La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 20. Kaan
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Capítulo 20. Kaan

Kaan

A travesamos la capa de niebla a toda velocidad, pasando junto a alondras desorientadas que dan vueltas en círculos y se chocan contra las paredes. Apenas siento las estacas de la espalda, como si mi carne fuera gruesa y fuerte como la piedra.

Fuerte como las escamas de un dragón .

Es una solución temporal, al igual que la energía llameante de mis venas, pero es de agradecer.

Se oye un rugido, un grito gutural y un golpe que sacude el suelo… Luego, silencio. Ni rastro del estruendo de las alas de Rygun, lo que solo puede significar una cosa.

«Está en el suelo».

El miedo me oprime el corazón con tanta fuerza que estoy seguro de que va a estallar y la niebla se vuelve demasiado espesa como para ver más allá de un metro.

Es algo a lo que Rygun lleva sin acercarse desde que lo encontré en aquellas arenas movedizas hace tantas fases, algo que evita a propósito, aunque eso signifique más daes de viaje para llegar a nuestro destino.

Sin embargo, este dae ha volado directo hacia ello. Por mí.

Por Raeve.

Los frenéticos golpeteos de su corazón me impulsan mientras recorro un callejón más ancho, siguiendo mi intuición.

—Por aquí.

—¡Joder, el Triconsejo se lo va a pasar en grande con este lío! —grita Pyrok a la zaga—. Más vale que toquen los tambores de guerra y armen las fronteras.

«No se equivoca».

He hecho todo lo posible por evitarlo. He capturado a un peregrino para que nadie supiera que estaba aquí. He aislado a Rygun tras mi muro para evitar que pensara que necesitaba ayuda en algún momento, y va y aparece con el pecho en llamas en cuanto pierdo el conocimiento.

Además, ha atacado a un miembro del batallón de la Ciudadela, algo que sin duda se considerará un acto de guerra. Dadas las inminentes caídas lunares, no habrá represalias pronto, pero llegarán, eso por descontado.

Apostaría mi vida a que así será.

—Lo único que importa ahora mismo es que todos crucemos la frontera, incluido Rygun —gruño siguiendo mi intuición por otro callejón estrecho.

No puedo perderlo. No sé cómo existir sin él.

No pienso hacerlo.

Una franja amarilla atraviesa el cielo. Los cuatro nos lanzamos bajo un arco de piedra para refugiarnos justo cuando el fundefauces lanza un agudo chillido bastante familiar. Femenino.

De pavor.

—Joooooder —dice Pyrok echando a correr tras el pequeño dragón, que se abre paso entre la niebla.

Irrumpimos en un patio justo cuando Maell cae al suelo y ahueca su plumaje con vetas doradas ante Pyrok, que se acerca a toda prisa—.

No quería quedarse sola —dice por encima del hombro mientras Maell le acaricia el pecho con el hocico y le envuelve la cintura con la cola, buscando consuelo.

Parece que se está preparando para lanzarse a los brazos de Pyrok, a pesar de ser mucho más grande de lo que era: dobla en tamaño a Líri, pero sin gruñidos ni mordiscos.

Rygun gruñe desde algún lugar entre las Nieblas más adelante: una reprimenda ronca.

—Ya tienes edad suficiente para pensarte mejor las cosas —dice Pyrok, y aunque su tono es cariñoso estoy de acuerdo con sus palabras.

Maell es demasiado joven y está muy mimada. Es demasiado dulce y delicada para haberse metido en una situación tan hostil.

—¿Puede llevar ella a Roan también? —pregunto mirando al hombre que está apoyado contra una rama caída tratando de recuperar el aliento—. Quizá sea más fácil si vamos de dos en dos.

—Estaremos bien. Tú preocúpate solo de eso —dice Pyrok cuando una racha disipa la niebla, dejando al descubierto a Rygun posado sobre un árbol derribado. Y, bajo su feroz garra clavada en los restos de madera…, el fundefauces rojo inmovilizado en el suelo.

El pecho del fundefauces sube y baja rápidamente y tiene los ojos desorbitados. Es fácil reducir a uno solo, pero, si todo el batallón dirige su pico en esta dirección y descubre dónde estamos, Rygun no aguantará mucho, y menos si lo descubren en el suelo.

Miro al jinete del fundefauces, que cuelga de la boca de Rygun como un trozo de carne, flácido y chamuscado.

Muerto.

Maldigo por lo bajo.

Rygun gruñe junto a su presa y no aparta los ojos de mí mientras me acerco. Jadea y se le acelera el corazón cada vez que las Nieblas se acercan.

— Dath doon ah, Rygun.

«Estamos bien».

Una mentira, por supuesto. Ninguno de los dos estamos bien.

