La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 15. Kaan
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Capítulo 15. Kaan

Kaan

E l agua irrumpe en el túnel, mojándonos los pies, y luego fluye escaleras abajo al tiempo que Raeve se zafa de mí y me inmoviliza contra la pared, poniéndome un puñal de escamas de dragón en la garganta. Mi puñal de escamas de dragón.

Uno que recuerdo haber forjado hace tiempo con una de las escamas de Rygun.

Se acerca más a mí, pegando su cara a la mía, y gruñe , con las pupilas dilatadas y los colmillos al aire. A pesar de su salvaje actitud, está temblando y le mana sangre de los ojos, la nariz y las orejas, así como de la profunda herida que le atraviesa la mejilla.

Demasiado rápido.

«De no haber echado la cabeza hacia atrás a tiempo…».

Aprieto los puños y extiendo mis doloridos nudillos, luchando contra el impulso de clavar los dedos en el suelo y partir el mundo en dos.

Hago acopio de toda mi fuerza de voluntad para no rodearla con los brazos por la cintura, para no llevar las palmas de las manos a su espalda y salvar el espacio que nos separa, para no presionar mi nariz contra su nuca y aspirar su aroma, con los ojos cerrados, mientras dejo que los latidos de su corazón apacigüen el dolor que aún siento en el pecho por haberla visto tan cerca de la muerte.

Pyrok carraspea.

Me arriesgo a mirarlo y, luego, a Roan, recostado contra la pared de las escaleras que tiene a los pies, ambos con la boca abierta.

Pálidos.

Están preocupados. Yo no, pues la hoja que tengo en la garganta es más un cumplido que otra cosa.

Raeve ha hecho un gran esfuerzo para hablar con Rayne. Está sufriendo y ha convertido ese dolor en una rabia que yo consumiré con mucho gusto.

—Pyrok, acompaña a tu hermano arriba. —Despacio, meto la mano en mi bolsillo y saco la llave ensangrentada por la que le corté la mano a alguien.

Sosteniéndole la mirada a Raeve, se la doy, junto con las gafas rotas de Roan que recogí del suelo en el juicio—.

Estoy seguro de que agradecerá que lo pongas al corriente mientras le quitas los grilletes.

—Sin duda. —Roan se esfuerza por ocultar una mueca de dolor al ponerse de pie con delicadeza y comienza a subir las escaleras cojeando.

Pyrok le ofrece la mano para ayudarlo, pero no se mueve del escalón en el que está.

—Ahora. Y mantened los ojos bien abiertos por si hay más guardias. Si queremos salir de la Ciudadela sin más complicaciones, no hemos de delatar nuestra presencia.

—No sé si te has dado cuenta, pero parece que están a punto de rebanarte el cue…

—Ella no va a hacerme daño —murmuro con más suavidad que los gruñidos de Raeve, que me cortan la piel.

Aparte de un ligero movimiento de los labios, Raeve se mantiene firme. Pyrok chasquea la lengua y me dirige otra mirada de preocupación, pero, luego, ayuda a su hermano a subir la escalera de caracol, por cuyas paredes resuenan sus pasos.

Mientras tanto, la examino: el arco de sus cejas, sus ojos como llamas de plumaluna fosilizadas, sus labios…, carnosos y rojos como la sangre que le cae por la mejilla.

Su piel se ve pálida bajo la tenue luz y lleva el pelo recogido en un moño alto, aunque le cuelgan algunos mechones húmedos por la cara. Mis dedos ansían apartárselos, tocarla.

Mi escrutinio es pausado y amable. Cada vez que poso los ojos en alguna parte de ella, me recuerdo en silencio que ha sobrevivido.

—Podrías dejarme ciego ahora mismo y moriría feliz.

No me percato de que he hablado hasta que la veo tragar saliva. Eso hace que me tiemble la mano por las ganas de acariciarle el cuello, la mandíbula, recorrer su nuca y meterle los dedos entre el pelo…

—Me pediste que volviera contigo —replica ella como un chorro de agua helada, recordándome la ira que bulle por mis propias venas. Me resulta muy fácil olvidarlo cuando la miro.

Cuando estoy tan cerca de ella.

Cuando su aroma a bayaquilla alcanza mis pulmones.

—Siempre esperanzado, hasta mi último aliento.

—Esa frase daba a entender que habría alguien junto a quien volver.

Ladeo la cabeza, confiando en que apartará la hoja para no cortarme el cuello.

—¿Te ha dado por preocuparte, Rayo de Luna?

Suelta otro gruñido alejándose, dejando demasiado espacio entre nosotros, y veo algo plateado alrededor de su mano y muñeca…, más o menos. Apenas es visible, pero está ahí.

Abriendo su capa, eleva la pierna y se enfunda el puñal. Lleva muchos otros hechos de escamas de dragón, todos fabricados con escamas de Rygun.

Todos míos.

Levanto una ceja al notar que se me hincha el pecho de orgullo.

—Bonito arsenal.

Vuelve a cubrirse la pierna con la capa y, tras limpiarse las lágrimas y la mayor parte de la sangre de las mejillas y el cuello, se cruza de brazos.

—Imagino que te han resultado útiles.

