La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 12. Raeve
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Capítulo 12. Raeve

Raeve

S igo a Utris pasando junto a un arbusto kutak lleno de espinas y atravesamos el boquete recién abierto en la pared en dirección a la escalera toscamente tallada que hay del otro lado. Inhalo el fétido y denso aire, tan perturbadoramente quieto que parece sólido.

— Gurdeth aahgth… du ien dah —murmura Utris, haciendo temblar el suelo, y la piedra se vuelve a unir como si fuera de arcilla, sumiéndonos en una oscuridad absoluta.

Saco un tarrito con luz de luna que le compré a un mercader ambulante por el extraño precio de una hebra de pelo y lo uso para examinar su trabajo.

Pared lisa, como si nunca hubiese habido un agujero.

—Impresionante. —Me quito la capucha, dándome cuenta de que tener un cómplice es muy útil; ojalá dure—. Supongo que oyes bastante bien a Bulder, ¿no?

—La verdad es que no —gruñe recolocándose a Rekk—, pero escucho con atención y practico mucho.

Bien que hace. Yo practico cero y, luego, suelto unas pocas palabras básicas y espero lo mejor cuando no me queda más remedio que recurrir a él.

Me he acostumbrado a que me ignore. A veces me ofrece algo tan deforme como mis palabras, que a menudo da patadas con más fuerza que sus largos y críticos silencios.

—Yo voy delante. —Empieza a bajar por la sinuosa escalera—. Por si acaso se me resbala este cabrón.

No hemos llegado muy lejos cuando el aire se vuelve tenso de un modo que conozco bien, erizándome el vello. Es la prueba de que hemos pasado por debajo de los arcos que encierran la Ciudadela y silencian a los Creadores.

Noto tal presión en los tímpanos que parecen a punto de reventar, suscitándome visiones de batallas incendiarias y regueros de sangre hirviendo…

Escondo los recuerdos bajo mi lago helado y muevo el cuello de lado a lado para que cruja, preguntándome si las runas funcionan igual que las que anulan a quienes luchan en las arenas de Khindard…

La curiosidad me lleva a usar mi capa como guante para quitarme el anillo de hierro del dedo y, de inmediato, me acosan chillidos, rugidos, lamentos y…

—Que los Creadores me despellejen —siseo, y vuelvo a ponerme el anillo tan rápido que por poco me parto el hueso. Tengo que limpiarme la sangre que empieza a brotarme de los oídos.

«Mierda».

—¿Todo bien?

«No, estoy bastante segura de que Clode me acaba de perforar los tímpanos».

Utris se detiene y entrecierra los ojos mientras le gotean perlas de sudor desde la frente hasta las cejas, que tiene levantadas. Aunque enseguida cambia de expresión y frunce el ceño.

—Parece que me vayas a vomitar tu última comida encima. ¿Estás bien?

¿Cómo voy a decir que «al parecer soy inmune a los poderosos arcos de piedra destinados a anular a todos los que están debajo, excepto a los miembros del Triconsejo», sin que parezca que estoy… loca?

Imposible.

—No me gusta el cambio de presión del aire. —Sonrío, a pesar de que me sale otra gota de sangre de la oreja derecha, cortesía de los alaridos de Clode. Nunca la había oído gritar tan fuerte—. Pareces agotado. ¿Quieres que lo cortemos en dos y repartamos la carga?

Utris me dirige una mirada bastante reprobatoria. Murmura algo y sigue bajando las escaleras, tal vez pensando que no hablaba en serio.

Él se lo pierde.

Me deja reflexionando sobre mi extraña habilidad en un silencio atronador…

El Triconsejo no suele cagarla de esta manera.

Hay una razón por la que ejerce más poder político que cualquier monarca, a pesar de gobernar solo un pequeño pedazo de tierra.

No quieren más territorio porque eso equivale a más gente de la que cuidar.

Sus miembros saben muy bien que, si untas una pizca de manteca en un trozo de pan grande, no da para mucho.

No.

Son ricos en recursos y quisquillosos a la hora de aceptar a alguien en su pequeño círculo, donde cada miembro tiene un don y un poder enorme. Y saben bien cómo ejercer ese poder: impecablemente.

Eso significa que el problema soy yo .

Algo que es mejor que me guarde para mí, no sea que decidan fijar otra recompensa por mi cabeza.

E l aire se vuelve tan quieto y silencioso que cada respiración parece un rugido y, a medida que nos aproximamos a la ribera de un lago subterráneo, el hedor se va tornando más denso y potente.

Se trata de una gruta lo bastante grande como para albergar a Rygun, a pesar de su impresionante envergadura.

Me acerco a la pequeña bahía de guijarros y escudriño la superficie del agua, tan oscura que ciertamente parece capaz de tragarse un alma, incluso sin la ayuda de la anthe.

—¿Es aquí?

