Capítulo 19. Raeve
Raeve
C onsigo poner las manos debajo de la cabeza de Kaan antes de que golpee el suelo.
El tiempo se detiene mientras Pyrok lo sacude, gritándole a Roan, que parece que no tiene sangre en el cuerpo de lo pálido que está. Mientras, yo observo el rostro inquietantemente relajado de Kaan…
Esa ira helada que llevo dentro se desata con tal fuerza que me sobresalto.
—Tenemos que irnos —digo, aunque casi ni siento que mi boca se mueva.
Apenas siento nada más que el hielo recorriendo mis venas, cortándome en rodajas hasta alcanzar los fuertes huesos de algo mucho más grande que yo.
Algo brutal y… sediento de sangre.
—¡ COGEDLO Y CORRED ! —les grito a los otros—. ¡YA!
Pyrok le da órdenes a Roan para levantar a Kaan y ambos se pasan por el cuello los enormes brazos de este. La cabeza se le cae hacia delante de una manera que me hace querer destrozar el cielo.
Trepan hacia la brecha del muro, demasiado lentos; los pasos de Roan son vacilantes y débiles y los pies de Kaan se arrastran por el suelo…
Se me eriza el vello de la nuca.
Al volverme, veo a un grupo de soldados con capa blanca cruzando el patio a toda velocidad hacia nosotros. Cuando los cuatro que van en cabeza se separan, revelan a un runi: tiene los ojos lechosos y la piel pálida y misteriosamente tersa y lleva una suerte de diadema en la frente.
Se retira la capucha, dejando al descubierto un elegante cabello blanco y tres abalorios colgando de su oreja.
Un triconsejero.
Me estremezco de pies a cabeza, como si dentro de mí alguien hubiera soltado un gruñido agudo.
Veo sus labios moverse. El viento comienza a arremolinarse, levantando la nieve del suelo, y el torbellino se dirige hacia mí…
— Glei ooh ah lah nei voilash shunth! —susurro, y Clode arremete contra el remolino, acabando con él.
Mi bofetón los lanza despedidos como si fueran sábanas blancas soltándose de una cuerda al verse atrapadas por una ráfaga de viento.
No así el triconsejero, que se mantiene firme. Su túnica se agita con el vendaval y canta con tal ímpetu que escupe saliva, tratando de arrebatarme el control de Clode.
Siento el tirón, eso se lo reconozco; las palabras son como una cuerda que ha sido tragada y va saliendo de la garganta al tirar de ellas. Es algo que nunca había experimentado antes. Siempre he sido yo quien tiraba, y por lo general con un brío algo excesivo.
No hay nada como ver a alguien esforzarse hasta que le salen los pulmones por la boca para darse cuenta de que Clode tiene favoritos, como entregarme en mano un ramo ensangrentado.
Es maravilloso cuando eres la destinataria, pero, ahora…
, el hecho de que sienta el tirón da a entender que he encontrado a un oponente formidable.
Se trataría de un ejercicio de entrenamiento divertido si este no fuera, literalmente, el peor de los momentos.
Redoblo esfuerzos y le pido a Clode que demuestre lo fuertes que somos, añadiendo un «Por favor» al final.
El timbre de su canción se vuelve alegre, como si estuviera sonriendo, siempre agradecida por mis modales, un arma secreta que me guardo.
La diosa arremete de nuevo.
Los pies del runi comienzan a deslizarse hacia atrás mientras él abre mucho sus pálidos ojos. Intuyo que me está viendo; viendo que no soy uno de ellos, sino una mujer.
Que no llevo diadema.
— Clode. Lui lah moá liriní shooth —le pregunto, como si estuviera girando una espada que me apunta al pecho, soltando el arma y transformándola en un puño que le da un golpe en los dientes al triconsejero y le tapa la boca, impidiendo que siga cantando—. Lui lah veirie te ah. ¡Healah!
Se pone morado y los ojos amenazan con salírsele de las órbitas. A mí me pican los dedos por el rabioso deseo que siento de pedir más, de ir más allá.
«De acabar con él».
El poderoso batir de las alas de un dragón me saca de mi trance y me llegan a los oídos órdenes y gritos militares.
Un regalo racheado: Clode me anuncia que se me acaba el tiempo.
Que tengo que irme .
Gruño, suplicándole que siga tapándole la boca al triconsejero, pero me doy media vuelta y echo a correr.
Salto sobre los relucientes charcos del mineral y atravieso el boquete del muro.
Al llegar a un callejón que hay al otro lado, diviso a los otros no muy lejos y echo un vistazo a mi espalda para asegurarme de que nadie nos sigue.
