La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 22. Raeve #2
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Capítulo 22. Raeve #2

Frunzo el ceño y sigo escudriñando el entorno.

Observo que la otra jinete avanza dando zancadas por la hierba cubierta de nieve mientras Kaan pasa la pierna por encima de Rygun y se agarra a las cuerdas.

Se queda quieto, aprieta los dientes y cierra los ojos con fuerza.

Todas las grietas de su piel se alisan y…

Desaparecen .

Cuando vuelve a abrir los ojos, parecen casi normales. No le doy importancia hasta que lo veo flaquear.

Resbala al son del gruñido de Rygun y se me encoge el corazón hasta que lo veo agarrar de nuevo con fuerza las cuerdas. Niega con la cabeza, aparentemente para sí mismo, y continúa bajando a un ritmo mucho más lento de lo habitual, como si cada movimiento le costase un esfuerzo.

Paso la pierna al otro lado y lo sigo. Al mirar por encima del hombro, veo a Kaan abrazar a la desconocida. Salto los últimos metros y aterrizo en cuclillas. Siento un dolor punzante en mi muslo herido al acercarme a toda prisa a ellos. Aminoro el paso cuando Kaan se vuelve hacia mí.

—Raeve, esta es Siharna Farjór, líder de Beluhn.

Toda calidez desaparece del rostro de Siharna.

Frunce el ceño, entrecierra los ojos y pasa la vista entre Kaan y yo hasta que la acaba fijando en mí.

—¿Te llamas Raeve?

—Así es. —Inclino la cabeza en señal de saludo.

—Solo he oído ese nombre dos veces antes. —Echa un vistazo a la muesca de mi oreja y vuelve a fijar la mirada en mis ojos—. ¿Cuál es tu segundo nombre?

—No tengo.

—¿Apellido?

—No lo recuerda —se apresura a responder Kaan apoyando la mano en el hombro de la líder mientras niega levemente con la cabeza.

A Siharna le tiembla el ojo y aprieta los labios, como si intentara tragarse sus restantes preguntas. Se aclara la garganta, inclina la cabeza y se lleva el puño al pecho mientras me dirige una mirada desde debajo de sus largas pestañas.

—Bueno, Raeve. Es un honor acogerte en mi aldea.

Me dispongo a ofrecerle mis servicios como matarife como pago por su hospitalidad cuando me llega una risita con una ráfaga de viento.

Al volverme, veo a una niña que desciende a toda velocidad por las escaleras de la cabaña del guardián de las guaridas con una sonrisa más brillante que el sol.

Cuando llega abajo, echa a correr por la nieve, con su túnica amarilla revoloteando alrededor de sus tobillos y sus rizos castaños ondeando.

Parece ajena al enorme siegasable que observa cada uno de sus pasos.

Una feérica corre tras ella, resoplando, con su larga melena gris despeinada, como si la niña le hubiera metido sus pequeños dedos en la trenza y tirado en todas direcciones.

Siharna suspira y mira a Kaan, con ambas manos apoyadas en su abultado vientre de embarazada.

—Lo siento mucho. Sé que estás cansado por el viaje, pero ella ha tenido la nariz pegada al cristal de la ventana desde que te fuiste.

Tuvimos que ponerle un jergón al lado para que durmiera algo.

Con cuatro fases, se negaba a salir de la cabaña del guardián, como si fuese una maldita protesta dirigida a los Creadores.

—No te disculpes. —Kaan se arrodilla en el suelo y recibe a la pequeña, que se acerca a toda prisa, y la aprieta contra su pecho, casi la excusa perfecta para el hecho de que su pierna haya cedido.

Casi —. No hay mayor obsequio al regresar —murmura apartándole los rizos rebeldes de la cara con una amable sonrisa.

Auténtica.

Intercambian unas palabras en voz baja y, al verlo, algo me nace en el pecho, un dolor que me impide respirar. Se parece mucho a la…

«¿Tristeza?».

«Qué sensación tan extraña cuando solo veo sonrisas…».

Siharna entorna los ojos mientras observa a Kaan y se pone rígida.

—¿Estás bien?

—Genial —murmura él sin dejar de sonreír a la niña. La mentira le sale de los labios con tanta facilidad que casi se me saltan las cejas de la cara—. Raeve, esta es mi prima, Korie.

«Eso explica el parecido».

