La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 11. Raeve
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Capítulo 11. Raeve

Raeve

L a aguanieve me azota la capucha mientras recorremos las afueras de Bothaim, siguiendo un camino bastante solitario por el que ya he transitado los daes previos a la llegada de Rekk.

Esta ciudad no se parece a ninguna otra que haya visitado antes. No es lineal, sino un laberinto horadado en la piedra de color tostado, como si Bulder hubiera cogido un puñado de troncos de diferentes tamaños y los hubiera arrastrado por el suelo antes de que este se asentara.

Algunos caminos son anchos, como El Foso en Gore, mientras que otros son más parecidos a este: callejones ciegos que unen dos vías principales, tan angostos que Utris se ve obligado a pasar de lado para que no se le queden encajonados los hombros.

Me detengo para echar un vistazo por la estrecha rendija, quitándome la capucha para sentir la aguanieve en mi piel.

—¿Todo bien?

—¿Sabes? —masculla Utris acercándose—, no parecía tan grande, pero estoy agradecido de que gran parte de él se quedara en el suelo de El Beso Casto.

Haría una reverencia, pero no puedo atribuirme el mérito.

Una alondra pasa volando a mi lado a una velocidad tan extraña que sigo su trayectoria con la mirada. Va seguida de cerca por otra.

Otra más.

«Y otra».

Frunzo el ceño al oír el rugido de un fundefauces a lo lejos y la fría pesadez que siento me sube por el cuerpo.

—Quédate cerca —murmuro volviendo a ponerme la capucha.

Utris gruñe cuando me desvío cerca de la salida del callejón y me detengo para mirar la calle principal que hay al otro lado: altos muros repletos de orificios a modo de ventanas, cadenas oxidadas que van de un lado al otro cargadas con frutas y verduras.

La calle rebosa de alondras de papel revoloteando y hay una avalancha de nulos que van a toda prisa en la misma dirección: hacia la Ciudadela.

Algunos llevan en la mano alondras desplegadas, otros mantienen a sus retoños cerca, cogidos en brazos, a la espalda o apretados contra el pecho.

La mayoría de la gente lleva fardos cargados con sus pertenencias.

Si bien es una carrera silenciosa con muchas miradas furtivas entre la multitud, que se afana por que sus seres queridos no se dispersen, el miedo se refleja en los ojos muy abiertos y las caras desencajadas.

—Está empeorando —murmura Utris a mi espalda.

—¿Qué quieres decir?

—Al regresar a El Beso Casto, me fijé en que había mucha gente corriendo de un lado para otro y muchas más alondras de lo habitual. Sean cuales sean las noticias, están circulando muy deprisa.

Un frío pavor me clava las garras.

Atrapo una alondra en el aire. La pobre se resiste y me hace cortes con el pergamino hasta que la aplasto en la palma de mi mano.

—Lo siento, pequeña —murmuro hojeando el texto—. Son tiempos difíciles…

Hermana, noticias terribles:

Se han presagiado múltiples caídas lunares, incluso justo sobre Bothaim. Es posible que algunas partes de la ciudad queden en ruinas.

El hermano de Rhikoth (que estaba haciendo de escribano en un juicio este dae) cree que hay unas runas nuevas en los arcos que protegen la Ciudadela de las caídas lunares.

Si este rumor es cierto, estoy segura de que el Triconsejo abrirá las puertas a algunos habitantes de la ciudad y querremos ser de los primeros en la cola.

Dado que el abuelo portaba un abalorio azul, espero que nos dejen entrar a nosotros y a las niñas, ya que aún no tienen muesca ni abalorios, y lo mismo ocurre con tu hijo nonato.

Me han dicho que no divulgue esta información, pero no soporto la idea de perderos a todos.

Por favor, venid.

Besos, G

Se me cae el alma a los pies y levanto la mirada hacia las numerosas lunas.

La mayoría son de fundefauces, pero también hay de plumalunas y siegasables, una oda a una gran batalla que tuvo lugar aquí hace muchas fases.

Suspiro volviendo a darle forma a la alondra, pues no veo razón para mantener el secreto, ya que nadie más parece hacerlo.

—Se avecina una caída lunar. Varias, en realidad.

—¿Qué?

—El rey me lo ha comunicado antes. Faltan más de quince ciclos, pero no todo el mundo está al tanto.

«No hay duda».

—Por todos los Creadores…

Suelto la alondra, que vuelve a su rumbo.

—Al parecer, hay nuevas runas en los arcos que protegen contra ellas.

Difícil de creer. Si el Triconsejo hubiera sacado esa información del Libro de Voyd , seguramente la habría compartido. A menos que sean más retorcidos que una rama de salce llorón.

Dirijo la mirada hacia dichos arcos. Sobresalen de la alta muralla blanca que rodea el centro de la ciudad, con cientos de torres enormes que semejan dientes de dragón apuntando al cielo.

Por encima, se agitan coloridos fundefauces, cuyo fragor retumba por el aire.

Cada uno de ellos lleva un guardia de armadura blanca entre sus alas, con la atención fija en las calles que rodean la Ciudadela.

—Probablemente por eso tanta gente va en esa dirección.

—Pero no hay suficiente espacio debajo de ellos para albergar a toda la población de la ciudad. Ni por asomo.

—No, y no solo van a ser los residentes de Bothaim los que corran a las puertas si esta noticia se difunde fuera de la ciudad.

«Y así será».

La idea de verme prisionera en ese gigantesco grillete paliducho que es la muralla hasta que las cosas se calmen de nuevo me pone los pelos de punta, dado que solo los miembros del Triconsejo tienen el don de oír a los Creadores de puertas para adentro.

Precauciones desde la guerra que sembró el cielo de lunas.

Miedo y esas cosas.

—Vamos a ponernos en marcha. Cuanto antes nos deshagamos del trozo de carne que llevas a la espalda, antes podrás buscar un lugar seguro donde refugiarte.

—Y tú, ¿qué vas a hacer?

Aprieto los labios. El aliento de un beso no dado todavía me hace cosquillas en la sien.

Todo mientras el recuerdo de mi Otra me atormenta.

Es como si hubiera subido a la superficie y se hubiera plantado en la orilla de mi lago helado, lista para rajarme las plantas de los pies cada vez que me sumerjo allí abajo con el objetivo de deshacerme de algo.

—Todavía no lo he decidido —murmuro, y cruzo la calle, esquivando a la frenética muchedumbre y las alondras que surcan el aire, consciente de lo que no estoy haciendo.

Esconderme en una bonita y acogedora cabaña inestable mientras Kaan Vaegor se preocupa por cualquiera en este maldito mundo menos por sí mismo.

Me dijo que doblara el pliegue de retorno si lo necesitaba. Bien, porque lo que necesito es que no muera.