—Claro que sí —refunfuña Utris abriéndose camino con cuidado por entre las piedras.

Lo adelanto con la mirada fija en el techo: un mural de estalactitas cubiertas de insectos luminiscentes que se reflejan en la superficie del agua, haciéndola parecer el cielo de La Sombra, algo que me perturba de una manera que no logro comprender.

Al mirar a la derecha, advierto que la cavidad se va estrechando hasta convertirse en un túnel angosto que desaparece en la oscuridad, en el que hay numerosas cuerdas con campanas colgando del techo, las cuales se sumergen bajo la superficie del agua hasta donde alcanza la vista, sin duda para avisar cuando hay movimiento en el agua: un tintineo para advertir de que hay que salir pitando .

Al mirar a la izquierda, más allá de un saliente de piedra irregular, siento un escalofrío por la espalda al ver la ornamentada entrada que da a un embarcadero de piedra blanca, labrado en forma de boca de dragón con la lengua colgando sobre el lago.

Y, ahí amarrados…, unos barcos ; numerosos barcos largos de color blanco, con la quilla elevada tanto en la proa como en la popa, algunos con grietas en ambos lados del casco, como si algo descomunal los hubiera rajado para devorar su contenido.

Supongo que así es como el Triconsejo dicta las sentencias de ejecución. No sé qué es peor: que te devore un dragón o esto .

—¿Alguna vez has alimentado a una anthe? —pregunta Utris soltando a Rekk en la orilla.

El sonido de su cabeza al golpear las piedras me produce una morbosa satisfacción que me recorre la piel.

Guardo mi luz de luna en el bolsillo y me agacho para ayudarlo a quitarle el sudario y desatar el cuerpo.

—Nunca he tenido el placer.

—Hay algunas cosas que has de saber. —Utris retira las últimas cuerdas y una capa de tela empapada de sangre; sus ojos brillan como gemas azules a la tenue luz —.

No tienen oídos, pero el movimiento del agua les agita las membranas, avisando de que les espera un festín.

En cuanto lancemos el cuerpo al agua, la anthe saldrá de su guarida —dice señalando con la barbilla el túnel de la derecha—.

Se mueven por el agua, pero si tienen mucha fuerza a veces salen parcialmente, y esta…

, bueno, digamos que es grande. En cuanto suenen esas campanas, tenemos que irnos, y rápido.

Quito el último trozo de tela y lo tiro a un lado.

—¿Algo más?

—Sí. Si por casualidad te encuentras cara a cara con ella, bajo ninguna circunstancia la mires a los ojos.

—¿Por qué no?

—Es un reto territorial. O bien te ganas su respeto, o bien pierdes todos tus sentidos. Entonces acabas suplicándole que te devore.

—Ah…

«Interesante».

—¿Algo que decir antes de despedirnos de él?

—Ahora que lo mencionas, sí. —Desenfundo un puñal de escamas de dragón. Si no decapito a este cabrón, puede que encuentre la forma de atormentarme por mucho que lo lancemos al olvido.

Inclino la cabeza de Rekk, dejando expuesta su garganta, y le rajo el cuello, cercenando rápidamente carne, músculos y tendones. Cundo la hoja llega al hueso, en lugar de perder el tiempo serrándolo, dejo el arma, cojo su cabeza entre mis manos y la giro hacia un lado.

Se oye un gratificante crac.

Utris se aclara la garganta y me observa mientras corto la carne restante, enfundo mi puñal y levanto la cabeza de Rekk como si fuera un trofeo.

—Mucho mejor.

—Supongo que tú, eh…, has pasado una temporada con uno de los clanes.

«Más bien, la he pasado con un “rey” que parece haberme influenciado».

—Se podría decir así.

—Bueno, siempre es mejor asegurarse. —Utris agarra a Rekk por los tobillos y lo arrastra cerca del agua mascullando—: De todas formas, es probable que pronto muramos todos, ya que el cielo está a punto de cagarse encima.

Algo morboso. Desde luego, yo no tengo intención de morir pronto.

Juntos, echamos lo que queda del cuerpo de Rekk en el agua, creando muy pocas ondas.

—Por Essi y Líri —musito entre dientes, y empujo suavemente su cabeza, disfrutando al verla deslizarse por la pendiente y desaparecer bajo el agua…, con la esperanza de que así se calme el picor de las yemas de mis dedos.

Pero no es así.

Un movimiento me llama la atención.

Miro hacia el muelle, ahora abarrotado de gente con túnicas blancas…

—Mierda —susurra Utris tirando de mí para ocultarnos detrás de una roca, aunque llego a vislumbrar al feérico al que parecen escoltar: está ensangrentado y lo llevan atado con cuerdas y amordazado. Prácticamente, lo arrastran hacia los barcos.

No obstante, es la llamarada que tiene por cabello lo que hace que se me acelere el corazón.

«Diría que es Pyrok…, aunque más delgado, pálido y hecho polvo».

