Capítulo 9. Veya #2
Tyroth me agarra del pelo y tira de él, haciendo que se me clave más la flecha de piedra. Grito al ver el destello de su hoja cuando me la acerca al cuero cabelludo y corta .
Siento soltarse mis mechones y veo cómo caen rizos en su mano.
—Algo que enviar como prueba cuando informe a Kaan de tu muerte.
Me quedo tan helada que un solo golpe me rompería en pedazos.
Tyroth da un silbido largo y profundo que reverbera en las paredes de la caverna, al cual sigue un rugido grave, como si a Bulder le sonaran las tripas. O al menos eso es lo que me digo a mí misma, que el dragón de Tyroth no acaba de despertar de un profundo sueño.
De todos modos, tiemblo, segura de que prefiero morir por mi propia espada antes de que me devoren o me quemen viva.
—Puedes conservar la cabeza —dice Tyroth arrastrando las palabras mientras mira la bolsita negra en la que está metiendo mi pelo y tira del cordón para cerrarla.
Cuando dirige de nuevo la vista a mí, lo hace con una mirada gélida de odio—.
Pasa tu existencia eterna atormentándome desde el más allá, hermanita.
Observa cómo mato a tu hermano preferido y, luego, destruyo La Llama hasta que no quede más que escombros y huesos.
Es el pago por haberse apropiado de lo que era mío .
La última palabra la pronuncia con tal vehemencia que me doy cuenta de algo espantoso y aterrador…
«Lo sabe».
«Se ha enterado de lo de Kaan y Elluin».
«¿Sabe lo de Kyzari? ¿Que no es hija suya?».
La tierra se sacude cada vez con más estrépito.
—Pero, antes, un regalo de despedida. —Se guarda la bolsa en el bolsillo y se inclina hacia mí, frunciendo el ceño mientras me observa—. Voy a ayudarte a llenar tus lagunas con este truco que he perfeccionado…
Me tapa los oídos con las manos.
A pesar de estar ensartada, me retuerzo, tratando de girar la cabeza para evitar el contacto visual.
—No te muevas —gruñe obligándome a mantenerme recta y levantándome los párpados con los dedos—. Esto no se me da muy bien. Si hago un movimiento en falso, podría golpear algo importante, y eso arruinaría toda la revelación.
Grito. No por el dolor de estar atravesada, sino por la agonizante manera que tiene de adentrarse en mi mente, como una flecha roma.
Sus pupilas se dilatan y mi cuerpo se relaja. Todo el color parece disiparse del mundo, dejando solo dos llamativos discos negros, en los que me sumerjo, vagamente consciente de que mis muros mentales se derrumban, los que siempre han protegido lo más importante que hay en mí.
Mis entrañas amenazan con ponerse del revés mientras continúa atravesando cual flecha mis pensamientos sobre el diario, sobre Kaan, Kyzari.
«Elluin».
Sin embargo, se dirige a un rincón oscuro en el que ni siquiera había reparado hasta que lo apuñala. Y lo hace brutalmente, como si intentara matar algo cuya forma no ve.
Siento un doloroso estallido, como si acabara de perforar una membrana.
Ahogo un grito y empiezo a sacudirme mientras brota dentro de mí un torrente furioso que me quema como una marea cáustica de veneno, rellenando los rincones y recovecos que llevo ignorando más de cien fases.
Lanzándome… al pasado .
—¿Te acuerdas ahora? —pregunta Tyroth, cuya voz no es más que un eco mientras yo…, yo…
Estoy de rodillas en el suelo del despacho de pah.
Su joven miskunn está agazapada sobre su escritorio con un grillete alrededor de su delicado cuello.
El remordimiento brilla en los grandes ojos plateados de la criatura cuando pah estampa mi brazalete sobre el tablero, haciendo que Hulo se estremezca.
Pero es a mí a quien está mirando. Es a mí a quien se dirige.
—El emparejamiento de Tyroth ha sido rechazado, así que esta es la única manera. Va a suceder, de una forma u otra, pero la miskunn predijo el fin del mundo si los Neván mueren a manos de alguien que no seas tú.
