La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 16. Raeve
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Capítulo 16. Raeve

Raeve

M e vuelvo a poner el anillo de hierro en el dedo y subo por la escalera de caracol en dirección a la luz, que cada vez es más intensa, mientras tres palabras me resuenan en la cabeza al ritmo de los pasos de Kaan detrás de mí.

«Mantenlo con vida».

«Mantenlo con vida».

«Mantenlo con vida».

De repente, todo lo demás me parece insignificante; es tan evidente que sé que esa idea lleva dentro de mí más tiempo del que pienso reconocer.

Desde… antes .

Ahora que me he dado cuenta, no puedo creer que en un momento dado considerase otros caminos.

Que alguna vez creyera que alejarme de Kaan era la decisión correcta.

No, tengo que protegerlo, hacer todo lo que esté en mi mano para evitar que corra la misma suerte que mi Fallon.

Que mi Essi.

Una feroz determinación me hierve en el pecho como una brasa helada y, en lo más profundo de mí, algo retumba, despierto y vigilante.

«Mantenlo con vida».

«Mantenlo con vida».

«Mantenlo con vida».

Atravieso una abertura en forma de arco que da a un enorme agujero en el suelo —como si Bulder hubiera clavado una lanza en el mundo y luego la hubiera arrancado de un tirón—, cubierto por una rejilla oxidada incapaz de retener la aguanieve espolvoreada.

Al asomarme por el borde de la escalera cubierta de hielo que se enrosca alrededor de la circunferencia, me azota un viento que huele a azufre y no veo el fondo…

«Me pregunto cuántas personas habrán perdido el equilibrio y se habrán ido abajo, condenadas a caer eternamente».

Miro a Pyrok, que tiene los brazos cruzados y se muerde los carrillos. Su pelo parece una fregona raída y no lleva ninguno de sus pendientes, solo los agujeros; probablemente, con la esperanza de pasar desapercibido.

Inclina la cabeza.

Frunzo el ceño, deduciendo que está bromeando, y le devuelvo el gesto exageradamente.

Se aclara la garganta y, después, señala con la barbilla al hombrecillo que está encogido en las escaleras, cuyos grilletes ahora se encuentran tirados un escalón más abajo.

—Mi hermano, Roan. —Busca en el bolsillo del pecho de su túnica, saca una petaca y la agita—. Es difícil de creer, dadas las circunstancias, pero él es el cerebrito. Y esto está vacío, joder. —Suspira echando un vistazo al cielo mientras se la guarda de nuevo.

Roan saluda con la mano torpemente, mirándome como si fuera un fantasma, con las gafas torcidas y la mejilla apoyada contra la pared, donde hay una mancha carmesí, la salpicadura que se produce cuando se le da un tajo a una arteria.

Demasiada sangre para haber salido de él, a pesar de las heridas que tiene en las muñecas y los tobillos y las numerosas abrasiones en la cara.

—Veo que las cosas se han complicado aquí arriba. ¿Cuántos han ido agujero abajo?

—Unos ocho. —Pyrok se encoge de hombros—. Ninguno estaba en alerta máxima, aunque supongo que eso cambiará cuando el Triconsejo se dé cuenta de que faltan guardianes.

No se equivoca.

Un estridente chillido atraviesa el aire sobre nosotros.

Alzo la vista. A pesar de la aguanieve que cae, al otro lado de la lejana rejilla veo un fundefauces de plumas rosas y azules surcando el cielo, justo por encima de los arcos. Lo sigue otro, que vira, lo que nos permite ver a la perfección al soldado con armadura que va en su silla de montar.

No sería tan preocupante si no fuera por la fugaz visión de otros cinco fundefauces atravesando las nubes mucho más arriba, formando una V perfecta.

«Formación de batalla».

—Supongo que ese es el problema que está empeorando a toda velocidad —murmura Kaan justo detrás de mí con una voz que parece una caída de cantos rodados tibios, tan cerca que se me eriza la piel y todos mis músculos anhelan aproximarse más a su atmósfera.

Para tocarlo, abrazarlo, asegurarme de que está bien.

Pero no lo está. Ninguno de nosotros lo está.

«Estamos atrapados en un agujero en la maldita Ciudadela».

—Hostia, a mí me lo parece. —Pyrok saca otra petaca, se apresura a destaparla y da un trago—. El batallón del Triconsejo al completo está ahí arriba, apiñado como si fuera a enfrentarse a un ejército.

—No es un ejército. Es la gente de la ciudad. —Mis palabras van seguidas de un silencio inquietante, solo roto por un aleteo lejano—. Se ha corrido la voz en Bothaim de las inminentes caídas lunares y parece que todo el mundo cree que los arcos están runados para protegerse de ellas.

Roan se estremece a la vez que Pyrok se endereza y golpea el corcho con la palma de la mano, volviendo a ponerlo en su sitio.

—¿Cómo lo sabes?

«Atrapé una alondra de papel del cielo y me peleé con ella hasta que me reveló sus secretos».

—No importa.

Roan se endereza las gafas y me mira a través de los cristales rotos.

—Seguro que leyó la alondra de otra persona.

Frunzo el ceño, con las mejillas ardiendo. No sé si debería estar molesta o impresionada.

—Por desgracia, está en lo cierto.

