Capítulo 17. Grihm
Grihm
A yudándome de un garfio metálico, abro la correosa piel del lento río de magma, dejando una herida de color naranja brillante. Se liberan humo y lava, despidiendo un calor tan brutal que el aire se deforma a su alrededor.
Dejo a un lado la herramienta y lleno mi balde con roca fundida.
Me alejo del sofocante calor, subo por la empinada orilla y me adentro en el oscuro túnel que hay más allá. No es que haga mucho más fresco, pues el aire en estos laberintos subterráneos es una densa niebla sulfúrica a la que dudo que alguna vez me acostumbre.
El resplandeciente contenido del balde alumbra mi corto trayecto por el angosto pasillo, poco más alto que yo e igual de ancho, hasta llegar a una pequeña gruta abovedada que moldeé con mi voz en la piedra naranja.
Dejo el balde y sacudo un frasco de piojos ígneos, animándolos a despertarse para que iluminen mejor mi humilde morada.
Es básica, lo bastante grande para mi nido, con algunas rocas planas sobre las que dormir y espacio para guardar las pocas pertenencias que tengo.
Me quito un guante y me bajo el denso velo hasta el cuello, agradecido por las runas purificadoras de aire que Roan tuvo la amabilidad de enseñarme a grabar, mientras me lleno los pulmones con un aire un poco menos tóxico.
Es la única comodidad doméstica que tengo en este lugar cáustico, pero es de agradecer.
Agachado junto al nido improvisado que llevo ciclos perfeccionando, vierto un poco de magma en el centro y lo aplano rápidamente, dándole forma.
Y otra vez.
Probablemente tampoco sea la última ocasión, dada la nube tóxica que se extiende sobre los lugares de anidación de los siegasables, lo que hace imposible aventurarse a ir más allá de las cabañas que hay a las afueras.
No nos queda más remedio que quedarnos de brazos cruzados, preocupados por unos nidos que, en su mayoría, no se utilizarán.
Para muchos de nosotros, dar forma a un nido en Gondragh es lo último que hacemos. Algo que acepté hace mucho tiempo.
«Casi del todo».
Vierto más magma y lo moldeo con una pieza de metal curvada. Una vez que estoy satisfecho, lo salpico con agua de mi odre.
La capa fresca chisporrotea, liberando más vapor sulfúrico, lo que me obliga a cubrirme la boca y la nariz y a resguardarme bien bajo la capucha mientras espero a que las runas limpien el aire.
Me recuesto y visualizo el huevo en…
«Demasiado profundo».
«Joder».
Echo otra cucharada, la aliso y la salpico con agua. Retrocedo para examinarlo de nuevo. El nido de Inkah estaba hecho de nieve y hielo, así que esto es nuevo para mí.
No quiero estropearlo.
Vierto otra cucharada y vuelco el odre hasta vaciarlo, dándome cuenta de lo seca que tengo la boca.
«Será mejor que vaya a por más agua».
Me quito el otro guante, recojo mis cosas y las dejo bajo una gran sábana, aunque la escama de plata que he transformado en puñal me la guardo en el bolsillo. Cubro el nido con otra sábana y me adentro en el túnel que también creé con mi voz el dae que llegué aquí.
Nadie confía en nadie por estos lares, ya que es casi imposible conseguir un huevo de siegasable, pues son muy codiciados. Forjar un vínculo con una criatura tan feroz y poderosa es uno de los mayores honores del mundo, pero no todo el mundo lo merece.
Los ladrones acechan en los rincones oscuros, por lo que la mayoría de la gente se mantiene al margen. Cavan hasta encontrar un río subterráneo de magma junto al cual construir un nido.
Menos mal que me gusta la tranquilidad.
Cuando llego al final de mi túnel, me detengo ante la sábana de camuflaje que colgué en la entrada y presto atención por si se oyen pasos.
