Capítulo 22. Raeve
Raeve
A lgo se enrosca en mi interior como una sierpe esperando para atacar mientras volamos hacia el oeste a través de un vacío gris y blanco.
Arriba, nubes de tormenta cargadas; abajo, jirones de niebla, y, entre medias…
, aullidos del viento, copos de nieve y demasiado tiempo para pensar , para darle vueltas a todo lo que acaba de suceder y estimar las consecuencias, que llegarán.
Nefastas e implacables.
Kaan se acomoda en el asiento; su cuerpo es un peso caliente en mi espalda.
Me fijo en sus manos, que agarran con fuerza las riendas: están llenas de cicatrices y tiene los tendones tirantes y los nudillos blancos.
Luego, en sus antebrazos: tensos y con las venas marcadas.
Quiero recorrer sus robustas muñecas, deslizar mis dedos por ellas hasta el lugar donde se juntan sus tendones y sentir los latidos de su pulso; una compulsión furiosa casi imposible de contener, tan difícil como borrar de mi mente la imagen de él saltando ante mí.
Interceptando las malditas estacas .
Fijo la vista al frente y me calo más la capucha para evitar que la nieve me caiga en los ojos, mordiéndome la lengua con tanta fuerza que siento el sabor de la sangre.
Hay cosas que necesito decir, palabras que me abrasan la garganta, sentimientos como ascuas que no sé manejar sin quemarme. Así pues, permanecen en mi interior, bullendo, mientras el silencio se vuelve más denso entre nosotros.
Nos adentramos en una escarpada sierra, cuyos picos quedan ocultos por las nubes que nos rodean. La niebla trepa por las laderas como una bestia hambrienta dispuesta a tragarse el mundo.
Maell se acerca más a las alas de Rygun, en busca de protección, impidiéndome ver a Pyrok y Roan. Kaan echa su robusto cuerpo hacia delante y penetramos en la tormenta, una gran tromba de agua, ascendiendo.
«Y ascendiendo».
Estoy tan aplastada entre Kaan y la manta de la silla de montar que lo único que veo es el interior de mi capucha hasta que salimos despedidos al cielo abierto.
Maell chilla al ver la aurora naciendo y agita las alas, sacudiéndose la capa de nieve acumulada en su bonito plumaje, rebosante de alegría adolescente.
Pyrok la calma con un cariño que me enternece.
Me quito la capucha para observar nuestro vasto entorno y abro mucho los ojos al ver una sucesión de nubes doradas bañadas por los lejanos rayos del sol y escarpadas cumbres asomando hasta donde me alcanza la vista. Y me doy cuenta de en qué lugar nos encontramos exactamente.
Cerca de la frontera entre La Llama y La Bruma, donde las montañas ya no están redondeadas por los embates del viento y la lluvia, sino que son más empinadas y abruptas.
Montañas que, según se dice, están plagadas de salvajes fundefauces que se dedican a cazar, despojando a la cordillera de sus árboles como si arrancaran carne de huesos, árboles que utilizan para construir sus nidos en Bhoggith, no muy lejos de allí.
Montañas que la mayoría de la gente evita a toda costa…, a menos que sienta una pulsión de muerte, lo cual desde luego no es mi caso.
—¿No nos hemos desviado demasiado hacia el sur?
No hay respuesta.
Rygun planea justo sobre las cumbres. Yo me doy la vuelta para mirar a Kaan.
Y me quedo inmóvil.
La piel alrededor de sus ojos… sigue tan agrietada como cuando me tiró al suelo, con fuego brotando entre las fisuras. Un poderoso recordatorio de que Rygun continúa teniendo algo en común con él, estimulándolo de alguna manera, tal vez protegiéndolo.
Probablemente ambas cosas.
Kaan baja la vista. Cuando parpadea, sus pupilas se redondean y algunas de las grietas se cierran, aunque el fuego de sus iris sigue vivo.
Suelta una mano de las riendas y la lleva a mi cintura, cogiéndome suavemente.
—¿Estás bien?
«No».
Al ver tan abatido a este hombre, por lo general fuerte e independiente, sostenido en silencio por su dragón, me siento como si yo misma estuviera sangrando por dentro.
Me dan ganas de saltar de Rygun, volver corriendo a Bothaim y machacar unos cuantos pulmones.
Me cuesta aceptar que no vale la pena correr el riesgo.
—Claro —murmuro volviéndome hacia delante de nuevo, con la mentira en la lengua.
Kaan me aprieta con más fuerza y, luego, me suelta y lleva la mano para coger las riendas de nuevo mientras yo noto más palabras quemándome la garganta, como bestias ardientes encerradas tras mis dientes.
Pero ahora no es el momento adecuado para soltarlas.
Lo que Kaan necesita es concentrarse, aguantar hasta que lleguemos a un lugar seguro donde curarlo.
Con eso en mente, me esfuerzo por controlar mis emociones atándolas a una roca que lanzo bajo la superficie de mi lago helado, consciente de que en algún momento acabarán saliendo a la superficie.
Por el momento, trato de calmar mi mente, dejando que me envuelva el calor abrasador que despide el inmenso cuerpo de Kaan en lugar de la preocupación.
«Está aquí».