—Ya te acostumbrarás a él —murmura Pyrok mirando a los dragones que vuelan en círculos. Un fundefauces ruge tan fuerte que juraría que la piedra tiembla—. ¿Alguien tiene un plan?

Kaan tira un montón de túnicas blancas en el suelo, a nuestros pies, probablemente arrebatadas a quienes arrojaron al agujero.

—Primero, subimos a la superficie y, luego, ya vemos qué hacer.

L legamos a un par de portones ornamentados flanqueados por casetas gemelas que sospecho que están llenas de guardias muertos, a juzgar por el olor a excrementos y la mancha de sangre en el suelo.

—Supongo que ya han despejado el camino —digo frunciendo el ceño al asomarme a una de ellas y confirmar mis sospechas.

«Podrían haberme dejado algo».

Kaan pega la oreja a la puerta.

—Nosotros al pasar por aquí, sí.

—Te va a costar encontrar una caseta vacía —añade Pyrok.

Me guardo la daga con más ímpetu del necesario y frunzo el ceño todavía más si cabe.

—No hace falta que me lo restriegues.

Arruga el entrecejo.

—No es lo que…

—Aun así tendremos que guardar silencio —interviene Kaan, y tras hacer un gesto con la barbilla abre los portones.

Nos adentramos en una sala circular tan grande y blanca que parece que estemos atrapados en una nube, y el suelo está tan pulido que cada paso que damos produce un ruido sordo y hueco que se pierde en la ávida atmósfera.

Un escalofrío me recorre la piel mientras lo contemplo todo con los ojos muy abiertos y la respiración contenida.

La pared es curva y cuenta con cientos de puertas idénticas, cada una de ellas flanqueada por gotas de cristal de luz de luna que cuelgan de unos ganchos en espiral hechos de mineral bothaimiano.

—¿Es esto el…?

—Gran Tesoro —murmura Pyrok, y le da un trago a su petaca.

Sus palabras son como un puñetazo en el pecho. Me cuesta respirar tras oírlas.

Essi hablaba a menudo de este lugar y deseaba conocerlo. Estar aquí sin ella es otro doloroso recordatorio de que no logré mantenerla a salvo…

Ahuyento ese pensamiento y cojo aire, rememorando las conversaciones que tenía con ella.

Essi decía que muchas de las reliquias más preciadas y poderosas del mundo están escondidas aquí, a buen recaudo.

De todos modos, lo que más le fascinaba era la historia de un feérico que lleva aquí desde hace eones.

Fue el primero en domar a un dragón y tiene grabadas tantas runas en la piel que se ha convertido en algo…

diferente . Y lo conservan detrás de una de estas puertas.

Eso dicen.

Pyrok le pone el corcho a su petaca y golpea con la palma de la mano a Roan en el pecho, haciéndolo gruñir.

—Este es el lugar que hizo que arrojaran a este idiota a la anthe.

Kaan se lleva el dedo a los labios y se da la vuelta justo cuando Roan, que camina con paso vacilante, se detiene, con la mirada fija en un par de puertas que presentan el único toque de color de la estancia: un grabado de cintas plateadas que brillan como la aurora y se mueven con delicadeza.

Es como si las hubieran arrancado del cielo y cosido a la madera.

Pyrok pone los ojos en blanco y agarra a Roan por el brazo para conducirlo hacia el arco que hace las veces de salida al otro lado de la sala. Yo lo sigo, pero me detengo al vislumbrar algo brillante por el rabillo del ojo.

Siento un escalofrío al ver un destello plateado concentrándose en el aire frente a las puertas que tanto le han llamado la atención a Roan, un destello plateado que me resulta demasiado familiar .

«Si el desgraciado del Cambiasinos me está acosando de nuevo, me voy a enfadar mucho».

Se convierte en una mancha metálica que se cuela por la rendija que hay entre las puertas y desaparece.

Entorno los ojos. ¿Y si ahí dentro hay algo que pueda ayudarme a proteger a Kaan, algo poderoso? Por todos los Creadores, le debo a Essi echar un vistazo al menos…

Me acerco y cojo una manija. Cuando entreabro la puerta izquierda, se me quedan los ojos como platos al ver la pequeña cámara abovedada que hay al otro lado, toda de obsidiana pulida con puntitos luminosos que la hacen parecer el cielo de La Sombra. Es como si al cruzar el umbral fuese a… caer .

Ese brillo plateado se arremolina alrededor de un atril negro en el centro de la estancia, como si el Cambiasinos se hubiera acurrucado, listo para dormir.

Solo que no se trata de él. Lo que se manifiesta es un pequeño libro plateado no más grande que mi mano y más grueso que mi pulgar de ancho con un montón de páginas disparejas tan blancas que brillan como la luz de luna cautiva.

Se me corta la respiración y siento el impulso de acercarme a examinarlo.

Es como si tuviera una soga anudada alrededor de mi columna y tirara de ella. Incluso los músculos de debajo de la lengua me hormiguean, conscientes de que acabo de toparme con algo importante.

Algo poderoso .

—Esperad —les digo a los demás—. Voy a echarle un vistazo a ese libro.

Hay una pausa. Me da el tiempo justo a cruzar la puerta, entrando en la fría tumba, antes de que Kaan ruja mi nombre tan fuerte que es como si me apuñalase con un filo dentado.

Al volverme, lo veo en el umbral, con sus devastadores ojos cargados de llamas de dragón.