Como solo oigo el lejano rugido de los volcanes que hay por la zona, sigo adelante y subo por la escalera de piedra, deteniéndome de vez en cuando para sacudir los frascos con piojos ígneos que cuelgan de las paredes.
Casi he llegado a la superficie cuando un fuerte ruido de pisadas hace que me detenga, puñal en ristre.
Mi respiración se vuelve pausada mientras espero.
No tarda mucho en aparecer un feérico, grande y corpulento, bajando los escalones de dos en dos. Un tejido marrón le cubre la mitad del rostro, dejando solo entrever una piel de ébano, cejas pobladas y ojos azul brillante, muy abiertos e inyectados en sangre.
Al verme, deja caer los hombros.
—Gracias a los Creadores —exclama a gran volumen. Me fijo en la capa que lleva entre los brazos. Retira la tela para mostrarme un gran huevo dorado con escamas simétricas.
Me da un vuelco el corazón. Y otro al ver que el huevo se sacude, como si intentara saltar de sus brazos.
El hombre se quita la tela que le cubre la cara, revelando unos abalorios azules que le adornan su larga barba. Aunque mira la hoja que tengo en la mano, no adopta una postura amenazante, ni tampoco saca su arma.
Me guardo el puñal.
—El refugio del sudoeste ha quedado destruido. Casi no consigo escapar. —Su huevo se sacude de nuevo—. Ha empezado a moverse justo al atravesar el umbral.
«Y no tiene un nido preparado…».
Le hago un gesto con la mano para que me siga escaleras abajo, más allá de la sábana de camuflaje, y a través de mi túnel. Cuando quito la sábana que cubre mi nido, el desconocido cae de rodillas.
—Gracias —dice gimoteando sin parar mientras deposita su huevo dentro, que casi encaja a la perfección, o eso creo; al menos, por lo que he visto en los planos.
Ignoro los celos que me sobrevienen, pues desearía que se tratase de mi propio huevo, y me centro en el hecho de que mi nido está salvando una vida.
Recojo más magma, que él vierte sobre el preciado tesoro; un proceso que repetimos hasta que el huevo queda cubierto. Y esperamos con los brazos cruzados, uno a cada lado del nido, atentos a cualquier movimiento.
Pasa el tiempo, el aire se vuelve denso por la tensión y se hace el silencio, un silencio que debería llenar, pero no lo hago. Desde que Inkah falleció, se me quitaron las ganas de llenar el espacio con nada más que lo indispensable.
El dolor es avaro. A veces, una herida es demasiado profunda para curarla. De todos modos, aunque las palabras me salieran con facilidad, dudo que expresar mis preocupaciones fuera de gran ayuda.
«¿Estuvo el huevo alejado del calor durante mucho tiempo?».
«¿Estaba el magma lo bastante caliente?».
«¿Era el nido demasiado superficial? ¿Demasiado profundo?».
El desconocido mira con los ojos entornados el montículo humeante y en ellos veo que piensa lo mismo que yo.
Así pues, quizá sea mejor guardar silencio.
Al fin y al cabo, pronto sabremos las respuestas, en cuanto se forme una costra oscura al enfriarse.
Si una cría no logra salir, se acabó. Y muchos, si fracasa la eclosión, prefieren cavarse una tumba, por lo que acaban muriendo prematuramente, lo que lo convierte en una doble sentencia de muerte.
—Me llamo Kilíth —murmura dejándose caer sobre la gran piedra que utilizo para afilar mis hojas. Cruza la mirada brevemente con la mía—. Por si acaso.
«Por si acaso alguien tiene que tallarlo en la pared de arriba, en la sala común».
Se instala entre nosotros una sensación de pesadumbre, como si la muerte se hubiera sentado a su lado, esperando. Observando el nido, también.
Asiento con la cabeza, sentándome en la roca que uso como camastro, con los codos sobre las rodillas. El puñal plateado que llevo en el bolsillo lo he fabricado con el mismo pensamiento en mente.
