La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 18. Raeve
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Capítulo 18. Raeve

Raeve

E l aire está cargado del incesante clamor de la población.

—¡Dejadnos entrar! ¡Dejadnos entrar! ¡Dejadnos entrar!

—Las noticias vuelan —murmuro escudriñando la muralla exterior desde uno de los corredores del tercer piso, mirando hacia el largo patio que rodea el conjunto de edificios crestados que forman la Ciudadela, a modo de foso.

La aguanieve se ha convertido en nieve y el cielo es una mancha oscura que el batallón de élite de Bothaim desgarra al atravesarlo; todos fundefauces, cuyos llamativos colores contrastan con el cielo gris.

—¡ ATRÁS ! —gritan los guardias a través de varas amplificadoras mientras los dragones se turnan para escupir llamas. Son tácticas de intimidación violentas destinadas a disuadir a la población, que se concentra ante el grueso muro de mineral de Bothaim, desesperada por atravesar las puertas.

—¡Dejadnos entrar! ¡Dejadnos entrar! ¡Dejadnos entrar!

Ninguno de los guardias que están en tierra se mueve; son como estatuas con armadura blanca.

Hay tres filas de ellos en lo alto de la muralla, tantos que me es imposible contar los cascos, pues se confunden con la nieve.

Luego, hay otros grupos organizados en el patio, apiñados ante las puertas, del tamaño de un Rygun.

Diría que hay más de trescientos soldados.

Demasiados para que Clode los ahogue de una pasada si intentamos abrirnos paso. Por desgracia.

—¿Es la única salida?

—Sí. —Roan se ajusta las gafas—. Si hubiera mantenido la boca cerrada…

—No es culpa tuya —gruñe Kaan entre dientes, con la mandíbula apretada y los ojos más fríos que nunca—. El Triconsejo se lo ha ganado a pulso, y lo sabe. Por eso construyó el muro. Si pisoteas a la gente durante mucho tiempo, te la devuelven.

Un fundefauces rojo se da la vuelta y remonta el vuelo en nuestra dirección como si fuera a atravesar los arcos, dejando al jinete justo delante de nosotros.

«Mierda».

Nos alejamos de las ventanas dobles y nos escondemos detrás de una columna, desde donde vemos a tres guardianes de ojos pálidos avanzando por el pasillo.

Hacia nosotros.

—Vaciad la mente y mantened la cabeza gacha. —Kaan nos indica que lo sigamos en dirección a los guardianes, caminando con la tranquilidad de un runi residente.

Oculto mis emociones, pensamientos y cualquier otra cosa en mi lago, y me concentro en el cosquilleo que siento en las yemas de los dedos mientras camino pausadamente con la mano en el bolsillo, lista para quitarme el anillo ante la primera señal de peligro.

Pasamos junto al trío, doblamos la esquina y cruzamos un umbral bajo tallado en forma de cola de dragón. No siento ni gota de alivio mientras considero las escasas opciones que tenemos.

—No podemos quedarnos aquí. —Pyrok da un trago a su petaca—. Es solo cuestión de tiempo que alguien se dé cuenta de que estamos vaciando la mente y reconozca a Kaan o a Roan, y entonces estaremos todos jodidos si nos pillan con el libro.

Tendrían que quitarme la camisa para ver que lo llevo atado al cuerpo, algo que no podrían hacer sin que les hiciese un lazo con las tripas. Pero vale.

—¿Y si vamos a los túneles subterráneos y escapamos por ahí? —pregunto mirando a izquierda y derecha por el majestuoso pasillo con los dedos en la empuñadura de una daga—. Kaan puede decirme qué palabras usar y yo intentaré que no acabemos aplastados.

No es que la propuesta suene tentadora, pero es importante que sea sincera sobre mis escasas habilidades de moldeado si otras tres vidas dependen de ellas.

—Es casi imposible que Bulder pueda mover el mineral bothaimiano porque contiene un porcentaje muy alto de hierro y sus vetas se encuentran muy por debajo de los túneles —dice Roan subiéndose y bajándose las gafas por la nariz, probablemente tratando de ver entre las múltiples grietas que tienen—.

