La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 10. Kaan
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Capítulo 10. Kaan

Kaan

G ran canciller, lo juro por mis méritos —suplica Roan desde el escenario circular blanco que se encuentra debajo de nosotros, su superficie pulida brillando como una luna de plumaluna.

Extiende sus manos encadenadas hacia los numerosos botones dorados que abrochan su túnica de runi, sucia y manchada de sangre—. El libro se evaporó .

Frunzo el ceño y aparto la mirada del espectáculo para observar a la multitud de testigos que murmuran. Quizá haya un centenar de hombres runis apiñados en el graderío más elevado, ansiosos por ver el castigo de uno de los suyos.

—¿Se evaporó? —repite el gran canciller haciendo repicar sus afiladas uñas sobre el reposabrazos curvo de su trono de piedra blanca, semejante a una garra de dragón—.

Seguramente he oído mal. —Señala con un gesto a los otros catorce miembros del consejo que se encuentran alrededor del escenario, sentados en tronos similares, aunque uno de ellos está vacío—.

Habla más claro para que mis hermanos dotados de tres abalorios puedan oírte.

Muchos de los miembros se inclinan hacia delante, todos enfundados en una túnica blanca con capucha. La mayoría de ellos son tan viejos que solo la gema de rocadragón que toman cada dae evita que su piel parezca un pergamino arrugado.

Sin embargo, la edad se aprecia en sus ojos, que se han vuelto lechosos con el tiempo, y en su lentitud al moverse, como si estuvieran hechos de un material más pesado que los demás.

Roan se aclara la garganta y alza la voz.

—No ha oído mal, gran canciller. Y le juro que no es una locura. —Hace una reverencia temblorosa que deja ver sus costillas marcadas en la espalda; está esquelético en comparación con la última vez que lo vi, cuando llamó a la puerta de mi habitación y me preguntó si tenía tiempo para hablar.

«Después de comer», le dije. Pero entonces recibí una pista sobre un fragmento lunar, la primera en más de una fase, y me fui antes de que se pusiera la aurora sin despedirme de nadie.

Y ahora esto .

A Roan lo están juzgando los aliados más poderosos de mi difunto pah, hombres con tres abalorios, con el mismo don que los runis.

Me hierve la sangre al pensar en la influencia positiva que todos ellos podrían ejercer en la esfera política si se lo propusieran. En cambio, creen que el mundo les pertenece por derecho divino y que pueden manipularlo a su antojo, que los demás somos ganado marcado según su valor.

Si mugimos demasiado fuerte, nos sacrifican.

He trabajado duro para mantener La Llama en calma y evitar enredos políticos desde que asumí la corona de pah.

Quería dar a mi pueblo la oportunidad de sanar, crecer y prosperar después de todo lo que pasó bajo el régimen de Ostern y la sangrienta usurpación que hubo después.

No obstante, parece que la paz está a punto de agotarse, porque no hay nada que no haría por Roan.

Le hice una promesa a su hermana y, por mi honor, no pienso romperla.

—Lo único que quedó fue una nube de partículas plateadas que parecieron…, bueno… —Roan pone una mueca con aire avergonzado—, que parecieron salir por la puerta.

—¿Esperas que creamos que el Libro de Voyd , un manuscrito antiguo que pensamos que no hay duda de que escribió el propio Caelis, salió de la cámara por su propio pie?

—insiste el gran canciller con su grave voz, la cual semeja un martillo golpeando las paredes del anfiteatro—.

Una cámara que —añade con tono incisivo— está tan runada contra intrusos que todos han perecido nada más cruzar el umbral. Hasta ahora.

A Roan se le ponen rojas las mejillas, mientras que Pyrok refunfuña tan alto que otro runi lo mira con desaprobación.

Le doy un codazo tan fuerte que se queja.

—Sé cómo suena. —Roan se ajusta las gafas de montura de cobre, que combinan a la perfección con el pelo apelmazado y lleno de roña que lleva—.

Yo tampoco lo creería si no lo hubiera visto con mis propios ojos, pero allí estaba yo, de pie junto al atril, a punto de levantar la tapa tras quitar la correa cuando…

—agita las manos, haciendo tintinear las cadenas—, puf, adiós.

Los miembros del consejo giran la cabeza y consultan entre sí mientras los espectadores prorrumpen en murmullos furiosos.

Roan cambia de postura y me fijo en que va descalzo. Lleva grilletes en los tobillos y le mana sangre de las marcas que le han hecho.

Aprieto los puños.

—Ese idiota no les está besando el culo lo suficiente —murmura Pyrok metiendo la mano en el bolsillo de su túnica falsa de runi. Saca un petaca de cobre y le da un trago—. Debería estar de rodillas suplicando por su vida.

El olor a alcohol flota entre nosotros.

—No tienen pruebas de que robara el libro.

Además, el Triconsejo valora el conocimiento y el poder por encima de cualquier otra cosa, y Roan ha logrado algo extraordinario.

Quieren saber cómo . —Miro al mentalista que se halla sentado en un escritorio junto al escriba con los ojos fijos en Roan, las pupilas dilatadas y gotas de sudor perlándole la frente—.

