Capítulo 14. Raeve
Raeve
E l agua se retira de golpe con un borboteo jadeante, dejando al descubierto el cementerio óseo que se oculta al fondo del lago. Rayne está más que dispuesta a apartarse del manto de restos.
Avanzo rápidamente por el camino, que se va ensanchando, mientras noto quebrarse los huesos bajo mis botas como si fuesen ramitas secas. Es algo que me perturbaría si no estuviese aplastada por el peso de la melodía de Rayne, atrapada en una cueva con emociones ávidas por devorarme el corazón.
Arrancarme las entrañas.
Desgarrarme miembro a miembro.
Lucho contra todas ellas con los puños fríos de la rabia . Es fácil cuando Kaan está tan terroríficamente cerca de ser borrado del mapa. Pero eso no impide que se me salten las lágrimas.
No alivia el dolor descarnado que me parte el pecho en dos mientras el agua sigue separándose, como un trozo de pergamino rompiéndose por la mitad.
El lado más grande se contrae, formando una bola de espuma que se acumula en la boca del túnel, un tapón que atrapa a la anthe en su remolino, impidiéndole llegar hasta Kaan.
La anthe suelta un chillido agudo que hace bullir el agua y la hace saltar. Así obliga a la pobre Rayne a aullar, atravesándome como una espada entre las costillas.
«Creadores, no puedo aguantar esto mucho tiempo».
Me arriesgo a echar un vistazo por encima del hombro. Veo a los demás aferrados a la escarpada orilla, que ahora es mucho más alta, ya que el nivel del agua ha bajado tres metros.
Pyrok tiene medio cuerpo en el muelle. Kaan está debajo, agarrando al frágil prisionero por el cuello de la túnica.
El prisionero se escurre y Kaan tensa todo el cuerpo tratando de no soltarlo y consigue levantar al hombre hasta el muelle con una fuerza inigualable. Pyrok tira de él por el borde, ayudando a Kaan, que echa la vista atrás por encima del hombro.
Cruzamos la mirada.
En sus ojos, llenos de pánico, aflora un ardor rojizo, recordándome la llama de Rygun.
Él empieza a descender .
Le transmito justo lo que pienso al respecto con los ojos muy abiertos, que dicen: «¿Qué coño estás haciendo?».
Su única respuesta es una terca determinación, como un dragón decidido a atravesar montañas para salvar a los suyos.
Gruño.
— ¡Móalarugh, lurin-ah dé arahná vah… ourlah!
Me cuesta decirlo con la garganta tan tensa, pues cada palabra es un doloroso nudo arrancado de ella.
El agua que tengo a la espalda vibra, como una especie de hipo, y luego se concentra en una ola que inunda el embarcadero, formando una enorme pared de espuma que atrapa a Kaan contra la salida y le deja un solo camino para escapar.
Fuera .
Estoy bastante segura de que lo oigo rugir, pero lo ignoro y me vuelvo a tiempo de ver a la anthe arremeter con una de sus extremidades, cercenándosela de un tajo de la misma manera que a mí me gusta destripar a la gente.
Rayne gime mientras sale un chorro de agua disparado como si de vísceras se tratase, salpicándome las piernas.
«Mierda. Mierda. Mierda».
Intento calmarla hablando su dialecto chapuceramente.
— Laúgh eit ooin duh lóun… moorithin… —Hago una pausa, buscando el término para «aguantar», o algo con un significado similar.
La jaula de agua pierde parte de su forma, abultándose, amenazando con volver a su sitio y ahogarme.
Se me encoge el corazón.
Retrocedo, deseando haberme quedado sujeta a esa piedra un poco más…; entonces, no sería tan inútil.
Afino torpemente mi melodía, algo muy parecido a romper en más pedazos si cabe mi corazón, pidiéndole a Rayne que coja un poco del agua que tengo a la espalda y la introduzca en la esfera que rodea a la anthe y, con un poco de suerte, cree un camino para que yo pueda llegar al embarcadero.
— ¿Lúi-ahn url… nariliá la náh mi?
Aunque las palabras me salen entrecortadas, arrancadas de algún lugar profundo y salvaje, Rayne responde de inmediato y corre hacia el otro lado como si estuviera saltando hacia unos brazos abiertos muy esperados para hacer más grande la jaula de la anthe, dándole así más espacio a la criatura, que tiene el tamaño de una luna.
Y acercándola peligrosamente.
Sus afiladas extremidades pasan como una guadaña por el aire a pocos centímetros de mi cara mientras retrocedo a toda prisa por el cementerio de huesos; cada crujido de mis pasos me parece una victoria, por débil que sea.
Estoy segura de que un solo golpe en el cráneo le bastaría para hacerme perder la concentración y convertirme en otro esqueleto más sin alma para gritar.
Podría soportarlo, siempre y cuando Kaan consiga escapar por esa maldita salida.
La bestia recoge de nuevo sus extremidades al tiempo que se le hinchan las membranas, impulsándola hacia delante. Su feroz pico pálido emerge de la superficie del agua, revelando una boca gigantesca que parece una entrada a… la nada .
Suelta un chillido que me hace querer doblarme sobre mí misma y taparme los oídos; aún peor que Clode enfadada o Rayne desconsolada.
Es realmente
horrible,
joder.
Noto calor a ambos lados del cuello mientras acelero el paso, cantando más alto, más fuerte. Cada palabra es arrancada de un corazón agonizante y lanzada por unos labios temblorosos.
Siempre pensé que moriría riendo. Un maniaco «Que te jodan» al mundo con tanto potencial desperdiciado en unos capullos ávidos de poder. Pensar que mi último aliento podría ser un sollozo macabro es un cruel giro del destino.