Nos moriremos de hambre allí abajo antes de encontrar una salida, así que no es una opción viable.

—Tal vez sea lo mejor —digo por lo bajo, para mí misma más que nada.

Estoy a punto de proponer que volvamos a salir por la guarida de la anthe cuando Roan mira de reojo a Kaan con una ceja arqueada.

—¿Recuerdas aquella vez que casi hago volar por los aires mi sala de investigación?

—¿Cuál de todas?

Frunzo el ceño.

—¿Ha pasado más de una vez?

—Es algo habitual —murmura Kaan torciendo la boca.

—Me refiero a la vez que grabé sin querer una runa desconocida hasta entonces y, luego, la activé sin querer y me derritió la mesa de trabajo —continúa Roan limpiándose las gafas con la túnica, como si frotarlas fuera a hacer que desapareciesen las grietas—.

Recuerda que formó un charco que se endureció.

Pyrok se pasó resbalando allí toda una fase hasta que se hartó y bajó una alfombra por las escaleras. Estaba hecho de…

—Mineral bothaimiano —dice Pyrok frotándose la nuca—. Joder, casi acabo con una hemorragia cerebral. Todavía tengo un chichón.

Kaan cruza los brazos y mira a Roan con gesto firme.

—¿Pretendes volar la pared?

Roan asiente despacio, con una sonrisa tan ancha que se le ilumina toda la cara. Parece que la sola idea de llevar a cabo algo que haga BUM lo llene de energía y alivie el noventa por ciento de sus problemas.

—Solo un poco, eso sí —puntualiza juntando el pulgar y el índice—. Un trozo pequeño.

Pyrok gruñe, da otro trago y niega con la cabeza.

—No va a resultar. —Suelta un eructo—. No tenemos con qué hacerlo.

—Aparte del vial de Kaan y una alondra de papel, solo necesito una gota de sangre fresca de dragón y un poco de nieve derretida para que el alcance sea mayor. —Roan vuelve a mirar a Kaan—. O algo parecido.

La tensión cada vez es más palpable. Paso la vista entre Kaan y Roan; ambos se miran, manteniendo una conversación silenciosa que no tardo en descifrar.

El Daga-Mórrk de Kaan. Su sangre se ve fortalecida por su conexión con Rygun, lo que lo convierte en la mejor opción de la lista de Roan.

—Rotundamente no.

Los tres me miran.

Roan deja caer los hombros.

—¿Por qué no?

«Porque algo muy profundo dentro de mí se rebela ante la mera idea de que Kaan posea una runa tan potente como para abrir un maldito boquete en una pared de mineral bothaimiano».

—Tenía una amiga que grababa muchas runas —digo apretando los dientes al tiempo que dirijo la vista de nuevo hacia el pasillo para distraerme del molesto nudo que se me ha formado en la garganta, algo de lo que culpo a las gotas del lenguaje de Rayne, que infestan mi organismo con una angustia sin remedio que desearía poder ignorar—.

Cuando mezclaba su sangre con una tintura, a veces se desmayaba.

—Dirijo la mirada a Kaan, luchando por mantener su contacto visual mientras hablo de algo tan…

descarnado—. Si te desmayas, estamos todos jodidos, y tú el primero.

Suaviza el gesto.

Se acerca a mí, haciendo que el resto del mundo se difumine y solo él ocupe mi espacio, y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.

Frunzo el ceño y me enderezo.

Me responde tierna y delicadamente, pero no amortigua el golpe.

—Si no lo hago, estamos muertos.

N os reunimos cerca de un macetón blanco con un enorme árbol de follaje colgante que nos oculta de los mercenarios que nos rodean.

El lado oeste está extrañamente tranquilo en comparación con el este, más alejado de la puerta.