Tardo en darme cuenta de que está diciendo la verdad. En que sus palabras me calen.
En que empiece el temblor.
—No —digo en voz baja bajo la opresiva aura de pah. Se me endurece la lengua al mismo tiempo que la espina dorsal—. No, eres un puto monstruo. ¡Prefiero morir!
Me levanto y me doy la vuelta para salir de la habitación, pero me veo retenida por un hermano al que detesto, uno que me odia tanto como yo a él.
Golpeo, pataleo, grito. Veo entrar a una runi y el corazón me late con fuerza al reconocer el pelo corto blanco de Mior, sus amplios ojos, su rostro amable, tanto como el de su pah, pero…
«Compungido».
«Eso solo puede significar una cosa».
Gimoteo, negando con la cabeza. Intento retroceder, pero Tyroth me agarra con tanta fuerza que siento que me van a salir moretones en los brazos y los hombros.
Mi amiga de la infancia se arrodilla ante mí. Su piel morena contrasta con la túnica blanca que cubre su pequeña figura y un botón de oro de mentalista ocupa un lugar destacado en la base de su garganta.
A pesar de la empatía en los ojos de Mior, soy muy consciente de la tensión en su rostro, de que le tiembla tanto como a mí el mío.
Me resisto al firme agarre de Tyroth, pero recibo una patada en las costillas que apenas siento y mis siguientes palabras quedan reducidas a un quejido ahogado.
—Por favor, no lo hagas, Mior. Por favor…
—No tengo otra opción. —Una lágrima le resbala por la mejilla, igual que a mí—. Voy a ser delicada, te lo prometo. —Con media sonrisa añade—: Nunca te haría daño.
Se me desencaja la cara y toda mi fuerza se desvanece cuando Mior posa sus manos en mis mejillas. Le tiembla la barbilla y, en sus hermosos ojos, veo que se le rompe el corazón.
—Perdóname, Veya…
Me precipito en esos pozos azules ribeteados de oro y algunas partes de mí se sueltan, como plumas desprendidas por el viento.
La compasión se esfuma, desaparece.
La empatía es la siguiente…
La tristeza…, la virtud. Me derrumbo hasta convertirme en un mero esqueleto de sumisión ecuánime y apenas un hilo de pensamiento me mantiene unida.
Mior se marcha, con lágrimas en las mejillas que no puedo comprender. Pah se arrodilla en su lugar y me agarra la cara, mirándome con una severidad que antes me hería.
—Y, bien, hija, ¿qué es lo que tienes que hacer?
Mi respuesta es inmediata:
—Ir a Arithia y envenenar a la familia Neván.
—¿Excepto a quién? —gruñe Tyroth, mirándome con una intensidad abrasadora.
Parpadeo. Pienso.
—Elluin Raeve Neván, huésped de la Piedra Éter. Elluin ha de vivir.
Me oigo gemir mientras…
Mientras…
… viajo por las llanuras hacia la oscuridad a través de una entrada secreta en la muralla que rodea Arithia.
Vestida con otra piel, me muevo por el oscuro palacio como un espectro y unto la sangre de un escarabajo zatha en los cepillos dentales de Ahdrik Neván.
De Eudora Neván.
De Haedeon Neván.
—No…
Se oye una piedra quebrándose.
Caigo de rodillas. No siento dolor, a pesar de la opresión en la mano y el pecho.
Estoy a punto de llegar a Dhomm cuando mis emociones brotan como plumas cortantes, desgarrándome por dentro.
No hay nada más que dolor y pena crónicos. Se me revuelve el estómago al pensar en… Le grito al peregrino que se detenga.
No lo hace.
Salto… Caigo.
Despierto en el despacho de pah y le suplico que me degüelle.
Él se queda ahí de pie, con los brazos cruzados, mirándome mientras me desplomo.
Intento alcanzar su espada…, pero me da una patada tan fuerte en el estómago que vomito y ordena a dos guardias que traigan a Mior.
