Capítulo 16. Raeve #2
—¿No íbamos a estar callados? —bisbiseo levantando ambas manos en señal de «por todos los Creadores, joder».
Él sigue mirándome fijamente conteniendo la respiración, sin color en el rostro, tan hermoso que duele. Pyrok y Roan se acercan por detrás, también blancos como la pared.
—¿Có-có…, cómo has hecho eso? —balbuce Roan dirigiendo la vista a mis piernas; parece sorprendido de que las siga teniendo pegadas al cuerpo.
—¿El qué?
—Atravesar eso como si nada. —Dirige la mano hacia unas runas grabadas brillantes que hay a lo largo del umbral; son difíciles de ver, pero evidentes ahora que las ha señalado.
Miro hacia donde apunta.
Las líneas rodean toda la habitación y, luego, se ramifican en algunos puntos, imitando los barrotes de una jaula, y todas ellas convergen en el centro, justo encima del atril.
—¿Se supone que es algo complicado?
—Se supone que es letal —gruñe Kaan con su grave voz, como una sierra cortando el aire.
«Letal…».
O sea, que el Cambiasinos ha intentado matarme de nuevo. Menudo capullo manipulador.
—Ah. —Miro con ira el aire que rodea el atril, esperando que la criatura sienta la furia que me hierve dentro.
El libro centellea.
Es obvio que pensó que era lo bastante valioso como para atraerme hacia mi muerte. Le va a salir cara la broma a ese cabrón, porque ahora voy a robarlo para fastidiarlo.
Me acerco para verlo mejor.
El libro lleva una correa negra, sujeta por un colmillo plateado más largo que mi índice, con la punta roma. Ese colmillo me hace entornar los ojos.
«Estoy segura de que he visto un diente como ese antes».
Me atrae la cubierta, hecha de algo que me recuerda a la membrana extendida de un ala de dragón. Es un tono plateado tan característico que me sacude por dentro.
Enseguida desvío mi atención hacia la correa negra que rodea el libro por la mitad. Está fabricada con un material similar al de la cubierta, pero aparte de la textura de piel veo…
Estrellas.
Miles de ellas. Lejanas.
Centelleantes.
A través de la misteriosa superficie, veo elevarse algo sombrío, así que arrugo el entrecejo y entorno los ojos, tratando de distinguir su forma. Cuando parpadeo, ha desaparecido, lo que me hace preguntarme si me estoy volviendo loca.
—¿Qué es esto?
—El Libro de Voyd —exclama Roan—. ¡Ya les dije a esos vejestorios del Triconsejo que yo no lo había robado! Y no me creyeron.
—Un momento… ¿El Libro de Voyd ? ¿El que se cree que escribió el dios del Éter? ¿El libro…? —Me trago las siguientes palabras más deprisa que si de un licor fuerte se tratase.
«El libro del que Essi hablaba a menudo. El que deseaba ver, pero nunca consiguió hacerlo».
—¿… del que se derivan todas las runas conocidas? Así es. Me pillaron allí intentando leerlo, pero desapareció justo antes de que uno de los guardianes me descubriese y casi me implosionan los pulmones.
—¿Y luego qué? —Lo miro—. ¿Te condenaron a muerte?
Se le sonrojan las mejillas.
—Exacto. —Intenta enderezarse las gafas de nuevo, sin suerte—.
El Triconsejo no se tomó a bien que anunciara ante toda la asamblea que creo que los arcos protegen contra las caídas lunares porque tienen grabadas unas runas que no se han mostrado al resto del mundo.
—Hace una pausa desplazando la vista hacia el libro y, luego, otra vez hacia mí—.
Creo que las runas están en alguna parte de esas páginas.
—Ah.
De pronto, todo cobra más sentido.
Vuelvo a mirar el libro.
En mi opinión, el Triconsejo ha abusado de sus privilegios, algo que justifica por completo que saque este objeto tan especial y poderoso de sus dependencias. Para siempre.
Alargo la mano para cogerlo…
—¿Qué estás haciendo? —gruñe Kaan con una voz semejante a un derrumbe de rocas que llena la cámara, paralizándome.
Dirijo la mirada hacia él.
—¿Qué te parece que estoy haciendo?
—Robando el Libro de Voyd de esta vetusta cámara protectora, convirtiéndote así en enemiga directa del Triconsejo.
—Correcto, sí. Por mí, el Triconsejo puede comerse una mierda de guara.
Su silencio me indica que no le gusta ni mi sarcasmo ni que haga de las mías.
Suspiro y señalo con la mano a Roan.
—Ya lo han «asesinado» a él por este mismo delito. Técnicamente, el libro no es de nadie y podría ayudar a proteger a tu gente contra las inminentes caídas lunares, así que mejor que no sigamos perdiendo el tiempo lamentándonos por mi falta de moralidad.
La mirada que me echa es más seca que las llanuras Boltánicas y pasa un momento hasta que Kaan se llena los pulmones y suelta un suspiro.
—Tienes razón.
Lo miro boquiabierta.
—¿Que tengo qué ?
—Razón.
—Esta vez más alto, y con más entusiasmo.
Su expresión de enfado casi me hace reír a pesar de la situación en que nos encontramos.
—Date prisa —masculla sacando la barbilla—. Antes de que nos pillen.
Le hago una reverencia exagerada y me doy la vuelta para coger…
—¡ ESPERA ! —grita Roan, que parece a punto de saltar el umbral y entrar en la cámara conmigo—. Podrías desmayarte si lo tocas con las manos desnudas. O… algo peor .
Kaan y Pyrok lo fulminan con la mirada y el primero gruñe con tensión:
—Explícate.
—No es un libro normal —continúa Roan subiéndose las gafas por el puente de la nariz—. Se dice que se enfrenta a quien lo coge.
«Parece divertido, pero quizá no sea el momento».
—A veces hasta la muerte —añade, y yo enarco las cejas—.
Se cuenta que algunos miembros del Triconsejo desaparecieron de esta misma sala sin dejar nada más que restos de sangre.
Una vez, una mentalista se resistió al libro durante mucho tiempo, pero acabó tan perturbada que tuvieron que deshacerse de ella.
He oído que solo hace poco han encontrado a alguien capaz de entrar y salir sin volverse loco ni acabar muerto. Por el momento.
Vaya, el Cambiasinos decididamente estaba intentando volver a matarme.
Cabrón.
Ojalá tenga el valor de despellejar a ese gilipollas la próxima vez que se cruce en mi camino y convertirlo en una alfombra plateada o en una manta para los pies de la cama.
—Bueno, vale. En el peor de los casos, el libro me atacará hasta la muerte. Está bien saberlo.
Se impone un silencio sepulcral mientras extraigo un puñal para cortar el bajo de mi capa negra y uso la tela para protegerme las manos y coger el libro del atril, que está helado a pesar de su grueso acolchado. Parece que acabe de sacarlo de un nido entre las estrellas.
A mi corazón le cuesta bombear; siento tal opresión en el pecho que casi tengo que doblarme sobre mí misma.
Inclino el libro para comprobar si sigue intacto y lo envuelvo con cuidado en la tela.
—¿Y ahora qué?
—Sal de ahí de una puta vez. —Los volcánicos ojos de Kaan están que arden y todo su cuerpo tiembla, con los puños cerrados a los costados—. Ya .