«Algo que quiero evitar a toda costa».
Volviendo la vista atrás, veo que he conseguido abrir un boquete en la pared de agua lo bastante grande como para que el embarcadero lo atraviese, y no muy lejos a mi espalda.
Lo cual sería genial de no ser porque Kaan va corriendo hacia el extremo igual que un dios enfurecido, con aspecto de estar a punto de arrodillarse y abrir un hoyo en el mundo.
La verdad es que no sé si eso sería de mucha ayuda en este momento. Claro que tampoco sé cómo voy a subir ahí desde aquí abajo. Podría llamar a Bulder, pero lo más probable es que nos aplastara a todos sin querer…
—¡ RAEVE , CUIDADO !
Me aparto, pero no lo bastante rápido, y una afilada extremidad me corta el pómulo.
Miro airada a la anthe, con una determinación fiera brotando desde debajo de mi diafragma.
«Esa zorra me ha cortado».
Aunque me haya herido, lo único que imagino es esa misma extremidad afilada destripando al rey de buen corazón que no acepta su gallardo rescate con una sonrisa y un saludo.
Él tiene un territorio que atender y gente que lo quiere.
Yo tengo unas cuantas espadas, mal carácter y un ansia de sangre que no se me pasa.
Gruñendo, levanto la barbilla. La criatura saca aún más su angulosa cabeza del agua, recordándome al cráneo de un fundefauces, pero con el pico más corto, más curvo.
Kaan ruge mi nombre con más ferocidad si cabe cuando la anthe hunde la cabeza, exponiéndome al lejano horizonte de sus ojos, abiertos como platos.
Debería apartar la mirada. Es lo más sensato e inteligente, dada la advertencia de Utris sobre la pérdida de los sentidos y demás.
Pero no voy a hacerlo.
Esa zorra puede quedarse con mi capacidad de saborear, oler y oír. Puede quedarse con mis malditos ojos y destruir cada terminación nerviosa hasta que me vuelva insensible del todo. No necesito nada de eso…, siempre y cuando Kaan esté a salvo.
—¡ NO … PUEDES … QUEDÁRTELO !
Golpeo con la espalda el pilar del muelle y cruzamos la mirada, como dos mundos colisionando.
Fragmentándose.
En esos ojos oscuros, veo el final de todo. Parte de mí cae en ellos como una estrella surcando el amplio cielo negro de La Sombra, mientras que el resto de mí se mantiene firme, sujeto a algo más grande.
Más fuerte que yo.
Hinchándose en mi interior como una avalancha por la ladera de una montaña, el tiempo dilatándose hasta volverse casi tangible.
La anthe ladea la cabeza mientras clava sus extremidades en los pilares que me rodean, ayudándose de ellos para alejarse más del agua, y olfatea tan cerca de mi cara que me tensa las fibras del alma hasta casi romperlas.
«Tampoco puedes quedarte con eso».
Acerco la cabeza a ella y grito . Como un choque de espadas, las reverberaciones me recorren la columna y me llegan hasta las plantas de los pies. Pero el aullido que sale de mí… no es cálido; es gélido y gutural, como si acabara de salir del pecho de una bestia prehistórica.
Soy vagamente consciente de que algo se rompe detrás de mí, como si el mundo se desmoronara a mis espaldas. Soy vagamente consciente de que se me eriza el vello de la nuca, del intenso aroma de Kaan envolviéndome, un fuerte abrazo en un dae sombrío.
Noto unas manos fuertes deslizándose y agarrándome por las axilas.
Soportando mi peso.
Levantándome.
No parpadeo. Tampoco reprimo mi grito, decidida a hacer papilla la mismísima alma de la anthe si intenta hacerse con lo que es mío .
Me arrastran sobre las piedras, con la espalda apoyada en un pecho ancho que es una feroz llamarada frente al hielo acumulado en mis pulmones y venas.
Kaan me envuelve con sus brazos con tal fuerza que debe de creer que estoy a punto de derrumbarme mientras tira de mí sobre los restos del embarcadero, hace unos momentos intacto.
La anthe clava sus extremidades en la piedra, utilizándolas como palanca para alejarse aún más del alcance de Rayne, como un lanzagrejo enfrentándose a la fuerza de la marea.
La parte primitiva que queda dentro de mí me insta a hacer lo mismo. Enfrentarme al hombre que me sujeta y acercarme de nuevo a la bestia, desafiarla hasta que se venga abajo y se retire por el túnel por el que ha venido.
Y quizá me esté revolviendo un poco, porque Kaan me pega la boca al oído y me sujeta con una fuerza abrumadora.
—Si ese bicho vuelve a tocarte, Rayo de Luna, no pienso descansar hasta rebanarle todos los miembros —dice con voz ronca, llegándome a lo más hondo—, así que o te calmas o te echo a un lado y me enfrento a ella yo mismo. ¿Qué me dices?
Se me descongela la sangre, lo que hace que mi cuerpo se relaje.
Me rindo a sus tirones y me dejo arrastrar, con los ojos clavados en los de la anthe, prometiéndome a mí misma que, si se atreve a mirar a Kaan, la cortaré en pedazos y la meteré en mil ollas de agua hirviendo.
Ella trepa por lo que queda del embarcadero con movimientos espasmódicos, siguiéndonos en nuestra lenta pero constante retirada, con su cuerpo lleno de tentáculos sujeto al agua como un cordón umbilical estirado, con los ojos fijos en nosotros.
Hasta que nos traga la boca del dragón que forma la salida.