Vine aquí a por un huevo. O me voy con una cría o no me voy.
Kilíth se quita el resto de la venda que le cubre la cara, dejando al descubierto una quemadura horrible en el lado derecho del cuello que le llega hasta el hombro, con sus prendas de cuero con runas fundidas en la piel.
Es difícil no mirar, sabiendo lo que se siente.
Las quemaduras son comunes en Gondragh, pues los hábiles hilvacarnes rara vez se arriesgan a cruzar El Loff para adentrarse en esta parte tan hostil del mundo. Sin nadie cerca que cure a la gente antes de que sus heridas cicatricen, probablemente vivirá con eso el resto de su vida.
Desengancha un odre de su cinturón y me lo ofrece. Acepto, doy un sorbo de su agua helada y se lo devuelvo.
—Supongo que estás esperando a que se disipen los vapores —dice con la vista fija en el nido mientras se echa agua en la herida, lo que me revuelve las tripas.
Asiento con la cabeza, apartando la mirada.
Le pone el corcho al odre y empieza a mover la rodilla, ya sea para calmar sus nervios o distraerse del dolor.
—¿No estarás pensando en escalar las cumbres de Vihn, por casualidad?
Asiento con la cabeza de nuevo.
Él gruñe levantando ambas cejas.
—Para que lo sepas, lo más probable es que acabes muerto.
Hay una dragona rabiosa que está dispuesta a destrozar todo lo que caiga en sus garras.
Fue la que me hizo esto —dice señalando con el pulgar su quemadura—.
Destrozó el refugio en el que estaba y lanzó fuego por los túneles. Casi no lo cuento.
O bien me está diciendo esto para disuadirme o bien como advertencia para que ponga mis asuntos en orden, para que envíe alondras. Solo se me ocurre un mensaje, pero siempre ha habido cosas que no nos hemos dicho, así que probablemente sea mejor dejarlo así.
Saco la escama de plata de mi bolsillo, comprada a un comerciante a cambio de la mayor parte de mis riquezas, y rebusco en mi mochila hasta dar con una abrazadera y una lima.
—¿Lo que quieres es conseguir sus huevos?
Levanto la vista.
Él señala la escama con la barbilla.
—Los de la gran siegasable plateada. ¿No estarás tan loco como para meterte en su guarida?
Dejo que mi silencio responda por mí.
—Por todos los Creadores. Joder, pues buena suerte. —Resopla y señala su quemadura—. Tengo que agradecérselo a ella.
Frunzo el ceño, miro la escama y, luego, al montículo, que ya no despide humo y está empezando a oscurecerse.
«Creadores, ha llegado la hora».
Kilíth respira hondo para calmarse.
—Joder —murmura meneando la rodilla con más ferocidad si cabe—. No va a…
Parte de la costra se abulta y se separa del caliente y brillante magma que hay debajo mientras van saliendo a la superficie poco a poco trozos de cáscara dorada.
Los primeros signos de una buena eclosión.
La masa derretida se agita y se extiende, como un útero, y de ella sale una cabeza llena de púas del tamaño de mi puño con escamas doradas visibles a través de la mezcla de magma.
La cría toma aire y, luego, suelta un gemido áspero: un ruido bueno y fuerte.
Asiento con la cabeza para mí mismo y me levanto, guardándome la escama en el bolsillo. Agito mi odre frente a Kilíth y me dirijo al túnel, dejándolos para que se vinculen sin que yo los observe mientras me llegan pesadas palabras de gratitud que quedan ahogadas por el bullicio de mi cabeza.
No hay nada más importante que esos primeros momentos.
Quizá sea avaricioso por buscar este gran honor por segunda vez, pero nunca he sido de los que se enfrentan al destino.
He de creer que todo sucede por una razón; de lo contrario, habría vuelto a la tumba de Inkah y me habría acurrucado a su lado hace mucho tiempo.