Una multitud de fundefauces tiñen el pálido cielo de color y cólera ardiente, aunque ya no parecen defender las murallas de la Ciudadela, sino más bien estar buscando algo.
«Probablemente a nosotros».
Echo a correr y no tardo en alcanzar a Pyrok, Roan y Kaan mientras los dragones surcan las nubes, removiendo el aire y provocando una ventolera que nos azota por todos lados, soltándome el pelo.
Tres veces nos vemos obligados a agacharnos para evitar que nos descubran y, al final, nos metemos en un callejón menos a la vista.
Y es que, por increíble que parezca, la ciudad está desierta, salvo por la caza en grupo que tiene lugar sobre nuestra cabeza.
No hay ni siquiera una alondra de papel revoloteando que esquivar en nuestro torpe ascenso por el laberinto de piedra.
Ya casi estamos donde las chimeneas de la destilería cuando a Roan le fallan los pies y está a punto de soltar a Kaan. Me abalanzo hacia él, dispuesta a coger su mitad de la carga, pero un furioso aleteo hace que me detenga.
Me doy la vuelta.
El mismo fundefauces rojo que hemos visto antes sobrevuela el callejón, tan cerca que podría meter la cabeza entre las paredes y excavar una zanja más profunda con su afilado pico. Solo que tiene el pico abierto , el pecho hinchado y unas llamas naranjas al fondo de su gigantesca garganta.
Se me para el corazón y el pánico crece en mí como una avalancha; cuando respiro de nuevo, me llega una ráfaga fría que me hiela los dientes.
El jinete, encaramado entre sus alas extendidas, grita a la bestia para que nos prenda en llamas, para que nos mate . Como si este dae no nos hubiera ya machacado lo suficiente.
—¡Agachaos! —grito, y me vuelvo para enfrentarme a la bestia cara a cara.
Pyrok grita algo que no oigo por encima de la melodiosa súplica que le hago a Clode para que endurezca el aire, para que sea valiente y fuerte.
Para que me deje con la puta boca abierta con su brillantez.
Pero, por encima de todo, la reto a…
«Mantener
a Kaan
con vida».
Ella lanza un chillido eufórico, girando como si estuviera moldeando los barrotes de una jaula que le ruego que proteja con todas sus fuerzas. Me levanto la capucha al tiempo que le recuerdo su belleza. Su ferocidad. Su fuerza.
Las llamas atraviesan los afilados colmillos del fundefauces directas hacia nosotros…
Por un momento, no estoy aquí…, sino aprisionada en las entrañas de una montaña, con el corazón en la garganta y los músculos tensos. Preparándome para acabar envuelta en llamas por un macho ansioso por hacerlo.
Extiendo las manos por instinto, algo que siempre quise hacer pero nunca pude, pues estaba encadenada a una mesa mientras el fuego me convertía en un monstruo. Eso me devuelve de inmediato a la realidad.
La llama del dragón sale disparada.
Soy consciente de que las runas que me cubren las manos y los antebrazos se iluminan , formando un mosaico de cicatrices resplandecientes, una oda visceral a las múltiples quemaduras que he sufrido en mis carnes a lo largo de las fases. Pero solo ese crisol de llamas es testigo de mi vergüenza.
«Clode lo está haciendo».
«Está conteniendo el fuego del dragón…».
Me mantengo firme contra la devastadora avalancha que rebota contra la barrera de Clode mientras canto unas notas implacables a pesar de que estoy paralizada. El calor me golpea el rostro, el sudor me resbala por la piel y el sabor de la sangre contamina cada palabra que sale de mi boca.
Clode lanza un alarido que me desgarra el alma: las llamas ceden a la vez que el embate del dragón y la jaula de Clode se viene abajo, aplastándome bajo una nube de humo.
Me ahogo y me arden los ojos. Al darme la vuelta, veo a Roan y Pyrok todavía agachados sobre el cuerpo inerte de Kaan, tosiendo y mirándome con una expresión de horror. Era algo que tenía que pasar tarde o temprano.
—¿Cómo has…? —Roan traga saliva y se coloca bien las gafas—. ¿Cómo has hecho eso?
—Diciéndole a Clode lo extraordinaria que es —contesto con voz ronca, y luego me pongo en pie a duras penas sacudiendo el aire—. Nunca subestimes —tos, tos— el poder de un cumplido.
El lejano estruendo de unas botas sobre la piedra es la única advertencia que me llega antes de oír un silbido a lo lejos. Siento un doloroso pinchazo en el muslo derecho, que silencia la airada y triste melodía de Clode.
«Una estaca de hierro».
«Serás capullo».
Gruñendo, me vuelvo y veo a un contingente de guardias bothaimianos corriendo hacia nosotros por el callejón entre la niebla y el humo.