Tan alejado que casi resulta posible creer que los habitantes de la ciudad no son presa del pánico, suplicando entrar en el mismo lugar del que nosotros tratamos de escapar, de no ser por la algarabía que causan los dragones en el cielo expresando su autoridad con chillidos estridentes y gruñidos desafiantes, claro.

—Pyrok, necesito una petaca. —Kaan extiende la mano.

Pyrok refunfuña entre dientes y se la saca del bolsillo, apura el contenido dando tres tragos y se la entrega.

Kaan le quita el corcho, saca una daga de entre su túnica y se corta la palma. Siento esa misma herida abrirse en mi corazón, y algo dentro de mí se paraliza.

Guarda silencio.

Recoge un puñado de nieve con su mano herida y aprieta el puño sobre la boquilla abierta de la petaca, dejando caer un buen chorro de sangre diluida en ella.

—Como esto lo mate…

—Yo también moriré —murmura Roan con los labios azules por el frío mirándome por encima de sus gafas deformadas.

«¿Acaso cree que soy un monstruo?».

—Por supuesto que no. —Estiro el cuello y vuelvo a escudriñar los alrededores—. Pero suplicarás morir.

Siento la abrasadora mirada de Kaan clavada en mi rostro y, por el rabillo del ojo, advierto que se le crispan ligeramente las comisuras de la boca.

No sé por qué le parece divertido. Está a punto de que lo dejen fuera de combate en territorio enemigo.

Roan coge la petaca y le pone el corcho mientras Kaan se venda la mano con un trozo de tela arrancado de su túnica.

Los cuatro nos asomamos por entre el follaje, tanto para escudriñar el perímetro como para controlar que el cielo está despejado.

Después de lo que parece una eternidad, Roan cruza cojeando el patio de armas y se pierde entre la nieve.

Parece diminuto en comparación con la pared que comienza a pintar con grandes trazos con sangre de Kaan, una capa tan fina que no gotea.

Con suerte, eso hará que el impacto no sea demasiado fuerte.

Cuando termina la runa más elaborada que he visto nunca, regresa, le da la petaca a Kaan y se limpia la sangre de las manos en los pantalones.

—Con eso debería bastar —dice echándose el aliento en los puños cerrados—. ¿Alondra?

Kaan rebusca en el bolsillo de sus pantalones y saca un trozo de pergamino mojado que sin duda no llevaba runas a prueba de agua.

Los tres hombres gimen.

—¿Qué tal una usada? —pregunto sacando la alondra que me mandó Kaan.

Roan sacude la cabeza.

—No sirve. Necesito una nueva para engañarla y que revolotee hacia la sangre de Kaan.

—Pero él me la envió. ¿No puedes doblar el pliegue de retorno y ya está? No me cabe duda de que a Clode no le importará guiarla hacia las runas por mí.

Roan frunce el ceño y acepta la alondra.

—Se me olvida que aquí puedes oír a los Creadores… —Me mira como si fuera una rareza que le encantaría analizar con lupa y escalpelo—. ¿Por qué?

«Probablemente por la misma razón por la que he podido atravesar las runas que protegían el libro».

—Ojalá lo supiera. Lo envasaría y se lo repartiría a las masas. —Entorno los ojos—. ¿De qué tamaño será el boquete? Enemistarnos con todo un batallón listo y en formación no es mi idea de pasármelo bien.

—Solo un poco más grande que Kaan —aclara Roan desplegando la alondra y, tras comprobarla, la dobla de nuevo—. Además, el estruendo quedará disimulado por el fragor de los dragones que hay cerca de las puertas de entrada.

«Cierto…».

Kaan saca su vial.

Me pongo tensa y aparto la mirada.

—¿Estás bien, Rayo de Luna?

—Mejor que nunca. —Señalo a Roan con la barbilla—. Vamos a hacer esto de una vez, antes de que él se congele y Pyrok esté tan sobrio como para pensar con claridad.

—En eso estamos de acuerdo —murmura Pyrok—. ¿Cuál es el plan?

—En cuanto lo atravesemos, tenemos que dirigirnos al conducto subterráneo —dice Kaan escudriñando el cielo, plomizo y cargado—.