Veo un par de ojos azules ribeteados de oro. Vuelvo a caer…, esta vez mucho más deprisa.
«Más lejos».
A mi alrededor, todo se ve tan borroso que, cuando por fin me detengo, nada parece estar bien. Faltan piezas, no tengo la menor duda.
—¿Me encuentro bien, Mior?
La sonrisa no le llega a los ojos y una lágrima le resbala por la mejilla; me recuerda a… algo.
—Ahora sí, amiga mía.
Me coge la mano y la sostiene con más delicadeza que nunca.
—Lo he escondido en un lugar seguro y tranquilo. Nunca volverá a lastimarte.
Veo el destello de algo surcando el aire. Es la única advertencia que recibo antes de que la sangre salpique mi cara, antes de que la cabeza de Mior se desprenda de sus hombros y ruede por el suelo…
Cuando vuelvo a enfocar la vista, advierto que estoy temblando en el suelo, acurrucada entre un montón de esquirlas ensangrentadas, trozos de piedra aún clavados en mí que apenas siento.
«Fui yo».
«Todo este tiempo pensé que había sido pah…».
«Pero fui YO ».
Tyroth se aleja y el hecho de que se me erice la piel de la nuca me indica que su dragón está a punto de alcanzarme. Sin embargo, me cuesta sentir miedo, ya que los recuerdos recién recuperados me están desgarrando por dentro, con un corte preciso tras otro.
«Yo los maté».
«Le arrebaté su familia a Elluin».
«Hice que la sacaran de La Sombra».
«Hice que Slátra la persiguiera hasta La Llama y permití que Tyroth se infiltrara en su reino».
«La convertí en huérfana…».
Me brota un gemido de la garganta, como si alguien me hubiera agarrado las entrañas y me las hubiera arrancado. Otro.
«Otro».
Gimo hasta que no queda nada, solo un dolor profundo que parece mortal.
Tyroth escupe a mi lado y murmura una orden cruel:
— Zugthen, Bharon.
«Come».
Oigo sus pasos alejándose y me obligo a mirar por encima del hombro.
A los ojos de la muerte que merezco.
Me quedo sin aire en los pulmones.
La criatura, otrora majestuosa, avanza hacia mí, sus ajadas alas lacias en sus costados arrastrándose por el magma con cada paso renqueante.
Ya no resplandece en la luz derretida como antes, sus escamas se han vuelto mates, tiene las garras tan largas que casi se curvan sobre sí mismas y ralentizan sus movimientos.
Volviéndolos dolorosos.
Vuelvo a mirar los ojos oscuros de Bharon, esforzándome por encontrar una sola chispa.
Lo que me queda de corazón se rompe en mil pedazos…
«También a ti te ha destruido».
Agacho la cabeza, con la respiración agitada mientras espero a que todo se detenga, a que termine el dolor que me parte el alma.
«Por favor, que acabe…».
Entonces, una brisa fría se abre paso entre las runas rotas y me planta un beso helado en la mejilla que sin duda no merezco.
Se me va todo el aire de los pulmones cuando me veo envuelta por una cálida garra que raspa la piedra con sus uñas al separarme del suelo, sacudiéndome con un dolor abrasador que no tiene nada que ver con el ardor que erosiona lo que queda de mi corazón.
Espero que Bharon me lance a su boca, que me mastique.
Espero que me inflija el brutal castigo que me he ganado.
En cambio, toma profundas bocanadas de aire.
Tras un momento de quietud, todo se sacude a gran velocidad justo antes de lanzarnos.
«De caer en picado».
Ya no estamos en el agobiante aire sulfúrico, sino que nos azota la nieve y un viento tan gélido que estoy convencida de que me están desplazando por el cielo como si fuera un trozo de carbón para dibujar. Y tal vez lo creería de no ser por el sonido del batir de alas.
Me cuesta un buen rato darme cuenta de que vamos rumbo al norte, hacia el sol.
Y aún más aceptar que Bharon no me va a dar la muerte que ansío.