Armas en ristre.
Enseñando los dientes.
Con el cuello tenso, prometiendo canciones que no podré combatir. A la mierda.
—¡Sacadlo de aquí! —les rujo a Pyrok y Ruan a mi espalda, y arremeto desenfundando dos dagas. Las lanzo tan rápido que mis movimientos se vuelven borrosos.
Una se le incrusta en el ojo a un guardia. La segunda le atraviesa la tráquea a otro.
Caen como piedras.
Saco más dagas mientras suelto un alarido salvaje que me desgarra la garganta…
Más silbidos cruzan el aire.
Algo duro y pesado me echa a un lado, interceptando las estacas. Al mismo tiempo, las paredes del callejón se desplazan delante de mí y chocan con tal fuerza que borbotea sangre de la delgada brecha que queda ahora en el centro, por donde rezuman los restos de todos los que han sido aplastados.
Me empujan de espaldas al suelo, que aún se mueve. El abrasador peso de Kaan cae sobre mí, vaciándome los pulmones.
Clava los codos en el suelo a ambos lados de mi cabeza, mirándome con sus ojos rojos como la llama de un siegasable, con las pupilas rasgadas. La piel que los rodea se agrieta, dejando ver una luz fundida, como si lo que lleva dentro no tuviera suficiente espacio.
Retrae el labio superior, mostrando los caninos, irradiando una furia salvaje. El humo se acumula sobre nosotros y se extiende como las alas de un dragón, lo que hace que me dé cuenta al instante de que no solo estoy mirando a Kaan.
También estoy mirando a Rygun, atrapado bajo su monstruosa fuerza.
Quizá debería sentirme intimidada, incluso asustada, pero estoy demasiado distraída por el olor de la sangre de Kaan, por el hecho de que él ha recibido las estacas que iban dirigidas a mí.
Una antigua ira se despliega bajo mis costillas.
Es obvio que no es consciente de lo importante que es. No solo para su reino, sino también para esta asesina sedienta de sangre sin corona ni pueblo al que servir.
Y acaba de apartarme de un empujón y recibir las malditas estacas.
EN MI LUGAR .
Se produce un cambio interno, un estrépito que estoy segura de que todo el mundo oye, y mi cuerpo se enfría como el hielo.
Se forma vaho cuando exhalo.
La siento… Justo debajo. Observando a través de mí mientras retraigo los labios y suelto un gruñido por entre mis dientes apretados.
Aunque sus ojos se abren un poco, Kaan gruñe, con un tono tan gutural que lo noto en los huesos. Lo noto recorriendo mis músculos, erizándome la piel.
Estoy a punto de intentar quitármelo de encima, incapaz de reprimir el instinto de llevar mi boca a su cuello y clavarle los dientes hasta que su cuerpo se doblegue debajo de mí, cuando el sonido de unas alas batiendo nos hace levantar la vista a ambos hacia el cielo: una mancha roja emplumada da vueltas como un depredador al olor de la sangre.
Al vernos, el mercenario ruge una sola palabra:
—¡ ATACA !
Gruño.
Kaan murmura una maldición demasiado suave, teniendo en cuenta que nos han clavado estacas y que estamos acorralados y a punto de que nos achicharren.
El fundefauces desciende en picado con el pico abierto, soltando una llamarada desde lo más profundo de su garganta.
—¿No deberíamos…?
Un profundo rugido sacude el suelo y el viento comienza a soplar con fuerza, como si algo enorme lo atravesara.
La única advertencia que me llega antes de ver a Rygun irrumpir en el cielo enseñando los dientes.
Pasa tan cerca que parece que hayan lanzado una montaña por los aires a menos de diez metros sobre nosotros.
Atrapa con las mandíbulas el cuello del fundefauces que nos está atacando con tal ferocidad primaria que se me revuelven las tripas.
Un chillido de dolor y los perdemos de vista, internándose en la niebla, que se aproxima a toda velocidad, con mi pulso latiendo al compás de su turbulento batir de alas.
Kaan maldice por lo bajo. Me levanta con demasiada presteza para alguien que acaba de caer en un sueño profundo y que tiene estacas de hierro clavadas en el cuerpo.
—Nuevo plan —gruñe con la mirada fija en el lugar hacia donde se ha ido su dragón, que por lo que yo sé no debería estar aquí—. Tenemos que encontrar la manera de montar a Rygun antes de que llegue el resto del batallón.
Su energía volcánica me pone la piel de gallina, como si estuviera entrando en erupción, y sus siguientes palabras me hielan hasta los huesos.
—Él no se retira de una pelea, aunque esté perdida. Y yo no me voy de aquí sin él.