«Está bien».
«Hemos salido con vida».
S obrevolamos cimas que parecen no tener fin mientras la aurora serpentea cada vez más lejos por el cielo.
Ya casi es mediodae cuando el chillido cercano de un fundefauces me hace dar un respingo.
Y aún más cuando veo que a nuestra izquierda se agitan las nubes, como si algo se moviera debajo de ellas.
—Hay un…
Un fundefauces se eleva en una ráfaga hasta nuestra altura.
Es dorado como las nubes que pasa rozando y la luz del sol besa las brillantes puntas de su elegante plumaje.
La jinete, encaramada entre sus enormes alas, va enfundada en un traje de cuero con placas pulidas, a juego con los tonos de su dragón, y tiene un porte firme y elegante.
Se inclina hacia atrás y nos mira. Guarda un gran parecido con Veya: el mismo tono de piel vivo, las mismas facciones delicadas y la misma mandíbula decidida.
Y lleva los mismos abalorios marrones entretejidos en la melena.
Sería idéntica de no ser por sus ojos verde musgo, su vientre abultado y la larga trenza color ámbar que le cae por la espalda como una soga.
Nos hace señas para que la sigamos, incitando a su dragón a descender de nuevo a través de las nubes.
Kaan presiona el cuerpo contra mí, empujándome hacia delante, la única advertencia que recibo antes de que Rygun pliegue las alas y se precipite hacia el tempestuoso torbellino, como si se tratara de un cuestionable ejercicio de confianza.
Nos hundimos a tal velocidad que se me tensa la piel y los copos de nieve se me clavan en las mejillas.
En cuanto salimos disparados al otro lado de la nube, Rygun extiende las alas.
Se me encoge el estómago al ver que estamos sobrevolando un gran barranco entre dos crestas montañosas, con el gran fundefauces y Maell chillando a nuestra espalda.
Sigo resistiendo el impulso de inclinarme hacia la izquierda y soltar lo poco que he comido sobre la silla de montar de Rygun, ensuciando las alforjas de Kaan, cuando noto que el aire vibra sobre el barranco. Me recuerda a las cúpulas que cubrían las plataformas durante El Gran Flurrt en Dhomm.
Cuando descendemos un poco más, siento presión en la piel, como si acabáramos de romper una burbuja.
El barranco cambia . Pasa de ser una pendiente pedregosa sin color ni vida a un pueblo animado que ha brotado en sendas laderas de las montañas, atravesado por un río azul cuyas riberas están heladas y unidas por un puente muy ornamentado.
La nieve cubre los árboles, los cuales dulcifican la arquitectura, y unos orbes de luz blanca cuelgan de sus ramas retorcidas.
No obstante, son los edificios los que me cautivan: cientos de casas con tejado a dos aguas, parecidas a aquella a la que Kaan me llevó en las montañas al norte de aquí…
, aunque estas son coloridas , cada una de un tono, con ventanas que semejan arcoíris fragmentados.
Unos enérgicos fundefauces trazan garabatos sobre el pueblo, todos más pequeños que Maell, y solo llevan una manta como montura. Están haciendo piruetas, jugando.
«Adolescentes…».
Pero ¿por qué hay tantos?
Unos rayos de luz dorada atraviesan las nubes, haciendo que el pueblo helado brille como un tesoro escondido y resaltando las partes planas de los edificios, muy parecidas a pistas de aterrizaje, la mayoría lo bastante grandes como para que quepa un dragón pequeño.
«Este lugar… es para criar dragones».
Sigo maravillándome con las vistas mientras sobrevolamos el río hacia el lado oeste, donde hay unas guaridas excavadas en la parte alta de la montaña, dándole a esta un aspecto de panal de abejas.
Con Pyrok y Roan aún posados entre sus alas, Maell se dirige hacia una zona más baja, algo típico de las bestias sumisas o más jóvenes, que dejan las guaridas más elevadas a los dragones dominantes y más protectores.
No me sorprende en absoluto que Rygun siga al otro fundefauces hacia la parte más alta, la más grande, donde hay dos guaridas individuales cavadas en el precipicio.
Entre ellas, se alza un trío de torres naranjas que sobresalen de la piedra, unidas.
Me doy cuenta de que se trata de las cabañas de los cuidadores, tal vez de tres pisos de altura.
A pesar del peso del fundefauces, aterriza con toda la elegancia y delicadeza de una pluma cayendo.
Rygun hace lo contrario: cae como una roca y, nada más tocar el suelo con las cuatro patas, gira la cabeza, con los ojos fijos en Kaan, las fosas nasales dilatadas y los dientes al descubierto, lo que sugiere que ambos están teniendo una tensa disputa interna.
Sea lo que sea, lo más probable es que me ponga del lado de Rygun.
—¿Dónde estamos?
—En la aldea de Beluhn —murmura Kaan en mi oído, aparentemente ignorando a su dragón, que lo mira de soslayo, mientras enrosca las riendas en una de sus púas—. Aquí estamos a salvo.
—¿Cómo de a salvo? ¿En una escala de «cuántas dagas tengo que llevar encima»?
Hace una pausa y me da un beso en la cabeza.
—Ninguna, Rayo de Luna.