Capítulo 21. Veya
Veya
M is heridas palidecen en comparación con el aire fresco que se cuela por la zona donde me tiene sujeta Bharon, congelándome hasta lo más profundo.
Mi único respiro es la entumecedora oscuridad, que va tomando sorbos de mi conciencia, solo para escupirme de vuelta a este espantoso letargo helado una y otra vez.
No merezco menos.
Veo la aurora ocultarse por el oeste hasta quedar fuera de mi vista y volver a aparecer sobre los picos orientales que hay cerca.
Sigo esperando que Bharon me clave más las garras, que me estruje por diversión o que agache la cabeza, me meta en su boca y me mastique como si fuese un tentempié a mitad de vuelo.
En parte, consumida como estoy por las cosas horribles que he hecho, incluso lo deseo .
Sin embargo, cada vez que recupero la conciencia, seguimos volando hacia el brillante horizonte.
Bharon bate las alas a un ritmo tan constante que me doy cuenta de inmediato de que están empezando a fallarle.
De que su energía comienza a menguar.
El corazón me da un vuelco cuando disminuye el ritmo de su aleteo. Entonces, advierto que lo que me hiela hasta los huesos no es solo el aire frío que se cuela por los huecos que quedan entre su garra y mi cuerpo.
También es su pata.
Al principio, estaba caliente, gracias a la sangre que le bullía por las venas. Ahora, noto que su callosa piel está fría como un témpano y me siento como si estuviera en un nido de nieve.
Extiendo el brazo y le toco las pequeñas escamas que protegen el otro lado de su garra. Retiro la mano de lo que parecen placas de hielo y una profunda sensación de pavor hace que me den arcadas.
Descendemos con tal brusquedad que no me sale ni un grito; en su lugar, comienzo a sollozar, aunque no por mí…
Por esta pobre bestia zarrapastrosa que intenta desesperadamente llegar al calor de su hogar, rompiendo las cadenas con un vinculado al que creo que una vez quiso, pero quizá sea demasiado tarde para salvarlo.
Todo parece increíblemente duro.
Sus movimientos se vuelven más suaves y, de nuevo, me rodea la oscuridad. Me dejo llevar por ella con todas mis fuerzas, alejándome.
A algún lugar caluroso y feliz donde el aroma de las especias impregna el aire y el sol me calienta la cara. Me siento liviana mientras corro por la orilla de cantos rodados de El Loff hacia unos brazos abiertos. Me envuelve un aroma dulce y cremoso que creo que conozco desde siempre.
El suyo.
«El de mah».
Me aprieta tan fuerte que me cuesta respirar, pero lo agradezco, pues me hace sentir a salvo.
Escondo mi rostro en el suave pecho de mah y me permito venirme abajo.
Otra sacudida me devuelve al frío, al dolor, a la garra helada que me sostiene.
«A la brutal realidad de todas las cosas espantosas que he hecho».
Abro los ojos y miro por entre las garras de Bharon…
Se me para el corazón al ver las montañas escarpadas de la derecha y las llanuras cubiertas de nieve tan cerca que Bharon podría arrastrar la cola por ellas dejando una estela.
«Por todos los Creadores…».
«No va a llegar a La Llama».
«Tendrá suerte si llega a La Bruma».
Entorno los ojos y, a través del viento que nos azota, observo el brillante horizonte, que parece tan cerca y, a la vez, tan lejos.
Bharon profiere un doloroso lamento que tiene mucho de grito desesperado por sentir el calor del sol sobre sus escamas, contra sus alas, por sentir la piedra caliente bajo sus garras…
«Su hogar».
Vuelve a flaquear, inclinándose demasiado hacia un lado. Se me revuelve el estómago cuando la gravedad nos hace descender, tirando de las flácidas alas de Bharon como si fuesen banderas en medio de una tormenta. Afloja su agarre y me da una brusca sacudida, lanzándome disparada por los aires…
Bulder brama y, luego, gime de dolor cuando Bharon golpea el suelo con tal fuerza que me hace sentir en Gondragh oyendo los volcanes expulsar su corona.
Un instante después, la suave nieve me absorbe como una almohada.
A pesar de ello, siento punzadas en el hombro y cada latido de mi corazón es una agonía que me hace preguntarme si el órgano está fallando, si voy a morir aquí mismo, mirando el cielo plagado de lunas, tratando de llenarme los pulmones.