Si nos separamos, la entrada más cercana está cerca de la destilería de durvil.

Allí abajo no tendremos problema para despistar a quienes nos sigan, y no pueden registrar todas las embarcaciones.

Seguro que hay una bodega de carga donde podamos escondernos para ir hacia el oeste, al otro lado de la frontera.

—¿Qué es eso? —pregunto señalando con el dedo.

Todos miran hacia donde apunto, hacia nuestra izquierda, donde se está extendiendo una densa niebla sobre el muro. Cae en cascada en el patio de la Ciudadela a modo de catarata y se acumula en charcos sobre el suelo blanco.

— Miel et Muíem —murmura Kaan—. Nieblas Errantes en lengua común.

—No sabía que migraran tan al norte.

—Llevan un eón sin hacerlo. Podrían ser una buena tapadera, pero albergan un enjambre de espectros hambrientos. Tendremos que estar alerta si nos envuelven.

Tiemblo hasta los dedos de los pies, bastante segura de que sería el perfecto «Que te jodan, Raeve» para rematar mi dae: que me acosen los mensajes de todos los que he apuñalado o descuartizado.

Kaan vuelve a mirar al cielo y abre la tapa de su vial, provocando una pequeña llama.

Roan dobla el pliegue de la alondra de Kaan y la acerca a la llama. Me cuesta mucho ver esto por muchas razones, ya que imagino a la pobre alondra como mi preciosa Ne.

Las runas antillama hacen que tarde un rato en quemarse, pero la alondra acaba prendiendo al fin.

Apretando los labios, me meto el anillo de hierro en el bolsillo, preparándome para el caos ensordecedor de Clode…

, aunque me sorprende descubrir que ya está luciéndose con una bella melodía.

Quizá sea consciente de que estaba a punto de darle un poco de amor, muy necesario en esta celda de corrupción y control.

Roan suelta a la alondra, que revolotea en círculos, confundida, con las alas en llamas. Yo entono una melodía suave y alegre, muy diferente de lo que siento en el pecho, mientras veo arder a la pobre criatura.

— Sheil ath too… aloo ail ah. ¡Preesh, ah, preesh!

Clode suelta una risita y empuja suavemente a la alondra ardiendo hacia la pared con sus vaporosas manos. Con cada frenética ráfaga de viento, las llamas arden con más ferocidad si cabe, como si Ignos disfrutara de la atención de la diosa, aunque esta lo esté agitando como si fuera un juguete.

La tensión entre nosotros aumenta y paso la mirada entre la nuca de Kaan y la alondra en llamas.

— Preesh, ahh Clode. ¡Preesh eehla!

La diosa le da juguetonamente un último golpe a la alondra y chilla de alegría cuando esta choca con el garabato pintado con sangre y se convierte en cenizas que salen volando.

La runa brilla. Resulta hermosa justo antes de empezar a transformarse en algo… horrible.

Se repliega sobre sí misma como unos labios fruncidos y…

¡ PAM !

La runa explota con tal fuerza que me atraviesa los tímpanos, haciendo que oiga campanas en mi cabeza, y el mineral líquido sale disparado hacia el cielo con una fuerza volcánica… y luego cae a toda velocidad. Los trozos de mineral golpean el pavimento como si de mierda blanca de dragón se tratase.

El muro entero parece sacudirse cuando los últimos restos golpean el suelo, dejando charcos por doquier. Luego, silencio.

El tiempo se dilata.

Contemplo el enorme boquete en el muro, casi tan grande y ancho como las puertas del otro lado. No es un agujero del tamaño de Kaan. Y desde luego no es que tal explosión vaya a pasar inadvertida.

El mineral líquido sigue goteando por los bordes fundidos al compás de mi corazón acelerado mientras dos palabras resuenan en mi cabeza:

«Estamos jodidos».

Justo cuando voy a apremiarlos a avanzar a todos, Kaan se desploma como un dragón abatido desde el cielo.