verduras, la seguimos hasta una sala elevada que recuerda a la cabaña de montaña a la que me llevó Kaan, pero con líneas más rectas y muebles de tonos más cálidos.
Aunque es difícil concentrarse con los gritos de Korie retumbando por las paredes, un sonido que me sacude como si tuviera un instrumento en el pecho y cada chillido lo rasgase.
Me detengo y dirijo la vista a las escaleras que conducen a una entreplanta medio oculta tras una balaustrada de madera nudosa y piedra.
El origen de los llantos de Korie.
De repente, me cuesta moverme, pensar o respirar, pues todos mis sentidos están en alerta máxima. Aguzo el oído para captar los sonidos de la cuidadora de Korie, que intenta calmarla a fin de que se duerma…, aunque no parece estar dando resultado.
Siharna se dirige a una puerta de madera que hay debajo de las escaleras y la abre de un tirón, señalando lo que parece ser una despensa.
—Adelante, Roan —dice con la mirada clavada en el altillo y la otra mano bajo su abultado vientre—. También hay carne seca y tarros de fruta en miel. Haré que te lleven más víveres en cuanto te hayas instalado.
Roan se acerca cojeando al armario y, tras una inclinación de cabeza, se pone a rebuscar.
Siharna coge una cesta de un gancho en la pared y se la ofrece a Pyrok, que está junto a mí.
—Échale una mano, anda. Tu hermano parece encontrarse casi peor que mi sobrino, mientras que tú tienes pinta de estar…
—Desgraciadamente sobrio —dice Pyrok con tono monocorde guiñándome un ojo. Se acerca a coger la cesta y se asoma por la puerta—. ¿Hay algo ahí para curarme?
—Si te pones creativo… —murmura Siharna, apretando los ojos cuando los gritos de Korie se intensifican.
—¿Está bien?
Al oír la resonante voz de Kaan, me doy cuenta de que no se ha movido desde que entró en el edificio…; sigue al pie de las escaleras, con la alforja al hombro, mirando hacia la entreplanta. Parece más sereno que cuando se subió a Rygun y le ordenó lanzar llamas sobre la ciudad.
—Por desgracia, esta es nuestra nueva normalidad —dice Siharna con los labios apretados y tono tenso, como si sus palabras fuesen astillas arrancadas de lo más profundo—. Su pahpi le cantaba para dormir desde el dae en que nació. No se ha adaptado a su ausencia.
Las dos últimas palabras me golpean con tanta fuerza que, por un momento, creo que se me para el corazón.
Siharna cambia de postura y se frota las estrías que le recorren ambos lados del vientre.
—Bertha es tan delicada como lo era Zior. Es la que más suerte tiene calmando a Korie, pero esta no para hasta que no puede respirar y se le hinchan los ojos de llorar.
Una sensación de opresión se apodera de la estancia, dificultando la respiración.
Robándonosla.
—¿Qué canción?
— Melodía de la estrella naciente era su favorita.
Solo le daba tiempo a llegar al segundo estribillo antes de que ella se quedara dormida.
—La expresión de Siharna se suaviza un poco mientras baja la barbilla, se mira el vientre y pronuncia las siguientes palabras en voz más baja—. Lo que daría por tenerla enlatada.
Por primera vez desde que posé mis ojos en la estricta líder, veo un atisbo de vulnerabilidad. Me cuesta trabajo presenciarlo; además, mi mirada se siente atraída por la parte donde descansa su mano y, algo que no había hecho hasta ahora, observo con atención su redondez.
Por razones que ignoro, eso me resulta más difícil de mirar, más incómodo, y me hace estremecer hasta lo más profundo.
Me siento como si estuviera entrometiéndome solo por encontrarme aquí, por escuchar, así que bajo la vista a la gruesa alfombra del suelo y, de repente, me intrigan sus fibras retorcidas.
Kaan deja la alforja en el suelo.
—¿Puedo intentarlo?
Se me corta la respiración.
Son solo dos palabras, pero me remueven por dentro. Me desgarran y me dan la vuelta, dejando mi corazón al descubierto.
Completamente vulnerable.
Hay unos instantes de silencio y, luego, Siharna se seca una lágrima de la mejilla.
—Por supuesto. Deja que coja una cosa. —Atraviesa una puerta arqueada y regresa con un instrumento grande similar al que tiene Kaan en Dhomm, pero hecho de madera blanca.