Capítulo 13. Raeve
Raeve
U n sinfín de emociones arden en los ojos de Kaan, como un bosque en llamas, pero una eclipsa al resto. Refleja lo que yo siento con desgarradora sincronía.
«Horror».
—Ooooh, joder —dice Pyrok, quizá percatándose de mi presencia, aunque no consigo apartar la mirada del apuesto hombre que rema ese maldito bote hacia su perdición.
El miedo me atenaza el corazón con tanta fuerza que no soy capaz de tomar aire. Y siento una rabia tremenda por la situación en la que está metido.
Ambos abrimos la boca a la vez… justo cuando más campanas repican, dando la señal de alarma. Está cerca.
«Muy cerca».
Los insectos luminiscentes de las estalactitas se van apagando a medida que el aire se va enrareciendo. Parece que se hubiesen consumido junto con la poca compostura que me quedaba.
Gruño acercándome sigilosamente al agua, que sigue ondulando mientras continúan desapareciendo los puntitos brillantes que la iluminan y los ojos de Kaan se van agrandando con una oleada de emociones desenfrenadas.
Unas emociones que me distraen .
Aparto la mirada.
—Raeve…
Su ronca voz se convierte en un mero ruido de fondo cuando agarro mi anillo de hierro, me lo saco de un tirón y lo guardo en el bolsillo. Los chillidos frenéticos de Clode me destrozan los tímpanos con brutal precisión.
Sin duda, no le gusta que la ignoren.
— Deil de lu, no veirie… lui sois teil nahh de larughe —canto en un susurro, una nana que habla de su arrebatador encanto, ensalzando su fuerza y majestuosidad.
Encandilándola.
La violenta melodía de Clode se relaja un poco y ella se deja llevar por mi canción, presumida.
—Hailen es ta vuilo de.
La empujo a seguir una danza eufórica que no refleja en absoluto mi estado catatónico, girando a mi alrededor y levantándome la capa.
— ¡Glei, ei… asha tui! —añado, y ella atraviesa el agua dejando un rastro de salpicaduras. Va directa hacia Kaan, que está rugiendo algo que no alcanzo a oír, con el rostro desencajado por la rabia, lo que solo aviva la emoción que me burbujea en las venas.
Pyrok consigue ponerse en pie, daga en mano. De un salto, aterriza en el segundo barco y comienza a cortar las ataduras del prisionero.
Clode parece golpear con sus etéreas manos las blancas embarcaciones, empujándolas hacia el muelle. Estas se deslizan por la superficie con tal ímpetu que se les levanta la proa, tirando a los tres pasajeros dentro del casco.
Sobrepasan el extremo del muelle y se dirigen hacia la orilla del lago, que es casi vertical, a la izquierda de la salida.
Es como si Clode hubiera decidido que este es un momento fantástico para demostrar lo puñeteramente brillante que es, no solo siguiendo mis instrucciones, sino redoblando sus esfuerzos.
Apenas tengo tiempo de coger aire cuando los veo estrellarse contra la piedra; los cascos se resquebrajan como si de un cráneo roto se tratase. Pongo una mueca de dolor al ver a Kaan, Pyrok y el prisionero caer sin miramientos de espaldas al agua.
«Por todos los Creadores, espero que sepan nadar…».
El lago se ilumina , como si acabara de tragarse una luna de plumaluna.
«Eso quiere decir que…».
Doy media vuelta y miro hacia el fondo de la cueva. Me fijo en la criatura pálida y lustrosa que avanza por el agua cada vez más rápido.
La anthe.
Se me para el corazón al verla. Es de una belleza sobrecogedora, con múltiples extremidades que me recuerdan a las ramas blancas de un salce llorón: largas y delicadas.
Y, entre estas y su torso con tentáculos, hay unas membranas que se hinchan y deshinchan cada vez que toma impulso hacia los hombres, que tratan de alcanzar la orilla.