—Rekk está muerto, si es eso lo que me preguntas. Sus restos están en el fondo de ese lago maldecido por los Creadores.

Veo los movimientos de sus manos a pesar de que las tiene ocultas.

Sigue sintiendo picor. Sigue teniendo sed de sangre.

Eso quiere decir que no la ha saciado matando a Rekk. Tiene que ver con otra persona .

Se me cae el alma a los pies y siento que me fallan las rodillas.

—Bien —digo con voz ronca, y me aclaro la garganta.

Serenándome.

—¿Por qué sangras? —Señala mis manos con la barbilla.

Estiro los dedos y bajo la vista, observando detenidamente los daños.

—Destrozar el embarcadero era la única forma de sacarte de allí.

Espero que eso no se nos vuelva en contra, dado que me he visto obligado a recurrir al poder de Rygun. He tenido que abrirme temporalmente a él para hacerlo, vaciándome de emociones con la esperanza de evitar un arrebato de esa bestia tan sobreprotectora que tengo.

Casi se le salen las cejas del rostro.

—¿Has destrozado el embarcadero a puñetazos?

—Con la ayuda de Rygun. —Me cruzo de brazos, ocultando mis manos ensangrentadas—. ¿Cómo es posible que oigas a los Creadores aquí abajo?

—Ni idea.

—Has hablado con Rayne…

—Por última vez.

Aspiro aire entre dientes.

—Ahí están esas paredes altísimas contra las que me encanta estrellarme. ¿Utris?

—Bajo control.

—¿Recibiste mi alondra?

—Sí.

—¿Veredicto?

Ella levanta la barbilla.

—Veré caer la luna en la cabaña de tu mah, pero con una condición.

Me invade el pecho una sensación de alivio como nunca antes había sentido.

—Te escucho.

—Tú también vienes.

Por un momento, lo único que puedo hacer es mirarla fijamente…, sin respirar.

Sin moverme.

«Tú también vienes…».

Ojalá pudiera acercarme y besarla, despacio y sin prisas, deleitarme con esa breve y poderosa frase toda la eternidad.

«Solo que…».

—Tengo un reino al que servir, Rayo de Luna.

—Un reino al que seguirás sirviendo después de las caídas porque estarás vivo. Porque yo te mantendré con vida .

Mi sonrisa es tan tierna como mi corazón, que late a toda velocidad.

—Luz de mi vida, has decidido preocuparte.

—Que te jodan —me espeta, haciendo que se me ensanche la sonrisa.

—Por favor. No me oirás proferir ni una palabra de queja.

Se le entrecorta la respiración y separa los labios, con la mirada encendida y las mejillas sonrojadas de una forma que hace que me arda la sangre. Traga saliva, se aclara la garganta y dice:

—Por muy tentador que sea, follar contigo me vuelve estúpida. Necesito mantener la cabeza fría si quiero que tu corazón siga latiendo.

«¿Cree que necesito protección? Es bastante irónico viniendo de alguien que ya ha muerto una vez, por no mencionar sus múltiples experiencias cercanas a la muerte desde entonces».

No hay ni pizca de alegría en mi risa. Me paso las manos por el pelo para evitar agarrarla por los hombros y sacudirla o besarla.

—Ojalá vieses la ironía.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Acabo de presenciar cómo te ofrecías como cebo —digo entre dientes, sintiendo la llama de Rygun lamiéndome la piel por dentro de nuevo, como si esa pequeña parte de él nunca me abandonara, el don que nos unió.

Me gustaría demostrarle a ella lo bien que sabemos cuidarnos nosotros mismos—.

Aunque te parezca relajado, en realidad estoy a un paso de la fina línea que separa mantener la compostura y perder por completo la cabeza.

Su mirada se endurece.

—¿Cómo crees que me sentí al verte remar directamente hacia la maldita anthe?

—¡Si ya habéis acabado de discutir, tenemos un problema que está empeorando a toda velocidad aquí arriba! —grita Pyrok desde la parte superior de la escalera con un tono extrañamente tenso.

Suspiro.

A mí me parece que tenemos muchos problemas que están empeorando a toda velocidad, como las lunas a punto de caer del cielo.

Eso y que llevo ciclos sin saber nada de mi hermana, que Raeve continúa sedienta de sangre y, sobre todo, que no sabe que tiene una hija, ni un reino, ni que mi difunto pah envenenó a toda su familia.

—Podemos seguir luego con esto —murmuro indicándole a Raeve con un ademán que suba primero las escaleras.

Ella frunce el ceño y me imita, sin moverse del sitio.

Aprieto las muelas posteriores.

«Creadores, dadme fuerzas para no echármela a los hombros y subirla yo mismo».

—No voy a subir esas escaleras antes que tú, Raeve. No después de todo lo que acabo de presenciar. Quiero verte salir viva de esto, así que, por favor… —gruño gesticulando de nuevo—, adelante.

Ella abre la boca y la cierra de golpe. Aunque le brillan los ojos, se aclara la garganta y sube las escaleras con paso firme.

No celebro la victoria, a pesar de saber que probablemente será la última en mucho tiempo.

Estoy bastante seguro de que es justo por eso por lo que me la ha concedido.