Un grito ahogado hace eco a través del agua seguido de un chapoteo mientras unas intimidantes ondas perturban la superficie.

—Se lo están echando a la anthe —masculla Utris tirándome del brazo y dirigiéndose al túnel—. Tenemos que irnos. Ya.

Un poco precipitado, dado que no estoy cien por cien segura de que no sea ese hombre indolente y deslenguado por el que juré no volver a preocuparme.

Echo otro vistazo por encima de la roca y veo que están empujando al pobre desgraciado a un bote que enseguida lanzan al agua.

Hacia nosotros.

—Raeve, date prisa.

—Espera un momento —susurro entornando los ojos para ver el rostro del prisionero mientras los individuos con túnicas desaparecen por la salida.

Sin duda, con prisas por que no los devoren a ellos.

El prisionero se remueve hasta quedar sentado, moviéndose de forma errática. Parece estar atribulado. No muestra la languidez de Pyrok, pero eso no alivia mis preocupaciones.

Por fin, echa la vista atrás por encima del hombro, hacia el túnel, dejándome ver su perfil a la perfección.

Escudriño sus delicadas facciones en busca de sus distintivos pendientes, pero no encuentro ninguno.

Solo veo su piel magullada y amoratada en algunas zonas.

Es evidente que le han pegado. Por último, me fijo en su pelo: rapado por detrás y a los lados, mientras que el resto es un revoltijo de rizos más o menos domados.

«No es Pyrok».

Constatarlo debería hacer que me sienta mejor.

Pero no es así.

Sabiendo cómo funciona el mundo, probablemente no haya hecho nada para merecer este horrible destino, a diferencia del hombre al que acabo de arrojar al agua.

El prisionero está intentando liberarse de sus ataduras cuando cruzamos la mirada. Entrecierra los ojos y contrae todo el rostro, como si tratara de ubicarme.

Abre tanto los ojos que estoy segura de que están a punto de salírsele de las órbitas y lanza un grito silencioso, algo muy parecido a «¡ VETE !».

Utris me agarra del brazo, tirando de mí hacia el túnel mientras yo sigo dándole vueltas a la cabeza. Vamos por la mitad de las escaleras cuando el tañido lejano de una campana me sacude hasta lo más profundo.

Gimo.

Los rescates no me han ido bien en el pasado. Me siento mucho más cómoda con el solitario papel de derramadora de sangre profesional, pero…

«¡A la mierda!».

Le doy una patada a Utris en la parte posterior de la pierna, justo en la corva. Se desploma soltando un bramido, aunque me apresuro a sostenerlo y rodearle el cuello con el brazo, apretando.

Con fuerza.

Se resiste, pero yo ya me he apoyado en las paredes mientras interrumpo el flujo sanguíneo a su cerebro.

—Perdona por esto, pero sé que es probable que el rey te haya dado instrucciones de no dejarme morir o algo por el estilo.

Él se revuelve con más ferocidad, dando sacudidas de un lado a otro. Eso no hace más que confirmar mis sospechas.

«Será metomentodo».

—Cuando despiertes, encontrarás una alondra en tu bolsillo con la ubicación de tu oro —le digo al oído, aún sujetando sus brazos y piernas para mantenerlo inmovilizado.

Sus movimientos cada vez son más débiles, menos frenéticos.

—Vete a buscar al amor de tu vida y llévala a Dhomm. Vive, Utris.

Se le quedan los ojos en blanco y el cuerpo flácido.

Lo suelto y le meto la alondra medio doblada en el bolsillo. Luego, bajo las escaleras a toda prisa y alcanzo la bahía justo cuando suena otra campana, esta menos lejana.

—Joder —murmuro mientras el hombre del bote grita ahora más fuerte que antes, con los ojos tan llenos de pánico que parece contagioso.

— VETE … VETE … VETE … ¡ VETE !

—No si quieres salir de esta —susurro, y estoy a punto de sacarme el anillo cuando veo otro bote avanzando decididamente con dos personas dentro.

Un pelo rojo revuelto atrae mi atención hacia el hombre que va sentado en la proa de la embarcación, con las cejas fruncidas con determinación y sus ojos verdes fijos en el prisionero.

Caigo en la cuenta.

«Son parientes».

—Por todos los Creadores…

Desplazo la vista hacia el individuo vestido con una túnica blanca que me da la espalda y, al contemplar sus anchos hombros y la seguridad con la que se mueve, remando con brío, se me corta la respiración.

Todo mi cuerpo se queda frío e inmóvil, como un plumaluna que acaba de elevarse hacia la gran oscuridad y se ha acurrucado para morir.

«No».

«Por favor, no…».

Kaan gira la cabeza, como si sintiera mis ojos clavados en su nuca.

Cruzamos la mirada.

El tiempo se detiene.

Y, en lo más profundo de mi lago helado, se oye un gruñido.