La única razón por la que me mantengo de pie es porque él me vio en el suelo desde la distancia, vio cómo le clavaban una estaca a Raeve y, luego, me lanzaba a la batalla, y me infundió tanta energía que casi estallo. Es posible que aún lo haga si no consigo que se calme .

Manteniendo una postura firme, avanzo unos pasos más, con la esperanza de aliviar un poco el pánico que le bulle en el pecho.

— Dath doon ah, vueh to nahh de. Hast ata.

«Estamos bien, pero tenemos que irnos. Rápido».

A través de nuestro vínculo, le muestro una imagen de Raeve subiéndose a su montura.

Ruge por lo bajo, suelta al soldado y agacha la cabeza mientras le sale humo de las fosas nasales; una aceptación silenciosa de mi petición.

Me acerco hasta tocarle la nariz, empapada de sangre, mientras el fundefauces continúa retorciéndose bajo su garra.

—Raeve, sube por sus cuerdas. —Mantengo el contacto visual con Rygun mientras le froto el espacio entre las fosas nasales, azotadas por su cálido aliento—. Rápido, tenemos que llevarlo al cielo.

Raeve escudriña el patio, envuelto en niebla, mientras se dirige a su costado izquierdo. Agarra las cuerdas, pero se queda quieta.

Gruñe .

Rygun hace lo mismo y, entonces, oigo unas pisadas procedentes de los callejones del sur, el oeste y el este.

Se me encoge el estómago.

Han dado con nosotros a pesar de la espesa niebla. Se acercan con sigilo, probablemente armando las famosas balistas que coronan la ciudad.

En cuanto Rygun bata sus alas, la niebla se disipará, dejándolo a la vista. No importa lo grande o fuerte que sea, sus alas serán vulnerables, al igual que su delicado vientre.

Eso me deja una única opción. Una decisión que semeja tragarse una semilla que sabes que va a convertirse en algo horrible. Solo espero que las tiendas que rodean el patio estén vacías, que cualquier inocente haya huido en el momento en que Rygun derribó al fundefauces.

Me encuentro con Raeve junto a las cuerdas y veo que lleva un puñal en la mano.

—Sigue subiendo —le susurro.

Aunque frunce el ceño, por una vez no discute, se limita a asentir levemente con la cabeza, se guarda la daga y continúa subiendo. Se acomoda sobre la manta de montar, se sujeta la correa a la muñeca y se agarra con fuerza.

Paso la pierna por detrás de ella y me acomodo en mi sitio. Alargo los brazos por ambos lados de su cintura y cojo las riendas.

El chirrido de una manivela rompe el silencio. Es la única advertencia que recibimos antes de ver surcando el cielo una gran lanza de hierro, que roza el ala izquierda de Rygun.

Suelto un gruñido que me desgarra la garganta.

Raeve se vuelve, mirándome con sus enormes ojos llenos de una furia glacial.

—Déjame bajar…

— Varough duht ah, Rygun …

«Quémalo todo».

Mi dragón hincha el pecho, avivando las brasas de su interior.

Raeve palidece, vuelve la vista al frente y se arrebuja en su capa con premura, llena de pánico, aunque es probable que piense que no me doy cuenta.

Poco sabe ella que en este momento estoy imbuido de la llama de Rygun, de su fuerza, de sus sentidos.

Lo único que oigo es el latido acelerado de su corazón, lo único que huelo es el penetrante olor de su miedo.

Se le tensa todo el cuerpo cuando Rygun estira el cuello con las fauces abiertas y lanza un torrente de llamas moviendo la cabeza de izquierda a derecha.

Las Nieblas se retiran, acobardadas por la devastación que engulle a los soldados y reblandece los escaparates hasta que se vuelven de un rojo brillante y gotean formando charcos de magma, incapaces ya de soportar el peso de las balistas matadragones de las inmediaciones.

Si alguien grita, no lo oigo por el bramido de las llamas que se extienden por mi cuerpo, bombeando mis músculos de tal modo que parece que mi piel esté a punto de desgarrarse…, hasta que nada es como antes.

Insto a Rygun a dejar al fundefauces y saltar hacia el velo de niebla que aún nos cubre. Maell se lanza tras él, directa al torbellino que mi dragón crea a su paso, con Pyrok y Roan posados entre sus alas, semejantes a rayos de sol.

Lo único que queda atrás es una fumarola de piedra fundida.

Rygun se pone rígido mientras nos adentramos en las Nieblas Errantes y Maell rachea protegida tras su ala izquierda, ambos en dirección a la frontera, con un fragor de dragones persiguiéndolos a ciegas.

Curiosamente, Raeve está callada, tensa, incluso una vez que dejamos atrás al batallón y volamos libres por los cielos de Bothaim. No es que me hagan falta palabras para saber lo que está pensando.

Aunque todos sobrevivamos a las inminentes caídas lunares, se avecina una guerra en La Llama.