La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 10. Kaan #2
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Capítulo 10. Kaan #2

El gran canciller palidece y yo levanto las cejas mientras la multitud prorrumpe en un torrente de susurros.

«Joder…, es cierto».

Pyrok se inclina hacia mí.

—Esto no pinta bien.

«No, para nada».

Muchos de los presentes tienen familiares al otro lado de las puertas.

Difundirán este rumor y, en cuanto se corra la voz sobre las inminentes caídas, la gente acudirá en masa a la Ciudadela con la esperanza de encontrar refugio dentro de sus gruesos muros reforzados con hierro.

Habrá disturbios, muertes. A Roan lo culparán de todo.

Lo perseguirán durante el resto de su existencia…, si es que sobrevive al juicio.

Algo que se vuelve más improbable con cada palabra que pronuncia esa lengua tan larga que tiene.

Otro ademán del canciller silencia a la multitud. Le tiembla el labio superior mientras mira al mentalista, que tiene el rostro enrojecido y llora lágrimas de sangre.

—¿Estás más cerca de descifrar su vacío mental?

—No —murmura el mentalista y, luego, se desploma de la silla y queda tendido en el suelo.

El gran canciller suspira.

—Entonces, hemos de iniciar una investigación con el rey Kaan Vaegor para asegurarnos de que no ha participado en este perverso acto —afirma, unas palabras que me golpean con fuerza en el pecho.

Pyrok maldice mientras yo me esfuerzo por asegurar que el muro que he construido dentro del vínculo emocional que comparto con Rygun sea sólido, que mi dragón no pueda colarse ni de coña. Lo último que necesito es que perciba el peligro y se presente en Bothaim.

—La citación se enviará de inmediato. El incumplimiento se considerará una declaración de culpa. Se revocarán las licencias comerciales y se retirará el favor del Triconsejo.

Roan pierde el poco color que le quedaba en su ya pálido rostro. Abre la boca para hablar, pero, con unas pocas palabras susurradas por el gran canciller, se desata un viento en la sala.

Roan cae de rodillas llevándose las manos al cuello, con los tendones a punto de romperse.

Pyrok gruñe y se levanta, pero lo retengo poniéndole una mano en el brazo.

—No lo hagas —mascullo—. No seremos de ayuda si nos delatamos.

El gran canciller se pone de pie y mira a Roan con desdén.

—Por el cargo de traición, dada tu intención de poner en tela de juicio la imparcialidad del Consejo y usurpar nuestros tronos, nosotros, el Triconsejo, te declaramos…

—¡Culpable! —Todos los miembros levantan la mano.

—Por el cargo de allanamiento de morada con intención de robar el Libro de Voyd , nosotros, el Triconsejo, te declaramos…

—¡Culpable!

—Por el cargo de obstrucción a la justicia al ocultar información esencial en tu mente, nosotros, el Triconsejo, te declaramos…

—¡Culpable!

«Por todos los Creadores».

—¡Roan du Alac’ de La Llama! —grita el gran canciller, repitiendo el nombre falso que este lleva utilizando la mayor parte de su vida—, ahora quedarás despojado de tus honores. ¡Guardianes!

En grupo, diez guardianes con dos abalorios se acercan desde la pared, con sus ojos blancos fijos en Roan, que está al borde de la asfixia. Se agrupan a su alrededor y le arrancan los botones.

—Dos de tus tres cargos están penados con la muerte —continúa el gran canciller, clavándome una espada de hielo directamente en el corazón—. El otro será expiado con azotes de fuego.

A Pyrok le da un vahído. No se cae porque lo tengo sujeto del brazo.

El gran canciller abre la tapa de su vial y ordena que una cinta de llamas se le enrede entre los dedos.

Rasgan con fuerza la túnica de Roan, y el sonido de tela rasgada resuena en el repentino silencio.

—No mires —gruño cuando la huesuda espalda de Roan queda al descubierto. El gran canciller lanza su cinta de fuego hacia su pálida piel. Pero Pyrok no me hace caso y lo noto temblar.

El fuego se encuentra con la carne… de nuevo.

«De nuevo».

Roan se retuerce cada vez más con cada chisporroteante chasquido.

El olor a piel quemada me invade la nariz y se me cierra la garganta al recordar que pah me daba el mismo trato, gritándome que dejara de llorar y controlase las malditas llamas mientras me destrozaba.

Me obligo a mirar, aunque el niño que llevo dentro quiere acurrucarse y chillar, aunque todas las demás partes de mi ser quieren saltar desde esta grada y aplastarle el cráneo al gran canciller. Algo que causaría más daño que bien, dado que me superan en número.

«Impotente».

Para cuando el último latigazo se desvanece, Roan tiene la espalda entera roja, negra y llena de ampollas, y tiembla mientras busca el frío consuelo del suelo.

—Qué decepción has resultado ser —dice el gran canciller con rabia colocándose las mangas en su sitio con los dedos, cuyas puntas humean—. Los guardianes te purificarán y, después, te darán de comer a la anthe. Que los Creadores tengan piedad de tu alma.

Lucho por mantener a Pyrok en pie mientras los miembros del Triconsejo se agolpan en la salida, aunque la mayoría de los aldeanos se quedan para ver a los guardianes desenganchar las cadenas de Roan del lugar donde está atado al escenario.

Le dan una patada para derribarlo y, luego, lo arrastran mientras él lucha por respirar, dejando atrás sus gafas.

Tiradas en medio de un charco de sangre.

—¿Me da tiempo a llegar a la guarida que hay a la salida de la ciudad? —pregunta Pyrok con voz ronca, cargada de un miedo crónico y una ira brutal.

—No sé cuánto durará este ritual de purificación. —La multitud comienza a dispersarse, dirigiéndose a las numerosas salidas en arco mientras nosotros miramos el escenario vacío—. Nuestra única opción es quedarnos dentro de la Ciudadela y seguirlos.

Pyrok gira la cabeza bruscamente.

—Pero te ha jodido políticamente, a ti y a La Llama. Y, probablemente, también haya desencadenado una guerra.

—No era su objetivo.

Vino aquí con la mejor de las intenciones: proteger a mi pueblo de caídas lunares, y lo han condenado a muerte. Si le hubiera prestado la atención que merecía aquel dae, es muy posible que no lo hubieran quemado y golpeado, ni lanzado a la muerte. La culpa es mía.

Pyrok me mira fijamente sin pestañear, con la mandíbula tensa.

Dejo que parte del fuego de Rygun se eleve dentro de mí. Siento su calor cosquilleando bajo mi piel, calentando el aire. Noto las brasas prendiendo en mis ojos.

Pyrok toma aire entre dientes, se zafa de mí y apura su petaca de tres largos tragos, con la mano temblorosa por una rabia que apenas puede contener.

—Bien —sisea tapando la petaca con el corcho—. Supongo que todos moriremos este dae.