La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 9. Veya
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Capítulo 9. Veya

Veya

C reo que la he cagado».

Resollando, echo un vistazo por encima del hombro, hacia la dentada brecha por la que me he colado para llegar aquí , preguntándome…

El sonido lejano de unas botas sobre la piedra me confirma que volver atrás no es una opción.

«Debería haberme desviado antes, por otra de las rendijas de la pared».

Me seco el sudor y aparto los mechones de pelo pegados a mi frente y contemplo la gruta que se abre ante mí, escudriñando las furiosas piscinas de magma que despiden columnas de humo.

Recorro con la mirada las gigantescas columnas de piedra que sostienen el techo, como si el propio Bulder estuviera utilizando sus brazos como pilares.

Es una trampa mortal. No voy vestida para soportar tanto calor. Además, ¿y si llego allí y la única salida es morir en un charco de lava?

Una ráfaga de aire levanta los vapores sulfúricos en una danza violenta. Pareciera que Clode acabase de entrar en la gruta, separándolos como cortinas etéreas.

Me fijo en un rayo de luz auroral que atraviesa las nubes jaspeadas que hay a lo lejos: una salida .

Me relajo y mis músculos se distienden.

«Gracias a los Creadores…».

Examino el laberinto de senderos que se cruzan a lo largo de esta carnicería cáustica. Por desgracia, parecen tan estables como mi precario equilibrio ahora mismo.

«Supongo que es hora de sacarme este perno de hierro».

Miro el trozo de metal que sobresale de mi pie, pongo una mueca de dolor y vuelvo a levantar la vista.

—Maldita sea —murmuro dejándome caer de culo, con una pierna colgando sobre el escarpado saliente.

«Maldita sea».

«Maldita sea».

«Maldita sea».

Lleno mis pulmones y, aguantando el aire, tiro del maldito perno, tapándome la boca con el puño para no gritar. Lo lanzo al suelo mientras mana sangre de la herida y la canción de Bulder me machaca como un profundo lamento, igual que hace siempre que hay lava alrededor.

No le gusta estar derritiéndose.

Eso lo tenemos en común.

Rasgo un trozo de tela del bajo de mi capa y me vendo el pie con ella.

Estoy a punto de rogarle a Bulder que me construya un puente para salvarme en medio de este paisaje apocalíptico cuando me llama la atención algo escondido entre los trozos de obsidiana; es negro y brillante, pero sospechosamente redondo y bien formado.

Se me detiene el corazón.

Parece una de las escamas de Bharon, el enorme, majestuoso y escandaloso siegasables de Tyroth.

Seguro que no es eso. Seguro que él está refugiado en uno de los puestos avanzados más cercanos a La Bruma, donde al menos el aire es cálido. Nadie en su sano juicio refugiaría a un siegasables aquí .

En la condenada Arithia.

Miro más de cerca la gruta. Hay montoncitos de obsidiana agrupados en algunas zonas, algunos meras esquirlas, como si hubiesen usado la piedra para afilarse las garras. Un comportamiento que solo he visto en dragones que llevan demasiado tiempo en espacios cerrados.

Hay pequeñas runas plateadas grabadas en las numerosas grietas de las paredes…, alrededor de charcos de lava…, en islotes de piedra…

«Por todos los Creadores…».

Este lugar no es fruto del azar creado por alguna anomalía volcánica. Es una jaula de azufre.

De nuevo, echo un vistazo a la salida que se ve a lo lejos, a los frágiles salientes que se unen entre las piscinas volcánicas.

No puedo pedirle a Bulder que me construya un puente y arriesgarme a despertar a Bharon, pero la posibilidad de que mi carne se derrita para liberarme de este lugar es un riesgo que estoy dispuesta a correr.

Tras trazar mentalmente el mejor camino, que espero que sea el más sólido , arranco otra tira del dobladillo de mi capa y me cubro la mitad inferior de la cara para no asfixiarme con los gases.

Me doy la vuelta y, cuando estoy empezando a bajar por el escarpado acantilado, retumba un grave rugido desde lo más profundo de la guarida…

«Joder».

No me detengo. Ni siquiera aminoro el paso.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vi a Bharon, pero recuerdo su envergadura y su fiero carácter territorial.

No puedo olvidar su cola llena de púas, con la que zurraba a cualquiera que invadiese su espacio personal, ni cómo acababan sus cuidadores cuando estaba recluido en Dhomm: como si fueran muslos de colk asados.

Si sale de dondequiera que esté escondido, estoy muerta.

Salto los últimos metros y aterrizo en cuclillas, lo que me provoca un dolor agudo en la pierna, haciéndome soltar un grito salvaje que resuena en el cavernoso espacio.

El pánico me impulsa a echar a correr cojeando, aunque la suela de mis botas amenaza con quedarse pegada a la piedra caliente mientras serpenteo por senderos que se derrumban a mi paso y esquivo las salpicaduras de los charcos de lava.

No importa que el espeso humo me nuble la vista, yo sigo adelante, con Clode como un faro ventoso que trato de alcanzar.

«Puedes hacerlo».

«Puedes hacerlo».

«Puedes hacerlo».

Subo por un montón de pedazos sueltos de obsidiana, pero caigo de culo y ruedo por el otro lado, raspándome las manos y los brazos con los afilados bordes. Me levanto y sigo avanzando, tosiendo a pesar de la tela, con los ojos irritados por los gases y el hedor a azufre.