Están utilizando este juicio como táctica intimidatoria.

«Eso espero».

Me fijo en que a Roan también le cae sudor por su magullada frente y tiene sus rizos rojos pegados a las sienes, una señal de que está agotado de tratar de mantener su mente vacía.

—Siempre y cuando Roan no los desafíe —murmuro—, no habrá ningún problema.

Puedo sacarlo de una celda. Lo que no puedo hacer es traerlo de vuelta de entre los muertos. No hay fuerza ni poder en nuestro mundo capaz de revivir un alma del tipo de muerte que el Triconsejo da a aquellos que mancillan sus impolutas túnicas.

Pyrok gruñe y da otro trago mientras una gran sombra pasa sobre el anfiteatro.

Lanzo la mirada hacia el techo de cristal, casi esperando ver una luna cayendo en picado hacia nosotros.

Sin embargo, se trata de un fundefauces ya mayor atravesando las nubes desperdigadas, lo bastante cerca como para llevarse por delante uno de los arcos de piedra blanca fuertemente runados que se extienden por toda la Ciudadela.

Estos silencian a los Creadores para todos los que están debajo, excepto para los miembros del Triconsejo, los cuales llevan la frente adornada por una diadema inquietantemente similar a la de Kyzari.

La que llevaba Elluin…, antes de que el parto acabase con su vida cruelmente, privando así a Kyzari de conocerla, de quererla.

Pensar en ello hace que se me encoja el corazón, tanto que me duele.

—Silencio. —La atronadora voz del gran canciller hace callar a la multitud.

Roan se endereza y mira con el ceño fruncido a los miembros del consejo con un destello de esperanza en sus brillantes ojos verdes.

—Alquimista, dado que tus sólidos muros mentales hacen que nuestros veracistas sean inútiles para distinguir la realidad de la ficción, nos pones en una situación complicada.

Quieres que creamos tu absurda historia, pero lo cierto es que te encontraron en la cámara después de romper la cadena de runas que llevaba siglos grabada en ese lugar, creada para proteger el Libro de Voyd .

—El gran canciller hace ademanes hacia los demás miembros del consejo, meneando sus amplias mangas—.

Creemos por unanimidad que has utilizado una de tus maliciosas técnicas de runi para ocultar el libro y que todavía lo tienes en tu poder.

—Eso es una barbaridad —dice Pyrok entre dientes.

Roan echa la cabeza hacia atrás, ofendido, y frunce el ceño, lo que me hace sentir pavor. Si bien es insuperable en el vaciado mental, su rostro refleja todas las emociones que lo embargan. Y ya he visto esa mirada antes.

Cuando está verdaderamente perplejo por la enorme estupidez de alguien.

—Con todos mis respetos… —extiende las manos para mostrar sus grilletes, de hierro con una franja de runas plateadas grabadas—, dadas las numerosas palizas que he soportado desde que me encerraron en las mazmorras de la Ciudadela, habría utilizado el libro para encontrar una forma de librarme de esto.

Suspiro. Todos los demás se quedan boquiabiertos y, de pronto, la sala estalla en gritos y rechinar de dientes.

¿Librarse?

¿… ir en contra del Consejo?

¿Esperaba que le mimaran después de haber sido pillado robando nuestro objeto más sagrado?

El gran canciller manda callar a la multitud con un gesto de la mano.

—Para que conste, ¿cuál fue el motivo por el que irrumpiste en la cámara?

Roan frunce el ceño.

—Estoy seguro de que el motivo es bastante obvio, dadas mis numerosas solicitudes por escrito para ver las páginas no traducidas del Libro de Voyd .

—Ah…, sí. —El gran canciller levanta una alondra aplastada del atril que tiene a su lado—.

Recibimos las solicitudes, redactadas en términos muy claros, pero nuestra falta de respuesta se debió, sencillamente, a que todas las páginas sin traducir estaban dañadas desde antes de que se descubriera el libro y se guardara en un lugar seguro. Y, por lo tanto, eran indescifrables.

Roan frunce los labios y cambia el peso de pie. Ese leve movimiento me da a entender que está tratando de distraerse para no lanzarse a una de sus salidas conspirativas, pasando la mirada de un canciller a otro.

«No lo hagas».

«No lo hagas».

«No…».

—En ese caso, seguro que no había ningún problema en que lo viera, tal y como solicité —responde, y estoy a punto de suspirar de alivio—. A no ser, claro está, que el Triconsejo oculte información.

«Joder».

—¡Blasfemia! —exclama el gran canciller apretando los puños—. Nunca haríamos tal cosa.

—Entonces ¿qué es eso? —pregunta Roan alzando la vista con el ceño fruncido, dirigiendo una mirada muy significativa a los arcos de piedra que coronan la Ciudadela.

Se encoge de hombros—. No tengo por costumbre creerme todo lo que sale de la boca de un espectro, pero al parecer hay nuevas runas invisibles en esos arcos que protegen este lugar de caídas lunares.

Se oyen más gritos ahogados y frunzo el ceño.

«Esa es nueva…».