Siharna frunce aún más el ceño.

Se acerca a Kaan y le da unos golpecitos con el dedo índice. Al cabo de solo tres toques él se estremece, como si Siharna le hubiera presionado una herida.

Me cubro despacio el muslo ensangrentado con la capa mientras Siharna tira del cuello de la túnica de Kaan, echa un vistazo al interior y murmura algo en una lengua que no entiendo. Coge a Korie en brazos y se la pasa a la mujer regordeta que supongo es su cuidadora.

—Por favor, llévala a casa para que duerma la siesta —dice sin dejar de mirar a Kaan con malicia—. Voy enseguida, en cuanto haya hablado con mi sobrino.

Kaan agacha la cabeza.

Haciendo una reverencia, la cuidadora coge a Korie y se la lleva, pasando por delante del fundefauces, en dirección a una escalera tallada en el acantilado mientras hace callar a la niña, que no para de protestar.

En cuanto se alejan lo suficiente, Siharna le da de nuevo a Kaan un golpecito en el hombro.

—Vuelve a mentirme, Kaan Vaegor, y te doy una buena tunda.

«Bien».

Kaan suspira, apoya el puño en el suelo y se impulsa para levantarse.

—No quería que Korie supiera que estoy herido —dice con voz apagada—. Ya ha pasado por bastan…

—Si la envuelvo en plumas, no sobrevivirá en este mundo. La abatirá hasta que olvide que tiene agallas y voz, así como el poder de usarla.

Al ver a Kaan bajar la mirada en silencio, advierto que aquí hay algo importante, algo que ignoro.

—Mis disculpas. No debería haber dado nada por sentado.

Siharna resopla y agita la mano, como si estuviera apartando físicamente el tema.

—Supongo que tu peregrino se ha quedado atrás.

—Por desgracia, sí. Voy a tener que…

—Envié una alondra en cuanto Rygun se fue de la guarida.

Poco después de que te marchases, la verdad.

No pudimos detenerlo por mucho que lo intentamos.

Es evidente que sabía que algo saldría mal y…

—frunce el ceño—, a juzgar por el estado en que estáis ambos y la sangre, veo que así ha sido. ¿Qué son? ¿Estacas?

—Un estorbo. —Kaan se cruza de brazos, probablemente para ocultar que le tiemblan las manos, algo que le pasa desde que se le suavizaron las arrugas alrededor de los ojos.

Levanta la barbilla—. Por desgracia, ahora soy un lastre para este pueblo.

Me temo que el Triconsejo no descansará hasta que mi cabeza esté en una pica.

«Antes tendrán que pasar por encima de mí».

Kaan vuelve la vista a mí con toda la fuerza de un volcán en erupción: ojos llameantes, mandíbula rígida, pecho y brazos hinchados como si acabara de salir del campo de batalla. Por su parte, Siharna me mira con las cejas arqueadas.

Al darme cuenta de que he dicho esas palabras en voz alta, aparto la mirada. Me pican tanto las yemas de los dedos que tengo que hacer lo mismo que Kaan.

Cruzar los malditos brazos.

—Bueno, no va a haber cabezas clavadas en picas mientras yo esté a cargo. —Siharna me señala con la barbilla—. Y tampoco mientras lo esté ella, según parece. Eres más que bienvenido aquí mientras esperas al plumaluna.

Se me encoge el corazón al darme cuenta de que está hablando de Líri…, lo que convierte este pueblo en el que mencionó Kaan en su alondra.

—Voy a enviar más patrullas para asegurarme de que nadie se tope por accidente con este lugar.

Kaan inclina la cabeza en señal de agradecimiento.

—Estaremos encantados de alojarnos en las habitaciones libres de la cabaña del guardián para no causar molestias.

Siharna palidece y mira a Kaan como si le hubiera causado una herida mortal, o como si la hubiera ofendido, lo cual en este caso creo que es peor.

—¿La cabaña del guardián?

Me encojo.

Ella niega con la cabeza y se da la vuelta, dirigiéndose con paso firme hacia el camino por el que acaban de llevarse a su hija.

—Os quedáis con nosotros en la casa familiar o en un camino nevado —dice por encima del hombro—. ¡Elegid!

Concluyo que Kaan tiene razón: aquí estamos a salvo.

Nadie puede pasar por delante de la líder, y si lo hacen estoy segura de que se arrepentirán.