Cuando por fin consigo tomar aire, lo hago lenta y agitadamente, aunque enseguida respiro más deprisa y con más facilidad, hasta que inhalo con tanta fuerza que siento arcadas.
Me vuelvo justo a tiempo para vomitar en la nieve, con las tripas encogidas y la mandíbula y la lengua doloridas e hinchadas.
Después, mis músculos se relajan por fin.
Los depredadores aúllan en la distancia, pero no tengo miedo.
Lo único que quiero es volver a tirarme en la nieve, cerrar los ojos y dejar que la oscuridad me envuelva. Pero entonces recuerdo la sacudida de antes. Me doy cuenta de que Bharon me ha lanzado a la nieve como si quisiera evitar aplastarme.
Como si yo le importara .
Resollando, levanto la cabeza y me arrodillo con movimientos lentos y delicados, aunque eso no impide que el dolor me recorra el hombro y me deje sin el aliento que tanto me ha costado recuperar.
Cuando recobro la compostura, uso mi mano buena para quitarme la nieve de la cara.
Ahogo un grito al ver a Bharon tirado de lado en el suelo no muy lejos, como un montón de sombras, con las alas torcidas y su vulnerable vientre expuesto.
Algo que los siegasables nunca hacen.
Su pecho se mueve demasiado despacio y no hay llamas entre las escamas que lo cubren. Es como si todo él se hubiera apagado.
Como si estuviera muriendo en la fría oscuridad cuando lo único que quería era el sol.
Después de lo que ha hecho por mí, me niego a dejarlo morir sin que sepa que me importa. A diferencia de a Tyroth, que lo cambió por un reino robado.
Sollozando, me levanto como puedo y voy cojeando hacia él a través de la espesa nieve… Solo estoy tres pasos más cerca cuando mi cuerpo se vuelve ligero.
Extraño.
La oscuridad me invade con tanta fuerza y rapidez que se me doblan las rodillas…
Aunque no soy consciente de haber caído en la nieve, me despierto con la mejilla sobre ella. Al levantar la cabeza, veo a Bharon incorporándose a duras penas sobre sus cuatro patas, con las alas caídas y la respiración entrecortada.
Gira su pesada cabeza y me mira. He visto antes esa expresión, era la del dragón de mah cuando se elevó al cielo y, con las pocas fuerzas que le quedaban, se dirigió a su lugar de descanso final entre las demás lunas.
Se me desencaja la cara y mi pecho comienza a sacudirse con un sollozo silencioso mientras el horizonte flamea detrás de él como una hermosa burla, un bonito sueño que solo será… eso.
Un sueño.
Algo pasa entre nosotros. Un momento de calma y comprensión que es a la vez confuso y tan claro como el agua.
Echa la cabeza hacia atrás, contemplando las lunas, y suelta un gemido de angustia que me dice que tal vez no sea capaz de llegar hasta ellas.
«Para descansar junto a los demás».
Mueve las alas débilmente y, al estirar sus raídas membranas, le tiembla todo el cuerpo…
El viento se intensifica, soplando con fuerza contra ellas, como si hinchara las velas de un navío. Parece que Clode acabe de llegar para impulsarlo hasta el cielo.
Para ayudarlo a levantar el vuelo por última vez.
Bharon parece percatarse. Se pone firme e, inspirando hondo, levanta las alas y toma impulso.
Sollozo, girando la cabeza contra el embate del viento helado mientras él asciende dando bandazos, con su lánguido batir de alas resonando por el aire. Es una canción triste que me obligo a escuchar, observando cómo desaparece entre la oscuridad.
Me pongo de rodillas y alzo la cabeza, tratando de seguir su rastro a lo lejos, escuchando mientras las incesantes lágrimas se me congelan en las mejillas.
Oigo su gemido de alivio cuando se libera de la atracción de la gravedad, como si ese hubiera sido su último aliento.
Se adentra en el aura luminosa de una luna de plumaluna cercana; vuela tan cerca que casi choca contra su superficie nacarada, como si buscara su apacible consuelo.
Su luz .
Algo que me hace sentir como si se me estuvieran rompiendo las costillas que rodean mi corazón.
Con un último movimiento, se hace un ovillo y se cubre la cara con un ala. Luego, se queda inmóvil y se oyen unos escalofriantes crujidos y chasquidos que reverberan en medio del estruendo mientras su cuerpo se va petrificando.
El silencio que se produce después es ensordecedor.