Solo tengo que llegar al pie de la colina, echar a correr a toda velocidad hacia la boca de la guarida y salir. Puedo esconderme en ese abrupto bosque. A los espectros se los conoce por anidar entre grupos de salces llorones, pero el riesgo de que me sorban el alma es mejor que la alternativa.

«Morir».

«Perder el diario».

Salto a un terreno más firme y corro hacia la salida cuando otra ráfaga de viento entra en la guarida y barre los gases, revelando a Tyroth cerrándome el paso como una estatua con armadura de peltre.

Se ve un brillo cruel en esos ojos disparejos que tiene. Lleva el pelo suelto y está de brazos cruzados, envueltos en la piel de alguna bestia blanca cuya cabeza sin vida le cuelga sobre el hombro izquierdo.

Se me encoge el corazón.

Mueve la boca.

El suelo tiembla.

Una flecha de obsidiana emerge disparada oblicuamente del suelo, tan rápido que no me doy cuenta hasta que me atraviesa el hombro. Desgarra piel, músculos y tendones.

Rompe huesos.

La siento salir por mi espalda, lo que me hace detenerme en seco y gritar: un alarido que hiela la sangre. El dolor me atraviesa en oleadas pulsantes, como si me hubieran arrancado el brazo.

Bajo la barbilla, con los pulmones ansiosos por respirar, pero solo puedo tomar pequeñas bocanadas de aire por miedo a sufrir aún más mientras veo la sangre rezumar por la piedra negra hasta acumularse en su base.

Oigo los pesados pasos de mi hermano acercándose y tengo un único pensamiento…

«No puedo fallar».

«No puedo fallar».

«No puedo fallar».

Reprimo el temblor de mis labios y obligo a mis pulmones a llenarse de aire, que convierto en palabras. Le suplico a Bulder que levante la flecha y le haga a Tyroth lo que él acaba de hacerme a mí.

—Gurdeth aath ahn…

— ¡Gurdeth aath uh nah! —ruge Tyroth antes de que termine, sofocando mi orden. Algo que casi me arranca la lengua de la garganta, a la vez que destroza la flecha de piedra que había salido disparada hacia su pecho.

Me dan arcadas y escupo sangre, con los pulmones ardiendo.

Él pisotea los vestigios de mi intento fallido de asesinarlo, pasando por encima de una cadena destrozada de runas de contención plateadas, lo que indica que tiene retenido a Bharon contra su voluntad.

—¿Vas a marcharte sin saludar? —dice como si nada mientras su larga melena ondea al cálido y húmedo viento.

Mi propia esencia cruje en mi interior.

Al igual que con pah, siempre me siento pequeña en presencia de Tyroth. La más débil de la camada, que no tuvo la decencia de morir con mah al quitarle yo misma la vida.

—¿Por qué…, por qué iba a des-desperdiciar… mi a-aliento? —pregunto en lugar de decirle lo mucho que me duele solo mirarlo, ese rostro que rara vez sonríe y esos ojos acusadores que me culpan con cada parpadeo.

Para eso están los espejos.

Chasquea la lengua.

—Es curioso que siempre te veas a ti misma como la víctima, Veya, cuando eres tú quien nos lo ha quitado todo .

—Acercándose lo suficiente como para que pueda ver las motas de color verde en su ojo izquierdo, me arranca la tela que cubre mi cara y me mira con el ceño fruncido, observando mi rostro como si fuese una pintura—. Odio lo mucho que te pareces a ella.

Ojalá tuviera aliento para mandarlo a la mierda. Al menos él la conoció, la vio, la olió. Yo en cambio no tuve nada de ella y pah quemó todos sus retratos.

Lo que hago en su lugar es meter la mano entre los pliegues de mi capa, en busca de la daga que llevo en el muslo izquierdo.

—Y creo que él también. —Frunce el ceño aún más—. Probablemente sea la razón por la que no te liberó de tu sufrimiento cuando se lo suplicaste.

Ignoro sus enigmáticas palabras y echo hacia atrás mi brazo bueno, pero, cuando me dispongo a rebanarle la garganta, la mano se me congela en el aire.

Tardo en darme cuenta de lo que Tyroth ha gruñido y de la fina flecha de obsidiana que atraviesa mi mano levantada.

Mi daga cae al suelo con estrépito a la vez que me invade un violento dolor y comienza a resbalarme sangre caliente por el brazo hasta el codo, desde donde gotea, gotea y gotea.

Tyroth chasquea la lengua de nuevo.

—Dime, hermana, ¿qué haces en mi reino?

—Tu-turismo.

Con un suspiro, mete la mano en el bolsillo de mi capa.

—Había olvidado lo sarcástica que eres. —Saca mi brazalete y lo sacude delante de mi cara—. ¿Ya has recordado la última vez que lo usaste?

No respondo. Apenas puedo concentrarme en nada más aparte del traqueteo de mis pulmones.

—Interpretaré tu silencio como un no. —Se guarda el brazalete en el bolsillo y saca una daga de bronce con forma de escama de dragón.

El corazón se me acelera al verla, pues su color me resulta familiar. Es el mismo que el de un siegasables que vi elevarse al cielo y convertirse en una esfera cuando yo solo tenía cinco fases.