Hermosa, sí…, pero espeluznante . Semeja una estrella cruzando el cielo en busca de algo que destruir.
El miedo me paraliza y el tiempo se agota mientras calculo la distancia que la separa de los hombres, que intentan sortear los botes volcados…
«Los va a alcanzar antes de que tengan la oportunidad de trepar hacia la salida. Va a engullir a Kaan y hacerlo desaparecer. Se llevará su alma como si nada. Como si él no fuera nada ».
«Estoy a punto de presenciar cómo muere otra persona a la que quiero».
No.
Una pulsión salvaje se apodera de mí como si un hueso se hubiese recolocado, despertando algo feroz y primitivo en mi interior. Un escalofrío me sacude la columna, dejándola recta y firme, y tengo muy claro lo que he de hacer. Y me sumerjo de cabeza en mí misma.
Directa hacia mi lago helado.
Vagamente consciente del rugir del mundo, aterrizo en la extensión helada con el puño cargado de furia y arremeto contra el hielo con los nudillos blancos.
Un dolor agudo me recorre el alma mientras golpeo, golpeo y golpeo, abriendo un boquete por el que estoy a punto de sumergirme justo cuando me llama la atención algo que hay en la orilla.
Un cristal con forma de lágrima que reluce en la penumbra. Es como si mi Otra lo hubiera sacado de las profundidades y lo hubiera dejado ahí, listo para mí, sabiendo que volvería a por él.
Que lo necesitaría.
«Extrañamente conveniente…».
Agarro el objeto y suelto un aullido de angustia mientras la melodía de Rayne invade mi organismo igual que haría una enfermedad letal, haciéndome sentir dolorosamente pesada, como si me hubieran arrancado el corazón, lo hubieran llenado de piedras y me lo hubieran cosido de nuevo con una aguja oxidada.
Mientras regreso a la superficie de mi estado consciente, se me van acumulando en el alma más gotas de la lúgubre melodía de Rayne. Voy por la mitad de camino cuando comienzo a ceder a su poder depresivo y dejo caer la lágrima a la vez que suelto un grito de frustración.
La lágrima rompe el hielo y se hunde tan rápido que perdería un tiempo precioso si me sumerjo para recuperarla…
«Que le den».
Apretando los dientes, sigo ascendiendo y salgo a la superficie jadeando. Veo que el mundo ha cambiado: la anthe está más cerca y dos de los hombres están trepando por la abrupta orilla, pero no lo bastante rápido.
Doy un paso hacia delante, rozando con los dedos de los pies la orilla del agua. Kaan grita mi nombre tan fuerte que lo oigo a pesar de los violentos chillidos de Clode.
Responder requeriría que dividiera mi atención. Podría hacerlo si estuviera a punto de hablar con mi diosa del aire favorita.
Pero no es el caso.
Tras reunir todos los tristes fragmentos del desgarrado lenguaje de Rayne, hago crujir mi cuello, afanándome por juntar los sonidos de un modo que funcione. Ajusto mi barrera mental hasta que queda del tamaño adecuado para aislar a Rayne, y respiro hondo. Aprieto los dientes.
Me preparo.
«Allá voy…».
La canción de Rayne me inunda con un poder tan desgarrador que mis rodillas amenazan con ceder y la garganta se me llena de una oleada de emociones indeseadas.
Las lágrimas me queman los ojos. Lágrimas que ignoro , al igual que los gritos furiosos de Kaan mientras entro en el agua, bajo los hombros y me lleno los pulmones de aire.
Y canto.
No es una canción bonita; más bien, parece un rompecabezas al que le faltan demasiadas piezas.
Además, mi boca y mi lengua no son capaces de dar forma a esa música que me retuerce por dentro.
Sin embargo, al adentrarme en el agua, entonando una melodía desconocida que me resulta extrañamente familiar, ocurre algo increíble.
Rayne detiene su canto lleno de tristeza, desesperación y amor perdido…
Deja de cantar y escucha .